Los lobos en el bosque

Antonio avanza por el bosque de la Sierra de Guadarrama desde hace varias horas. Le encantan estas excursiones: el silencio, el aroma a pino, el aire fresco y el canto de los pájaros. Todo transcurre en calma hasta que, de repente, se oye un crujido seco de ramas a sus espaldas.

Se vuelve y se queda paralizado. De entre los árboles aparecen una manada de lobos, al menos ocho. Sombras grises se deslizan sin ruido sobre el follaje seco, acercándose. Al principio piensa que solo pasan de largo, pero pronto se percata de que se dirigen directamente hacia él.

El pecho se enfría. Corre hacia el árbol más cercano. La mochila se le escapa de los hombros, cae en la hierba, y él, aferrándose a la corteza, comienza a trepar, sintiendo temblar los brazos. Los lobos rodean el tronco. Un gruñido sordo se funde en un horrible coro. Uno de los animales salta, agarra con los dientes la bota de Antonio y la tira al suelo. Él grita, se libera, pero apenas logra mantenerse en pie. El corazón late como si quisiera escapar del pecho.

Comprende que no podrá sostenerse mucho tiempo. El móvil sigue en la mochila y la ayuda está a decenas de kilómetros. De pronto, desde lo profundo del bosque surge un sonido que eriza la piel. Un gruñido grave, más profundo que el de los lobos, como si la propia tierra hablara.

Los lobos se tensan. Sus orejas se erizan, sus cuerpos se endurecen. Un instante después, de entre la sombra de los árboles aparece una enorme figura. Un oso pardo avanza lentamente, con paso seguro, y cada paso retumba en el pecho de Antonio.

Se detiene a unos pasos de la manada y ruge. El rugido es tan potente que las hojas tiemblan y los pájaros se lanzan de las ramas. Los lobos se estremecen al instante. Uno aprieta la cola, otro retrocede, y en cuestión de segundos toda la manada desaparece entre la maleza, como si nunca hubiera estado allí.

El oso queda solo. Levanta la cabeza, mira hacia arriba directamente a Antonio. La mirada es pesada, pero no hostil. Se quedan varios segundos cruzando miradas. Entonces el animal se vuelve, se retira despacio entre los árboles, desapareciendo entre la espesura.

Antonio, aún clavado en el árbol, apenas puede moverse. Ha escapado de la muerte sólo porque otro depredador apareció en el momento justo. Cuando el miedo se disipa poco a poco, baja con cuidado, recoge la mochila y mira en la dirección a la que se alejó el oso.

Gracias murmura en voz baja.

El bosque permanece en silencio, solo el viento mueve las ramas y, a lo lejos, se oye el eco de un cuco que llama.

Desde entonces Antonio vuelve al bosque con frecuencia, dejando en un claro un trozo de pan y un poco de miel. Cada vez que la niebla cubre el suelo, le parece que, entre los árboles, lo observan unos ojos cálidos y sabios.

Quizá sea solo una coincidencia. O quizá, en aquel bosque de la Sierra de Guadarrama, realmente haya alguien que lo vigile.

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Los lobos en el bosque
El día que fui a divorciarme vestida de novia Cuando mi marido me dijo que quería el divorcio, abrí el armario y saqué mi vestido de boda. —¿Qué haces? —me preguntó, asustado. —Me lo voy a poner para ir al juzgado —respondí, sacudiendo el polvo del vestido. —¿Estás loca? ¡No puedes ir a divorciarte vestida de novia! —Claro que sí. Y tú te pondrás tu traje de novio. Si con ese me prometiste amor eterno, con ese mismo me jurarás el divorcio. Le vi buscando argumentos, sin encontrar ninguno válido. Veinte minutos después rebuscaba en el fondo del armario, murmurando mientras buscaba su traje. Al llegar al juzgado, el personal de seguridad se quedó paralizado. Una mujer gritó “¡Enhorabuena!”, y otra la empujó diciendo: “¡Insensata, que se están divorciando!” El juez casi se cae de la silla cuando nos vio entrar. Yo, con todo el conjunto blanco, velo y todo. Él, con esmoquin, pajarita y zapatos relucientes. —Señora —dijo el juez, conteniendo la risa—, ¿puedo preguntar por qué viene vestida de novia? —Porque, señoría —expliqué con dignidad—, este hombre me prometió “hasta que la muerte nos separe” vestido así. Como la muerte todavía no nos ha separado y él quiere acabar con el contrato, que lo haga viéndome tal como me vio cuando me prometió algo que no iba a cumplir. Mi marido me miró con lágrimas en los ojos. —Nunca te mentí. De verdad te quise aquel día. —¿Y ahora? —pregunté, con la voz a punto de quebrarse. El juez se aclaró la garganta. —¿Saben qué? Les doy media hora de receso. Salgan, paseen, hablen. Y si vuelven vestidos igual y seguros de divorciarse, continuamos. Pero algo me dice que dos personas que llegan hasta aquí aún tienen mucho de qué hablar. Salimos al pasillo. Él me arregló el velo, que se me había torcido. —Estás guapísima —me dijo—. Igual que aquél día. —Tú también estás bien —admití—. Aunque eres un cabezota. Nos quedamos allí, vestidos de boda, en mitad del juzgado, sin saber qué hacer. —¿Y si… —propuso él tímidamente—, en vez de divorciarnos, buscamos una tarta de boda y recordamos por qué nos casamos? ¿Será esto el amor verdadero: vestirse de boda hasta para el divorcio… o simplemente somos dos dramáticos que nunca aprendieron a hacer nada a medias?