El Regreso a Uno Mismo

El viento recibe a Eugenio con una ráfaga brusca que le arrebata la gorra antes de que ponga un pie en el andén. La atrapa en el aire, sintiendo los dedos helados del otoño colarse bajo el cuello. Huele a hojas mojadas, a humo de chimeneas lejanas y a algo inconfundible: hierro, aceite y tablas viejas. El perfume de la infancia.

Mira a su alrededor.

Un bajo edificio de ladrillo de la estación, con la pintura descascarada en la señal que indica La Riera. El andén, que en su niñez barría con esmero el viejo guardia don Miguel, ahora está cubierto de hierbas silvestres y hierba de San Juan que se abre paso entre grietas del pavimento. Todo sigue igual y, al mismo tiempo, distinto.

Como si alguien apretara el mundo entre los puños.

Los árboles, gigantes cuando él era niño, ahora apenas rozan el tejado de la estación. El puesto donde solía sentarse a esperar el tren hacia la ciudad parece diminuto, con tablas podridas. Incluso el cielo parece más bajo.

Eugenio se ajusta la gorra, cuelga la mochila al hombro y avanza por la senda conocida.

Esta baja hacia el río.

Allí, donde está la casa del abuelo.

El camino serpentea entre casas desvencijadas, rodea huertos vacíos con los postes ennegrecidos de los antiguos cercos. El pueblo muere en silencio.

Los jóvenes se fueron hace tiempoal faro, al trabajoy sólo quedan ancianos que arrastran sus últimos años en la quietud, y unas pocas familias sin a dónde huir. Las ventanas de muchas casas se quedan huecas, las puertas cuelgan de una sola bisagra.

El único sonido es el ladrido de los perros, no alegre sino melancólico, como si ya no recordaran por qué ladran. El crujido del grifo del pozo de Doña Gracia también rompe el silencio.

La casa del abuelo se alza al final de la calle, junto al ríodonde el sendero se funde con la arena y las raíces de los sauces viejos se entrelazan con la ribera. De madera ennegrecida por el tiempo, pero rebelde, con marcos tallados que el abuelo labraba en las noches de invierno. Cada curva, cada flor, Eugenio la recuerda al tactode niño, de puntillas, pasaba los dedos por esos diseños como leyendo escrituras secretas.

El umbral cruje bajo sus pies tan traicionero como hacía veinte años. La cerradura se ha convertido en un bulto de óxido, pero Eugenio halla bajo el tercer escalón la llave oculta. Esa misma, con el diente roto que siempre se pegaba en la ranura.

La puerta cede con resistencia, como si la casa no quisiera dejar entrar a un extraño.

El olor golpea sus narices:

Polvo acumulado durante años de vacío,
el hálito ácido de libros viejos,
un regusto amargo de humo de chimenea impregnado en las vigas,
rayos de sol que atraviesan los cristales polvorientos, iluminando partículas que bailan en el aire. Todo está en su sitio, como si el tiempo se hubiera detenido el día de la partida:

Una masiva mesa de roble con golpes del hacha del abuelodonde cortaba la carne,
una lámpara de queroseno bajo un farol de cristaltestigo eterno de las noches invernales,
un armario con armasdos escopetas y una vieja berduca, que desprenden olor a aceite de linaza y pólvora,
en la pared, ligeramente torcida, cuelgan fotos en marcos caseros:

El abuelo joven, con una pistola al lado y la mirada dura (1923, anotado con lápiz),
Abuela Ana con su balde lleno hasta el borde, bajo un cielo veraniego,
El pequeño Eugenio con su cañadescalzo, con una camisa quemada por el sol, sonriendo travieso.

Eugenio arroja la mochila sobre la cama y una nube de polvo sube al techo. Se queda quieto, escuchando el crujir del suelo, ese sonido que siempre anunciaba sus escapadas nocturnas al río.

Sale al patio.

El río.

Ruede con el mismo estruendo sordo, como si detrás de la verja respirara una bestia enorme. El viento hace ondular la superficie, rompiendo los reflejos en mil fragmentos brillantes. Al otro lado, sin rastro de civilización, el bosque se vuelve negrotan antiguo y silencioso como la memoria.

Eugenio respira hondo, inhalando ese aire húmedo con notas de algas y troncos podridos.

No ha venido aquí por casualidad.

Tras el despido (ni un colega le despide),
Tras el divorcio (la puerta se cerró de golpe),
Tras la presión de la ciudadcon sus muros, su gente, sus voces, su indiferencia.

Y entonces vuelven a su mente las palabras del abuelo, susurradas junto al fuego nocturno:

Si el alma duele, nieto, ven al río. Quédate junto al agua hasta que escuches su voz. El agua lo lava todolas ofensas y el dolor. El río no olvida a quien se acerca.

Sus puños se cierran solos. Algo le punza el pecho¿recuerdo o presentimiento?

Los primeros días pasan en silencio absoluto. Un silencio que lo envuelve desde el primer instante, denso y pegajoso como la resina. No es el ruido de la ciudadlas bocinas, los pasos de los vecinos, el ladrido de una alarma. Aquí el silencio es vivo, curativo.

Repara el tejadocubre los agujeros con láminas de goma. El martillo suena contra los clavos y el eco viaja lejos, sobre el río, como si alguien llamara a las puertas de las casas abandonadas del pueblo.

Corta leñael hacha del abuelo sigue afilada. Los troncos crujen al partirse, revelando los anillos del interior. El perfume de la resina de pino se mezcla con el sudor de su espalda.

Pescase sienta en la misma piedra de su infancia, lanza la caña al agua oscura. Los peces muerden poco, pequeños, nada comparado con los que antes atrapaba, gordos y abundantes. No importa. Lo esencial es sentir la vibra de la línea, la resistencia del agua, la espera paciente.

Soledad.

No es la soledad vacía de la ciudadel frío de los ascensores, el silencio del teléfono que ya no suena. Aquí respira.

Se llena de:

1. Recuerdos

En este tronco carcomido, el abuelo le enseñó a colocar trampas para conejossus dedos gruesos ajustaban la cuerda. No lo aprietes mucho, nieto, no huelan a metal.
Bajo el toldo caído, Abuela Ana secaba setasblancas como mantequilla, boletus que olían a bosque. Ella las seleccionaba murmurando rezos, y él robaba un trozo cuando no miraba.
En el umbral, por última vez, estaba su madrecon un vestido azul barato y una maleta en la mano. Volveré. Pero no volvió.

2. Sonidos

El crujido de los saucesramas que se rozan como si conspiraran.
El chapoteo del aguano de grifo, sino del río, con burbujas y piedras que saltan a la orilla.
El canto nocturno de un aveno búho, no lechuza, quizás ni ave…

3. Presencia de los que ya no están

No aparecen sombras en los rincones, ni pasos en el desván. Pero a veces:

En la mesa aparece sola la taza del abuelo.
En la chimenea se enciende una llama más viva de lo que debería.
Y por la mañana, en el alféizar, quedan huellas frescascomo si alguien hubiera apoyado las palmas contra el cristal.

Eugenio enciende un cigarro, su humo se pierde en el aire fresco. Entonces, a lo lejos, más allá del río, se oye un aullido. Solo, largo, conocido.

¿Un lobo? Tal vez. Pero el abuelo siempre decía: No son bestias las que aúllan, nieto. Son almas errantes que golpean la puerta de los vivoslos que los han olvidado, los que los han borrado de la memoria. Deambulan en la orilla, incapaces de cruzar el río, hasta que algún corazón los recuerde con amor.

Escalofríos recorren su espalda, pero no de miedo.

Es reconocimiento.

Ese otoño Eugenio no vuelve a la ciudad. Se queda en la casa del abuelocorta leña, aviva la hoguera, en primavera abre la huerta y planta patatas. Por la mañana toma café con mermelada de grosella, por la tarde lee los libros del viejo armario. De vez en cuando baja a la ciudad por provisiones y cigarros. Ayuda a Doña Gracia cuando ella lo necesita.

A principios de verano llega su hijo Arturoquince años, con auriculares incrustados y una mueca de descontento permanente. El primer día lo pasa pegado al móvil, quejándose de la falta de internet decente.

Al segundo día, mientras Eugenio ordena la casa, el móvil se le escapa de las manos al hijo y cae en un cubo de agua. El adolescente se queda paralizado, sacando el aparato mojado.

¡Maldición! exclama. ¡Ya no va a encender!

Lo tira de un tirón a la mochila.

Los días siguientes cambian. Al principio Arturo deambula como perdido, buscando entre sus cosas. Después empieza a ayudar en la casaprimero por aburrimiento, luego con entusiasmo. En el quinto día, cuando una trucha plateada se quiebra en el anzuelo, en sus ojos se enciende la verdadera alegría infantil.

Al despedirse, el hijo pregunta de improviso:

Papá, ¿puedo volver en vacaciones? se traba. ¿Me dejas volver? Sólo, no me compres un móvil nuevo, ¿vale?

Eugenio asiente, ocultando una sonrisa:

Como quieras. Pero no olvides la caña.

Una semana después Arturo regresa. Esta vez se queda hasta el fin del verano.

En otoño suena el teléfono.

Eugenio está cortando leña detrás de la casa y tarda en oírlo. El móvil, sobre la mesa del jardín, muestra en pantalla: Luz.

Se queda inmóvil. No hablaban desde hace medio año, cuando su exesposa le gritó al otro lado de la línea que era un padre inútil.

¿Hola? responde con voz ronca, secándose la mano en el delantal.

Al principio solo se oye el ruido del tráfico citadino. Después, una voz vacilante:

¡Hola, Eugenio! Luz hace una pausa, como eligiendo palabras. Quería decirte algo de Arturo Ha vuelto como otra persona.

Eugenio se sienta en el banco.

Se lava los platos solo. Ordena su habitación. Por primera vez en quince años ríe nerviosa. Y gracias. en su voz surge una calidez casi risueña. Gracias a ti.

Se imagina a Luz en la cocina que una vez compartieron, abrazándose a su propio hombroel gesto que hacía cuando estaba nerviosa.

Él solo ha visto otra vida dice Eugenio con cautela.

No. Ha visto a ti dice Luz tras una larga pausa. Quiero ir. Con él. En invierno. ¿Podemos?

Los recuerdos se suceden en su mente como ráfagas.

Hace frío aquí murmura. Hay que avivar la chimenea.

¿Me enseñas? pregunta ella en un susurro casi inaudible.

Vengan, contesta Eugenio y de pronto se da cuenta de que está sonriendo. Sólo traigan ropa abrigada. Y botines de lana.

Botines repite Luz, y por primera vez en años su voz lleva ternura. Está bien.

Cuando la conversación termina, Eugenio vuelve a cortar leña. El hacha baja con rapidez, con una energía que no sentía antes, y su respiración se acelera por la emoción.

Echa el último tronco al montón y endereza la espalda. Sobre el río se levanta una niebla que envuelve la ribera con una suave bruma. El invierno se acerca, piensa Eugenio, pero por primera vez lo espera no con melancolía sino con una silenciosa, delicada anticipación.

Desde la esquina de la casa se oye el crujido de la vieja puerta de la verja que el viento pide que descanse. «Habrá que arreglarla antes de que lleguen», se dice a sí mismo. Ya visualiza la lista de tareas: limpiar la chimenea, engrasar los conductos, sacar del desván mantas y almohadas extra.

Al detenerse ante la verja, se da cuenta de que ya no mira su casa como un refugio, sino como un hogar que pronto se llenará de voces. Esa sensación es tan nueva y frágil que incluso el aire frío parece más cálido de lo habitual.

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