Kostik se sentaba en su silla de ruedas y miraba a través de los cristales polvorientos hacia la calle.

Te cuento lo que le pasa a Conrado García, que está en silla de ruedas mirando por el ventanuco polvoriento de su habitación. La ventana da al patio interior del hospital de Madrid, donde antes había una zona verde con bancos y maceteros, pero ahora casi no pasa nadie. Además hacía un frío tremendo y los pacientes raramente salen a pasear. Conrado está solo. Hace una semana su compañero de habitación, Julián Torres, se fue a casa y desde entonces el ambiente se ha vuelto un pozo. Julián era un tío muy sociable, siempre contaba mil historias como si fuera un actor de teatro; de hecho estudiaba para ser actor en la universidad. Cada día su madre le llevaba dulces, fruta y pasteles, que compartía generosamente con Conrado. Con la partida de Julián se perdió esa calidez hogareña y él se siente más solo y sin propósito que nunca.

De repente entró la enfermera y le dio una sacudida a Conrado. No era la simpática joven Damián, sino la siempre carraspeante y de ceño fruncido, Lidia Álvarez. En los dos meses que lleva en el hospital, nunca la ha visto sonreír. Su voz es tan áspera como su mirada.

¿Qué pasa, Conrado? ¡Al colchón! escupió Lidia, con la jeringa lista.

Conrado suspiró, giró la silla y se arrastró hasta la cama. Lidia, con una mano firme, lo puso boca arriba y luego le dio la vuelta.

Quítate los pantalones ordenó, y él obedeció sin sentir nada. La inyección la hacía con maestría, y cada vez le agradecía en silencio.

Se preguntó cuántos años tendría, mirando la cara arrugada de la enfermera. Seguro está jubilada, la pensión es pequeña y por eso se vuelve tan gruñona, pensó mientras ella introducía la aguja en la vena casi invisible del brazo delgado de Conrado.

Listo, Conrado, hemos terminado. ¿Ha pasado el doctor? preguntó de repente, preparando sus cosas para irse.

Aún no, respondió Conrado, encogiéndose de hombros, quizá venga más tarde.

Pues espera. No te quedes en la ventana, que te va a dar un soplo y te vas a sentir como una sardina, le lanzó Lidia y salió de la habitación.

Conrado sintió una punzada de irritación, pero la frase de la enfermera, con su rudeza y una extraña honestidad, le hizo percibir una chispa de preocupación.

Conrado es huérfano. Sus padres murieron en un incendio cuando él tenía cuatro años, en la casa de su pueblo natal. Su madre, Isabel, lo tiró por la ventana justo antes de que el techo se derrumbara, salvándolo del fuego que se llevó a toda la familia. Por eso quedó en un orfanato. No tiene familiares que se encarguen de él.

De su madre heredó la dulzura, la imaginación y los ojos verdes; de su padre, Antonio, la altura, la paso majestuosa y una cabeza para los números. Apenas recuerda fragmentos de su vida: una fiesta del pueblo con su madre, ondeando una bandera de colores, o estar en los hombros de su padre sintiendo el viento del verano en sus mejillas. También recuerda a un gato anaranjado llamado Mimos, pero nada más; el álbum familiar se perdió en el incendio.

Cuando cumplió dieciocho años, el Estado le asignó una habitación luminosa en la residencia universitaria del cuarto piso. Le gustaba vivir solo, aunque a veces la melancolía le hacía llorar. Con el tiempo aceptó la soledad y hasta le sacó provecho, pero viendo a los niños con sus padres en los parques o en el supermercado le surgían pensamientos amargos.

Después del instituto quiso entrar a la universidad, pero no alcanzó la nota de corte y tuvo que ir al instituto técnico. Le gustó la especialidad, pero se llevaba mal con los compis: él era callado y reservado, y ellos no tenían mucho de qué hablar con él, pues prefería los libros y los artículos científicos a los jolgoreos estudiantiles. Lo mismo con las chicas: su timidez no los atraía. Además, a los dieciocho y medio todavía parecía de dieciséis, lo que lo convirtió en el cuervo blanco del grupo, aunque eso no le molestaba.

Hace dos meses, mientras corría con prisa por la acera helada para no llegar tarde a clase, resbaló en una escalera subterránea y se rompió ambas piernas. Las fracturas fueron graves y la curación dolorosa, aunque en las últimas semanas mejoró. Esperaba el alta, pero temía que su piso del residencia no tuviera ascensor ni rampas, y que tendría que seguir en silla de ruedas mucho tiempo.

Al mediodía entró el traumatólogo, el doctor Román Pérez, y tras revisar sus radiografías, anunció:

Conrado, buenas noticias: tus fracturas ya están consolidándose. En dos semanas podrás usar muletas. No tiene sentido que sigas aquí; te daremos el alta y seguirás el tratamiento en la policlínica. En una hora te entregarán el alta, ¿quién te recogerá?

Conrado asintió en silencio.

Perfecto. Llamaré a Lidia para que te ayude a recoger tus cosas. Cuídate, y trata de no volver a meterte en líos, dijo el doctor con una sonrisa y se marchó.

Lidia entró de golpe y, con tono brusco, le dijo:

¿Qué esperas, Conrado? Te van a dar el alta, y le tendió la mochila que había bajo la cama.

Conrado la guardó y notó la mirada curiosa de la enfermera.

¿Le mentiste al doctor? preguntó, ladeando la cabeza.

¿De qué me hablas? respondió él, sorprendido.

No te hagas el tonto, Conrado. Sé que nadie vendrá a recogerte. ¿Cómo vas a volver a casa?

Me las ingeniaré gruñó.

Te van a tocar al menos quince días sin poder caminar. ¿Cómo vas a arreglarte?

Yo me las arreglo, no soy un niño.

Lidia se sentó al borde de la cama, lo miró fijamente y, suavizando el tono, le dijo:

Conrado, con esas lesiones vas a necesitar ayuda. No puedes hacerlo solo. No te estoy diciendo esto por compasión, sino porque es la verdad.

Yo lo lograré.

No lo lograrás. Llevo años en esto y no me engañes.

Entonces, ¿por qué me hablas?

Porque podrías quedarte a vivir conmigo. Vivo en un caserón a las afueras de Madrid, con una escalera de dos peldaños y una habitación libre. Mi marido murió hace años y no tengo hijos…

Conrado se quedó boquiabierto. Vivir con una desconocida le parecía incómodo, pero la idea de una ayuda concreta le sonaba bien. Recordó cómo Lidia le recordaba cada día: Come el requesón, tiene calcio, No te quedes con la ventana abierta, hace frío, Hoy te toco tu plato de albóndigas. Era la única persona que le mostraba preocupación.

Vale, acepto, pero no tengo dinero dijo finalmente.

Lidia cruzó los brazos, frunció el ceño y replicó:

¿Crees que te invito a cambiarte por dinero? Me lo sabes, Conrado.

Solo… pensé… se interrumpió, avergonzado.

No soy una caritativa, pero vamos a la enfermería, te dejaré allí mientras termino mi turno ordenó.

La casa de Lidia era pequeña pero acogedora, con ventanas estrechas enmarcadas en hermosos barrotes tallados. Dentro había dos cuartos, y uno de ellos fue donde Conrado se instaló. Al principio se sentía muy tímido, apenas salía de su habitación y trataba de no molestar a su anfitriona. Lidia, al ver eso, le dijo sin rodeos:

Deja de ser tan tímido. Aquí el té se sirve en casa, no en la calle.

Conrado empezó a relajarse: la nieve cubría los cristales, el fuego crepitaba en la chimenea y el aroma de la comida casera le recordaba a su propio hogar y a una infancia feliz.

Los días pasaron; la silla de ruedas quedó en el fondo y luego aparecieron las muletas. Llegó el momento de regresar a la ciudad. Tras una visita a la policlínica, Conrado caminaba cojeando al lado de Lidia y le contaba sus planes:

Tengo que presentar los exámenes, los trabajos. He perdido tanto tiempo, es un infierno. No quiero abandonar el instituto técnico.

Pues hazlo, le aconsejó Lidia. Tu instituto no se va a ir a ningún lado. El médico dice que reduzcas la carga en las piernas.

En esas semanas se estrechó mucho su vínculo. Cada vez más Conrado se daba cuenta de que no quería dejar aquella casa ni a la mujer que se había convertido en su segunda madre.

Al día siguiente, mientras recogía sus cosas, buscó el cargador del móvil y se detuvo al ver a Lidia en el umbral, con lágrimas en los ojos. Conrado, sin pensarlo, se acercó y la abrazó fuerte.

¿Te quedas, Conchi? sollozó ella. No sé qué haría sin ti…

Y él se quedó. Un par de años después, Lidia tuvo el honor de estar en la mesa como madre del novio en la boda de Conrado. Un año más tarde, en la sala de partos, tomó en sus brazos a la nieta recién nacida, a quien llamaron Ludmila, en honor a ella.

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