Mamá, imagina que la nueva esposa de papá está enferma, dicen que es algo grave.
Te contaré una anécdota que viví hace una década. Crié con mi marido a dos hijas, que ya están en la universidad. Pensaba que esa etapa sería el comienzo de una nueva vida para los dos, pero él tomó otro camino y me engañó con su secretaria.
Lo siento, no quise hacerte daño me declaró, pero la amo de verdad.
Esa misma noche empacó sus pertenencias y se marchó con la mujer, que era casi veinte años más joven que él. Las chicas, enfadadas, dejaron de hablarle. Para mí fue un golpe muy duro, sobre todo cuando la joven intentó reconciliarnos de distintas maneras. Quisiera borrar de mi memoria ese año, pues el tiempo no curó mis heridas, solo aprendí a convivir con ellas. Empecé a dedicar más horas a mi afición: cultivaba especies curiosas de plantas y las vendía. Ese pasatiempo me evitó caer en la depresión.
Con el tiempo mis hijas se reconciliaron con su padre y, a veces, me contaban cómo le iba en su nueva vida. Él estaba feliz con esa mujer, y después ella le dio un hijo.
Mamá, imagina, ella está enferma, dicen que es algo serio.
Chicas, dejad de hablar de ellos, no me gusta les respondí, porque aún sentía cariño por mi esposo y la idea de que estuviera con otra mujer me ponía de los nervios. Pasaron los años y yo seguía considerándolo mi marido.
Un sábado por la mañana desperté y vi una figura sobre mi cama. Creí que era un sueño, pero entonces mi ex marido, con voz temblorosa, dijo: Perdona, sé que es muy temprano. No sé qué hacer con el niño. Tenía la cabeza cubierta de canas y, detrás de él, un pequeño chico. Me di cuenta de que era su hijo.
Mi esposa falleció anoche prosiguió, tengo que organizar el funeral, nuestras hijas están trabajando y no puedo llevarlo conmigo. Es demasiado pequeño para eso.
El niño tenía edad preescolar. No entendía lo que ocurría; al mirarlo, él tomó la palabra al instante:
¿Eres mi tía?
No respondí enfadada, queriendo cortar la conversación.
Mi mamá dice que no tiene a nadie.
Yo nunca conocí a tu madre.
Era tan tierno que comprendí que el pequeño no tenía culpa de nada y decidí ayudar a mi ex.
¿Te gusta la avena? Ven conmigo a la cocina, desayunas y luego papá te recoge.
Preparé café para mí y avena para él. Lo observé y me recordó a mis hijas cuando eran niñas. Pasamos la mañana viendo dibujos animados y leyendo viejos libros de chicas. Era muy amable y listo.
Desde entonces mi ex empezó a traer a su hijo a mi casa; nos hicimos grandes amigos. Mis hijas aún no piensan en tener hijos, así que ese niño se volvió una especie de nieto para mí.
Han pasado dos años desde la muerte de su esposa y él me ha pedido recientemente que vivamos juntos. En el fondo lo deseo mucho, pues imagino una familia perfecta, pero el resentimiento sigue latente y no sé si podré confiarle de nuevo.
Si no logramos estar juntos, solo perjudicaremos al niño. No sé qué decidir. Los quiero a los dos, pero el miedo a volver a ser engañada no me abandona.






