El acomodado compañero de clase en la reunión de antiguos alumnos

Roberto Martínez se dirige al reencuentro de la promoción. Hace treinta años que no ve a sus compañeros y el tiempo no le ha dado tregua. Tras terminar el instituto, se marcha a Valencia para estudiar en la Universidad, luego consigue un puesto en una empresa madrileña y, cuando ve la oportunidad de ganar más, funda su propia compañía en Barcelona. Ha vivido subidas y bajadas, pero nunca ha dejado de pensar en la época del cole.

En los ratos libres hojea fotos de sus antiguos compañeros en las redes sociales y comparte las suyas. Entre todos, lo que más le intriga es Carmen Álvarez. En el instituto él la idolatraba, pero ella nunca le prestó atención; el chico aplicado le resultaba aburrido. La última vez que le lleva un ramo de rosas, ella se sube al asiento trasero de la moto de su novio, Adán López, sin mirarle ni al gesto, y arranca el motor, levantando polvo. Roberto nunca vuelve a acercarse. Quiere invitarla a dar una vuelta, ayudarla, pero se queda con la duda.

Roberto no tiene amigos íntimos de la promoción; la mayor parte del tiempo la dedica al estudio. Sólo mantiene una pequeña camarilla de compañeros que, como él, asistían a clases extra de matemáticas para preparar el acceso a la universidad.

Hoy llega al café El Rincón con una sonrisa y con regalos envueltos para cada compãñero. No se le olvida ninguno. Se sientan en una mesa grande, ríen, rememoran anécdotas de los aulas y los recreos. Roberto observa a los demás, pero su mirada se fija en Carmen, que está al otro extremo de la mesa, absorta en su móvil. Desde el instituto, ella se casó con Adán, pero ahora viven separados; según le cuenta Roberto, cría sola a un niño enfermo.

Decide acercarse y conversar, pero la respuesta que recibe es una explosión de reproches.

¡Vives en tu lujoso chalet y no sabes nada de nuestros problemas! le grita. He visto tu casa, tu esposa solo va a salones de belleza, y tú tienes personal de casa que nunca aparece en tus fotos. Tú tienes hijos estudiando en el extranjero y yo estoy sola con un hijo enfermo. ¿De qué podemos hablar? No lo entenderías.

¿Soy yo el culpable de tus dificultades? replica Roberto, intentando mantener la calma.

En nuestro país faltan fondos para niños enfermos, y gente como tú se sienta en los bancos y se vuelve avariciosa le lanza Carmen con una voz cargada.

Roberto se enciende; esos temas le molestan. Tiene algo que decir.

Carmen, ¿cuántos niños enfermos has ayudado tú?

Yo misma tengo a uno. A veces mando mensajes de apoyo.

Yo aporto regularmente sumas considerables a entidades benéficas, sin alardear. Entonces, ¿quién es quien ayuda más?

Para ti es fácil, no pierdes nada al dar cien mil euros. Mi ayuda vale más, porque lo que envío lo saco literalmente de mi bolsillo. ¿Sabes cómo consigo el dinero? Cada mañana tomo dos autobuses para llegar al trabajo y apenas cobro unos pocos céntimos.

Los demás clientes del café observan la discusión. Algunos apoyan a Carmen, otros se quedan en silencio.

Al terminar, Roberto se levanta, deja los regalos sobre la mesa y pide al camarero que entregue un sobre a Carmen. Mientras camina hacia la salida, reflexiona.

Teníamos las mismas oportunidades, los mismos talentos. Yo elegí el estudio en lugar de pasar el rato tomando cañas en la plaza, en vez de fumar en la esquina o ir a discotecas cada fin de semana. Elegí la universidad que me interesaba, no el instituto técnico del barrio. Asumí riesgos, salí de mi zona de confort y monté mi propio negocio.

Ha tropezado, ha sufrido pérdidas, pero ha ganado por su esfuerzo. No le corresponde a él que sus antiguos compañeros vivan de otra forma y ahora lo critiquen por su prosperidad. No les ha robado nada; el dinero lo ha ganado él mismo.

¿Cuántos conocen a personas como Carmen y a los demás compañeros de Roberto, que prefieren contar los euros ajenos? Algunos nacieron en familias acomodadas y tuvieron buena educación, pero también hay muchísimos ejemplos de gente de entornos humildes, hijos de padres sin estudios, que logran el éxito con sus propias manos. Todo depende de nuestras decisiones y de lo que cada uno esté dispuesto a arriesgar.

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