Por el deseo de la trucha…

Según el mandato de la pícara luciérnaga

Begoña, antes de jubilarse, era una pescadora empedernida. Cuando llegó el merecido descanso, cada instante libre lo pasaba a la orilla del río Tormes, con la caña en la mano. Su marido, Nicolás, seguía trabajando como entrenador en la Escuela de Deportes Infantil de Ávila. Era un entrenador respetado; sus alumnos habían llevado la fama de la escuela a los pueblos vecinos con sus victorias. Por eso, aunque a él también le apetecía pasar horas al lado de Begoña observando el espejo líquido del río, el tiempo le escapaba entre entrenamientos, competiciones y jornadas de preparación. Sólo los fines de semana podía escaparse a pescar, y Begoña siempre comprendió y apoyó esa escasez.

Un sábado, en plena cuarentena, decidieron ir juntos. Los niños estaban en clases virtuales. Nicolás, con el corazón ligero, cargó el equipo de pesca, subió al coche a Begoña y a sus dos nietos, Manuel y Lola (el mayor, Santiago, ya había terminado la formación de bomberos y trabajaba para el cuerpo de emergencias). Al salir, el niño del vecino, Julián, los vio partir con la caña atada al techo. Se quedó con la mirada perdida, como esperando una visita que nunca llegaba. Sin padre ni abuelo, su pequeño mundo giraba en torno a la casa de su abuela, Carmen, quien siempre estaba ocupada con sus quehaceres. El vacío era la norma; la falta de figura paterna se sentía como una sombra que se alargaba por toda la comarca.

Nicolás frenó al pasar junto a Julián, entreabrió la ventanilla y preguntó:

Julián, ¿vienes con nosotros a pescar?

El chico, que parecía haber esperado esa invitación desde siempre, respondió:

Voy a preguntar a la abuela y se escabulló dentro de la casa.

Casi al instante, Carmen apareció en el portal.

¿Me lo permiten? preguntó, mirando a Nicolás¿Lo invitan?

Claro contestó él.

Los niños en el coche estallaron en gritos de alegría.

Julián, tras ponerse la gorra más profunda, el pañuelo alrededor del cuello y los guantes, se deslizó en el asiento trasero. Llegaron al sitio habitual, un banco bajo un sauce donde, según los Býkov, las carpas rebosaban. Pero aquella no era una carpa cualquiera, sino una lucio enorme, barrigón y reluciente. Nicolás encendió una hoguera para que los niños no temieran el frío. Begoña se acomodó en una silla plegable, con la caña en mano, vigilando el flotador y, de reojo, a los niños para que no se liaran de más.

Mientras los pequeños jugaban a las escondidas y al pilla-pilla, el flotador de Begoña empezó a bailar, luego se hundió. Con delicadeza, tiró del sedal, como quien acaricia un secreto. Casi sin darse cuenta, la lucio saltó al aire y la caña la atrapó, depositándola en un balde de agua.

¡La primera ha llegado! exclamó la pescadora, satisfecha. Cambió el anzuelo, lanzó la carnada otra vez. Los niños, con una pelota, dibujaron porterías en la arena y se lanzaron a un improvisado partido de fútbol, una sola portería, como siempre en los sueños.

Otra tirada, otro tirón; Begoña sintió el zumbido del cazador. La lucio reapareció, más grande, más grasa, como si fuera la cena del día. Cuando los niños corrieron, el balde ya chapoteaba con tres lucios.

¿Qué es eso? susurró Julián.

¡Es la lucio que concede deseos! contó Begoña con una sonrisa pícara.

¿De verdad? gritaron al unísono Manuel y Lola. ¿Qué podemos pedir?

Que los cubos se lleven solos a casa bromeó la abuela, mientras enhebraba otro anzuelo.

¡No! ¡Los cubos son aburridos! se lamentó Manuel.

Begoña lanzó otro anzuelo y dijo:

Entonces que la princesa te quiera, como en los cuentos de la Emela.

¿Puedo yo pedir? inquirió tímido Julián.

Claro que sí asintió Begoña. El niño, con el ceño fruncido, sostuvo la lucio entre sus manos, le susurró algo al oído y, antes de que Begoña pudiera girar, la pez se zambulló de nuevo.

El niño quedó perplejo, pero se obligó a no temer; después de todo, los sueños ya son así. Manuel y Lola también apretaron a sus lucios contra el pecho, murmurando palabras que solo ellos entendían.

Begoña, siempre llena de ocurrencias, alzó los brazos y lanzó al aire:

¡Por el mandato de la lucio, por mi deseo, cumplan, oh lucios, todo lo que los niños pidan! miró a Julián, que estaba más callado. ¡Y tú también, Julián!

Nicolás, al ver el balde vacío, preguntó con ternura:

¿No pica?

Begoña, con una sonrisa filosófica, respondió:

¡Echa buen rollo al agua y verás!

En el regreso, los niños se fueron quedando dormidos entre susurros y parpadeos. Nicolás llevó a Julián en brazos; el niño se quedó dormido en su pecho y lo entregó a la abuela. En la entrada, los nietos cantaron:

¡Abuelo! ¿Sabes qué deseo pedimos?

¡Shh! les advirtió la abuela. No lo digan, que no se cumpla

De la pesca hicieron una sopa de pescado que calmó a los niños. Pero Begoña no podía dejar de pensar en el deseo de Julián: Un abuelo. El vacío de un niño sin padre ni abuelo la perseguía como una sombra que nunca se desvanece.

Esa noche, abrazada al cálido lado de Nicolás, le confesó:

Me da lástima Julián. No tiene teléfono, ni ordenador un abuelo sería su luz.

Yo también lo quiero dijo él pensativo. No soy su abuelo, pero él necesita uno.

Un mes después, se acercaba la Nochebuena. Ávila había engalanado la plaza con un gran abeto y luces titilantes; la nieve cubría los tejados como un manto de algodón. Las escuelas preparaban sus villancicos, y Julián se sentía melancólico. Carmen, la abuela, llegó con un termómetro roto y anunció que el niño estaba enfermo: tos, garganta irritada, una febrícula que amenazaba la fiesta.

Nicolás, comprendiendo la urgencia, tuvo una idea. Llamó a su antiguo compañero de la Facultad de Educación Física, Borja, que vivía en Salamanca, a cien kilómetros, pero eso no importaba en un sueño.

Borja, escucha dijo por teléfono. El chico no tiene abuelo. Necesita uno. ¿Podrías serlo?

¿Un abuelo de verdad? replicó el otro. No tengo nietos, pero ¿qué tal si me pongo el traje de Papá Noel y le ofrezco mi compañía una vez al año? El niño está triste, lo entiendo.

¡Eso está perfecto! exclamó Nicolás. Ven, lleva regalos y pastel de manzana, y Begoña nos deleitará con sus empanadillas y su pescado ahumado.

Borja, conmovido, contó la idea a su esposa, Vera, quien siempre estaba dispuesta a cualquier alboroto. Ella, con picardía, respondió:

¡Vamos! Yo seré la Cascanueces, y tú el abuelo. Será una Nochevieja que jamás olvidarás.

Así, días antes de Nochevieja, el hijo de Nicolás, Miguel, regresó de la universidad. Era esquiador profesional, y había venido a pasar unos días con los padres antes de volver a sus entrenamientos. Al llegar, su coche se detuvo frente a la casa de los Býkov. Tocó el portón y Carmen, asustada, abrió la puerta, sin esperar a nadie. Borja, con una bolsa de regalos, apareció al lado de una rubia de pelo dorado vestida de cascanueces.

¿Este es mi nieto Julián? inquirió Borja con voz grave.

¡Exacto! exclamó el niño, con la voz temblorosa. ¿Eres mi abuelo?

Yo dijo Julián, tomando aire. He venido, aunque sea lejos, porque eres mi nieto favorito.

Se acercó al abuelo, casi llorando, y preguntó:

¿Te quedarás con nosotros un rato?

Claro contestó Borja, mirando a su esposa, que sonrojada apenas cambiaba la mirada entre su hijo y el pequeño.

En ese momento, entró una joven de cabello negro y abrigo oscuro, como una auténtica Niña de los Cascos de Nieve.

¡Mamá! gritó el hijo de Nicolás, abrazándola. ¡Papá Noel está aquí, por el mandato de la lucio, por mi deseo!

Katherine, la madre, quedó pálida, como si la nieve se hubiera fundido en su piel. Vera, la Cascanueces, notó cómo el hijo de Nicolás se quedaba paralizado, con los ojos fijos en su madre.

¡Qué sorpresa! exclamó la abuela, intentando calmar la atmósfera. Pasad, tomad té, que hemos preparado tartas.

Borja comprendió que el plan había tomado un giro inesperado, pero el sueño seguía flotando entre la confusión y la alegría. Mientras la anfitriona servía el té, Katherine y Miguel desaparecieron por la puerta trasera, donde la nieve caía ligera, cubriendo el suelo con un velo de algodón.

¿Por qué no me lo dijiste? repitió Miguel, desorientado.

¿Por qué te fuiste sin despedirte? contestó Katherine. El entrenamiento, las competiciones, los torneos todo se me acumuló. No te llamé, el teléfono estaba bloqueado, cambié de número. Pero nunca dejé de pensar en nuestro hijo.

¡Yo lo lamento! exclamó él. No supe que había nacido. No lo vi crecer No eres perfecta, lo sé

Ya basta de recuerdos susurró Katherine. Tú eres padre, esposo, familia

¡No! interrumpió Miguel. No encontré a alguien como tú pero ahora ¡te encontré!

¡Mira qué ágil! gritó el resto. ¡Julián nos ha encontrado a todos!

Los adultos entraron juntos, sonriendo tímidamente, y sus rostros cansados se relajaron un poco.

¿Julián, pediste al lucio que te diera un abuelo? inquirió Begoña. ¿Y lo ha cumplido?

Yo pedí que mi papá estuviera conmigo exclamó Manuel desde la puerta abierta. ¡Los Býkov han llegado para celebrar!

¡Vaya! dijo Miguel, aturdido de felicidad. Entonces, ¿debemos agradecer a la lucio?

¡Claro! respondió Begoña, mirando a su nieta, que se había quedado en silencio.

Yo pedí a la lucio una hermana para Julián, para que se sintiera más alegre murmuró Eva, entrecerrando los ojos.

Los adultos rieron, aplaudiendo, mientras la magia del sueño seguía tejiendo su luz.

Un año después, el 31 de diciembre, un jeep familiar se detuvo frente a la casa de Carmen. Miguel salió del vehículo, ayudó a Katherine a descargar un paquete envuelto con esmero. Julián llevaba orgulloso una silla de paseo. A la pequeña que había nacido esa noche la llamaron Galocha, en honor a la pescadora que, con su caña, había atrapado tres lucios que cumplieron los deseos de los niños. La nieve seguía cayendo, y la ciudad se iluminaba con un brillo que solo los sueños pueden engendrar.

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Por el deseo de la trucha…
La primera vez que sucedió, nadie se dio cuenta. Fue un martes por la mañana en el Instituto Secundario Colina de Lincoln, uno de esos días grises y lentos en los que los pasillos olían a limpiador de suelos y cereales fríos. Los chavales esperaban en la cafetería, mochilas colgando, ojos medio abiertos, aguardando a que las bandejas de desayuno deslizaran por el mostrador. Junto a la caja estaba Tyler Bennett, once años, sudadera con capucha cubriendo las manos, fingiendo mirar el móvil aunque llevaba meses apagado. Al llegarle el turno, la señora de la comida pulsó la pantalla y frunció el ceño. —Tyler, vuelves a deber dinero. Dos euros y quince céntimos. La fila resopló por detrás. Tyler tragó saliva. —Bueno… no pasa nada. Lo devuelvo. Empujó la bandeja hacia delante, ya apartándose, el estómago encogido como siempre. El hambre era algo a lo que ya se había acostumbrado. Aprendes a ignorarla, igual que aprendes a ignorar los susurros y a los profesores haciendo como si no pasara nada. Antes de poder marcharse, una voz detrás lo detuvo. —Yo lo pago. Todos se giraron. El hombre no era de allí. Destacaba como una tormenta entre adolescentes: alto, hombros anchos, chaleco de cuero negro sobre un jersey gris, botas robustas gastadas de tantos kilómetros. Su barba tenía vetas plateadas y las manos de quien conoce el trabajo duro. Un motero. La cafetería enmudeció. La señora de la comida parpadeó. —Señor… ¿es usted del instituto? El hombre sacó la cantidad exacta del bolsillo y la dejó sobre el mostrador. —Solo le pago el almuerzo al chico. Tyler quedó helado. El hombre lo miró sin sonreír ni poner mala cara. Sólo tranquilo. —Come —dijo—. Tienes que alimentarte para crecer. Después se dio la vuelta y salió antes de que nadie pudiera decir nada. Sin nombre. Sin explicación. Sin aplausos. Al acabar la comida, ya había quien discutía si aquello había sucedido de verdad. Pero al día siguiente, volvió a pasar. Otro niño. Otra fila. El mismo motero. Y así, día tras día. Siempre el cambio exacto. Siempre en silencio. Siempre desaparecido antes de que le preguntaran. En menos de una semana, los chavales empezaron a llamarlo El Fantasma del Almuerzo. Los adultos no lo veían tan gracioso. La directora, doña Karen Holt, odiaba el misterio. Especialmente si llevaba cuero y se presentaba sin avisar. Una mañana se plantó junto a la puerta de la cafetería, cruzada de brazos, esperando. Cuando el motero apareció otra vez, esta vez pagando el almuerzo de una chica con treinta euros en negativo, la directora dio un paso adelante. —Señor, tiene que abandonar el centro. El motero asintió tranquilo. —Me parece justo. —Pero antes —añadió, girándose levemente—, debería comprobar cuántos niños aquí se saltan la comida. La directora se tensó. —Tenemos programas para eso. Él la miró. —Entonces, ¿por qué siguen quedándose sin dinero? Silencio. Se marchó sin más. Ahí debería haber terminado todo. Pero no fue así. Dos meses después, la vida de Tyler Bennett se desmoronó de una forma que ningún niño de once años debería afrontar solo. A su madre la despidieron de la residencia. Cortaron la luz primero. Después se llevaron el coche. Luego llegó el aviso de desahucio. Un jueves frío, Tyler se sentó al borde de la cama mientras su madre lloraba, intentando no hacer ruido en la cocina. Al día siguiente, Tyler no fue al instituto. Caminó. Seis kilómetros. No sabía por qué, sólo que el colegio todavía le parecía más seguro que su casa. Al llegar, con las piernas doloridas y la cabeza nublada, se sentó en las escaleras, tiritando, sin saber si siquiera quería entrar. Entonces llegó la moto. Ruido bajo. Parada lenta. El Fantasma del Almuerzo. El motero se quitó los guantes y miró largo rato a Tyler. —¿Estás bien, chaval? Tyler intentó mentir. Fracasó. —Mi madre dice que estaremos bien —respondió rápido—. Que sólo necesita tiempo. El motero asintió, como si entendiera perfectamente. —¿Cómo te llamas? —Tyler. —Yo soy Jack. Fue la primera vez que alguien supo su nombre. Jack sacó un bocadillo de desayuno y un zumo del alforja. —Primero come —dijo—. Luego es más fácil hablar. Tyler dudó. —No tengo dinero. Jack resopló. —No te lo he pedido. Tyler comió como quien llevaba días sin ver comida de verdad. Jack se sentó a su lado, el casco apoyado en la rodilla. —¿Vas andando a casa hoy? —preguntó Jack. Tyler asintió. Jack suspiró. —Dime, ¿has pensado en ir a la universidad? Tyler casi se rió. —Eso es para niños ricos. Jack negó. —No. Es para los que no se rinden. Se levantó, le dio una tarjeta doblada. —Si alguna vez necesitas ayuda—de verdad—llama a este número. —¿Qué es? —preguntó Tyler. Jack lo miró. —Es una promesa. Luego se marchó en la moto. Fue la última vez que alguien vio a Jack en años. Sin almuerzos pagados. Sin motero en la puerta. Sin Fantasma del Almuerzo. La vida no se volvió mágica. Tyler y su madre se mudaron entre parientes y pisos baratos. Tyler trabajó después de clase, se saltó comidas, aprendió a estirar el dinero y a ocultar el cansancio tras bromas. Pero guardó la tarjeta. Y estudió. Mucho. Pasaron los años. En segundo de bachillerato, la orientadora lo citó. —Tyler —le dijo con cuidado—, ¿has echado alguna solicitud? Asintió. —A la universidad pública. Tal vez. Ella le deslizó una carpeta. —Una beca completa. Matrícula. Libros. Residencia. Tyler se quedó de piedra. —Debe ser un error. Negó. —Donante anónimo. Ha dicho que te la has ganado. Dentro había una nota. Tres palabras, escritas en mayúsculas. Sigue creciendo. —J Tyler supo. La universidad lo cambió todo. Por primera vez, Tyler no solo sobrevivía: estaba construyendo un futuro. Estudió trabajo social. Hizo voluntariado. Apadrinó a chavales que le recordaban demasiado a sí mismo. Un día, en una formación, una trabajadora social mayor mencionó un club motero local que financiaba programas de comida y becas en silencio. —No buscan reconocimiento —dijo—. Sólo resultados. El corazón de Tyler se aceleró. Encontró el club a las afueras. Pequeño. Limpio. Una bandera española bien alta. Al entrar, se hizo el silencio. Entonces, al fondo, sonó una voz conocida. —Has tardado, chaval. Jack. Más mayor. Más pausado. Pero los mismos ojos. Tyler no dijo nada, sólo se acercó y lo abrazó. Jack carraspeó, fingiendo que era polvo en el ojo. —Lo has hecho bien —le dijo en voz baja. Años después, Tyler se plantó delante de la cafetería de un instituto, ya no como niño, sino como trabajador social de verdad. Un alumno estaba corto de dinero para comer. Tyler se adelantó. —Yo lo pago. Y, fuera, una moto esperaba, de fondo.