¿Glasha, quieres casarte?

Oye, te cuento lo que pasó el otro día con Aroa, la chica de la que siempre estábamos hablando.

¿Aroa, te casas?
¿Y tú qué aceptas? dice mientras aparta la mano del insistente Miguel Zafra. Miguel se ríe, mostrando los dientes y mirando las curvas de Aroa Aguirre.
¿Qué, te animas? le dice, intentando acercarse. Si no, nos vamos al granero a dar una vuelta al menos que te agarres a algo.

Aroa no lo piensa mucho y le lanza Miguel al arbusto de ortigas. Él cae como un helicóptero torpe, moviendo los brazos sin sentido. Todo el mundo del club de jóvenes se parte de risa.

¡Eh, bombón! grita Miguel, sacudiéndose la ropa y escupiendo justo a los pies de Aroa, enfadado. ¿Crees que nos vamos a reír de ti? ¡Pues sí!

Aroa se vuelve, frunce los labios y su amiga Nayra le pone una mano en el hombro. ¿Qué pasa, Aroa? ¿No conoces a Miguel? Ese solo quiere sacarte una sonrisa.

Aroa esboza una sonrisa. No va a llorar, ya está acostumbrada. Además, sabe que a Nayra le resulta fácil calmarla; a ella la llaman bombón, pero aunque sea fuerte, junto a Aroa es como una zarza.

Vamos, la película empieza pronto dice Nayra, y las tres entran al tenue salón del club del pueblo.

Aroa se ajusta el vestido y se sienta en los crujientes bancos de madera de la década de los sesenta. No hay mucho confort, pero la película es todo un espectáculo.

Aroa suspira mirando a las heroínas esbeltas del film.

Su hermana mayor, María, es distinta en complexión, porque el padre es delgado, como su abuelo. Su hermano menor, Kiko, también es flaco como una varilla. Pero la madre es rellenita, y eso se ve en Aroa, que heredó esa parte. No le impide a su madre, Claudia, ser ágil y nunca cansarse; con su padre siempre se llevan bien. La gente dice que hacen pareja perfecta aunque él sea alto y delgado y ella corre y es rellenita.

Aroa piensa que no encontrará pareja en su pueblo, ni siquiera fuera de él.

El domingo, las chicas la invitan al centro del distrito, justo cuando llega la furgoneta con la caseta de madera donde hay bancos y el terreno está lleno de baches que te hacen saltar como una pelota.

Al llegar al centro, ven el edificio del ayuntamiento y la plaza bañado de sol, con la música del altavoz que retumba por todo el barrio. A lo lejos, una barrica de sangría llama la atención y las chicas corren hacia ella, riendo y entrecerrando los ojos bajo el sol, disfrutando del día de verano.

Mira, qué bombón dice una de ellas. Aroa se siente un poco incómoda, pero sigue caminando y ve a dos chicos bajo un árbol. Uno está pensativo, el otro le lanza una mirada burlona, inspeccionándola de pies a cabeza y empujando al compañero pensativo.

Aroa se acerca a sus amigas, queriendo escapar de esas miradas que dan la sensación de querer pincharla o atraparla para luego reírse.

Chicas, ¿aún llegaremos a los bailes? anuncia Nerea.
Ya es tarde ¿cuándo volvemos a casa?
¡Sí llegamos! El tío Paco dijo que nos recogerá en el centro cultural. ¿Vamos o no?
¡Vamos!

Los bailes en el centro cultural del distrito no son como los de los clubs de solteros; la música suele ser sólo una acordeón.

El salón temblaba con columnas blancas, había mucha gente, y la música era distinta. A veces llega la orquesta de la provincia, pero sólo en fiestas.

Aroa aprecia el bajo del vestido azul y corre para no quedarse atrás.

Nadie la invita, lo sabe, pero las chicas se lanzan a girar, sonrientes y felices.

Ella se queda al borde, como observada. Sus cabellos castaños recogidos en dos trenzas, su nariz chata y sus mejillas sonrosadas, todo eso habla de una calidez y una esperanza callada.

Quizá también bailemos ¿por qué quedarnos quietas?

Al instante reconoce al chico que estaba junto al burlón en la plaza.

¿Puedo? asiente ella.

Él, más alto que ella, dice tras una pausa: ¿Cómo te llamas?
Aroa, Aroa.
Yo soy Esteban.
¿De dónde eres?
De Berzal.
¡Ah, no está lejos!
¿Dónde vives ahora?
Aquí, en el pueblo.
¿Y antes?
En la ciudad, estudiaba y trabajaba.

Él la acompañó hasta el coche, quiso decir algo más pero no se atrevió. Entonces su amigo Julián intervino:

Te veo girar alrededor de la bombón dice, mirando a Aroa.
¿Por qué la llamas así? Tiene nombre añade con una sonrisa. Aroa.
¡Vaya, Esteban, parece que te has enamorado!
¿Enamorarse? Solo es una chica muy simpática y amable
No te ofendas, es por bromas. Pero si en serio, deberías intentar quedar con ella o seguir solo.

Esteban explicó que tiene a Valeria y Víctor, sus hermanos menores, que necesita cuidar. La niña le preguntó por los niños.

No estoy solo, tengo a Val y Víctor, y la chica ¿para qué niños ajenos? respondió él.

Esteban se despide y vuelve a su casa. Creció aquí, fue a estudiar y, hace un año, perdió a su madre. Al volver, su hermana y su hermano lo abrazaron: Víctor, siete, le rodeó las piernas, y Val, diez, tomó su mano sin soltarla.

Apareció la tía Zoya, amiga de su madre, y con voz fuerte les decía que necesitaba casarse, que ahora era el sostén de la familia. Le propuso a Esteban a una muchacha llamada Serafina Curva, que vivía cerca.

La conozco, pero no es lo mío replicó él.
No hay opción, la niña no te dejará, piensa en lo práctico insistió Zoya.

Esteban guardó silencio, pero mientras caminaba a casa recordó la charla. Quería que una chica como Aroa estuviera a su lado. Cuando ella se acercó al coche, parecía esperar que él hablara o la invitara, pero él calló. No quería presionarla, y ella tampoco estaba casada, sin hijos ajenos.

Aroa guardó en su mente la mirada tímida del chico de ojos grises. Pensó, mirándose al espejo: Bombón, siempre seré bombón. Nayra a veces me llama mi bomboncito, pero

El siguiente domingo las chicas la invitaron al centro, pero Aroa declinó. Pensó en Esteban, en cómo él nunca la llamó. El lunes el trabajo en el campo era intenso; las chicas cansadas se tiraron al césped.

Aroa, se me ha olvidado le dijo Natalia, acercándose y susurrando. El chico del baile, el de la última vez, te está llamando para el próximo domingo; llega la orquesta y te quiere ver.

¿A mí? dijo Aroa, sonrojándose. Entonces iremos todas.

El domingo no fueron a la plaza ni al baile. Aroa y Esteban se encontraron bajo la sombra de un árbol, en una banca del parque.

Quería verte otra vez confesó Esteban, jugando con su gorra. Pensé que quizá no quisieras quizá ya tengas novio.
No tengo novio.
Yo tampoco tengo esposa. dijo, sonrojándose. Pero tengo hijos.

Aroa lo miró sorprendida: un chico joven con niños.

Son mi hermana y mi hermano, diez y siete años. No tengo padre, mi madre ya no está. Ahora soy el mayor. Le miró a los ojos, como diciendo así soy. Por eso no te llamé antes, pero me gustas.

Yo también te gusto susurró ella.

¿Algo ha cambiado? preguntó él. Sigues gustándome.

Esteban, titubeante, la abrazó con delicadeza y le dijo entre palabras torpes: Aroa, los niños son buenos, Val y Víctor me obedecen, crecerán, tendrán sus familias. No son una carga.

El otoño llegó y la familia Aguirre recogió el huerto. Al anochecer hacía frío y encendieron la chimenea. Aroa, con su vestido azul, miraba el reloj.

Claudia suspiró: Mira, el hijo del medio se casa. El chico es bueno, aunque tenga niños.

El padre, golpeando la mesa, respondió: Con un chico así, nuestra Aroa no se perderá. Tendremos hijos y nietos.

¡Ya vienen! exclamó Claudia. La boda está en marcha.

Aroa se soltó del calor de la chimenea como hoja al viento, sin pensar en el abrigo, salió corriendo para recibir al novio.

Val y Víctor corrieron hacia ella, tomándola de las manos, mirándose con ojos que lo dicen todo. Esteban, riendo, dijo: ¡Déjenla, déjenme abrazarla!

Los niños, felices, gritaron: ¡Tarta y pastel, novios! y se fueron marchando hacia la casa. Aroa dejó atrás los apodos y las bromas de siempre, y quizás, solo quizás, alguien le susurre otra vez bomboncito.

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