Que esta noche sea la última, la vivirá con belleza. Mirará a su amor, deseándole larga vida. Después, se acurrucará junto a su ventana y se perderá en sus sueños, sin intención de volver…

Oye, te cuento la historia de un gatito que ha pasado tres inviernos en la calle y aún sigue soñando con un rayo de sol. Todo empezó en un piso de una vivienda típica de la calle del Sol, en Madrid, donde vivía con su madre, una gata muy confiada con la gente. Pero la vida le dio la vuelta de repente. Los dueños de la casa se murieron en un accidente, y su hijo adulto, Antonio, que odiaba a los gatos y tenía un perro guardián bravo, decidió echar a “los intrusos”. Sin pensarlo mucho, sacó a toda la familia felina al balcón y los dejó allí.

La primera cría no sobrevivió: la madre murió de hambre, los hermanos se congelaron o fueron atrapados por los perros, y varios terminaron atropellados. Sólo quedó uno, un pequeño orange con una chispa de vida.

Ese gatito lo encontró Ramiro, el conserje del edificio. No lo “recogió” como tal, sólo lo avistó, lo apartó de la madre, lo metió al sótano y le puso una caja cerca de las tuberías calientes. Ahí lo alimentó durante todo el invierno y, de esa forma, el gato se salvó.

Al gatito nunca le pusieron nombre. Por la grieta de la ventana del sótano se escapaba a la calle y aprendió a sobrevivir: esquivar perros, evitar a los humanos, buscar restos en los contenedores y engañar al hambre. El segundo invierno lo vivió solo, porque el conserje anterior fue despedido por beber en el trabajo y el nuevo, un tipo muy serio, ya no le tiraba de comida, aunque al menos no le cerró la ventana. Con eso fue suficiente para que el gato pasara otro año en el sótano, aprendiendo a pelear por cada bocado.

El tercer invierno fue el más duro. Todas las ventanas del sótano se taparon con cristales y no había a dónde ir. Tuvo que buscar refugio en otro patio, donde descubrió una zona olvidada: una vieja zanja con una tubería de calefacción que asomaba a la superficie. La cubierta de arbustos la mantenía oculta, y las tuberías calientes derretían la nieve, aunque el viento helado se colaba hasta los huesos.

Pasó ese invierno como un fantasma: flaco, con el pelaje en jirones y los ojos siempre alertas. En la calle los gatos envejecen rápido y él ya era considerado anciano, sobreviviendo solo con migas y sobras. Entonces, justo antes de que la primera lluvia de otoño cubriera la zanja, alguien la tapó sin pensarlo.

Una tarde, el gato subió a la cornisa de un alero de metal bajo la ventana de una vivienda del barrio de Lavapiés, donde vivía una gata de interior llamada Begoña. Ella era una beldad, siempre a la espera en el alféizar, mirando el mundo. Él, desde abajo, la observaba y sentía que, dentro del frío, algo se calentaba.

Un día se atrevió: trepó por un árbol, saltó al alero y se quedó allí, mirando a Begoña a través del cristal. No le pedía nada, solo disfrutaba del espectáculo. Cuando ella bajaba a sus platos de comida, él tragaba saliva, no por envidia, sino porque le picaba la garganta de la soledad.

Pensó que, si la muerte llegaba este invierno, que fuera allí, junto a su ventana. Se acurrucarían, él la miraría y se iría sin miedo, en paz. Imaginó esa escena una y otra vez: el gato naranja, delgado, muriendo suavemente bajo el alféizar de su amada.

Una noche, la dueña, Carmen, lo vio y gritó, agitando los brazos. El gato se escapó, volvió y se escapó otra vez. El dueño del piso, un hombre llamado Luis, lo vio y no lo echó. En sus ojos vio esperanza, dolor y una extraña adoración por la gata. En lugar de ahuyentarlo, empezó a dejarle trocitos de carne, una chuleta, una salchicha, detrás de la ventana. El gatito se acercó, temblando, y maulló contra el cristal.

Begoña lo miró primero al hombre y luego al gato. En su mirada había sorpresa. Luis, con voz baja, le dijo: Sabes que ella no quiere otro gato. Yo le pedí un gatito y ella dijo que no. El gato entendió y no se ofendió. No era su hogar, era para los de raza pura, jóvenes y mimados.

Aquella noche hacía un frío de muerte. El gato estaba mojado, helado, y se dio cuenta de que ya no había nada que valiera la pena. Decidió que, si el final era inevitable, que fuera allí, junto al cristal donde Begoña lo miraba.

Así, mientras la nieve caía inesperadamente, Begoña disfrutaba del espectáculo de los copos que se posaban sobre el pelaje del gato. Ella no sabía que esa belleza lo estaba matando lentamente, que nunca había sentido el hambre ni el frío interior.

El gato, cada vez más rígido, sentía que la última salchicha le daba un calor diminuto que se desvanecía. El viento lo quemaba, el hielo se metía en los huesos y apenas podía mantenerse en pie. Seguía mirando a Begoña, pero ya sabía que no aguantaría mucho más.

Preparó su despedida como si fuera el evento más importante de su vida: quería irse con dignidad, darle a Begoña una última mirada, maullar algo dulce y desearle muchos años de vida. El plan era simple: comer el último manjar que Luis le había dejado, esperar a que ella se metiera en su casa y, entonces, acurrucarse en un pequeño bollo junto al cristal y desaparecer en los sueños sin volver.

La nieve se volvió una cortina blanca y Begoña, en el cálido alféizar, seguía observando los copos que caían sobre el gato. Sus ojos brillaban al ver la danza de la nieve, sin imaginar que aquel espectáculo lo estaba matando. Él, tembloroso, sentía que el último calor se apagaba. Sus ojos se cerraron, el cuerpo se volvió una pequeña bola helada y, de pronto, una extraña sensación lo envolvió: ya no sentía frío, solo una tibia manta que lo cubría.

Con la última bocanada de aliento, abrió los ojos y vio a Begoña, la razón de sus escaleras y saltos. Qué bonito, pensó, una muerte ligera y tranquila. Su cabeza cayó, y sus ojitos se apagaron. Entonces, en su imaginación, una mano amable lo levantó, lo acarició y lo llevó a una taza de leche tibia junto a su amada.

Begoña siguió maullando, golpeando el cristal, como pidiendo una respuesta. Pero el gato ya no podía oír. El frío lo había convertido en un pequeño montón de nieve.

En el apartamento, la esposa de Luis, una mujer de carácter, gritó: ¿Qué está pasando con ese gato?. Luis, mirando por la ventana, vio a Begoña pataleando el cristal. De pronto, recordó los ojos de la gata y sintió una punzada de culpa. Se lanzó a la ventana, abrió la persiana y encontró al gato, tembloroso y cubierto de escarcha. Lo llevó al baño, lo sumergió en agua tibia y lo secó con una toalla.

Mientras Luis lo envolvía, Begoña maullaba a su lado, como pidiendo que lo devolvieran a la vida. Luis lo acarició, susurró: Vamos, pequeño, vuelve. El gato abrió los ojos lentamente, y allí, en la penumbra del baño, Luis, con la cara roja de la emoción, le entregó un trozo de carne. Begoña saltó sobre él, giró y maulló de alegría.

¿Cómo se llama?, preguntó la esposa. Luis sonrió y respondió: Se llama Querido. Sí, Querido. Begoña, como aprobando, maulló de nuevo.

Ahora Querido vive en ese piso, con el pelaje brillante, la cola esponjosa y los ojos tranquilos. Cada tarde se sientan juntos en el alféizar, mirando la calle. A veces, cuando el viento sopla, Querido suspira y recuerda aquel otro lado del cristal. Begoña le acaricia la espalda y le dice, en su modo felino, Ya estás en casa, eres nuestro.

Abajo, en la calle, siguen los gatos que no lograron entrar. Siguen esperando sobrevivir a otro invierno, con la esperanza de encontrar una esquina cálida. Y así, entre la nieve y el bullicio de Madrid, la vida sigue, con sus penas y sus pequeños milagros.

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