Pasos Nocturnos en la Ciudad

Pasos nocturnos

En otoño, cuando ya oscurece a las seis, Andrés se queda más tiempo en la oficina, no porque haya mucho que hacer, sino porque no sabe a qué dedicar los últimos minutos antes de sus clases. Se matricula en tres cursos del Centro de Formación de la Comunidad de Madrid: fundamentos de psicología, diseño para principiantes e historia del arte. Cada asignatura ocupa un turno, tres tardes a la semana.

Al pulsar Enviar solicitud se sorprende. No espera ninguna ventaja práctica. No piensa cambiar de empleo ni convertirse en coach. Simplemente, una noche, mientras cena en la cocina con el móvil, se da cuenta de que hojea las noticias cansado de la rutina diaria. En el feed aparece un anuncio de cursos. Hace clic, revisa el horario y siente un leve temblor de emoción, casi infantil, como si volviera a la escuela y ahora pudiera elegir las materias.

Lucía, su esposa, lo recibe con recelo. Está revolviendo la sopa en la estufa cuando él le dice:

Me he apuntado a cursos nocturnos.

¿Qué cursos? responde sin girarse, tensando levemente los hombros.

Psicología, diseño e historia del arte. En el centro, en la Plaza de la Villa.

Lucía se vuelve, apoya una mano en la encimera.

¿Para qué lo quieres? pregunta sin burlas, pero sin mucho interés.

Porque me resulta curioso encoge los hombros Andrés. Quiero entender mejor las cosas. Siento que mi cabeza está estancada.

Ella lo mira fijamente.

Ya estás cansado. Llegas del trabajo, apenas con vida. Y ahora tres tardes más a la semana.

Lo intentaré contesta él. Si se vuelve pesado, lo abandono.

Lucía suspira y vuelve a la olla.

Mira, recuerda que no vivimos en una pensión. Las cuentas, la compra, la basura siguen ahí.

Daniel, de quince años, suelta el portátil al oír la conversación.

Papá, ¿qué cursos son? sale de su habitación.

Cosas para adultos sonríe Andrés. Voy a aprender algo nuevo.

¿Psicología? se anima Daniel. ¿Eso de los trastornos y los tests? Suena guay.

No sólo eso dice Andrés. También se trata de comunicación y motivación.

Después me evalúas responde Daniel y vuelve a cerrar la puerta.

Su hija mayor, Consuelo, de veinte años, vive en una residencia y viene los fines de semana. Andrés piensa que le agradaría saber que su padre estudia, pero decide no contarle al teléfono. Primero quiere comprobar que no abandonará todo a la semana.

Esa primera tarde sale de la oficina a las seis y se da cuenta de que camina más despacio de lo habitual. La calle ya está oscura, los escaparates reflejan a los pocos peatones. Entra en una cafetería, pide un plato de garbanzos con jamón y un té. Se sienta junto a la ventana y contempla su reflejo en el cristal: frente, con unas arrugas leves, el pelo escaso, una pequeña protuberancia en la nariz. Parece el mismo hombre de diez años atrás, pero la mirada ha cambiado, es más cautelosa.

Al llegar al aula de psicología entra entre los últimos. Ya hay unas diez personas sentadas: jóvenes, dos mujeres de su edad, un chico con sudadera. La profesora, una mujer alta con gafas, escribe su nombre en la pizarra.

Me llamo Olga Sánchez dice. Empecemos con una ronda. Cada uno dirá por qué está aquí.

Cuando le toca a Andrés, se queda pensativo.

Soy Andrés, cuarenta y ocho años. Trabajo en el departamento de suministros. He venido a comprender cómo funciona la gente. Y a entenderme a mí mismo.

Olga asiente.

Conocerse a uno mismo es un buen objetivo. Veamos qué surge.

Se sienta sintiendo un leve calor en los oídos. Le avergüenza un poco su trabajo, que no sabe describir con elegancia, pero al oír a una compañera decir: «Soy contable y estoy harta de los números, quiero algo más humano», se siente aliviado.

En la primera clase hablan de la atención y de cómo escuchamos a los demás. La profesora propone un ejercicio: en parejas, uno habla dos minutos sobre su día y el otro solo escucha, sin interrumpir ni aconsejar. Andrés queda con Natasa, una mujer de treinta años. Le cuenta cómo se levantó, fue al trabajo, discutió con un proveedor, y ella asiente en silencio. Luego cambian de papel.

Al salir del aula, le parece que la ciudad suena un poco más fuerte. Camina hacia la parada y capta fragmentos de conversaciones ajenas, como si por primera vez notara cuántas vidas se cruzan a su alrededor.

En casa Lucía le pregunta:

¿Qué tal?

Interesante responde mientras se quita los zapatos. Sobre cómo escuchar. Me he dado cuenta de que interrumpo mucho.

Yo también se ríe ella. Soy yo la que corta a los demás.

Quiere contarle del ejercicio, pero ella ya está vuelta a la cocina, así que lo pospone. En el pasillo Daniel asoma la cabeza.

¿Cómo van los psicólogos? pregunta.

Bien sonríe Andrés. Mañana serás mi sujeto de prueba.

Con cada clase, Andrés nota cómo los temas se filtran en su día a día. En psicología tratan los guiones familiares y él se sorprende al pensar en su padre, que trabajó toda la vida en una fábrica y creía que el hombre debía sufrir en silencio. En diseño hablan de composición y espacio vacío; él mira su escritorio abarrotado y ya no lo ve sólo como desorden, sino como falta de dirección visual.

El curso de historia del arte lo imparte un profesor mayor, de voz suave. Muestra diapositivas de pinturas y narra no solo estilos, sino la vida de los artistas, sus amistades y enemistades. Andrés se sienta en la tercera fila, a veces anota, a veces solo observa la pantalla iluminada. En algún momento siente una curiosidad tranquila que no experimentaba desde hace años.

En el trabajo los cambios aparecen primero en los detalles. Andrés planifica mejor el día, prioriza tareas. En las reuniones matutinas ya no discute de inmediato; primero busca entender qué quiere el jefe y qué motivan a sus compañeros. Una vez, cuando el departamento de contabilidad retrasa el pago a un proveedor, en lugar de llamar enfadado, se dirige a su oficina y le pregunta calmadamente cómo lo ven. La conversación termina sin gritos y el pago se realiza al día siguiente.

¿Qué te pasa? comenta su colega Saúl al ver que Andrés es más amable.

Estoy probando responde él. Me enseñan que la gente no son enemigos, sino socios.

Saúl bufó, pero cuando volvió a surgir el tema del suministro problemático, pidió a Andrés que lo acompañara.

En casa la situación se complica. Lucía está acostumbrada a que Andrés llegue a las siete, cene, lave los platos y, de vez en cuando, haga la compra. Ahora, tres tardes a la semana vuelve a las diez. Al principio lo tolera, pero después de dos o tres semanas la tensión se hace visible.

Una noche entra y, al descalzarse, oye el tintineo de la vajilla. Daniel está con auriculares en su habitación, la puerta cerrada.

Hola dice Andrés al entrar en la cocina.

Hola responde Lucía secamente. Estoy sola.

¿Qué quieres decir? se apoya en la silla, cansado.

Literalmente dice ella, girándose. Después del trabajo voy a la tienda, vuelvo, cocino, ayudo a Daniel con los deberes, y tú llegas cuando todo está hecho.

Andrés siente una mezcla de culpa y frustración.

Lo dije, iba a ser así murmura. No paso el día en bares. Estoy estudiando.

¿Y a mí me sirve eso? levanta una ceja. ¿Me preguntas cómo me sientes?

Piensa en el ejercicio de escucha activa y, en lugar de justificar, se sienta, apoya las palmas sobre la mesa y dice:

Cuéntame cómo te va. quiere entender.

Lucía lo mira desconfiada, pero habla. Le dice que le da miedo quedarse sola con la casa, que también está cansada y que a veces solo quisiera llegar a casa y no hacer nada. También confiesa que siente que él se aleja, que su nueva vida no le incluye.

Él escucha y siente cómo cada palabra aprieta algo dentro. Quiere defenderse, decir que es temporal, que todo está bajo control, pero guarda silencio, recordando la lección sobre el miedo a quedar atrapado en un solo rol.

No quiero alejarme dice cuando ella se calla. Al contrario, trato de averiguar cómo seguir adelante. A veces pienso que todo está decidido, que lo único que queda es la jubilación. Pero los cursos me muestran otra vía. No quiero que esto sea en contra tuya.

Lucía se vuelve a la encimera y, sin mirar, dice:

No me opongo a que estudies, solo no quiero que sea a costa de la familia.

Esa noche Andrés no puede dormir. Mira el techo, escucha la respiración regular de Lucía. En su cabeza rondan las palabras de la profesora Olga: cada edad trae sus tareas. A los cuarenta, la gente suele replantearse lo que realmente importa. Él entiende que está viviendo eso, pero no sabe cómo equilibrarlo con las responsabilidades del hogar.

Dos días después, el conflicto vuelve a escalar. En su departamento anuncian que el viernes siguiente habrá una entrega extra del informe para la sede central. Ese mismo viernes Andrés tiene una clase de diseño que espera con ansias: revisarán los proyectos de los alumnos. Ya tiene un boceto de la cocina de sus sueños.

El jefe, Víctor Pérez, lo llama a su despacho.

Andrés, sabes que el viernes todos debemos quedarnos hasta tarde. No podemos liberar a nadie.

Yo tengo clase dice él, bajo. Ya me he inscrito y pagado. ¿Podría terminar el informe antes y salir después de las seis?

Víctor frunce el ceño.

¿De verdad? ¿Los cursos son más importantes que el trabajo?

Le suena como una acusación. Siente la tentación de ceder, de decir claro, me quedaré. Pero la imagen del proyecto de diseño le vuelve a la mente: la distribución de la estufa, la luz que entra por la ventana. No quiere renunciar a eso.

Necesito tanto el trabajo como los cursos responde tras una pausa. No pido que me liberen siempre, solo ese viernes. Puedo entregar mi parte del informe con antelación.

Víctor se reclina en la silla.

Eres un empleado responsable, cuento contigo. No esperaría que pongas tus aficiones por encima del equipo.

La palabra aficiones le cala. No es sólo un pasatiempo. Pero también sabe que el empleo sigue siendo su principal ingreso y el crédito de la hipoteca no desaparece.

Lo pensaré dice y sale.

En el pasillo se detiene junto a la ventana. El noviembre se vuelve gris, la gente apresurada lleva bolsas a cuestas. Andrés observa a los transeúntes y reflexiona sobre cómo siempre ha sido el responsable: buen empleado, marido fiable, padre. Y, por primera vez en años, siente un deseo propio que choca con esa rutina.

Al volver a casa, Lucía le pregunta:

¿Qué vas a hacer?

No lo sé admite. Si me quedo en el trabajo, pierdo la clase. Si me voy, el jefe se enfadará.

Lucía lo mira con atención.

¿Qué quieres tú?

Él se queda pensando. La respuesta es sencilla, pero decirla da miedo.

Quiero ir a la clase dice. Pero temo las consecuencias.

Lucía guarda silencio y luego dice:

Siempre elegiste el trabajo. Siempre. Quizá ya es hora de elegir otra vez.

Andrés se sorprende.

Decías que los cursos son un sustituto de la familia.

Yo dije que me resultaba difícil suspira. Pero ahora me preguntas por el trabajo. No quiero que luego te arrepientas de no haber ido a aquello que realmente deseas. Superaremos lo que el jefe nos grite.

Él la mira y ve cansancio, pero también una chispa: ella está probando si él puede decidir por sí mismo.

El viernes, Andrés se presenta ante Víctor con el informe terminado.

Aquí tienes mi parte dice. Terminé a las seis. Después debo ir a la clase.

Víctor revisa los papeles, lo mira y pregunta:

¿Así que te quedas?

Sí responde Andrés, con la mano ligeramente temblorosa. Trabajo hasta las seis y luego me voy al centro.

Eso es un error dice Víctor con frialdad. Pero es tu decisión.

Andrés vuelve a su puesto con el corazón latiendo como después de una carrera. Sabe que la relación con el jefe cambiará; quizá ya no lo vean como el fiable. Pero también siente que, por fin, ha tomado una decisión sin mirar atrás.

Llega a la clase un poco antes. El profesor de diseño, un hombre alto con vaqueros y camisa, ya dispone los trabajos de los alumnos. Andrés coloca su carpeta, se sienta. Cuando analizan los proyectos, su propuesta se revisa al final.

Solución interesante comenta el profesor, desplegando la hoja. Se nota que el autor pensó en la circulación por la cocina. Hay fallos, pero son honestos.

Nadie lo llama genio, pero lo tratan con seriedad. Al salir, respira el aire frío de la calle. Siente una mezcla de ansiedad y calma. Sabe que ya no hay marcha atrás; los cursos no son un simple entretenimiento, han dejado una huella en él.

Las semanas siguientes busca un nuevo equilibrio. Con Víctor la relación se enfría; ya no le invitan a encuentros informales y a veces le sueltan críticas sobre las mentes creativas. Andrés, sin embargo, delimita con claridad sus horarios, negocia horas extra con antelación y evita aceptar automáticamente.

En casa, él y Lucía elaboran un calendario. Lunes y miércoles son sus clases, martes y jueves él se queda en casa, prepara la cena y se ocupa de los quehaceres. Los sábados a veces van juntos al supermercado y luego ven una película, comentando los personajes desde la perspectiva psicológica. Lucía, al principio se ríe de sus análisis, pero pronto empieza a preguntar: ¿Por qué ese personaje se enfada? ¿ No tuvo una infancia difícil?

Con Daniel surgen nuevos temas. El hijo habla de sus compañeros y profesores, y Andrés intenta escuchar sin lanzar consejos de inmediato. A veces lo logra, a veces vuelve a su viejo debes, pero luego se disculpa.

Los fines de semana llega Consuelo. Una tarde, sentada a la mesa, dice:

Papá, has cambiado. En buen sentido. Antes siempre estabas ocupado, ahora pareces más presente.

Él ríe.

Siempre lo he sido.

Sí, pero ahora eres más vivo.

Estas palabras le acompañan. Reflexiona sobre lo que significa estar vivo a los cuarenta y ocho: no hay necesidad de lanzarse de cabeza a un paracaídas, ni de abandonar a su esposa y su país, sino permitirle a uno mismo interesarse por cosas más allá de las obligaciones habituales.

A finales de invierno los cursos llegan a su fin. En psicología tratan los valores vitales. Olga Sánchez propone que cada uno escriba cinco cosas importantes y las ordene por prioridad. Andrés se queda con la hoja, medita. Familia. Salud. Trabajo. Desarrollo. Libertad.

Reordena la lista. En primera posición queda la familia, después el desarrollo, la salud, el trabajo y, al último, la libertad. Antes el trabajo siempre estaba primero. Ve la lista y siente que no es un juego, sino un reflejo de su nueva visión.

Al terminar la clase se queda un momento y se acerca a Olga.

¿Puedo preguntar? dice.

Claro responde ella, sonriendo.

¿Es normal que a mi edad empiece a pensar tanto en mí? ¿No será egoísmo?

Olga lo mira detenidamente.

A tu edad la gente se plantea esas preguntas. No es egoísmo si no olvidas a los tuyos. Es evitar vivir el resto de la vida en piloto automático.

Él asiente; la palabra piloto automático le llega como un golpe. Recuerda los años en los que los días se fundían, haciendo lo que le pedían.

En primavera el centro de formación anuncia una nueva oferta: un curso de arte contemporáneo y otro de diseño avanzado. Andrés se detCon una sonrisa renovada, Andrés decide inscribirse en el curso de arte contemporáneo, sabiendo que seguir aprendiendo será siempre la mejor forma de seguir viviendo plenamente.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four + 12 =