Reconciliación Escolar: Construyendo Puentes en el Aula

Yo, Antonio Ruiz, orientador del IES SanClemente, estaba sentado en mi pequeño despacho mirando la hoja de registro de incidencias. En los márgenes del cuaderno había subrayado con lápiz frases como: «amenaza con acudir a la justicia», «grita al niño en el pasillo», «el alumno llora y se niega a volver a casa». El mensaje lo había escrito la directora tutora del curso 2.ºB.

Por la ventana se escuchaban los pasos de los estudiantes en el pasillo, el crujido de los casilleros y alguna que otra carcajada. Dentro, el ambiente era de silencio. Sobre el alféizar había dos carpetas rotuladas «Servicio de mediación escolar». Tomé la carpeta superior. Este año había conseguido que la mediación quedara incluida en el reglamento interno del centro, de modo que, ante conflictos graves, se pudiera invitar oficialmente a los padres y conducir la conversación bajo normas claras, en lugar de limitarse a escuchar quejas en el pasillo.

Volví la vista al apellido del estudiante. Arturo, trece años. Ayer había venido a verme después de clase, callado, con la correa de la mochila apretada. Me dijo que en casa «todo estaba mal» y que su padre había prometido «resolver de verdad este problema con el cole». Le ofrecí un vaso de agua y le pregunté si le molestaba que llamara a sus padres para proponer una reunión de mediación. Arturo hizo un leve gesto de asentimiento; cuando aclaré que no actuaría sin su consentimiento, tras una pausa, asintió.

Era hora de llamar al padre. La madre estaba anotada en el expediente, pero su número estaba tachado y reemplazado con una nueva anotación escrita con otro bolígrafo. Decidí empezar por el padre, que ya había entrado en conflicto con el centro.

Con la normativa de mediación impresa sobre el escritorio, marqué el número. Después de varios tonos, una voz cansada y firme respondió:

¿Sí?

Buenos días. Habla Antonio Ruiz, orientador del centro. Le llamo por el caso de Arturo. ¿Tiene un momento?

¿Qué pasa ahora? interrumpió el hombre. Ya le han sacado los nervios con sus llamadas.

Los hombros se tensaron; tomé aire y continué con tono mesurado:

No se trata de sanciones. En el colegio contamos con un Servicio de mediación. Quisiera proponerle una reunión con Arturo bajo ese esquema. Es un proceso voluntario cuyo objetivo es ayudar a llegar a acuerdos y reducir la tensión.

¿Mediación? supeció el padre, con escepticismo. Mire, soy abogado. Sé muy bien cómo ustedes disfrazan los errores con palabras bonitas. Si hacen algo a mi hijo, presentaré la denuncia que corresponda.

Tiene derecho a hacerlo respondí con calma. Mi función es distinta. En la mediación no se busca culpables ni se dictan decisiones. Se expone lo que ocurre y se busca una solución que satisfaga a todos, sobre todo a Arturo. En cualquier momento pueden retirarse sin consecuencias.

Se escapó un silencio breve, solo el leve sonido de su respiración.

¿No será un interrogatorio? preguntó al fin.

No. Será una conversación con reglas de seguridad y respeto. Propongo que también asistan la tutora del curso y, si le parece bien, el director adjunto, para que todo sea transparente.

El director suspiró. Vale, si es oficial, iré. Pero aviso: si intentan presionar al niño, no lo permitiré.

Entiendo su postura. Yo velaré porque nadie presione respondí. Le enviaré por correo electrónico la información del proceso y le propondré fechas. Usted elegirá.

Intercambiamos direcciones de correo. Anoté en el registro: «Padre preliminarmente de acuerdo. Señalar límites y confidencialidad».

Con la madre la conversación tomó otro tono. Habló bajando la voz, pidiendo disculpas por las interrupciones en su trabajo y aceptó de inmediato una cita en la tarde. Cuando le pregunté si la mediación era voluntaria, contestó: «Si eso ayuda a que no tenga miedo en casa, acepto lo que sea». Lo anoté mentalmente.

Dos días después nos reunimos en una sala de reuniones junto al despacho del director. La mesa se colocó sin que nadie quedara «en primera fila». Sobre ella había impresas las pautas de mediación, bolígrafos, una botella de agua y vasos desechables.

Primero llegó Arturo. Entró sin quitarse la mochila y se detuvo en la puerta.

¿Puedo sentarme aquí? señaló el asiento libre.

Claro, escoge donde te sientas más cómodo le dije. Recuerda que puedes salir en cualquier momento si te sientes incómodo.

Se sentó, dejando la mochila a los pies, pero sin soltar la correa.

Entró la madre, una mujer bajita con suéter gris. Saludó, se sentó al lado del hijo y tocó su hombro con delicadeza. Arturo se alejó un poco, pero sin enfado.

Por último apareció el padre, alto, traje oscuro y portafolios. Observó la sala, la silla vacía destinada al director adjunto y la pila de documentos, y luego se volvió hacia mí.

Buenos días murmuró.

Buenos días, gracias por venir. En breve se incorporará la directora adjunta y empezaremos respondí.

A los pocos minutos entró la directora adjunta, Luz Martínez. Saludó y tomó asiento a un lado, dejando el centro de la mesa libre para los participantes. Sentí la ligera tensión que produce la presencia de la administración: los padres no deben percibirla como un segundo juez.

Antes de comenzar dije cuando todos se acomodaron quiero recordarles que la mediación es voluntaria. En cualquier momento pueden interrumpir o pedir un receso. Nuestro objetivo no es señalar culpables, sino entender la situación y buscar acuerdos que beneficien a Arturo.

Distribuí a cada uno una hoja.

Este es el acuerdo de mediación. Aquí constan las normas. Primero, hablamos por turnos, sin interrumpir ni alzar la voz. Segundo, todo lo que se diga quedará dentro de esta sala, salvo que haya riesgo de daño para el menor. Tercero, las decisiones las toman ustedes; yo no impongo veredictos.

El padre leía con el dedo la línea del texto. La madre tomó el bolígrafo, pero antes de firmar me preguntó:

¿Se guardará este documento?

Sí. Un ejemplar quedará con ustedes y otro conmigo, archivado en la carpeta del Servicio de mediación. No se usará como prueba en futuros litigios, tal como establece el reglamento del centro.

El padre alzó la vista.

Entonces, si presento una queja más tarde, no podrán usar lo que dije aquí, ¿verdad?

Exacto. No podré citar sus palabras como argumento. Este espacio es para dialogar, no para recopilar pruebas.

Firmó, luego lo hizo la madre y yo la mía. La directora adjunta firmó en el apartado «representante de la administración».

Empecemos dije. Propongo que cada uno cuente, en primera persona, cómo ve la situación, sin acusaciones, usando yo siento, yo creo. ¿Quién quiere iniciar?

El padre levantó la mano con discreción.

Si me permite, dijo. Estoy cansado de que vean a mi hijo como el problemático de la clase.

Asentí y le di la palabra.

Mi hijo siempre ha sacado buenas notas comenzó. Este año aparecen acusaciones de peleas y faltas de respeto. Cuando intento averiguar, recibo respuestas vagas. No toleraré que se apliquen métodos que perjudiquen a mi hijo. Si alguien ha vulnerado sus derechos, ejerceré la vía legal.

La directora adjunta se mostró tensa, pero guardó silencio. Arturo bajó la cabeza.

Gracias comenté tras su pausa. He escuchado que siente cansancio y desconfianza, y que necesita que se le trate con justicia y conforme a la ley.

El padre asintió.

¿Quién sigue? pregunté.

La madre miró a Arturo y después a mí.

Yo dijo en voz baja. En casa también se ha vuelto difícil. Arturo se encierra y responde con dureza. Mi marido cree que hay que apretar al niño para que no se descontrole. Yo temo perder el contacto con él y que tenga miedo de nosotros.

El padre giró la cara hacia ella.

Yo nunca quise que me tema replicó. Quiero que me respete.

Le recordé que dejara terminar a la madre.

Démosle la palabra a la madre intervine suavemente.

La mujer asintió, entrelazando los dedos.

No sé bien qué es lo correcto. Veo que sus notas bajan, que lo llaman a la dirección y eso le agobia. Quiero saber cómo ayudarlo.

Miré a Arturo. Sus hombros temblaban ligeramente.

Arturo, ¿quieres decirnos cómo lo ves tú? Puedes hablar tanto como necesites le animé.

Se quedó pensando, apretó la correa de la mochila y exhaló.

Yo no quiero venir a este sitio. Quiero ir a la escuela, pero aquí cada vez que me llaman, papá se enfada. En casa no peleo sin razón, los demás inician. Cuando el profesor entra, solo me miran a mí.

El padre se inclinó hacia él.

¿Por qué no me lo dijiste antes? preguntó. Te lo pedía.

Porque gritas soltó Arturo. De inmediato dices que nos vas a demandar. Temo que te enfades conmigo también.

El silencio se hizo pesado. El padre respiró hondo, se apoyó en el respaldo y se llevó una mano al rostro.

Yo no quiero que me temas dijo en voz baja.

Escucho que todos sienten mucha tensión y miedo respondí. No estamos aquí para juzgar, sino para buscar, juntos, cómo mejorar la situación en la escuela y en casa.

La directora adjunta pidió intervenir.

¿Puedo decir algo como representante del centro? preguntó.

Claro, usando frases en primera persona le recordé.

Yo, como responsable, veo que se han registrado varios incidentes con Arturo. Creo que hemos reaccionado de forma formal, sin indagar realmente. Agradezco que estén aquí, porque es una oportunidad para establecer un protocolo claro de actuación.

El padre cruzó los brazos.

Vale, supongo que confío en que esto sea por la paz. ¿Qué proponen concretamente? No quiero que mi hijo sea el foco de las sanciones.

Antes de pasar a propuestas, necesitaba entender mejor lo ocurrido en el cole. Le pedí a Arturo que relatara el último conflicto.

Fue en clase de Física. Algunos compañeros se estaban lanzando papeles. Les dije que se callaran, pero empezaron a empujar. Uno tiró de mi mochila, yo lo empujé. Entró la profesora y solo vio el empujón.

¿Qué pasó después? pregunté.

Me enviaron al subdirector. Me dijeron que si volvía a pasar, me pondrían en el registro interno.

El padre, visiblemente alterado, se dirigió a la directora adjunta.

¿Ni siquiera averiguaron quién inició? exigió. Eso es una infracción.

Sentí que la conversación podía descarrilarse hacia lo legal. Cambié el foco.

Entiendo su preocupación, señor. ¿Podría decirnos qué busca para Arturo en el centro, dejando de lado la cuestión de la culpa?

Reflexionó y respondió:

Quiero que no lo golpeen. Que lo traten como a cualquier alumno, no como al causante de todos los problemas. Y que me informen a tiempo, sin sorpresas.

Me volví a la madre.

¿Qué desea para él?

Que no tenga miedo ni en casa ni en el cole. Que tenga amigos y que pueda contarme lo que le pasa sin encerrarse.

Volteé a Arturo.

¿Y tú, qué quieres?

Que no me jalen cada vez. Que, si pasa algo, me hablen antes de juzgarme. Y que en casa no haya gritos.

Con esas ideas, iniciamos la búsqueda de acuerdos concretos. La directora adjunta propuso:

Desde el centro, hablaremos con la tutora y los profesores para que, ante un conflicto con Arturo, primero lo convoquen a conversar y averigüen los hechos. Designaremos a una persona de referencia, puede ser la tutora o yo, para que sea el canal único de comunicación con la familia.

El padre asintió, aliviado.

Quiero que la información sea objetiva, sin interpretaciones. Un único interlocutor facilitaría las cosas.

Le pregunté si aceptaba ser ella, y confirmó.

Anoté: «Todas las situaciones relevantes con Arturo se discutirán primero con él y después, mediante Luz Martínez, con los padres». Luego pasamos a los compromisos familiares.

¿Cómo quieren reaccionar ustedes, como padres, ante esas notificaciones? indagué.

No pretendo dictar su educación aclaré. Solo les sugiero que reflexionen sobre qué actitudes ayudan a Arturo y cuáles le generan más miedo. Decidan ustedes qué cambiar.

El padre, tras una pausa, comentó:

A veces actúo por miedo a que su futuro se vea comprometido. Quiero evitar que lo expulsen o que su reputación se arruine. Por eso respondo con dureza.

Entonces, su temor está protegido por su amor le respondí. Pero ese temor también puede asustar al niño.

Arturo intervino:

Cuando gritas, no oigo que te preocupa, solo siento tus rabietas.

La madre, con los ojos húmedos, propuso:

Podríamos pactar que, si vamos a discutir un tema, lo hagamos sin que él esté presente, y luego le contemos lo acordado.

Eso me parece razonable aceptó el padre. Hablaremos entre nosotros sin que Arturo escuche.

Continuamos afinando los detalles:

1. En el cole, ante cualquier conflicto con Arturo, los profesores describirán los hechos con claridad y, sin juicios, informarán a Luz Martínez, quien se encargará de comunicar a los padres de forma neutra.

2. En casa, al recibir la información, intentarán dialogar con Arturo en tono bajo. Si sienten que van a alzar la voz, usarán una señal acordada. ¿Qué señal les parece? pregunté.

Arturo propuso la palabra «alto». El padre sonrió y aceptó.

3. Ofrezco sesiones individuales de acompañamiento semanal durante un mes, siempre que Arturo lo autorice.

El padre, tras escuchar, dijo:

Si eso ayuda, estoy de acuerdo, pero quiero que me informen de cualquier cosa grave.

Así será, y lo reflejaremos en el acuerdo escrito aseguré.

La madre también aceptó.

Entregué el formulario de consentimiento, donde se especificaba que las sesiones serían voluntarias, semanales, confidenciales, salvo riesgo de daño al menor.

Mientras firmaban, observé cómo la tensión empezaba a disiparse. El padre ya no buscaba abrir la puerta, la madre ya no parecía a punto de romperse, y Arturo, aunqueAsí, la familia salió del despacho con la sensación de haber encontrado, por fin, una vía para escucharse y ser escuchados.

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