Hace siete años, en un sueño que se deslizaba como una cinta de lluvia sobre la plaza Mayor de Toledo, me casé con un hombre sin nada. Mis parientes, con sus risas que resonaban como campanas rotas, no entendían mi decisión y me miraban con una extraña burla que todavía se queda grabada en la memoria del sueño.
Sé que las muchachas suelen imaginar a su marido como un príncipe de revista, con un coche reluciente y un sueldo que brille como oro, pero yo tenía mis propias normas. Para mí, lo esencial era que no bebiera, porque sé que el alcohol convierte los días en sombras y no quería que mis hijos vieran a un padre perpetuamente mareado.
Quería que fuera trabajador, no perezoso, y que me hablara con la honradez de un viejo roble. Las cosas materiales nunca fueron mi brújula; nunca me importó si poseía coche o piso. No vengo de familia de millonarios, por lo que no tenía sentido aferrarme a cosas que nunca había tenido. Mi madre crió sola a mi hermano y a mí en un barrio de la periferia de Madrid, sin lujos, sólo con el calor de la mesa compartida.
Yo y él habíamos convivido durante un año antes de la boda. Tenía seis hermanos, y él trabajaba como catedrático en la Universidad de Granada, en su disciplina, rodeado de libros que olían a polvo y a café. Vivía bajo el techo de sus padres, junto a su hermano y su madre, en una casa de ladrillos rojizos que crujían bajo el viento.
Nuestro enlace se celebró con los familiares más cercanos y unos cuantos amigos, en una iglesia de piedra que parecía flotar entre nubes de luz. Tras la ceremonia, empezamos a vivir juntos, descubriendo que nuestras personalidades eran como colores que se mezclarían lentamente hasta formar una nueva tonalidad. Fueron seis meses de ajuste, como el alba que se estira tras la noche.
La primera vez que vi sus lágrimas masculinas fue al nacer nuestro hijo, un bebé de risas que llenaban el aire. Con el tiempo, tuvimos más niños y él, aunque cambió de sector y ahora gana un buen sueldo en euros trabajando en una empresa de energía, siempre ha sido generoso. Al principio alquilamos un piso pequeño en Sevilla, pero ahora poseemos una casa con jardín en la sierra de Guadarrama, y la vida nos trata con cierta suavidad.
A veces chocamos, pero hablamos de esos momentos como si fueran piezas de un rompecabezas que intentamos encajar, aprendiendo a calmar los tormentos internos. No somos millonarios; lo que más valoramos es la salud y la alegría que brota en cada mañana. Hoy celebramos el aniversario de aquel día de hace siete años y medio, cuando dimos el “sí” bajo un cielo que parecía pintado por un artista de sueños.
Con los años he comprendido que lo amo más cada día y que no quiero soltarlo jamás. Me llena de felicidad verlo jugar con nuestros hijos, cuidar de mí y llamarme para preguntar si tengo hambre. Todo eso se siente como una canción interminable que nunca pierde la melodía.
Como ejemplo, recuerdo a mi amiga Lucía, que se casó con un hombre adinerado en Barcelona; al principio todo relucía, pero después comenzó a engañarla, a quejarse, a desobedecer y a tomar dinero de sus padres. Ella piensa divorciarse, pero no quiere perder a sus dos hijos. Su vida no es la mía, y agradezco haber tomado la decisión correcta. Deseo de corazón a todas las mujeres que amen a sus hombres y se sientan amadas; no midan el valor del amor por el tamaño de su cartera.







