QUIERO SOLICITAR EL DIVORCIO

Regreso a casa por la tarde y encuentro a Lidia en el comedor, donde está poniendo la mesa para la cena. Le tomo la mano, le pido que se siente conmigo un minuto porque tengo que decirle algo importante: «Quiero pedir el divorcio». Ella se queda pensativa y, después, me pregunta el motivo. No sé qué contestarle y mi silencio la hace perder la cabeza: no empiezan a cenar, suelta gritos inconexos, se calla y vuelve a gritar y pasa la noche entera llorando. La comprendo, pero no puedo ofrecerle consuelo; ya no la amo y he encontrado a otra mujer.

Con culpa le extiendo el borrador del acuerdo en el que le dejo el piso en la calle Gran Vía y el coche, pero ella lo parte en pedazos y lo arroja por la ventana, volviendo a sollozar. No siento nada salvo la remordimiento: la mujer con la que he compartido diez años de mi vida se ha convertido en un desconocido.

Me pesa el tiempo que hemos vivido juntos y quiero liberarme pronto de esos lazos para volar hacia el amor verdadero. A la mañana siguiente descubro sobre la mesilla una carta con las condiciones del divorcio: Lidia me pide que posponga la solicitud un mes y, durante ese tiempo, sigamos representando a una familia feliz. La razón son los exámenes que se avecinan para nuestro hijo Carlos. Además, me recuerda que el día de nuestra boda la llevé a casa en brazos, y ahora me pide que, cada mañana durante ese mes, la transporte del dormitorio a la cocina igual que entonces.

Desde que apareció la nueva mujer, mi relación con Lidia se ha reducido a desayunos y cenas compartidos y a dormir a cada uno en su extremo de la cama. Así que, al levantarla en brazos por primera vez después de tanto tiempo, siento una extraña confusión interior. Los aplausos de Carlos me devuelven a la realidad: Lidia muestra una sonrisa feliz, y a mí me duele algo sin razón. El trayecto del dormitorio al comedor son diez metros, y mientras la llevo, ella cierra los ojos y, casi en un susurro, me ruega que no hable del divorcio con Carlos hasta la fecha acordada.

Al segundo día la tarea de hacerme pasar por marido enamorado resulta más fácil. Lidia apoya su cabeza en mi hombro y entiendo cuánto tiempo he dejado de notar esos rasgos que antes me encantaban, rasgos que ya no son los de hace diez años. El cuarto día, al levantarla, pienso sin querer que esa mujer me ha regalado una década de su vida. El quinto día siento un hormigueo en el pecho al percibir la vulnerabilidad del pequeño cuerpo que se abraza a mí. Cada día resulta menos pesado llevarla fuera del dormitorio.

Una mañana la pillo eligiendo ropa; el armario entero le ha quedado enorme. Por fin noto lo delgada y cansada que está. Esa razón explica por qué mi carga se vuelve más ligera con cada día que pasa. De pronto, como un golpe al estómago bajo el sol, una revelación me atraviesa. Sin pensarlo, paso la mano por su pelo. Lidia llama a Carlos y nos abraza los dos. Las lágrimas suben a la garganta, pero me doy la vuelta porque no quiero cambiar mi decisión. La vuelvo a levantar y la llevo al salón. Ella me abraza del cuello y yo la aprieto contra mi pecho, como la primera noche de nuestra boda.

En los últimos días del plazo acordado, una tormenta interna me sacude. Algo ha cambiado en mí, una transformación que no sé nombrar. Me acerco a la otra mujer y le digo que no presentaré el divorcio. Mientras vuelvo a casa, reflexiono sobre cómo la rutina y la monotonía del matrimonio no nacen de una falta de amor, sino de que las personas olvidan el valor que tienen el uno para el otro. Haciendo un desvío, paso por una floristería y elijo un ramo acompañado de una tarjeta que dice: «Te llevaré en brazos hasta el último día de tu vida». Con el corazón acelerado, entro por la puerta.

Recorro todo el piso y encuentro a Lidia en el dormitorio. Está muerta. Durante los últimos meses, mientras yo, cegado por el amor a la otra mujer, vivía en las nubes, ella luchaba en silencio contra una grave enfermedad. Sabiendo que su tiempo se acababa, hizo un último esfuerzo de voluntad para proteger a Carlos del estrés y mantener mi imagen de buen padre y esposo.

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QUIERO SOLICITAR EL DIVORCIO
Vete, Kiko Los platos con la cena fría seguían en la mesa. Marina los miraba sin verlos, solo veía las cifras del reloj, avanzando despacio, casi burlonas: 22:47. Kiko había prometido llegar a las nueve. Como siempre… El móvil, en silencio. Marina ya no sentía rabia. Todo lo vivo que quedaba en su interior se había consumido, dejando solo un frío cansancio. Cerca de las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni giró la cabeza. Sentada en el sofá, arropada por una manta, sostenía la mirada en un punto fijo. —Hola, cariño. Perdona, me he quedado en el trabajo —la voz de Kiko sonaba cansada, con ese falso tono animado que usaba siempre que mentía. Se acercó para besarle la mejilla, y Marina se apartó de forma casi imperceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, quitándose la bufanda. —¿Te acuerdas de qué día es hoy? —la voz de Marina era suave, apagada. Él vaciló un instante. —Miércoles. ¿Por qué? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Habíamos quedado en llevarle una tarta. Me diste tu palabra. El rostro de Kiko cambió de inmediato. La sonrisa desapareció, dejando paso a la culpa y el pánico. —Dios, Mari, se me ha pasado por completo. Perdóname, en serio, el trabajo me tiene… fatal. Te prometo que mañana la llamo. Se fue a la cocina. Marina oía cómo Kiko se movía inquieto entre la nevera y la vajilla. Siempre escapaba así: entre tazas y cubiertos se podían esconder las preguntas incómodas. Pero hoy no pensaba protegerle. Se levantó y fue hasta la puerta de la cocina. —Kiko, ¿y con quién te has “quedado atrapado” hoy en el trabajo hasta las once de la noche? Él se giró. La mano con el cartón de leche temblaba: —Con el equipo. Lanzamos un proyecto nuevo. Hay plazos. Ya sabes cómo es esto. —Claro que lo sé —asintió ella—. Y también sé que a las tres de la tarde llamaste diciendo: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglar esto”. Elena. Su ex. El fantasma que habitó los tres años de su relación. Ese frío que llegaba de muy lejos, con reproches y silencios. Kiko palideció. —¿Has estado escuchando? —No hacía falta. Hablabas en el baño tan alto por teléfono que lo oí perfectamente. Dejó el cartón de leche sobre la mesa y se dejó caer en la silla. —No es lo que piensas. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué se supone que debo pensar? —La voz de Marina se quebró por fin—. ¿Que llevas medio año nervioso? ¿Que desapareces por las tardes? ¿Que me miras como si no me vieras? ¿Quieres volver con ella? Dilo claro. Lo aguanto. Miraba sus propias manos. Manos seguras, hábiles, que podrían armar cualquier mecanismo pero no sabían construir felicidad. —No pretendo volver con ella —dijo en voz baja. —¿Entonces? ¿Vuelves a acostarte con ella? —¡No! —En sus ojos había tanta sinceridad y desesperación que Marina dudó de sus reproches—. Mari, de verdad, no hay nada de eso. —¿Entonces qué? ¿Qué es lo que tanto tienes que “arreglar”? —Ella ya casi gritaba—. ¿Pagas sus deudas? ¿Le solucionas sus problemas? ¿Vives su vida en vez de compartir la mía? Kiko callaba. Las palabras que Marina había callado demasiado tiempo por fin salieron en un torrente. —Vete, Kiko. Vete con ella, si es lo que necesitas. O con quien sea. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. No aguanto más. Ni quiero. Intentó salir, pero Kiko se levantó de golpe, cerrándole el paso: —¡No tengo a dónde ir! ¡No hay ninguna Elena! ¡Ni nueva ni vieja! Yo… ni yo mismo sé qué me pasa. Solo… quiero arreglarlo todo. Se giró, tragándose un nudo. —Habla claro —susurró Marina. —¿Quieres saber qué intento arreglar? —Kiko rompió—. A mí mismo intento arreglarme. No puedo. No me sale. ¿Lo entiendes? Tú no eres ella. Eres paciente, generosa, creíste en mí cuando ni yo lo hacía. Contigo todo debería salir bien. Yo debería haber sido otro: nuevo, correcto. Pero no me sale. Siempre lo estropeo: me olvido de los cumpleaños, me quedo trabajando aunque sé que me esperas. Me callo. Miro tus ojos y veo cómo se apaga la luz. Como se apagó en los de ella. Marina calló. —No quiero buscar a otra —prosiguió él en voz baja—. Temo que volverá a pasar lo mismo. Volveré a fallar. Volveré a llevar a alguien al llanto. A la desesperación o al odio. No sé ser marido. No sé compartir la vida. Día tras día. Sin dramas, sin gritos. Lo estropeo todo. Por eso no vivo, camino en la cuerda floja, temiendo cada paso. Y tú… Tú también pareces muerta a mi lado… La miró. Ahora, su mirada era perdida, pero sincera: —Así que el problema no eres tú. Ni Elena. El problema soy yo… Marina escuchó ese caótico alegato y lo vio claro: Kiko no la había traicionado con otra. La traicionó con su propio miedo. No era un villano, solo un hombre perdido, sin saber cómo seguir adelante. —¿Y ahora qué, Kiko? —preguntó ella, sin reproche alguno—. ¿Te has dado cuenta de todo esto. Y? —No lo sé —admitió él. —Entonces aclárate. Ve a un psicólogo. Léete mil libros. Golpéate contra la pared, haz lo que sea. Pero deja de dar vueltas esperando encontrar un botón mágico que borre los fallos del pasado. No existe. Solo hay trabajo. El de verdad. Contigo mismo. Hazlo. Solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó por su lado hacia el recibidor y se puso el abrigo. *** La puerta se cerró. Kiko quedó solo. La única compañía era el golpeteo de la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo la silueta de Marina se desdibujaba bajo la lluvia, y sintió de pronto un peso insoportable. El peso de lo que se había quedado junto a él. Su vacío ya no era solo un fantasma: estaba allí, en ese piso desierto, en la cena fría, en las manos que no supieron retener nada. Y, en vez de salir corriendo tras Marina, buscó la botella de coñac…