Luz de Amor

En el coche de clase turista del AVE, en el compartimento inferior del asiento lateral, una chica muy joven se queda mirando por la ventana, sin decir palabra. Se llama Aroa; hace una semana cumplió dieciocho años y viaja para visitar a su abuela Celia. Sólo ahora, cuando ya ha superado todos los trasbordos, el tren que en tres días la dejará en la ciudad donde vive la abuela le produce un temblor inesperado. ¿Y si Celia ya no vive allí? ¿Y si ni siquiera está viva? Aroa no lo había pensado cuando salió corriendo del piso de su madre.

1995. Mañana Aroa cumplirá seis años. Pero la muñeca de vestido blanco con cuentas brillantes y el flequillo adornado con una cinta azul, a la que ella llama Luz, no le van a comprar. «Demasiado cara», le dice su madre, María, «y además ya el próximo año vas al colegio, ¿para qué esas muñecas?». Aroa solloza en silencio mientras su padre, Juan, discute en la cocina por falta de dinero. Celia, la abuela, está sentada en la cama, acaricia la cabeza de Aroa y suspira con fuerza.

Al día siguiente, Aroa vuelve del jardín de infancia y su abuela le entrega una gran caja atada con un lazo rojo. Ella desata el lazo, levanta la tapa y, en un instante, su corazón se paraliza y luego palpita a mil por hora: Luz la mira con sus ojos azules y pestañas largas. Esa tarde María se pelea primero con Celia y después con Juan por la muñeca, pero Aroa sigue inmensamente feliz.

Aroa sigue observando el paisaje que pasa velozmente por la ventanilla del tren y una sonrisa se dibuja en sus recuerdos; la alegría infantil de hace doce años, como un hilo de luz que atraviesa el tiempo, envuelve su pecho de calor y calma. De pronto el miedo a lo desconocido desaparece. Celia está viva, vive en la misma ciudad, en la misma calle, en un edificio de tres plantas y en el mismo piso que Aroa había anotado gracias a su madre.

Aroa tira de la mano de su madre con impaciencia, pidiéndole que vayan más rápido a casa. Allí la espera Luz, y Celia ha prometido que hoy le hará una auténtica camita con ropa de cama, porque cada muñeca merece su propia cama.

María se enfada y aprieta la mano de Aroa con fuerza. Últimamente la madre grita a Juan por no ganar suficiente dinero. Celia, en esos momentos, habla a Aroa con voz alta, mientras María vocifera: «¡Los hombres de verdad encuentran la manera de mantener a su familia!». Finalmente llegan a la casa. Aroa se lanza al vestíbulo y golpea la puerta con el puño: «¡Abuela, abuela, soy yo, he llegado!». Celia abre, la abraza y la arrastra a la habitación: «Vamos a preparar la camita de Luz».

«Extraño», piensa Aroa mientras sigue mirando por la ventana del tren, aunque ya no ve bosques y campos sino la muñeca en su camita. Hace doce años Celia había construido una camita dentro de una caja, cosió un pequeño saco donde juntas introducían trozos de espuma y algodón. Celia cerró el saco con maestría y surgió un colchoncito que encajaba perfectamente.

Aroa vuelve a sonreír, luego frunce el ceño. «Resulta raro, recuerdo la muñeca, su cama, hasta los vestidos que Celia cosía a mi pedido, pero no recuerdo el rostro de la abuela. Su cara se vuelve una mancha clara. Sus cabellos oscuros, siempre recogidos en un moño con una horquilla marrón, sí los recuerdo, pero no su cara», suspira. Sólo las manos de Celia, hábiles con aguja e hilo, están vivas en su memoria.

En el dedo anular izquierdo de Celia siempre lleva un fino anillo de oro de boda; aquel día no le llamaba la atención a la niña. En cambio, el delicado anillo con rubí en el dedo medio derecho le fascinaba. Celia le decía: «Cuando seas mayor, te daré este anillo porque tanto te gusta y será tuyo». Aroa, ansiosa por crecer, le pedía a Celia que le probara el anillo. Cada vez la pieza resultaba demasiado grande para sus dedos. De pronto, una voz femenina que está sentada frente a ella la saca del ensueño: «Voy a ir a dormir», dice. Aroa se sobresalta y sube deprisa al estante superior.

La puerta de la vivienda queda abierta de par en par; aparecen varias personas desconocidas. Todos se han reunido alrededor de Juan, que yace en la gran sala con los ojos cerrados. María y Celía lloran, y Aroa también, porque su padre ha muerto. No entiende bien cómo ha sucedido, solo siente el dolor colectivo. Tras el funeral, madre y abuela casi no vuelven a hablar. Aroa nunca supo la causa exacta de la muerte de Juan, pero en su corazón infantil había una sensación de culpabilidad dirigida a su madre.

Dos enormes maletas ocupan el pasillo. Aroa y María se marchan; Celía llora, Aroa también, y promete volver pronto a casa de la abuela, que no quiere irse. Al salir, Celía exclama: «¡Aroa, se nos ha olvidado la muñeca!». Corre a la habitación, saca un gran paquete donde, dentro de la cajacama, está Luz cubierta con una mantita, y encima otro paquete con todos los vestiditos.

«¿Me vas a llevar la muñeca a la boca?», gruñe María. «Yo la llevaré yo sola», grita Aroa desesperada. «Llévate la bolsa de la compra», le responde María, arrancándole el paquete con Luz y entregándole otro con embutidos y pasteles. Aroa solloza a gritos.

«No llores, nieta, te mandaré a Luz por correo», le dice Celía entre lágrimas, «dame la dirección y te la envío». La puerta se cierra de golpe. «Envíame la dirección, Aroa», oye Aroa el sollozo de Celía y grita: «¡Volveré pronto, abuela, lo prometo!».

Aroa se despierta, se seca la cara de lágrimas. El tren sigue su trayecto al ritmo constante de las ruedas. «Abuela», susurra, «ya estoy en camino». Ahora entiende que Celía no le envió la muñeca porque no era por avaricia, sino porque no sabía a dónde mandarla. María nunca le dio a Celía la nueva dirección; la muñeca la había regalado la suegra. De pequeña, Aroa preguntaba cada día a su madre y a su otra abuela, la tía Gema, si había llegado la muñeca. Cuando la respuesta tardaba, se enfadó y culpó a Celía de «engañarla y arrepentirse». Aroa baja con cautela del estante, sale al vestíbulo, enciende un cigarrillo y, balanceándose al compás de los rieles, repasa su vida de los últimos once años; el peso en el pecho es enorme.

A la pequeña Aroa no le agradaba la tía Gema, aunque ésta sonriera, abrazara y regalara al principio. Algo en ella siempre le parecía falso. Además, Gema regañaba a María, a quien Aroa adoraba. «¡Odio!», escupe Aroa entre dientes mientras saca una nueva cigarrilla. Gema traficaba licor casero que llevaba a la cocina por la noche, pese a pertenecer a una asociación antialcohol. Ella misma no bebía, salvo un chupito de ocasión. Enseñaba a María a lidiar con la vida, le buscaba pretendientes; con el tiempo, María empezó a emborracharse, quizás como culpa indirecta por la muerte de su marido. Cuando Aroa entra en quinto de primaria, Gema sufre un derrame y fallece. Entonces la madre de Aroa pierde el control definitivo: fiestas, borracheras hasta el amanecer, grupos de hombres. Aroa se vuelve rebelde, la escuela la envía a un internado.

Los recuerdos del internado no le provocan placer; cuando su madre la visita los fines de semana, esos días tampoco le alegran. Aroa se vuelve insolente, nada le importa. Al terminar el internado, vuelve a la casa de su madre, ya convertida en alcohólica. No se sabe cómo terminará la historia de Aroa, pero probablemente no será feliz. Sin embargo, hace dos semanas sueña con Celía, a quien había olvidado hacía tiempo. En el sueño, Celía dice con melancolía: «Aroa, mira cuántos trajes nuevos he cosido para Luz. ¿Por qué no vienes a jugar?». «He venido, abuela», responde Aroa alegremente. Juegan a mamáhija, Aroa acuesta a la muñeca y Celía le confecciona otro vestido. Esa mañana Aroa se despierta con una extraña opresión en la garganta, con ganas de llorar, pero al mismo tiempo siente una alegría serena, como si algo luminoso que había perdido volviera a su interior.

Celía aparece cada noche en sus sueños; al quinto día la psique de Aroa no aguanta: se levanta y llora desconsolada, gritando. «Si sueñas con tu madre, piensa que ella te extraña y pronto vendrá a recogerte», le decían las compañeras del internado. Entonces Aroa decide ir a vivir con su abuela, porque necesita creer que la espera y la quiere.

Amenazando con destruir todo el aparato y el licor recién destilado de su madre, Aroa arranca la dirección de Celía y descubre la razón del viaje. «Soy yo, la culpable de la muerte de tu padre. Lo empujé al grupo de bandidos. No había nada que hacer, así vivían todos entonces. No pude seguir con su madre y no te envié la dirección», dice María entre lágrimas de licor. «¡Odio!», grita Aroa.

Ahora Aroa viaja en este tren de miles de kilómetros, temiendo que Celía ya no viva. Cuanto menos tiempo queda para la última parada, más se aprieta el miedo en su pecho.

El tren se detiene bruscamente. Aroa baja en una estación desconocida. No tiene mucho dinero, aunque lo ha conseguido con todo tipo de artimañas. Pregunta a los transeúntes y consigue un autobús que la lleva a la calle señalada. Llega a un edificio que no reconoce; sube al tercer piso, siente una ola de calor recorrer su cuerpo, la garganta se le seca. La puerta del apartamento está revestida de madera oscura con una manija metálica. Con la mano temblorosa pulsa el timbre. Silencio total. Otro intento, nada.

«Tal vez la abuela ya no vive aquí, quizá haya fallecido», piensa, con ganas de llorar. Sin pensarlo, abre la puerta. Entra con timidez al recibidor: «¿Hay alguien?», grita con voz quebrada. «¿Masa?», responde una voz lejana. Aroa avanza hacia el sonido.

En la habitación encuentra a una anciana enclenque, una silla con pastillas, un plato y una taza. «¿Quién sois? ¿Una nueva sobrina?», pregunta la anciana, mirando a Aroa con ojos vidriosos. Aroa se queda paralizada; aunque no recuerda el rostro de Celía, la memoria infantil conserva una imagen difusa que no coincide con la que ve. De pronto la anciana se emociona, sus mejillas se ruborizan, agarra con fuerza el borde de la cama y llora: «Aroa, has llegado». «¡Abuela!», se desploma sobre la cama, abraza los arrugados brazos y llora desconsolada. «Estoy un poco enferma, pensé que nunca te volvería a ver siempre te esperé, Aroa mira cuántos vestidos he hecho para Luz ya eres mayor y no jugarás con muñecas».

Aroa vuelve la vista al otro lado de la habitación y reconoce su vieja camita infantil, cubierta con una colcha familiar. Sobre ella está Luz, con sus ojos azules de cristal. «Lo seré, lo seré», solloza Aroa.

Diez años después, Aroa se ha formado como pastelera y trabaja en una pequeña panadería de barrio. Está casada y ha tenido una niña a quien llama Celia, en honor a su abuela. Celía se ha recuperado y aunque ya no cose, sigue jugando a mamáhija con su nieta de tres años, vistiéndola y acostando a Luz. En once años la abuela ha confeccionado tantas ropas para la muñeca que ya es imposible guardarlas todas. Aroa no recuerda a su madre, la ha borrado de su memoria para siempre, dejando atrás los once años de horror que vivió.

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