La Portera

Recientemente cambió la portera de nuestro bloque de nueve plantas en la calle Gran Vía. Trabaja con una precisión que roza lo mágico: barre los pasillos hasta que el polvo desaparece, lava la escalera de hormigón con una regularidad que parece seguir un calendario secreto. No tengo quejas, salvo un detalle

Antes de ella, la encargada era María del Pilar García, una mujer cuya rutina convertía el vestíbulo en un escenario de noventa metros cuadrados que parecía un salón de baile de los años veinte. Cada mañana, antes de que el sol tocara la cornisa del edificio, extendía una alfombra roja sobre la entrada, una pieza tan ridícula como encantadora. La alfombra, siempre rasgada, era reemplazada al instante por otra nueva, que cubría el hormigón agrietado y la barra de hierro que sobresalía, salvando los tacones de los vecinos de roturas inesperadas.

En cada una de las nueve ventanas que daban al patio interior, los alféizares estaban engalanados con macetas de cerámica, pequeñas estatuillas y tortugas de colores que nunca acumulaban ni una mota de polvo. Todo era un cuadro estático, como suspendido en un sueño.

Una tarde, los chicos del sexto piso llegaron como una tormenta de risas, cigarrillos y copas de vino barato, acompañados de una botella de licor fuerte que chisporroteaba bajo la luz fluorescente. Las macetas se convirtieron en ceniceros, las botellas formaron una pirámide de colores vivos y las estatuillas de conchas se trituraron bajo sus botas hasta quedar polvo de estrellas. Los vecinos, temerosos, se apartaron como si el aire se volviera denso.

Sorprendentemente, María del Pilar logró ganarse la amistad de esos jóvenes. No sólo preservó algunas macetas, sino que, con una extraña autoridad, los convenció de trasladar su club a otro punto del edificio, como si un hechizo los guiara. Las ruidosas fiestas en el vestíbulo cesaron, y en el lugar donde antes había macetas florecían ahora ceniceros delicados que ella limpiaba con devoción, como quien besa la luna.

Lo que más me asombró de María del Pilar no era solo su labor incansable. Llegaba al amanecer, tarareando una canción bajo la nariz, y fregaba el ascensor y el pasamanos con una solución alcohólica, mucho antes de que la pandemia hiciera obligatorio el desinfección. Su trato con los residentes era siempre amable; cuando los fumadores del balcón escupían colillas al suelo, ella los saludaba con cortesía, hablando de la cotidianidad sin reprocharles sus malos hábitos. Con el tiempo, las colillas dejaron de formar una alfombra en el patio trasero.

Entonces, la portera, ahora una mujer de sonrisa serena, hizo brotar bajo las ventanas tulipanes, claveles y crisantemos que parecían susurrar cuentos antiguos. La visión más impactante era su aspecto fuera del uniforme naranja: maquillaje impecable, peinado elegante, tacones a prueba de cualquier clima y ropa en tonos pastel, como si hubiera salido de la pasarela de la Reina de Inglaterra, solo que sin el sombrero.

Cada día, su marido la recogía del trabajo: bajaba del coche, le entregaba una pequeña flor y la besaba en la frente con ternura. Al final de agosto, escuché a las ancianas del vecindario decir en la banca del parque: «Mañana será el último día de trabajo de nuestra María del Pilar, y después ¿qué será del vestíbulo?».

Al día siguiente compré un ramo de flores para ella, deseando agradecerle al menos una fracción de su dedicación. Al llegar a su trastero, donde se guardan escobas, recogedores y trapos, encontré a varios vecinos: algunos con flores, otros con botellas de champán y coñac, las ancianas canturreando mientras le entregaban pasteles y tarros de encurtidos. De pronto, los chicos del sexto piso aparecieron de nuevo, ahora con un móvil en mano, enseñándole a la señorita de 65 años cómo posar para selfies, cómo subir videos a Instagram y TikTok. Parecían haberle inscrito en esas plataformas con la rapidez de un susurro.

El marido, algo confundido, cargó en la guantera del coche flores, botellas y los alimentos que las ancianas habían traído como ofrenda. Mientras tanto, María del Pilar, vestida con un elegante vestido color almendra adornado con una fila de perlas y un maquillaje más vivo de lo habitual, escuchaba sin fijarse demasiado, tratando de contener las lágrimas.

Quizá comprendía que nunca antes una colega había sido despedida con tanta ceremonia. Nunca, en ningún sitio. O quizá intuía que, sin buscarlo, su humilde y poco gloriosa labor había convertido a los habitantes de aquel edificio de nueve plantas en gente un poquito más amable, un ápice más generosa y todo ello había ocurrido como en un sueño que se deshace al despertar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one × 4 =