LA NOVIA

Verónica observaba desde la ventana, su mirada perdida entre la luz tenue de los faroles y la negrura del invierno que abrazaba Madrid. A su izquierda, la calle se llenaba de luces en los edificios y a su derecha el silencio de una noche que ya no importaba: la oscuridad o la claridad, nada cambiaba su tormento interior. Tenía todo lo que cualquier mujer podría desear: un piso pequeño pero acogedor en el centro, un puesto como enfermera de emergencias que le pagaba decentemente, y sin embargo el reloj seguía marcando el paso de los años mientras sus compañeras de clase ya estaban casadas y con niños.

¿Estaría condenada a vivir siempre como una solterona? Verónica se aferró a la mirada de sus cinco fieles compañeros de cuatro patas, que la rodeaban como una manta de consuelo. Su abuela, que la había criado desde que sus padres murieron uno tras otro, había soñado con que la niña se convirtiera en médica, pero la vida la llevó a la escuela de paramédicos y ahora trabajaba turnos interminables en la ambulancia.

Desde pequeña había deseado un gato y un perro, pero su madre sufría de asma al contacto con el pelo. El recuerdo de la primera gatita que trajo a casa, una cría de pelo brillante que provocó una crisis de asma al instante, aún le hacía temblar. Esa gatita había sido entregada a la abuela.

Tras la muerte de sus progenitores, un gato callejero apareció bajo un contenedor de basura. Verónica lo llamó Silencio, porque siempre se mantenía en las sombras. Quería también un perro, pero la abuela temía la responsabilidad. Así, los animales fueron llegando uno a uno: Bala, una perra mestiza que apareció temblando junto a una nevera del supermercado, y que Verónica rescató metiéndola en una bolsa; Maruja, una pequeña galga que había sido abandonada en el portal del edificio vecino, temblorosa y con los oídos helados; Catalina, una gata grande y elegante que se coló una mañana en la escalera mientras Verónica corría al servicio de guardia, cubierta de nieve; Galleta, el gato de su infancia que volvió a cruzarse con ella en la calle; y el tímido Osito, un gatito encontrado en el parque, casi devorado por dos cuervos.

Los cinco formaban una especie de familia disfuncional pero perfecta. Cada día Verónica los alimentaba, los curaba y les ofrecía refugio, sabiendo que su abuela no aprobaba que una mujer soltera tuviera tantos cachorros.

¡Ay, Verónica, hijo mío, qué haces con dos perros y tres gatos en un piso que apenas cabe! le decía la anciana, mientras se quejaba de los ruidos y del desorden.

Entonces no es mi hombre, abuela respondía Verónica, con la voz quebrada.

Con el tiempo conoció a Máximo, un joven apuesto y campeón de natación de la comunidad, quien parecía el candidato perfecto. Salía con él, lo cuidaba, lo hacía reír, y él, a su vez, paseaba a Bala y a Maruja. Pero los animales empezaron a rechazarlo. Bala le ladraba sin cesar, Maruja se escondía tras Verónica y gruñía, los gatos se alejaban y Catalina bufaba con cada intento de caricia.

Una noche, mientras Verónica preparaba la cena, salió al balcón y vio a Máximo, con el rostro rojo de la ira, pisotear a Maruja sin querer, su patita sucia manchó sus zapatillas blancas. Bala, intentando proteger a su compañera, recibió de Máximo un golpe fuerte con la correa de cuero.

Verónica corrió al patio, arrebató la correa de la mano del joven y, sin decir palabra, le dio un fuerte tirón que le hizo caer al suelo.

¡Verónica, qué haces! gritó él, entre lágrimas y rabia.

¿Te duele a ti y a ellos no? replicó ella, temblando de furia. ¿Cómo te atreves a golpear a mis animales? ¿Acaso no sabes que también pueden sentir?

Solo quería que no se metieran en mis zapatos respondió él, intentando justificarse.

¡Lárgate y no vuelvas jamás! exclamó Verónica, mientras la voz le temblaba.

Máximo se rió con crueldad y salió, dejando que el eco de sus risas se perdiera entre la nieve. Verónica, destrozada por la traición, se quedó allí, escuchando los ecos de sus palabras en su cabeza durante meses.

Un año después, casi resignada a la soledad, conoció a Alejandro García, médico traumatólogo que había atendido una noche a una víctima de accidente mientras ella estaba de guardia. Sus miradas se cruzaron y, como un rayo, sintió que el corazón le latía con fuerza. Nunca había creído en el amor a primera vista, pero aquel instante cambió todo.

Alejandro, usando su posición, consiguió su número y la llamó al día siguiente. Salieron juntos, y ella percibió en él la seriedad y el compromiso que tanto anhelaba. Decidió ocultarle a Alejandro la existencia de sus animales, temiendo que le hicieran perder la oportunidad de casarse.

Pasaron los meses; Alejandro la presentó a su hermana Lucía y a su esposo, la llevaron a visitar a sus padres en otra provincia, y ella presentó a su abuela. La convivencia en el pequeño apartamento de Alejandro, ordenado y pulcro, le producía sospechas a Verónica, que intentaba justificarse con excusas de visitas familiares y resfriados.

Al fin, cansada, decidió revelar la verdad. Tras una discusión con su abuela, que la reprendió por mentir, Verónica llevó a todos sus animales a la casa de la anciana. La abuela protestó:

No puedes hacer eso, Verónica. Alejandro es un hombre honesto y tú lo engañas.

Verónica, con lágrimas, le aseguró que no podía vivir sin ellos. La abuela aceptó, pero con la condición de que Verónica fuera cada día a visitar a sus mascotas.

El día del compromiso, Alejandro, con una anilla de amatista en forma de corazón, le propuso matrimonio. Verónica, entre risas nerviosas, aceptó, advirtiendo que no tenía dote económica.

Los preparativos del boda se volvieron un caos: comprar el vestido, elegir el menú, reservar el salón, y todo mientras el día se acercaba. Alejandro, intentando desechar una caja de cartón, descubrió bolsas de comida para perros y gatos.

¿De dónde es eso? preguntó.

No importa, Alejandro, después te lo cuento respondió Verónica, desviando la conversación.

Mientras tanto, la abuela sacó a Bala y a Maruja al patio, donde la nieve recién caída brillaba. Un cartero con su bolso de pensiones se acercó y, sin cerrar bien la puerta, dejó escapar a Catalina, Galleta, Silencio, Osito y al resto de la manada. En cuestión de segundos, la calle se llenó de un desfile de animales que corrían hacia la casa de Verónica, guiados por la memoria infalible de Bala.

Los vecinos los miraban asombrados, y Alejandro, escuchando el alboroto, abrió la puerta y quedó paralizado al ver a la tropa de cuatro patas entrar como una pequeña procesión.

¡¿Qué es esto?! exclamó.

Verónica, cubierta de vergüenza, se ocultó tras el perchero, sollozando sin poder contener el llanto.

¿Son tuyos? preguntó Alejandro, intentando comprender.

Sí, estaban en casa de mi abuela respondió ella entre sollozos.

Bala y Maruja empezaron a morder los tobillos de Alejandro, mientras Catalina bufaba furiosa.

¡Yo dije que no había dote! gritó Alejandro, retirándose con la ropa aún puesta.

Verónica llamó a su abuela para tranquilizarla, pero el daño ya estaba hecho. Sentía que todo se había venido abajo; su corazón estaba vacío, su rostro hinchado de lágrimas.

Horas después, el timbre volvió a sonar. Alejandro aparecía con bolsas de alimento caro para perros y gatos, sonriendo.

No cierres la puerta, he traído comida dijo, mientras llevaba al perro de su hermana, Nika, y a la gata rojiza Maruja, escondida bajo su chaqueta.

Al fin, los años pasaron y Verónica y Alejandro siguen recordando aquel día. A veces se ríen de lo absurdo que fue todo, preguntándose qué habría pasado si no hubiera la dote de sus animales. Sin embargo, la verdad es que el amor, al fin y al cabo, se construyó entre ladridos, maullidos y la incondicional compañía de una familia de cuatro patas que nunca los abandonó.

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LA NOVIA
La libertad de ser uno mismo