Vive tu propia vida

Las ruedas de la limusina negra se deslizaron suavemente contra la acera. No era sólo un coche, era la idea de éxito convertida en metal pulido. De él descendió un hombre: Roberto Varela.

Su traje estaba impecable, como si lo hubiera confeccionado el propio Destino. Si uno observaba con detenimiento, se notaría que la tela costosa de los hombros estaba algo holgada; había perdido peso en los últimos meses.

Su rostro, bien cuidado y liso, conservaba la frialdad de la calma, pero en los bordes de sus sienes, tensas por la constante presión, se asomaba una sombra de cansancio. Con una mano de dedos finos, casi aristocráticos, ajustó la corbata, y en ese gesto se percibía su necesidad de control, esa fuerza que se escapa gota a gota entre los dedos.

Roberto Varela portaba ese nombre como un escudo de familia, con dignidad y un leve aire de soberbia. Sonaba sólido en la junta directiva, imponente en las negociaciones y helado en el lujoso vacío de su despacho. Tenía cuarenta y ocho años, de los cuales los últimos veinte los había dedicado a erigir un imperio ladrillo a ladrillo. Ahora esos ladrillos empezaban a desmoronarse, dejando al descubierto el vacío.

Caminaba despacio, con una gracia aprendida, pero cada paso requería un gran esfuerzo interior. Incluso el simple hecho de llegar a la clínica privada a la que había venido le supuso un esfuerzo enorme. Cuando se giró para lanzar la última mirada a su coche perfecto, en sus ojos pasó algo más que cansancio: la sombra de un hombre que comprende que solo es un custodio temporal de aquella opulencia.

Al lado de la clínica había el mercado del barrio. Al aparcar su caballo de hierro oxidado, estaba allí otro hombre, Andrés. Acababa de llegar con su esposa y sus dos hijos, un niño y una niña. Se secó las manos con los vaqueros gastados, se encendió un cigarrillo y se apoyó contra la puerta de su viejo sedán.

Andrés medía casi un metro noventa, era corpulento, con el rostro abierto, curtido y bronceado a pesar del otoño citadino. Su cabello era rubio, desteñido por el sol y cortado al ras. En él se percibía la fiabilidad masculina que se forja año a año en la vida sencilla.

Su mirada cruzó el bullicio del mercado y se topó con la limusina. En sus ojos claros y rectos se encendió la chispa familiar: una mezcla de envidia amarga y admiración dulce. Dio la última calada, dejó caer la colilla y la aplastó con la suela de su zapato.

Esto es lo que llamo suerte murmuró, y su voz no traía ira, sino una melancolía casi infantil. Tener su vida en lugar de la mía. No andar en ese bote oxidado, sino en una golondrina de lujo. No cocer albóndigas en casa, sino pedir filetes en los mejores restaurantes. Y el mar el mar, dos veces al año, como un calendario. Una en junio, con los niños, para que chapoteen; otra en septiembre, con mi mujer, tranquila, al sonido de las olas

Suspiró, y sus amplios hombros se hundieron un poco bajo el peso de aquel sueño dulce e inalcanzable. Se imaginaba el interior suave del coche, la tranquilidad y la seguridad que, a su modo, creía que debía emanar de ese vehículo y de la vida de su dueño.

En algún punto, tal vez cerca o lejano, un oído invisible escuchaba aquel susurro y exhalaba. La gente solo ve el brillo del anuncio, sin percibir el espectáculo que se cuece tras bambalinas.

El afortunado caminaba por el asfalto, y cada paso resonaba como una sordina, una dolor lejana en lo profundo de un cuerpo que ya no obedecía y lo traicionaba cada día más. Su almuerzo lo aguardaba en casa: una masa sin sabor, al vapor, tan insípida que con solo olerla se le revolvía el estómago.

Hace una hora había salido del despacho del fiscal, y la sombra plomiza de una caída inminente ya lo cubría por completo, apretando la soga más firmemente. En sus oídos persistía la voz monótona e impasible que recitaba los artículos, cada uno como un clavo en la tapa del negocio.

Su único hijo, el muchacho de ojos claros, había sido para Roberto la promesa de futuro, la continuidad, el sentido de toda aquella fortuna. Ahora el joven estaba tras la verja alta de otra clínica especializada, que intentaba liberarlo de los demonios que lo acosaban, alimentados por sustancias prohibidas y por la indiferencia de sus padres.

Y su mujer Dolores. Aquella que alguna vez hizo latir su corazón con su risa, ahora olía a perfume masculino ajeno. No era una simple sospecha; lo sabía. En sus cenas de mujer, en el brillo renovado de sus ojos al mirar el móvil, en su repentina afición al gimnasio de noche, cuando la gente normal disfruta de la cena en familia, él empezaba a notar los detalles que conformaban un cuadro de traición inexorable. No conocía todavía el nombre del otro, pero ya sentía su sombra en cada rincón de la casa que había sido su refugio y que ahora era una trampa lujosa. Captaba su mirada, rápida y evaluadora, y no veía amor, sino la paciente espera de su fin.

Incluso la criada, María, al servirle aquella masa insípida, le miraba de forma extraña, demasiado larga y triste. ¿Será compasión? ¿O tal vez, en su silencio, había otra cosa: el saber que su esposa, en secreto, había añadido a la comida una pizca de sedantes para que él temblara menos, para que hiciera menos preguntas?

Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Lo percibía en la mirada de los médicos. Primero tendría que perderlo todo: la empresa que había levantado de la nada; la mansión donde el eco rondaba las habitaciones vacías; el yate, símbolo de burla; y su nombre, que pronto aparecería calcinado en los titulares.

Lo peor no era la muerte, sino ese lento y humillante camino hacia ella. Entender que ya estaba descartado, traicionado, que su existencia se había convertido en una espera del final, y su estado, en un fantasma del que otros luchaban por conseguir los restos.

El rival que envidiaba su viejo coche estaba verdaderamente sano. Su salud no era esa abstracción que muchos ignoran mientras la tienen, sino una fuerza viva y palpable. Podía morder una manzana crujiente y sentir cómo el jugo ácido y dulce estallaba en su boca. Podía, de pie junto al baúl abierto, devorar una rebanada de pan negro con panceta salada, ajo perfumado y eneldo fresco, y eso le resultaba más sabroso que cualquier filete de restaurante caro. Dormía profundo, sin pastillas ni pesadillas.

Su mundo era sólido como los cimientos. No de mármol frío y monumental, sino cálido y fiable, como una casa antigua bien construida. No había espacio para arenas movedizas de traiciones ni pirámides financieras. Simple y claro: se gana, se recibe; se ayuda, se ayuda; se ama, se es amado.

Ese mundo firme lo arrastró por la manga. Su esposa, tierna aunque sin aires aristocráticos.

¿Qué te tienes que estar pensando? le dio un empujón. Vamos al mercado, que todavía quedan patas de jamón para el cocido. Lleguemos temprano, antes de que se acaben. Y de paso, busquemos unas zapatillas nuevas para el niño, que las suyas ya huelen a incienso.

Y se fueron. Ella, tomándolo del brazo como quien guía con seguridad el paso de la vida. Él caminaba a su lado, y en su corazón ardía un amor callado y sólido. Delante, corrían sus hijos, dos fuentes de ruido, desorden y alegría infinita. Detrás, el pequeño convoy de felicidad estaba protegido por un ángel guardián que, con suave batir de alas, alejaba los peligros.

El hombre de traje perfecto avanzaba lentamente hacia la entrada de la clínica privada. Su mirada, vidriosa por el anestésico, se posó en el hombre rubio, robusto, que su esposa joven sostenía del brazo como si fuera un tesoro.

Y en su alma, marchitada por la enfermedad y la traición, surgió un pensamiento nítido y agudo: Daría todos esos millones inflados, todo ese polvo dorado por una sola manga de la chaqueta. Por ese empujón constante al costado y por ir al mercado a comprar patas de ternera. Por el derecho a comer con ganas ese cocido cuando se haya puesto firme.

No se cambien los destinos. No se pruebe la felicidad ajena. Puede que venga con el forro de ajenjo amargo. Vivid vuestra vida. A veces un par de zapatillas sencillas en los pies es mucho más valioso que el coche más lujoso. Cada cual tiene su camino, y lo importante es recorrerlo con su calzado, aunque sea modesto, pero cómodo.

A veces caminar a pie es mejor que lanzarse con el viento al borde del abismo.

No deseéis lo de los demás. Siempre lleva consigo una carga invisible pero pesada: el dolor ajeno, los errores ajenos, los pecados ajenos, desconocidos y a veces mortales para el alma.

Vuestra vida, con sus pequeños placeres el café matutino, la risa de los niños, el calor del hogar es la verdadera riqueza. No se lleva a la cuenta bancaria, pero es lo que llena el corazón de una felicidad profunda y tranquila. Valorad lo que tenéis, porque para muchos eso es un sueño inalcanzable. Seguid vuestro propio camino. Y que vuestras sandalias marquen la senda que conduzca a vuestra auténtica felicidad.

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