Pensamos que la vida es complicada, ¡y nosotros la complicamos aún más!

En el instituto de San Isidoro, en Sevilla, Crisanta Gómez ya desde el primer día supo que a Julián le gustaba. Él no lo ocultaba: al terminar la clase, el alumno de décimo curso la esperaba en el pasillo y caminaba a su lado como un caballero fiel. Le contaba cosas y ella reía a carcajadas, pero su trato era meramente amistoso.

Al principio los compañeros se burlaban de ambos. Cuando Julián no estaba cerca le preguntaban:

¿Y tú, por qué vas sola? ¿Dónde está tu guardaespaldas?

No lo sé respondía ella, encogiéndose de hombros y riendo.

Crisanta entendía que Julián estaba enamorado y, a su manera, lo dejaba jugar. Se sentaban juntos en clase, él le ayudaba con los exámenes y obtenía buenas notas, mientras ella apenas lograba pasar de tres a cuatro.

Con su amiga Rita, Crisanta comentaba que Julián era un chico honesto y que, algún día, sería un buen marido.

¡Ay, Rita! No me atrae que Julián sea tan tímido y viva con su madre. ¿Qué puedo esperar de él? Será un marido corriente y yo quisiera pasión y fuego dijo en el undécimo curso.

Cris, ¿crees que Antonio será un buen esposo? le replicó Rita. No puedes dejar que él sepa que te gustas. En clase todos lo saben, incluido Julián, y saben que tú sueñas con él.

¿Y tú de dónde sacas esos consejos? Tú ni siquiera has salido con nadie le contestó Rita, encogiéndose de hombros. Mi madre siempre me dice que es mejor que el chico corra tras ti que tú tras él.

Crisanta y Rita eran amigas desde la infancia; no guardaban secretos. Crisanta era extrovertida, Rita más reservada.

### Amor de instituto

En el baile de fin de curso, Antonio apareció vestido de blanco, alto y elegante. Se acercó a Crisanta, tomó su mano y la llevó al centro de la pista. Bailaron una pareja perfecta, mientras los demás los observaban. Julián permanecía a un lado, triste, y Rita le lanzaba miradas comprensivas.

Al terminar el vals, Antonio le susurró:

¿Quieres salir conmigo? Hoy te veo con otros ojos. Eres hermosa y tu sonrisa ilumina la sala.

Sí contestó ella, intentando ocultar la emoción que la hacía sentir en la cima del mundo.

Antonio había sabido desde hace tiempo que a Crisanta le interesaba, pero había muchas chicas a su alrededor y él deseaba elegir con el corazón. Esa noche la clase se quedó despierta celebrando, y después Antonio la acompañó a casa. No pensó en Julián; su madre estaba enferma y pronto tendría que marcharse al cuartel.

Crisanta empezó a soñar con una vida junto a Antonio, aunque debía seguir estudiando. Le preguntó:

Antonio, ¿piensas ir a la universidad?

Yo ni siquiera sé si aprobaré el examen de ingreso rió él. Los profesores me miran con lástima. Me formaré como conductor en el cuartel y entraré al ejército.

Entonces esperaré, sin dudas prometió Crisanta, abrazándolo.

Serviré, volveré y nos casaremos le aseguró, apretándola con fuerza.

Crisanta, influenciada por su madre, aceptó esperar. Antonio, sin embargo, pronto se marchó con otra chica, la extrovertida Ana, y al amanecer regresó a su casa.

### La espera y la decepción

Pasaron los meses y Antonio volvió del servicio militar. Crisanta, sin pensarlo, corrió a su casa tras la escuela, pero lo encontró abrazado a Ana, riendo como si nada hubiera pasado. El golpe emocional la dejó sin aliento; salió corriendo de la vivienda sin mirar atrás.

Su madre, siempre prudente, le dijo:

Hija, te advertí que Antonio no era para ti, y Julián siempre te lo recordó. Pero tú, terco, creíste que sólo él podía ser tu felicidad.

Tiempo después, Crisanta descubrió que Ana esperaba un hijo y que pronto se casaría con Antonio. Decidió ir a ver a Julián y, como una especie de venganza, le propuso matrimonio. Tal vez él sospechaba de sus intenciones.

Dos años después, Crisanta y Julián vivían tranquilos. La madre de Julián falleció y él siguió residiendo en la casa familiar. Él amaba a Crisanta con todo el corazón, aunque ella se encerraba en su caparazón y apenas salía de él.

Un día, mientras regresaba de la tienda, se topó de nuevo con Antonio. Él le tomó del brazo y le dijo:

Lo siento, Crisanta, por todo lo que te hice sufrir.

Ya lo perdoné hace tiempo respondió ella. Ahora nuestras rutas son distintas. Adiós, tengo que irme.

Antonio insistió:

Escucha, he comprendido que sólo tú eres la que amo. La relación con Ana se terminó; el niño no era mío. Te he engañado, lo siento de verdad.

Crisanta, incrédula, permaneció pensativa, pero pronto se dio cuenta de que sus sentimientos estaban atrapados entre pasado y presente.

### Un nuevo comienzo

Al llegar a casa, Julián la recibió con una sinceridad inesperada. Él le explicó la verdadera razón de su ausencia con la mujer que había cuidado: era la esposa de su amigo Igor, fallecido en un accidente, y ella estaba enferma de cáncer. Julián había aceptado cuidar a su hija, Alina, mientras la madre no podía hacerlo. Cuando Crisanta se marchó con su hijo Guti, Julián tomó la decisión de buscarla y contarle toda la verdad.

Con el corazón abierto, se abrazaron y, por tercera vez, decidieron volver a casarse, esta vez con la certeza de que el amor auténtico había sobrevivido a los errores y a los malentendidos. Adoptaron a Alina y la criaron como a su propia hija. Los años pasaron, los hijos crecieron, formaron sus propias familias y Crisanta y Julián ahora disfrutan de la compañía de sus nietos, rodeados de risas en la casa familiar de Sevilla.

Una tarde, mientras observaba a sus nietos jugar, Crisanta reflexionó:

He aprendido que la vida no sigue una sola ruta; a veces tropezamos, a veces volvemos sobre nuestros pasos, pero lo esencial es reconocer el amor sincero cuando aparece y no dejar que el orgullo lo eclipse.

Así, la lección que quedó grabada en su corazón fue que el verdadero amor no depende de la perfección ni de la ausencia de errores, sino de la capacidad de perdonar, de comprender y de valorar a quien nos ama con honestidad. Esa es la sabiduría que ahora comparte con cada nueva generación.

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