Mis padres me dijeron que tuviera paciencia cuando les conté que no amaba a Sara y me pidieron que esperara. Así terminó mi espera.

Mis padres me insistieron en ser paciente cuando les dije que no amaba a Sara y me pidieron que esperara. ¿Cómo terminó mi espera?
Casarme con Sara fue una pesadilla despierta. Era exigente, ruidosa, pero mi padre la había elegido para mí. Había notado a la hija de un amigo y creyó que seríamos perfectos. Al no tener otra mujer y ya tener treinta años, tuve que contraer matrimonio. Sara dirigía todo en nuestra unión; todo debía ajustarse a sus planes y deseos. Conforme a su proyecto, nació nuestro primer hijo y, después, el segundo.
La vida transcurría entre la pobreza y los fracasos. Hubo muchos momentos duros que convirtieron la existencia en un verdadero infierno. Detestaba a mi esposa, a mis hijos y mantuve una gran pelea con mi suegro. No creía poder superar todo eso sin divorciarme.
Mi madre siempre me apoyó, y ambos padres me repetían que simplemente esperara y fuera paciente. Era como si supieran algo, al haber llegado a su edad, y estuvieran seguros de que yo descubriría la verdad cuando fuese mayor.
Así, los niños crecieron y se fueron al mundo. Yo sigo con Sara; nos hemos acostumbrado el uno al otro, nos llevamos bien y no me imagino la vida sin ella. Con el dinero la situación es más o menos estable. Finalmente gozamos de una tranquilidad que hace que la vida parezca de cuento. Los dos estamos sanos, no nos falta nada, nos amamos y no tenemos verdaderas preocupaciones. Todo está en el mejor orden posible. Hace tiempo que no tenemos nada de qué quejarnos.
Nos costó mucho llegar a este punto, pero me pregunto ¿realmente la gente se siente feliz cuando está ocupada con el trabajo, los hijos y otras cosas? ¿O, como a mí, la felicidad llega en la vejez, cuando ya no hay a dónde huir y nada queda por hacer?

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Mis padres me dijeron que tuviera paciencia cuando les conté que no amaba a Sara y me pidieron que esperara. Así terminó mi espera.
Lecciones de vida para Julia