Almudena giró la llave y se quedó helada: al umbral estaban tres pequeños felinos empapados.
Siempre esa lluvia interminable y monótona del otoño de Madrid. Almudena cruzaba el patio, apretando el paraguas como si pudiera protegerla no sólo de las gotas frías, sino también del mundo indiferente que la rodeaba. La llave hizo clic en la cerradura y, justo entonces, escuchó tras de sí un débil lamento:
Miau.
Almudena se detuvo, giró la cabeza. En la puerta, apretados como si temieran el frío, estaban tres bolas de pelo temblorosas. Uno rojizo, otro blanco y el último negro, como si alguien hubiese elegido a propósito colores contrastantes para que resultaran aún más conmovedores.
Dios mío exhaló casi en un susurro.
Los gatitos alzaron la mirada hacia ella. No suplicaban, no llamaban, sólo observaban. En esos ojos había algo que le encajó el corazón.
¿Por qué habéis venido a mí? murmuró Almudena, agachándose. Vayáis, pequeños, id fuera de aquí.
El rojizo alargó una patita temblorosa y rozó sus dedos. Almudena se estremeció, se incorporó de un salto, abrió la puerta y cruzó el umbral. Se giró. Los gatitos seguían allí, inmóviles.
Lo siento susurró y cerró la puerta tras de sí.
Esa noche el sueño se escabulló. Almudena quedó acostada escuchando el viento que susurraba entre las ramas fuera de la ventana, y cada vez parecía percibir un lejano miau. ¿Será el viento que aúlla o será su propia conciencia?
Al alba la lluvia amainó. Miró por la ventana; el umbral estaba vacío.
Pues se dijo en voz alta, como justificándose. Seguro que encontrarán a alguien mejor.
Pero en el pecho sintió una punzada como una aguja: como si hubiera perdido algo importante.
¡Almudena! gritó una voz conocida desde la calle.
En el patio estaba su vecina Valentina, con una chihuahua llamada Lola al tirón de la correa.
¡Sal, hablemos un momento!
Almudena se ajustó el pañuelo y descendió.
Dicen que ayer había gatitos bajo tu puerta. ¿Qué pasó con ellos? preguntó Valentina.
Se fueron respondió Almudena con un encogimiento de hombros. Llegaron solos y se fueron solos.
¡Ay, tonta! suspiró la vecina. Los gatos no aparecen por casualidad. Si eligen una casa, es porque traen algo bueno. ¿Los echaste?
No los eché contestó Almudena en voz baja. Simplemente no los recogí.
Y no lo debiste, Almudena. Es un pecado rechazar a quien se acerca por voluntad propia.
Esa frase se clavó dolorosa en su corazón. Almudena quedó unos momentos pensativa y, de golpe, decidió:
Iré a buscarlos.
¡Así se habla! le gritó Valentina, animándola.
Con el viejo paraguas en la mano y el asfalto aún mojado bajo los pies, Almudena recorrió todo el patio, husmeó detrás de los contenedores de basura, bajo las escaleras, en el sótano; nada. Sólo el silencio y el rumor del agua en las tuberías.
Al día siguiente, sin encender la radio, se vistió y partió de nuevo. Recorrió su patio, luego el del vecino, inspeccionó cada rincón.
Mícicos, susurró, sintiéndose tonta. ¿Dónde estáis, pequeños?
Sólo le respondió la fina llovizna.
El tercer día resultó el más duro. Almudena vagaba hasta que cayó la noche, las piernas dolían, la ropa estaba empapada, pero no podía detenerse. En la entrada del edificio la encontró Valentina:
Almudena, ¡estás mojada! Te vas a enfermar.
No puedo, Valen respondió cansada. Vinieron a mí y yo
Lo entiendo asintió la vecina. Mañana iremos juntas.
Al cuarto amanecer, cuando Almudena estaba a punto de salir, oyó un débil miau comprimido. Provenía de abajo. Se agachó y miró bajo la tubería de calefacción. Allí, en una esquina, dos gatitos se abrazaban: el rojizo y el blanco, delgados, empapados, temblorosos. El blanco apenas respiraba.
Mis pequeños susurró, tendiendo la mano con cuidado. El rojizo se dejó coger al instante; el blanco estaba sin fuerzas.
Almudena los llevó bajo la chaqueta, sintiendo el latido diminuto de sus corazones contra su palma. En la cocina sacó una toalla vieja y los arropó. El rojizo se animó al instante, mirando a su alrededor; el blanco permanecía inmóvil.
No mueras, le susurró, frotando sus patitas. ¿Me oyes? ¡No te rindas!
Vertió leche tibia. El rojizo se abalanzó sobre el cuenco; al blanco lo alimentó gota a gota con una jeringuilla. Tras una hora, el blanco emitió un leve maullido.
Qué bien te has portado sonrió Almudena, la primera vez en días.
¿Y el tercero? El negro
Dejando a los dos cachorros bajo el calor, volvió a buscar. Hasta el anochecer, cuando escuchó un quejido bajo el viejo cobertizo. En una rendija entre tablas estaba atrapado un diminuto gato negro.
¿Cómo te has colado allí, tontuelo? le reprendió mientras lo sacaba. La rendija era estrecha; tuvo que buscar un martillo y arrancar una tabla.
El negro era el más débil de los tres. Almudena lo llevó a casa y lo acomodó junto a los demás sobre una vieja manta al lado del radiador. El rojizo corría feliz por la cocina, el blanco respiraba tranquilo, y el negro
Aguanta, pequeñín le dijo mientras le dabas leche. No te rindas.
A medianoche, el negro tomó algunos sorbos por su cuenta.
Las primeras semanas fueron duras: diarrea, fiebre, uno enfermo, otro peor. Almudena no cerraba los ojos por las noches, calentaba, alimentaba, corría al veterinario.
¿Lo entregas a alguien? sugirió Valentina.
No respondió firme Almudena. Ahora son míos.
Mios fue la palabra que pronunció por primera vez en mucho tiempo.
Al rojizo lo llamó Rojito, travieso y incansable, con la nariz metida por todas partes. Al blanco le puso Nieve, observador y serio, que adoraba el alféizar mirando la calle. Al negro lo nombró Tobías, silencioso y cauteloso, pero el que más se aferró a ella: en cuanto Almudena se sentaba, él se acurrucaba en su regazo.
La casa se llenó del sonido de ronroneos, patitas que golpeaban el suelo y el tintineo de los platos. Volvieron los olores de leche, champú y pan recién tostado. La vida retornó.
Almudena se despertaba antes del alba para cuidar a sus gatitos: llenar el bebedero, poner comida, cambiar la arena. Su día adquirió una rutina claradesayuno, juegos, comida, paseos dentro del apartamento, caricias nocturnas y sueño. Y lo más sorprendente: le encantaba. Por primera vez en mucho tiempo, tenía una razón real para levantarse cada mañana.
Dos meses después, los gatitos habían crecido, se habían robustecido y se habían convertido en pequeños alborotadores. Especialmente Rojitovaliente y inquieto, siempre haciendo alguna travesura. Derribaba cortinas, derribaba macetas, se metía en los armarios y arrasaba con todo.
¿Qué has vuelto a liarla, pillín? le regañó Almudena, sin ira, pero con una sonrisa y ternura que delataban su alegría. Rojito, como entendiendo que todo perdonaría, se frotó contra sus piernas y ronroneó como diciendo: ¡Solo juego, mamá!.
Nieve, en cambio, era todo lo contrario: majestuoso y digno, como nacido para la reflexión. Se instaló en el alféizar de la cocina y podía pasar horas allí, vigilando el patio. A veces maullaba, como conversando con las aves que pasaban o guiñando a los gatos de la vecindad.
Tobías era su sombra inseparable. Donde Almudena, él estaba. En el baño, en la cocina, bajo sus pies. Cuando ella se recostaba, él se acomodaba en su almohada, enrollado como una bola.
Qué pegajoso eres, se reía Almudena, acariciándole la oreja.
Una mañana algo no estaba bien. Se levantó y sintió una gran inquietud. En la cocina Nieve estaba en su sitio, Rojito corría por el pasillo, pero Tobías había desaparecido.
¡Tobías! gritó. ¿Dónde estás, pequeño?
Nadie respondió. Almudena rebuscó toda la casadebajo del sofá, en el armario, en la lavadorapero nada. El corazón se le encogió. ¿Se habrá escapado por la escalera? ¿La ventana? La persiana estaba cerrada. Salió al portal, luego al patio, inspeccionó el sótano, el desván, los arbustos del cerco.
¡Tobías! ¡Tobías! clamó con desesperación, sin prestar atención a los vecinos.
Valentina apareció en la ventana:
Almudena, ¿qué ocurre?
¡Se ha perdido Tobías! respondió casi llorando. No sé dónde está.
Espera, bajo. Vamos a buscarlo juntas.
Recorrieron todo el patio, revisaron cada rincón. Almudena estaba a punto de romper a llorar. Imaginaba los peores escenarios: ¿lo atropelló un coche? ¿Alguien lo tomó?
No te aflijas intentó calmarla Valentina. Los gatos son listos, seguro que lo encuentras.
Almudena volvió a casa y revisó cada habitación una y otra vez. Rojito y Nieve se sentaron junto a ella, como percibiendo su angustia.
¿Dónde estás, mi tesoro? susurró, desplomándose en el sofá.
Entonces escuchó un leve miau. Se quedó inmóvil, escuchó de nuevo. El sonido venía del armario. En la repisa más alta, entre cajas, se ocultaba un pequeño bulto negro.
¡Tobías! exhaló, los ojos le brillaron de alivio. ¿Cómo te has colado ahí, travieso?
El gatito maulló con timidez, temiendo saltar. Almudena puso una silla, subió con cuidado y sacó al tembloroso Tobías. Lo abrazó contra su pecho, le acarició la espalda y le susurró:
¡Vaya susto, tontuelo!
Tobías ronroneó, empujando su carita contra su mejilla, como pidiendo perdón.
En ese instante Almudena comprendió que no temía perder al gatito; temía volver a quedar sola. Aquellos pequeños se habían convertido en su familia, en el sentido de su vida, en parte de su corazón. Rojito se acercó, maulló, Nieve ronroneó aprobatoriamente y Tobías se enredó en su cuello.
Esa noche Almudena sintió, por primera vez en mucho tiempo, que realmente era necesaria.
Gracias a vosotros murmuró, mientras colocaba los cuencos de agua. Gracias por haber llegado a mi vida.
Desde entonces Rojito la recibe en la puerta cada vez que vuelve del mercado, saltando, ronroneando y frotándose contra sus piernas. Nieve vigila la casa como un guardián, observando todo desde su puesto en el alféizar. Y Tobías, como siempre, está a su ladoatento, leal, con sus ojos amarillos que reflejan todo su pasado y su presente.
Si Almudena se entristece, él se acurruca a su lado, dándole calor. Si se alegra, ronronea más fuerte, como compartiendo su felicidad.
La casa revivió. Almudena ya no se levanta porque tiene que sino porque quierepara alimentar a sus niños, jugar, conversar. Sí, habla con los gatos, y no le da vergüenza. Porque, ¿sabéis?, ellos responden a su manera: con suaves ronroneos, movimientos sutiles de la cola y breves miau.
Así, en esos diálogos silenciosos, Almudena comprendió la verdad esencial: ya no estaba sola. A su lado estaban los que necesitaban de ella y a quienes ella ya no podía vivir sin.
Un año después, Almudena estaba en la ventana, mirando el patio donde había acogido a los tres mojados.
Nieve, mira, otra vez llueve le dijo al gato blanco, que se había instalado en el alféizar.
Nieve maulló en respuesta, sin apartar la vista del cristal. Había crecido, se había convertido en un elegante gato de ojos verdes, sereno como un profesor anciano. Desde el pasillo se oyó un golpe: Rojito llegaba corriendo con un ratón de juguete entre los dientes, todavía juguetón, ahora grande y peludo como una naranja viva.
¿Otra vez lo has convertido todo al revés? se rió Almudena.
Y bajo sus pies, como siempre, Tobías murmuraba, negro como el carbón, con una mirada que contenía todo su pasado y su futuro. No se alejaba de su dueña ni un paso.
Mis tesoros susurró, inclinándose hacia él.
Se oyó el portón abrir; Valentina regresaba con su perra Lola.
¡Almudena! la llamó. ¡Sal aquí!
Almudena sonrió, mirando a sus compañeros.
Valen, tenías razón dijo en voz baja. Ellos fueron los que me salvaron.
Miró al cielo y añadió suavemente:
Gracias, querido Seguro eres tú quien los envió a mí.
Afuera la lluvia golpeaba rítmicamente el alféizar, pero dentro reinaban calidez y paz. Almudena cerró los ojos, escuchando el reconfortante ronroneo, el mismo sonido con el que había comenzado su nueva vida.
Tres gatos, llegados una tarde de lluvia, le enseñaron la lección más importante: el amor siempre vuelve, a veces bajo la forma de tres pequeños y empapados gatitos a la puerta.







