Nos volvimos a encontrar en el mismo parque donde todo empezó hace veinte años, el Retiro, bajo ese viento otoñal que parece pasear por Madrid arrancando páginas de nuestras vidas pasadas.
Álvaro caminaba por la alameda, bajo farolillos de acero que colgaban como luciérnagas cansadas, y dentro del bolsillo de su chaqueta llevaba un billete de tren arrugado, el que partiría esa misma noche. Se marchaba para siempre, y esa caminata era su despedida silenciosa de la ciudad que había guardado todo su verano, toda su primera adolescencia.
Y ella, Almudena, estaba sentada en la banca que siempre usamos. Esa misma, con una esquina de cemento astillada y unas iniciales A+L talladas en el respaldo. Llevaba puesto un abrigo beige y miraba el lago donde los patos picoteaban la orilla pidiendo pan a los pocos paseantes.
Álvaro se detuvo, y su corazón dio ese movimiento viejo, olvidado, más que un latido parecía un péndulo que medía el tiempo atrás. No la reconoció a primera vista, no por el elegante y cansado aspecto de su rostro, sino por la forma en que inclinaba la cabeza, por cómo entrelazaba sus manos sobre las rodillas.
¿Almudena? dijo, con la voz ronca y extraña.
Ella se giró. No fue de inmediato, ni con miedo, sino como quien ya espera que la llamen. Sus ojos, esos mismos verde gris, se agrandaron.
¿Álvaro? Dios mío Álvaro.
Él se acercó y se sentó a su lado, dejando entre los dos un espacio que bien podría haber contenido dos décadas. Olía a hojas húmedas, a humo leve y a perfumes caros, no a esos que olían a juventud, dulces y atrevidos.
¿Qué haces aquí? preguntó casi a coro y soltó una risa torpe.
Resultó que ella había venido a dar una vuelta después de una reunión en la Universidad Complutense, que está a tiro de piedra. Él, en cambio, se despedía.
Hubo un silencio, cómodo y pesado a la vez.
¿Te acuerdas? empezó ella de repente, mirando el agua, de cuando nos conocimos aquí por primera vez? Tú con la tabla de skate y casi me atropellas.
Yo no casi, te golpeé de verdad sonrió Álvaro. Caíste en un charco y, en vez de disculparme, empecé a gritar que habías roto mi tabla.
Yo lloré no por mis medias arruinadas, sino porque eras tan grosero Almudena sacudió la cabeza, y en los rincones de sus ojos se formaron pequeñas arrugas que a él le parecían más hermosas que cualquier joya. Y al día siguiente apareciste con una cajita de bombones Chocolates Alba.
Y nos quedamos en esa banca hasta que se hizo de noche añadió él en voz baja.
Entonces la memoria, como un viejo proyector, se encendió y proyectó en la pantalla del presente imágenes brillantes, algo descoloridas. Allí estaban, jóvenes y divertidos, asando salchichas al fuego con los colegas, y ella, cubierta de hollín, le alimentaba con un tenedor mientras él fingía morder el dedo. Después corrían bajo una lluvia torrencial de la premier de alguna película, empapados hasta los huesos, gritando de alegría. Él le regaló en su cumpleaños una sortija de plata con un pequeño zafiro, pagando con todo lo que había ganado en veranos, y ella, entre lágrimas, llevó la mano a los labios.
Ahora hablaban de todo eso y las palabras fluían con facilidad, como si no hubieran estado enterradas bajo años de rutina, desilusiones y la vida adulta.
¿Te acuerdas de la pelea por la universidad? preguntó Almudena. Tú querías ir a Barcelona, yo no podía ir por culpa de mi madre.
Era un idiota susurró Álvaro. Decía que si amabas, irías al fin del mundo.
Yo decía que si amabas, lo entenderías exhaló ella. Éramos tan jóvenes y tan seguros de que el amor era una fuerza mágica que lo resolvía todo. Pero resultó ser frágil, como el primer hielo sobre ese lago.
Se quedaron callados. Una hoja volvió a desprenderse de un arce y giró en un lento vals de despedida.
¿Y tú, todo bien? preguntó él, ya sabiendo la respuesta. Bien no era la palabra adecuada para describir sus vidas. Ella tenía familia y trabajo, él su propia empresa en otra ciudad, preocupaciones, rutina. Todo estaba bien, pero no bien como la entendían veinte años atrás en aquella banca.
Sí contestó ella, y en sus ojos él leyó lo mismo. Todo bien.
Alvaro metió la mano en el bolsillo y apretó el billete, ese papel que lo separaba de la ciudad, del parque, de ella.
Sabes, dijo, sacando la mano, todavía recuerdo cómo olían tus cabellos. No era perfume, sino el propio pelo, una mezcla de champú de manzana y sol.
Almudena lo miró, y sus ojos brillaron.
Yo recuerdo tu silbido. Tenías un silbido especial, con dos dedos. Lo hacías al pasar por mi portal y yo saltaba al balcón como una loca.
Él intentó silbar ahora, pero salió apenas un soplo tímido. La habilidad se había perdido. Ambos sonrieron de nuevo, con una melancolía ligera y punzante.
Era hora de irse. Se levantaron de la banca al mismo tiempo, como por costumbre.
Adiós, Álvaro dijo ella.
Adiós, Almudena.
No se abrazaron, ni se dieron un beso en la mejilla. Simplemente se fueron por extremos opuestos del camino, como hace veinte años, cuando sólo sabían que se volverían a ver mañana. Ahora, nunca más.
Álvaro llegó a la salida del parque y se dio la vuelta. Almudena ya estaba lejos, una silueta delgada que se fundía en el crepúsculo. Sacó el billete del bolsillo, miró las letras y números borrosos y, despacio, sin prisa, lo arrancó en varios pedazos y lo tiró a la papelera.
No se llevaba esa carga. La dejó donde pertenecía. Y siguió adelante, enfrentándose al frío de la noche, llevando sólo el dulce y lejano aroma del champú de manzana.
Al salir del parque, el bullicio de la ciudad lo golpeó el rugido de los coches, los claxon entrecortados, pasos apresurados. Allí olía a gasolina y a bocadillos de una chuchería en la esquina. Álvaro cerró la chaqueta y, sin rumbo, se dirigió al andén de la estación, aunque el tren ya no lo estaba esperando.
Caminó por calles familiares, y ahora cada esquina era más que una parte de Madrid, era una página del libro que alguna vez escribieron juntos. El cine Príncipe Pío, cuyas escaleras fueron testigo de sus besos bajo la lluvia inesperada. La antigua cafetería donde Almudena probó su primera taza de café turco y comentó, ¡Qué sabor a tierra amarga!. Hoy esa puerta mostraba el cartel de un gran banco.
Pensó en volver, en buscarla, en decir ¿qué? ¿Que todos esos años había buscado su reflejo en caras desconocidas? ¿Que ningún éxito olía tan dulce como su champú de manzana? Sería una locura. Eran adultos con obligaciones, horarios, biografías que ya no encajaban.
Mientras tanto, Almudena se sentó en otra banca, a pocos metros. Observaba cómo el viento empujaba las últimas hojas amarillentas sobre el agua y reflexionaba sobre lo extraña que es la vida. Veinte años, una vida completa con otro hombre, un hijo, una tesis defendida, una rutina y todo puede desvanecerse en diez minutos de una conversación al azar.
Recordó la mirada que le lanzaba Álvaro, esa mirada directa, un poquito desafiante, que una vez le quitó el aliento. La misma que ahora veía al profesor de renombre, pero también a la chica con la tabla de skate, empapada y feliz.
De pronto sintió una necesidad punzante, casi física, de levantarse y correr tras él. Preguntar: ¿Y si?. Pero sus piernas ya no obedecían. Habían aprendido la mesura, la previsibilidad. Sabía el camino a casa, a su marido, que probablemente ya se preguntaba por qué tardaba tanto.
Recogiendo sus pensamientos, Almudena se levantó y se dirigió hacia la universidad, donde estaba su coche. No miró atrás, ni al lago, ni a la banca, ni a los fantasmas de su juventud.
Álvaro llegó a la estación. El enorme tablón de horarios brillaba con nombres de ciudades que no esperaban su llegada. Se acercó a la ventanilla.
¿A dónde va? preguntó la cajera, con voz cansada.
Álvaro la miró, luego sus manos, que hacía media hora apretaban el billete sin destino.
A ningún sitio dijo en voz baja. Ya he llegado.
Se dio la vuelta y se alejó de la estación. No sabía qué le depararía el mañana. Tal vez encontrara trabajo aquí, tal vez alquilara un piso pequeño con vista al parque, o quizá se quedara unos días más, inhalando ese aire otoñal.
Ya no buscaba otro encuentro con ella. Esa reunión ya había sucedido. Le había sacudido, le había recordado quién era bajo la capa de años y acuerdos de negocios.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa. Era simplemente Álvaro, el que una vez amó a Almudena. Y eso, por extraño que parezca, bastó esa noche. El pasado no volverá, pero también puede dejar de ser una carrera. En esa parada había una extraña, amarga y curativa libertad.
Y así caminó por las calles vacías del atardecer, y la ciudad ya no era un museo de sus pérdidas. Las farolas se encendían no como guirnaldas del recuerdo, sino simplemente iluminando el camino que había delante. Sentía un leve vacío, como si en su alma hubiera hecho sitio para algo nuevo. El pasado, al fin, lo soltóno con el estruendo de una puerta que se cierra, sino con un suspiro tranquilo, parecido al alivio. Y en ese silencio empezó algo propio, real, que apenas empezaba a respirar.






