A contrarreloj.
Nada dolía ya, nadasalvo su alma María no sabía dónde estaba ni qué le había sucedido.
Miró a su alrededor; delante, arriba, abajo y atrás apenas había nadaun denso y gris brezo la envolvía.
Bienvenida al infinito susurró una voz suave y melancólica.
Y María recordó, recordó todo.
Cómo su coche se volvió rebelde, cómo salió volando de la calzada, cómo se dio la vuelta en el aire y aquel último y brutal golpe que acabó con su vida.
¡No puedo! gritó. Tengo marido y un hijo, mi madre está gravemente enferma. ¡Los necesito! ¡Ayúdame! ¡Te daré todo lo que quieras!
Propuesta interesante la voz, que María sintió como una sonrisa invisible, respondió. Te ayudaré. Pero, créeme, estoy casi seguro de que ni tú misma podrás salvarte. Y la paga será espantosa. Créeme, sé lo que significa el infierno.
¡Te lo suplico, sea quien sea! imploró.
De acuerdo, me intriga Dividiré tu alma en cuatro partes iguales. Tres se quedarán contigo y la cuarta la retendré como garantía. Te doy exactamente una hora. Pero algo me dice que ni siquiera te conoces bien
*****
María salió al patio, apresurada: tenía que zafarse de los atascos del anochecer. Su hijo estaba en la casa de la suegra en la finca y hoy había que ir a recogerlo.
Junto al coche una ave despeinada y desabrida la observaba. Un cuervo sostenía una ala rota y, tras un torpe salto, se lanzó hacia ella.
¿Nos lleva en coche? corrió la vecina, agitada. Lleve al cuervo a la clínica, le pagaré. Morirá, ¿no?
María, con prisa, replicó:
Llame a un taxi. No tengo tiempo para aves heridas.
El cuervo, desesperado, se metía en sus ojos, picoteaba sus piernas, graznaba sin cesar, incrementando su irritación. Con un empujón brusco apartó al pájaro y se subió al coche, puso el motor y arrancó a toda velocidad.
La vecina quedó mirando atónita; el cuervo desapareció como si se hubiera fundido en el aire.
*****
En la gasolinera más lejana de la A2, María estaba a punto de entrar al coche cuando una anciana sin hogar y un perro flaco bloquearon el paso. El animal movía la cola culpable, miraba suplicante y trataba de llamarla.
¡Fuera! dio María, pisándole el pie.
El perro, sin asustarse, se plantó, dobló las orejas, se arrastró al suelo y, con delicadeza, atrapó su pantalón con los dientes y la tiró hacia él. Un hedor a suciedad y agua se coló por la nariz; bajo la oreja del can se asomó una pulga.
¡Vete! exclamó con desdén.
Un golpe de pie lanzó al perro a un lado. María, frotándose el costado adolorido, cerró la puerta y, olvidando al pobre animal, se alejó a toda prisa.
*****
Sin reducir la velocidad, se limpió las manos con una toallita antiséptica. ¡Menuda cadena de bichos! Primero el perro, luego el cuervouna verdadera plaga.
En la autovía el tráfico corría como hormigas: todos apurados, cada cual con su destino. María se relajó, apretó el acelerador; aunque no logró estar completamente suelta.
En el centro de la pista apareció un gatito: pequeño, polvoriento, una mota blanca que se veía desde lejos. Sus ojos suplicantes le gritaban al alma.
María sacudió la cabeza, creyó alucinar. No podía ver ojos de gato a esa velocidad. Pasó a toda pastilla y miró por el espejo retrovisor.
El minino se había puesto de pie, se sentó en sus patas traseras y, con un gesto de súplica, juntó sus patitas delanteras sobre el pecho.
¡Morirá, tonto! ¿Qué haces fuera de la ciudad, en esta vía tan transitada?
Algo en su interior gimió, pidiéndole que volviera, que rescatará al crío, aunque solo fuera para dejarlo a un lado. Pero el tiempo no estaba de su lado
Miró el reloj: hacía cincuenta y ocho minutos había salido de casa. ¿Y ahora un gato? No había tiempo para vivir su propia vida.
Sin embargo, al final giró la vista una vez más.
El gatito corría tras ellapequeño, desamparado, intentando alcanzar el coche a la velocidad del rayo. Por supuesto, jamás lo lograría.
Descartó el pensamiento del felino y se concentró en su ruta. Tenía asuntos que atender; los animales podían esperar. Que otro se encargue de los pájaros, los perros y los mininos, y que sus pulgas dejen de fastidiarla.
*****
Dos minutos después el coche se deslizó fuera de la calzaday, al caer en aquel brezo gris, María escuchó una risa estridente y, luego, la misma voz:
¿Por qué siempre culpáis a los demás, los humanos? ¿Acaso yo había fallado? Incluso intenté ayudar, te di tres oportunidades gloriosassolo un pequeño desvío.
¿Qué te costó llevar al cuervo a la clínica, recoger al perro que te llamabadetenerte un minuto, coger al gatito?
La voz volvió a reírse, pero ahora con amargura:
Eras tú quien intentaba detenerse, en la forma del cuervo, el perro y el gatitotres fragmentos de tu propia alma. ¿Lo recuerdas?
María asintió; sí, recordó cómo se suplicaba a sí misma, cómo intentó, aunque fuera por un instante, frenar la carrera. Pero su prisa era tal que no quería dejar entrar a nadie más en su preciada existencia.
Los demás, sin embargo, no buscaban invadir su vida, sino salvarla, aunque pareciera de otro modo.
No pienses que eres la únicaprosiguió la voz. Muchos han pedido una segunda oportunidad; yo siempre doy tres, pero no basta. En siglos solo unos pocos logran escapar de mi infierno, y sabes quésolo me alegra cuando la gente sigue viviendo y su destino cambia. La cuarta parte del alma la devuelvo sin remordimiento.
María intentó suplicar una vez más, pero del brezo surgieron garras peludas y terroríficas que se extendieron hacia ella
P.D. Cada vez que pases junto a quien necesita ayuda, detente a pensarquizá sea una parte de tu propia alma intentando advertirte, protegerte del peor de los temores. Porque ya sabe lo que te espera.






