¡Mamá, Álvaro volvió a liarse! Fui con él al director, pero le piden a ti. ¡Hoy mismo! protestó María, la mayor, dejando la tarea a medio terminar y alistándose para la clase.
¿Cuántas veces tengo que escuchar lo mismo? ¡Como si fuera a propósito! Llegué tarde al trabajo y el niño se ha metido en líos otra vez soltó Lidia, irritada, con el móvil en la mano. El aparato se le escapó, cayó al charco de la calle y se hundió en el agua.
Parecía que el día no podía empeorar, pero sí lo logró. Lidia sacó el móvil del charco, intentó encenderlo, pero la pantalla siguió negra. Sin poder avisar a su empresa de que llegaría tarde, la entrevista que llevaba preparándose se le escapó. Era la quinta entrevista que una madre de tres hijos sin pareja había tenido; las cuatro anteriores había fallado al mencionar que criaba a sus hijos sin ayuda.
María cursaba el último curso del instituto y era la mano derecha de su madre. Álvaro, de tercer curso, no pasaba un día sin pelear, rasguñarse o provocar alguna desgracia. La pequeña Aroa iba al guardería, pero enfermaba con frecuencia, obligando a Lidia a cambiar de empleo una y otra vez, pues ningún empresario quería a una trabajadora que desaparecía por bajas médicas.
Aquel amanecer todo se fue al traste. La familia se había quedado dormida. Por suerte, María organizó rápidamente a su hermano y lo llevó a la escuela. Lidia dejó a Aroa en la guardería y se lanzó a la parada del autobús. No podía permitirse llegar tarde a la entrevista; de ese puesto dependía el futuro de la familia. Los subsidios para los hijos se estaban volviendo más difíciles de conseguir y, además, María se acercaba a los exámenes de ingreso a la universidad, soñando con una beca y con una plaza en la universidad pública.
El marido de Lidia había abandonado el hogar hacía dos años; Aroa ni siquiera lo recordaba, María se rehusaba a hablar con él y Álvaro se había vuelto incontrolable tras el divorcio. Desesperada con el móvil roto, Lidia alzaba la vista esperando ver el autobús. Llegar tarde era preferible a no llegar en absoluto, pero aquel día el autobús ni siquiera se acercó.
Al acercarse a la parada, encontró a una anciana pálida sentada en la banca. Lidia intentó ayudarla a recobrar el sentido, pero la mujer, temblorosa, salió corriendo a la tienda más cercana y pidió que llamaran a una ambulancia. Lidia la acompañó al hospital. Allí, la anciana recuperó el conocimiento y, al ver a Lidia, exclamó que vivían en el mismo edificio. El médico accedió a la petición de la anciana y le pidió a Lidia que la vigilara.
Si es su vecina, trate de no dejarla sola hoy. Ha sufrido una insolación, y a su edad eso puede ser grave.
Doctor, haré todo lo posible. Por favor, indíqueme qué debo administrarle y cuándo, por si empeora.
Lidia llevó a la anciana a su piso y decidió pasarle unas horas. Ya había llegado tarde al trabajo y no podía llamar al colegio ni dejar a la anciana sola. Por suerte, la guardería estaba a la vuelta de la esquina.
No se preocupe, Lidia, me siento bien le aseguró la anciana. Sin embargo, cuando regresó con su nieta, la mujer volvió a sentirse mal. Lidia tuvo que quedarse y preparar la cena. En la nevera sólo quedaba escasas provisiones. La anciana vivía modestamente, no por falta de dinero, sino porque le faltaba la fuerza para cargar bolsas pesadas. Su hijo había fallecido y ya no tenía familiares.
Durante toda la semana Lidia se debatió entre su apartamento y el de Doña Carmen Martínez, la anciana. No podía hacer otra cosa. Doña Carmen preparaba la comida en su cocina y luego llevaba el almuerzo a su vecina. En pocos días la anciana mostró mejoría y, agradecida, le propuso a Lidia un ingreso como cuidadora, ofreciendo una cuantiosa suma.
Tengo una pensión decente y no tengo a dónde destinarla. Me ha salvado de la calle; el conductor del autobús me dejó tirada y usted pasó por aquí. Gracias por no seguir su camino.
Doña Carmen había sido maestra de primaria. Le encantaba estar con Aroa mientras Lidia cocinaba o limpiaba. Con un ingreso estable, Lidia empezó a respirar con más calma y dejó de angustiarse por todo. Eso se reflejó también en los niños: Aroa dejó de ser tan rebelde y no pegaba más al salir de la guardería; Álvaro, antes un revoltoso, empezó a portarse mejor. Cuando el chico se enteró de que Doña Carmen tenía una casa de campo en la sierra, empezó a pedirle que lo llevaran todos los días. Al terminar las clases, la cuestión de los campamentos de verano se volvía una pesadilla para Lidia: no podía costear una estancia fuera, no tenía una vivienda propia y los niños pasaban el verano atrapados en el agobiante apartamento.
La casa de campo de la anciana estaba en ruinas, pero Lidia se lanzó a la obra. Durante varios días, ella y María limpiaron la vivienda y arreglaron el jardín. Por suerte, el vecino del terreno ofreció cortar el césped y retirar la basura sin cobrar. Con la casa rehabilitada, Lidia trasladó a Doña Carmen a la finca para que también pudiera escapar del asfixiante ruido de la ciudad.
¡Lidia! Qué alegría volver aquí. Hace diez años que no podía venir. Al principio la casa y el jardín los cuidaba la vecina, recogía bayas y regaba las flores. Luego vendió la finca y se marchó, y mi terreno también se fue a la maleza. Pero gracias a ti, he vuelto a sentirme en casa.
Todo el verano la familia vivió en el campo. María aprobó los exámenes, ingresó en la universidad y consiguió una habitación en la residencia. Tras su marcha, Álvaro anunció que ahora él era el mayor de la familia y que se comportaría como un adulto; cumplió su promesa. Aroa, al pasar los días al aire libre y escuchar los cuentos que le leía Doña Carmen, mejoró notablemente y dejó de ser tan caprichosa.
Lidia, observando a su familia, sonreía al recordar que aquel día había roto el móvil y había llegado tarde a todo. El destino la había puesto en el camino de una mujer maravillosa cuya aparición transformó sus vidas. Los niños nunca se alejaron de la abuela, pues no habían tenido la oportunidad de conocer a sus propios padres. La madre de Lidia no llegó a ver nacer a María, y la suegra vivía lejos, sin querer acercarse a la familia.
Pasaron los años y Doña Carmen falleció serenamente. Al revisar sus papeles, Lidia descubrió escrituras de un piso y de la finca que la anciana había traspasado a una amiga suya. Resultó que había pedido a María que la ayudara a formalizar todo ante notario sin que su madre lo supiera.
Has hecho que mis últimos días en esta tierra sean felices. Permíteme devolverte el favor y regalarte mi piso y mi finca leyó Lidia en la nota que Doña Carmen había dejado.
Lidia secó una lágrima y sonrió. En ese instante, un palomo se posó en el alféizar de la ventana, la miró y pareció decirle adiós.
Gracias, Doña Carmen. Siempre la recordaremos susurró Lidia mientras el palomo se alejaba.
Así, la historia enseña que los imprevistos pueden abrir puertas inesperadas y que la solidaridad, aun en los momentos más oscuros, ilumina el camino de quienes se atreven a ayudar.







