Entonces, «limpiadora», dijo mi madre, con una sombra de desdén en la voz. Yo guardé silencio, no porque me faltaran palabras, sino porque aquella vez decidí que así quedara. Limpiadora, sí, limpiadora.
Si lo piensas bien, mi día en la oficina consiste en lavar los platos, limpiar la cafetera, asegurarme de que siempre haya azúcar y té en la cocina, evitar que los sobres de té y la basura se acumulen. No barro los suelos ni limpio los aseos, pero, ¿cambia eso la esencia? Para mi madre, la respuesta es un rotundo no. Esa asociación se había incrustado en su mente: quien hace esas tareas, es una limpiadora. Punto.
Y, sinceramente, si no hubiera sido por mi mudanza a Suecia, probablemente seguiría sintiendo ese «¡puaj!» interior hacia esa ocupación. Un rechazo inconsciente pero persistente, arraigado desde la infancia: «no es un trabajo prestigioso, los estudiosos no hacen eso». Sólo la vida en otro entorno empezó a ordenar esas ideas.
En un momento comprendí que sí podía ser limpiadora y, al mismo tiempo, ser una persona con dos titulaciones universitarias, con una consulta cuyo honorario alcanzaba los 130 euros por hora. En la nueva realidad no dominaba el idioma, pero la limpieza la entendía; ese entendía era mi puente.
Recuerdo que mi mentora me dijo: «Siente, es femenino. Es arraigo. No tiene nada que ver con la vergüenza». Fue entonces cuando todo hizo clic. En casa no me avergüenza pasar la escoba o cargar el lavavajillas. ¿Por qué fuera de ella debería resultar una deshonra?
Lo más sorprendente es la forma en que allí se trata a la gente. En Suecia el jefe saluda a la limpiadora, le pregunta cómo está, comparte el almuerzo con ella, se interesa por su familia en Ucrania y le hace un elogio por la cocina impecable. Y yo pienso: «Eso es respeto, sin juicios». No me siento menospreciada; siento que estoy al comienzo de un nuevo camino, y eso me da fuerzas.
También brota un orgullo interno. Porque, si no fuera por mí, ¿de dónde vendrían esas tazas relucientes para vuestro capuchino?.







