De vuelta a la vida: un viaje transformador

Regreso a la vida

Carmen había dejado de entrar en el apartamento de su hijo durante mucho tiempo. No quería. No podía. Las lágrimas se habían agotado hacía años; el dolor había pasado a ser una molestia sorda y constante, una desesperación que se arrastraba sin remedio.

Álvaro tenía veintiocho años. Jamás se quejaba de su salud. Terminó la universidad, trabajaba, iba al gimnasio y salía con su novia. Dos meses atrás se acostó y nunca volvió a despertarse.

Carmen se divorció del marido cuando Álvaro tenía seis años y ella treinta. La causa fue la infidelidad, y no una sola vez. El excónyuge nunca pagó la pensión, se ocultó. El hijo creció sin padre; los padres de Carmen le ayudaron. Hubo algunos amantes en su vida, pero nunca se atrevió a contraer otro matrimonio.

Carmen trabajaba y se ganaba la vida. Primero alquiló un pequeño local dentro de un supermercado para su tienda de monturas y gafas; era oftalmóloga. Después solicitó un préstamo y compró su propio local, fundó una óptica sólida donde también tenía su consulta. Atendía a los pacientes, les ajustaba los cristales.

El año pasado compraron un piso para Álvaro. Un estudio de una habitación, en el mismo edificio que el suyo. Le dieron una ligera reforma. Vivir allí habría sido posible, si no fuera por la ausencia.

El polvo cubría todo. Carmen tomó un trapo y, al mover el sofá, un móvil cayó de entre sus cojines. No lo encontró, lo puso a cargar.

Ya en casa, con los ojos húmedos, repasó las fotos del teléfono de su hijo: Álvaro en la oficina, de vacaciones con amigos, con su novia. Abrió Viber y, en la parte superior, un mensaje de su viejo amigo Damián. Una foto mostraba a una mujer joven, desconocida, con un niño cuya cara era idéntica a la de su pequeño Álvaro.

¿Te acuerdas de la noche de Nochevieja en casa de Lena, cuando todavía estudiábamos? leía el mensaje. Ella tenía una amiga que, al final, alquiló un piso justo enfrente. El niño que ves es suyo. Te lo envío por recuerdo.

El mensaje había sido enviado una semana antes de la tragedia. Así que Álvaro lo había sabido y nunca se lo dijo a su madre. Qué historia

Carmen sabía dónde vivía Damián.

Al día siguiente, después del trabajo, condujo hasta la casa indicada. El niño, llamado Diego, corría tras una bicicleta y le pidió que le dejara montarla. Carmen se agachó y le preguntó:

¿No tienes bicicleta?

El chico contestó que no.

Se acercó la madre del niño, una joven de poco más de veinte años, con un maquillaje exagerado que le quitaba naturalidad al rostro.

¿Quién es usted? preguntó.

Creo que soy la abuela de este niño respondió Carmen.

Yo soy Lola, su madre. Mucho gusto dijo la joven.

Carmen los llevó a una cafetería del barrio. A Diego le pidieron un helado y a ellas un café.

Lola contó que, hace seis años, llegó desde un pueblo de la provincia cuando tenía diecisiete. Ingresó a un centro de formación para ser costurera. En las vacaciones de Navidad, su amiga Lena la invitó a su casa; ambas estudiaban en la misma clase. Los padres de Lena se habían ido a visitar a familiares.

Lena era amiga de Damián, que llegó con su colega Álvaro para celebrar la fiesta. En aquella noche, Lola y Álvaro se acostaron. Álvaro dejó su móvil para seguir en contacto, pero nunca volvió a llamar.

Cuando Lola descubrió que estaba embarazada, le marcó él. Se encontraron; Álvaro se enfadó, le gritó que las chicas responsables se ocupan por sí mismas, le dio dinero para abortar y le pidió que desapareciera de su vida. Desde entonces, nunca volvió a verla.

Lola abandonó el centro de formación, la expulsaron del residuo con su hijo. No podía volver al pueblo; su madre había fallecido, y su padre y hermano vivían entre la botella y el desempleo.

Alquiló una habitación en casa de una anciana solitaria. Ahora ella cuida al niño mientras Lola trabaja. Tiene que entregar casi todo lo que gana; el puesto en la guardería es imposible de conseguir. Lola trabaja en una pequeña fábrica de empanadillas; el sueldo no es gran cosa, pero les permite seguir adelante.

Al día siguiente, Carmen trasladó a la familia a la vivienda de Álvaro. Y su vida tomó otro rumbo.

El nieto fue aceptado en un buen jardín de infancia privado. Carmen tenía nuevas ocupaciones: comprar ropa para Lola y para el chico, y atenderlos con dedicación. Diego se parecía a Álvaro en todo: mirada, gestos, hasta la terquedad.

Carmen tomó bajo su protección a Lola. Le enseñó a usar el maquillaje sin excesos, a vestirse con buen gusto, a cuidarse, a cocinar y a mantener el orden. En una palabra, le dio una educación completa.

Una tarde, sentados viendo la tele, Diego abrazó a su “abuela” y le susurró:

¡Eres la que más quiero!

En ese instante, Carmen comprendió que hacía tiempo que no sentía el vacío que había consumido su alma; el dolor ya no la aplastaba como antes. Entendió que había vuelto a una vida normal, con espacio para la alegría. Todo había sido posible gracias a ese pequeño ser, su nieto.

Dos años después, Carmen acompañó a Lola y a Diego al primer día de primaria. Lola trabajaba para ella; se había convertido en su mano derecha, indispensable.

Lola había encontrado un novio serio, dispuesto a una relación estable. Carmen no tenía objeciones; la vida sigue su curso.

Parece que pronto será ella misma quien se case. Un viejo y buen amigo insiste en que lo haga. ¿Por qué no? Tiene cincuenta y cuatro años, es atractiva, independiente, con buena figura y un carácter afable.

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