Llamada del Pasado

Desde la mañana, Carmen Jiménez descubrió que el reloj de la entrada había dejado de latir. Las agujas se habían detenido a las cinco menos cinco. Lo agitó, lo acercó al oído; sólo escuchó silencio. Será la batería, se dijo, o quizá una señal. Pero, ¿señal de qué? Todo lo que debía suceder ya había sucedido. Los hijos habían crecido y volado del nido, su marido, por suerte, seguía vivo y sano, aunque llevaba ya cinco días en la casa de campo de un viejo amigo. La soledad, a la que se había acostumbrado, se volvió en esos minutos matutinos especialmente sonora y palpable.

Preparó un café y su mirada cayó sobre una caja de postales antiguas que había sacado de la buhardilla la noche anterior para ordenar el trastero. Carmen alcanzó un sobre amarillento al azar. No era una postal, sino una carta escrita con una caligrafía fina, casi infantil. «Querida Carmen, ¡feliz cumpleaños y mis mejores deseos» Seguiron los saludos habituales, pero su corazón se encogió al leer la firma: «Siempre tuyo, Sergio».

Sergio Paredes había sido su amor de universidad, el hombre con el que estuvo dispuesta a casarse, aunque el destino tomó otro rumbo. Se había mudado a otra ciudad para cuidar a su abuela, y sus cartas se hicieron escasas hasta desaparecer por completo. Carmen había conocido a otro, se había casado, tuvo hijos. No recordaba a Sergio en treinta años; era un fantasma de otra vida, difuso y sin conexión.

Sin embargo, al sostener aquella misiva, sintió una punzada de arrepentimiento. No por una vida no vivida amaba la suya sino porque un hilo importante se había roto aquel día y quedó suspendido en el aire, sin resolverse. ¿Qué habría sido de él? ¿Seguiría vivo?

Aquella idea le pareció tonta, nacida del silencio de la mañana y del reloj detenido. Guardó la carta, termin​ó su café y se puso a ordenar. Pero la imagen de Sergio no la abandonaba. Recordó sus paseos por el Retiro en otoño, cómo le leía poemas de Quevedo que ella apenas comprendía, pero fingía entender solo para oír su voz.

El día transcurrió en una especie de estado meditativo. Recogió viejas fotografías, cartas y baratijas mientras el reloj inmóvil la observaba desde la entrada.

Al día siguiente compró una batería y la introdujo en el reloj. Las agujas temblaron y volvieron a moverse. Un clic, el tictac familiar llenó el pasillo. Justo entonces sonó el teléfono.

¿Carmen? dijo una voz que le resultó dolorosamente familiar. Era la de Sergio, la que sólo escuchaba en sus sueños de juventud. Perdona el atrevimiento, ayer estuve todo el día pensando en ti, como una idea que no se va. Encontré tu número a través de conocidos comunes Seguramente me habrás olvidado.

Carmen quedó muda, mirando el reloj que ahora marcaba el tiempo con seguridad. No lo había olvidado; lo había guardado lejos, como se esconden los tesoros más valiosos y los recuerdos más innecesarios. Y ahora volvía, no para revolver todo, sino para cerrar un punto o quizá para abrir una coma.

Te recuerdo, Sergio dijo en voz baja. Ayer estaba releyendo tu carta.

Del otro lado se escuchó un silencio asombrado.

No puede ser susurró él. Ayer encontré una foto nuestra junto al río. Allí estábamos

Conversaron más de una hora. Resultó que vivía a tres horas en coche, tenía una hija adulta y un nieto pequeño; su esposa había fallecido hacía cinco años.

Acordaron encontrarse, simplemente para tomar un café y charlar.

Carmen colgó y se acercó a la ventana. La lluvia golpeaba el alféizar, arrastrando el polvo. No sabía qué ocurriría después; nada se decidía, nada se rompía. El reloj que había dejado de latir volvió a sonar, y en su vida, tan ordenada y predecible, surgió un leve pero constante tictac de un nuevo tiempo.

No hizo planes. Ni siquiera imaginó el encuentro, temiendo romper el encanto o engañarse con sus propias expectativas. Solo vivió esos días en un estado extraño, como caminando sobre hielo primaveral fino, sintiendo que bajo sus pies se hacía una grieta que pronto estallaría.

Su marido, Luis, volvió de la casa de campo bronceado, con aroma a sol y barbacoa, hablando de la pesca y de cómo reparó la sauna con un amigo. Carmen asentía, sonreía, servía el gazpacho, pero se descubría observándolo como desde fuera: su rostro familiar, sus manos firmes, el martillo o el tenedor en su mano. Pensó: Él es mi marido, la vida que hemos construido. Pero, tras el umbral, existe otra vida, fantasmagórica, la de un hombre mayor con voz del pasado.

El día del encuentro, se puso un sencillo vestido beige, el mismo con el que Luis siempre le decía que le sentaba bien. No se maquilló con colores llamativos; solo se perfumó ligeramente. «¿Para qué?», se preguntó. «¿Para demostrarle que el tiempo me ha favorecido? ¿O para convencerme a mí misma?»

Eligió un café tranquilo, alejado del bullicio del centro, con mesas pequeñas y el olor a bollería recién horneada. Al entrar, lo vio de inmediato. Estaba en la ventana, jugueteando nervioso con una servilleta, mirando su taza. En ese instante lo reconoció: no al joven con guitarra, sino al hombre que ahora era. En la esquina de los ojos brillaban arrugas, sus manos sobre la mesa mostraban la firmeza de los años. Levantó la vista, y su rostro reveló no entusiasmo, sino una ligera sorpresa: «¿Eres tú?»

Carmen dijo, con la voz temblorosa.

Sergio respondió ella, tomando asiento, aunque sus piernas temblaban.

Los primeros minutos fueron superficiales: clima, carretera, cómo había cambiado la ciudad. Sergio confesó que había llegado como si fuera a un examen, cambiándose de camisa tres veces. Carmen rió y el hielo comenzó a derretirse.

Luego vinieron los recuerdos. Primero cautelosos, como quien prueba el agua, después más osados. Reían de anécdotas universitarias que antes les parecían tragedias y ahora resultaban cómicas. Recordaron al temido profesor de resistencia de materiales, y los paseos nocturnos con toda la clase por la Gran Vía.

Cuando el café se terminó y en la mesa quedaron nuevas tazas, surgió la pausa que anunciaba lo esencial.

Me arrepiento mucho dijo él, sin mirarla, girando el plato. De no haberte llevado conmigo. Pensé que hacía lo correcto, dándonos tiempo. Pero el tiempo no estuvo de nuestro lado.

Carmen guardó silencio. ¿Qué podría decir? ¿Arrepentirse también? Eso sería mentir. La bifurcación que tomó su vida había dado fruto: marido, hijos, alegrías y penas. Lamentar eso sería traicionar todo lo vivido.

No tienes por qué lamentarte, Sergio dijo suavemente. Todo ocurrió como debía. Éramos jóvenes y tontos. Si hubieras insistido y yo hubiera ido tal vez nos habríamos desgarrado en un mes. Tú habrías sido el ladrón de mi vida en Madrid, y yo, una carga para ti y tu abuela.

Él la miró, sorprendido y con una triste claridad.

¿Así lo crees?

Estoy segura. Idealizamos el pasado, Sergio. Nos enamoramos de los recuerdos, no del otro. De esos dos jóvenes que ya no existen.

Se recostó en el respaldo y exhaló, una mezcla de alivio y desilusión.

Como siempre, eres más sabia comentó él. Vine aquí sin saber qué, con la esperanza de un milagro, de volver a vernos y que el tiempo retrocediera.

El tiempo no retrocede respondió ella con una sonrisa. Simplemente existe. Fue nuestro, y eso es maravilloso. Pero ahora es otro.

Salieron juntos del café. Él la acompañó hasta el coche.

Gracias dijo él. Por haber venido y por la sinceridad.

Gracias a ti contestó ella. Por haber buscado. Era importante saberlo.

Él extendió la mano; ella la estrechó, cálida y firme, y la soltó.

Al volver a casa, observó las calles por las que corría cuando era una joven despistada. Nada había cambiado y, sin embargo, todo había cambiado. No sintió tristeza ni vacío, sino una luz serena, como la calma que queda tras una larga conversación cuando todo se ha dicho y el alma se siente ligera.

Luis veía el fútbol. Al verla, apagó el sonido.

¿Qué tal? preguntó sin reproches, sin celos, sólo con interés. Ella le había contado la noche anterior que se encontraba con una compañera de universidad que no había visto en cien años.

¿Fue buena? inquirió, y en sus ojos no había posesión, solo preocupación.

Sí, buena asintió. Pero ajena.

Caminó a la cocina a poner la tetera. Su mirada se posó en el jarrón con lilas que Luis había recogido esa mañana del patio; racimos morados y perfumados. Tocó los pétalos frescos y húmedos.

Luis la abrazó por detrás, apoyando su barbilla en su cabeza.

Te quiero dijo, como quien anuncia lluvia.

Yo también respondió, cerrando los ojos.

Comprendió entonces que el reloj de la entrada había dejado de latir no para devolver el pasado, sino para afianzarlo en el presente. Todo lo vivido había sido necesario; todo lo que quedaba era el lugar correcto en el universo.

El tictac ya no era un ruido que buscara atención; ahora marcaba con precisión la vida que ella había construido, recordándole que el tiempo, aunque detenido un instante, siempre sigue adelante. La verdadera lección era que los recuerdos pueden abrir puertas, pero la vida se vive en el ahora, y es allí donde reside la verdadera plenitud.

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