DAME ALAS BLANCAS MÁS GRANDES

En aquel tiempo, la estancia se sentía sofocante; ella, Enriqueta, se acercó a la ventana. El calor se había adormecido, pero el aire aún susurraba como una brisa tenue.
Seguramente es el bochorno lo que me agobia, pensó, y supo que era su propio pecho el que se estrechaba.

Una masa de nudo en la garganta interrumpía su respiración, una sensación ya conocida, no la primera. Ya no le espantaba: una mezcla de debilidad, vacío y total desinterés. Las piernas flaqueaban, la conciencia se atenuaba como si alguien apagase la luz con un único interruptor.

Se dejó caer sobre la cama y, casi al instante, se hundió en el sueño.

Al principio, el sueño fue un caos de fragmentos: voces entrecortadas, pasos en una escalera desconocida, la luz tenue de una farola entre la niebla Luego todo se aclaró. Se volvió ave, con alas enormes y blancas, ligeras y afiladas como el primer aliento tras un largo silencio. Elevó el vuelo sobre una ciudad que brillaba abajo, temblorosa bajo la profusión de luces, como un puñado de pequeños mundos.

La urbe le era extraña, pero a la vez le parecía siempre suya. Altas sombras de casas se alzaban, como si quisieran rozar las estrellas, y entre ellas surgían puentes, cañones de calle, un aliento de libertad que no se explica, sólo se siente. Allí todo era fácil. Allí recordó cómo podría ser: no cansada, sin necesidad de aprobación, sin la presión que la aprisionaba sino viva.

Libre.

Daba vueltas sobre aquella ciudad, se zambullía entre los tejados, rozaba con sus alas el aire fresco, y le parecía que eso duraría eternamente. Pero algo la tiró de nuevo hacia abajo, como un recuerdo invisible.

Necesito recostarme oyó su propia voz, lejana, como una llamada del pasado.

El mundo tembló. La luz se deshizo en polvo.

Y empezó a caer, suave como pluma, de regreso a la misma habitación sofocante donde todo había comenzado.

Abrió los ojos de golpe, como si alguien la hubiera llamado por su nombre. La estancia la recibió con el mismo aire, pero ahora más frío. Algo dentro de ella no había vuelto del todo; una parte quedó allí, en la ciudad de luces y sombras aladas.

Se incorporó despacio y se sentó en la cama. El silencio era casi tangible, como un disco atascado en un solo tono. El entorno le resultaba familiar, pero ajeno, como si las paredes se hubieran desplazado mientras ella dormía.

Pasó la mano por el pecho, donde sus alas habían latido en el sueño. Sólo rozó la tela de su camiseta.

Curioso casi había volado se dijo. Pero el recuerdo del sueño se desvanecía, como nieve húmeda entre los dedos. Sólo quedaba la sensación de un leve movimiento de aire dentro de ella, casi imperceptible, pero real.

Entonces comprendió: aquel sueño no trataba del vuelo.
Ni del nombre que no se podía pronunciar en voz alta.
Era sobre el hastío de vivir en tierra donde cada paso pesaba como una deuda.
Sobre la necesidad de otro cielo desde hacía mucho tiempo.
Sobre el hecho de que las alas no eran fantasía, sino recuerdo. Un recuerdo muy antiguo, casi olvidado.

Contuvo el aliento para no ahuyentar esa sensación y susurró a la oscuridad:
Si alguna vez me decido volveré allí.
Alzaré el vuelo de verdad.

En el mismo instante, algo dentro de ella respondió en silencio:
Ya has empezado.

Se quedó junto a la ventana mucho tiempo. Tanto, que la noche empezó a ceder su puesto. Las sombras se afinaban, el cielo se aclaraba, y parecía que el mundo inhalaba antes de volver a sumergirse en su ajetreo habitual.

Pero algo dentro de ella ya había cambiado.
Sutil, silencioso, pero irreversible.

Miró el horizonte, esa delgada franja de luz que separa el antes del después. En ese momento entendió que ya no temía. Ni a sus propias debilidades, ni al vacío, ni a esa apatía que a veces la golpeaba como una ola.

Comprendió que esas alas no provenían del sueño.
Eran parte de ella.

Cerró los ojos lentamente y posó la mano sobre el pecho, donde su corazón latía levemente, como confirmando su pensamiento. No con estrépito, ni con pompa, sino con firmeza.

Susurró:
Basta de vivir bajo expectativas ajenas. Basta de sufrir. Basta de esperar a que alguien me permita ser yo.

En ese instante algo se desplegó dentro de ella. No alas, sino algo más profundo. Era como si su alma, que había permanecido encorvada en la oscuridad, se hubiese enderezado de una vez.

Abrió los ojos. El cielo se mostraba de un pálido rosa, y la primera luz de la mañana se posaba suavemente sobre su rostro.

Dio un paso atrás, lejos de la ventana, y sintió que el suelo bajo sus pies tembló. ¿Era el suelo o el mundo? No importaba. Lo esencial era que ya no caía.

Respiró hondo, el primer suspiro verdaderamente libre en muchos meses. Y declaró en voz alta, clara y serena, como una promesa:
Me elevaré. Por mí misma. Hasta esas alturas que sólo sueño.

Ninguna habitación asfixiante volverá a ser su jaula.

Se volvió, y su paso era ligero, casi aéreo. No porque tuviera prisa, sino porque la persona que había hallado sus alas jamás volvería a ser la misma.

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