Recuerdo, como si fuera hace siglos, aquel torbellino de recuerdos que marcó mi vida en los barrios de Madrid, donde la gente suele decir que el que está sobrio piensa con claridad, el que está borracho actúa con el corazón. Yo, Cayetana, que pasé la infancia en un barrio viejo y en la casa de mis padres conocí otro dicho, una versión distinta que aprendí bajo la sombra de los bares de la zona: lo que tiene la cabeza en estado de sobriedad, lo que tiene el cuerpo en estado de borrachera. Porque, después de unas copas, la gente no solo dice lo que piensa, sino que también se muestra de una manera que nunca habría imaginado.
Mi padre, Antonio, nunca ocultó nada a su familia. No gritaba, no insultaba, y bebía siempre con la calma de quien sabe que el vino sólo le ayuda a relajar los nervios. Incluso cuando estaba un poco pasado de copas, lograba mantener el orden y limpiar tras de sí. Cuando se marchaba a la finca con una caja de aguardiente, nos decía a mi madre, Concepción, y a mí que volvería en una semana; aquella semana transcurría entre desperté bebí dormí sin más interrupciones. Al regresar, fingía que nada había pasado y la vida siguió su cauce tranquilo.
En el mismo edificio vivía la vecina, Doña Pilar, cuyo marido, un hombre violento, la acosaba sin descanso. A causa de eso, muchas veces la mujer y sus dos hijos buscaban refugio en mi casa. Yo escuchaba que ella se quejaba de lo afortunada que era por tener a un marido tranquilo y calmado, mientras yo sabía que mi madre había tenido otro pretendiente antes de mi padre, y que lo dejó precisamente porque el hombre no supo comportarse cuando tomaba.
Mi madre siempre me repetía que si un hombre se embriaga, no es una señal de que sea malo; hoy la gente se ahoga en el alcohol, mañana en los videojuegos o en cualquier otra adicción. Cuando alguien pierde el control bajo los efectos del licor, la respuesta debe ser cortar el vínculo sin darle segunda oportunidad ni promesas vacías. Yo nunca concedí esas oportunidades, y con el tiempo se fue formando a mi alrededor una especie de aura de mujer que no tolera la borrachera. Cada vez que yo, por alguna ocasión especial, aceptaba beber una o dos copas, los rumores se desvanecían y la gente simplemente murmuraba: no se bebe cerca de ella. Tal vez por eso mi tercer novio, después de haber terminado los dos anteriores por sus patrañas ebrias, juró que nunca bebía.
Por un lado, eso resultó perfecto, pues había aprendido a observar a los bebedores de distintos niveles desde mi infancia. Por otro, siempre surgían dudas sobre el comportamiento de mi pareja. Pero, en aquella época, nadie nos obligaba a casarnos de inmediato; podíamos observarnos, medirnos en la cotidianidad y, si algo no nos gustaba, partir sin remordimientos.
Así fue como conocí a Nicolás. La primera vez que nos cruzamos fue en una reunión para celebrar que habíamos aprobado la convocatoria de la Universidad. Yo terminaba mi último curso, mientras él ya había egresado el año anterior y llevaba una gran red de amistades entre mis compañeros, lo que le facilitó entrar en nuestro grupo. Donde había estudiantes, había bocata y cerveza; la comida escasa y el alcohol rápido se mezclaban, y de pronto surgían ideas como juguemos a las adivinanzas.
Un compañero me obligó a cantar en karaoke, argumentando que nunca aceptaba la invitación y que, aun cuando lograba entrar en algún bar, nunca cogía el micrófono. ¡Queridos, siempre los cuidé, les preocupé, pero nunca me han visto cantar! pensé en silencio. Al final, acepté y canté un par de versos, hasta que el mismo que me había retado me quitó el micrófono. ¿Quién se ha puesto a cantar si no ha pedido?, decía él, ¿qué culpa tengo yo?.
Luego surgió una partida de copiar la tarea, y la perfeccionista Katerina, temblorosa, se retiró a su habitación a buscar apuntes. Algunos se pusieron a bailar, otros a chirriar como gallinas, y en medio de ese caos un suceso inesperado cambió el rumbo de la noche. Nicolás, que aún estaba sobrio como una copa de agua, se acercó a Marina, amiga enamorada de él, y, bajo la mirada atónita de todos, besó a la rubia en los labios, sin detenerse. Yo, atónita, miré a mis compañeros y sentí como si un resorte se desgajara dentro de mí.
En ese instante, una botella de refresco con gas perdió la presión y se derramó sobre la pareja besándose. Yo, sin meditar, escupí una palabrota y salí disparada de la habitación hacia la calle. El aire frío y amargo me golpeó la cara; por un momento pensé que iba a romper a llorar como un niño desamparado. Justo entonces escuché la voz de Nicolás gritar mi nombre mientras un taxi frenaba a pocos metros. Me subí al asiento trasero, dije la dirección de mis padres y, en el impulso, agarré mi bolso, mis tarjetas y mi móvil, temiendo volver a ver esas caras de mi pasado.
Mi madre, al verme llegar con la cara cubierta de lágrimas, no indagó. Solo me sirvió una taza de té caliente y se sentó a mi lado mientras lo bebía. Todo se arreglará, repetía una y otra vez, como una canción que se repite en los hogares. Se muele, se hará harina. Cuánta harina habría de haber en mi vida si todo siguiese ese ciclo.
Mamá, vuelvo a casa. Mañana recogeré mis cosas del piso de él y me mudaré. ¿Está bien? le pregunté.
¿Por qué preguntas permiso? Este es tu hogar. Saliste cuando quisiste, y siempre podrás volver; la habitación está libre, las sillas y la mesa siguen allí, y ni mi padre ni yo hemos reclamado nada.
Tal vez, si mi madre me hubiese echado de la casa con una patada y la frase vete a la vida adulta, vive sola y no regreses, habría tenido que regresar a Nicolás y tratar de olvidar lo ocurrido. Pero ahora, con el apoyo silencioso de mis padres, me sentía invencible y no estaba dispuesta a tolerar más ese comportamiento.
¿Dónde has estado toda la noche? le preguntó Nicolás al abrir la puerta con mi llave.
Eso ya no es asunto tuyo repuse, cerrando la puerta y dirigiéndome al dormitorio, donde empecé a empacar mis ropas en una gran maleta a cuadros. Dos cajas bastarían, luego llamaría un taxi y daría por terminado aquel sueño peor que una pesadilla.
¿Quieres dejarme así, sin decir adiós? insistió él.
¿De qué hablamos? Tú besas a mi compañera de clase frente a mis ojos y lo haces con tanto empeño. ¿Qué necesidad tienes de un traidor?
Tú tienes cucarachas en la cabeza. No es una traición, es sólo un beso, y el encargo lo hice yo, no tú.
¿Si me pidieran sentarme en el regazo de alguien o bailar un baile escaso de ropa, estaría bien?
No compares, nunca te habrían pedido eso. Lo que me tocó fue cumplir una tarea, y la hice.
No tienes que reaccionar de forma tan exagerada. No inventes cuentos en tu cabeza para destruir lo que teníamos. Ve y destruye, si quieres. ¿Crees que seguiré corriendo tras ti? Tengo más que suficiente gente para mi pichón de problemas.
Pues compra tu propio pichón y déjame en paz.
¿A quién le sirvo?
Resultó que sí servía, porque medio año después encontré una nueva relación con un hombre verdaderamente sensato. Tuve suerte, la cuarta vez fue la correcta.
Mientras tanto, Julián, aquel que nunca bebió una gota, todavía me cruza en la calle y trata de convencerme de que todo fue producto de mi imaginación, de que destruí la relación sin razón y que ahora sufriré sola. Pero él, con su corazón amable, siempre está dispuesto a perdonarme y a aceptarme de nuevo.
Al final, ¿quién fue el verdadero herido? Yo hice lo correcto al alejarme de ese hombre que se empeñó en besar a otra mientras yo lo observaba. Así quedó mi decisión, y la historia, como un viejo cuento que se repite en los cafés de Madrid, sigue viva en mi memoria.






