¡Lárgate de aquí, que nunca te he querido! gritó Miguel mientras su joven esposa, Begoña, salía del piso con su pequeño hijo.
Por fin te has dignado a confesarlo. Yo lo sabía desde hace tiempo, aunque no lo dijera replicó ella.
Begoña dirigió la mirada al hombre que, desplomado en la silla, sostenía una botella de vino. En ese instante comprendió con claridad la decisión correcta. Cualquier duda que aún le quedara se evaporó. Miró al niño, le regaló una sonrisa y, con paso firme, se dirigió a la puerta de salida.
En aquel momento Begoña ignoraba adónde la llevarían esas mismas puertas. No se puede decir que su vida tras abandonar a Miguel haya sido especialmente dichosa. Piso alquilado, curros esporádicos, el niño en brazos y ninguna ayuda a la vista. Su madre había fallecido, solo recordaba a su padre de pequeño y desconocía su paradero. No tenía intención de averiguarlo.
Pensó: Si tuviera ganas, encontraría la forma de cruzar palabra con mi hija; si no hablaba, es porque no quería. Pero la historia no es sobre él, sino sobre mi propia vida.
Conoció a Miguel en una discoteca de Madrid. Un chico atractivo, bien vestido, que no tardó en lanzar halagos. Un tanto engreído, pero Begoña no le prestó demasiada atención, como después descubriría que no había sido prudente.
Miguel creció sin padre, pero contaba con bastantes cuidadoras: abuela, madre y tía. Todo giraba a su alrededor, como siempre lo había hecho: infancia, adolescencia y juventud. Cuando se casó con Begoña y la introdujo en su piso, nada cambió realmente; la familia seguía girando a su alrededor y él lo disfrutaba.
La convivencia se desmoronó rápido. ¿El motivo? Begoña no quiso convertirse en su niñera perpetua. Vivieron un año sin hijos y dos más después de que nació el pequeño Santiago. Finalmente, cansada, recogió sus cosas y se marchó.
Desde el día de la separación han pasado veinte años. Santiago ya es un hombre hecho, con estudios universitarios. Miguel nunca buscó relación con su hijo, y Begoña nunca le insistió; crió a Santiago sola.
Una mañana, como de costumbre, Begoña se dirigía al trabajo con el ánimo bajo. El verano había terminado; el otoño había tomado su trono y el primer copo de nieve anunciaba la llegada del invierno, crujiendo bajo sus botas. Avanzaba despacio, sin prisa. Antes corría de casa a casa, ahora su vida se había ordenado y todo caía en su sitio.
Santiago estudiaba y trabajaba a la vez. Begoña, ya jefa del departamento, cobraba un sueldo decente en euros. Al pasar junto a su joven empleada, Nuria, le gritó:
Nuria, ¿a dónde vas con tanta prisa? Aún es temprano.
¡Hola, señora Begoña! contestó la chica, intentando disimular una lágrima que se filtraba bajo el maquillaje barato.
¿Qué ocurre, Nuria? ¿Otra vez el mismo problema? preguntó Begoña, notando la mancha azul bajo el ojo de la joven.
No sé sollozó Nuria, sin poder ocultar más el llanto.
Begoña, al ver su propio reflejo en la muchacha, recordó sus primeros años.
Mira la banca allí, indicó, señalando una banca cubierta de nieve. ¿La ves? Los gorrieles están sentados, con el pico fruncido, temblando de frío. El invierno es duro para ellos, pero en tres, cuatro meses llegará la primavera y volverán a cantar alegremente.
Nuria comprendió la metáfora.
Lo mismo ocurre contigo, Nuria. Pasarán los malos momentos, pero el sol volverá a brillar. Sólo tienes que agarrarte, buscar la fuerza y querer cambiar.
Usted es tan fuerte, tan elegante y guapa replicó la empleada. Yo no sé si podré.
Claro que puedes, tienes talento y belleza. Solo necesitas quererlo y no temerle al cambio le respondió Begoña.
Acordaron: primero terminar el turno, después pensar en la solución. Al caer la noche, Begoña invitó a Nuria a su casa, ofreciéndole refugio y una taza de té con pastel de fresa recién horneado. Nuria aceptó, y aquella noche fue la primera en la que disfrutó de verdadera tranquilidad.
Al día siguiente, Begoña ayudó a la joven a alquilar un piso y mudarse. Así, como ella misma, Nuria inició una nueva etapa.
Tres meses después, Nuria pidió a Begoña que cuidara a su hija mientras asistía a una audiencia judicial por divorcio. El proceso le había fijado una pensión alimenticia y, al fin, el calvario de los últimos años llegaba a su fin.
El viernes, Nuria se acercó a Begoña en la oficina:
Señora, ¿le apetece venir el sábado a tomar el té? Ya hemos puesto el árbol de Navidad.
Claro, allí estaré respondió Begoña.
Al día siguiente, cumpliendo su promesa, Begoña pasó por una tienda para comprar galletas y un chocolate para la pequeña Catalina. Al llegar a casa de Nuria, la joven la abrazó:
Gracias, Begoña. Me ha salvado la vida.
No, querida, tú la has salvado a ti misma al querer cambiar. Yo solo te di una mano, como en mi propio pasado.
Begoña le mostró su álbum de fotos. Catalina, dejando sus muñecas, admiró las imágenes de vacaciones con Santiago, de viajes y anécdotas. Nuria escuchó con atención, maravillada por la vida que, a primera vista, parecía un cuento de hadas.
¿Y nunca volvió a casarse? preguntó Nuria, sonrojándose.
No, mi suerte con los hombres no ha sido buena, pero estoy segura de que encontrarás tu propia felicidad respondió Begoña.
Se despidieron con un cálido abrazo. Catalina corrió al vestíbulo:
Tía Begoña, ¿vendrás otra vez?
Por supuesto, cuando me llamen contestó, abrazando a la niña.
Salió al portal; fuera una tormenta de nieve se desataba. Caminaba por la acera, observando escaparates decorados para la Nochevieja, cuando una voz masculina la detuvo:
¡Señora, espere!
Se volvió y vio a un hombre de mediana edad, con guantes en la mano.
¿Qué le pasa? preguntó Begoña.
Se le han caído los guantes, los vi al salir de la tienda dijo, entregándoselos.
Gracias, señor respondió ella.
Me llamo Eduardo dijo él.
Yo soy Begoña contestó, con un leve acento.
¡Qué nombre tan singular! ¿Le llevo en coche?
No, no estoy lejos replicó ella.
No se niegue, la nieve es traicionera insistió Eduardo, y ella aceptó.
Mientras conducían, un hombre alto, delgado y evidentemente ebrio cruzó la calle. Su rostro, iluminado por los faros, recordó a Begoña a su exmarido. Apenas lo reconoció y siguió su camino.
Begoña, ¿dónde celebraremos el Año Nuevo? preguntó Eduardo.
Aún no lo sé respondió ella.
Entonces, ¿qué tal si lo hacemos juntos? Le invito a cenar, prometo que será una noche divertida.
Begoña sonrió y aceptó. No había razón para rechazarlo; se había ganado su felicidad. Quizá, justo antes de la Nochevieja, encontraría el amor que tanto había buscado.
Así, bajo la nieve y el brillo de las luces, la vida de Begoña, marcada por el dolor y la superación, volvía a abrir una nueva página.







