Diario Madrid, un martes de enero
Hoy he vuelto a sentir gratitud hacia todos los que apoyan mis historias y comparten un ratito de su tiempo conmigo, a los que dan me gusta, comentan, se suscriben y hasta dejan alguna propina en euros y, cómo no, de parte mía y de mis cinco gatos callejeros que tanto alegran la casa. Compartir los relatos en redes también me llena de ánimo y es un verdadero regalo para este humilde escritor.
Mi hija regresó tarde del hospital, donde trabaja como enfermera en urgencias traumáticas. Estuvo mucho rato bajo la ducha y después, en bata y con cara cansada, se sentó conmigo en la cocina.
En la sartén tienes albóndigas y un poco de pasta le dije, mirándole el rostro, intentando adivinar qué le pasaba. ¿Estás cansada, Leonor? ¿Te noto un poco apagada?
No quiero cenar. Si engordo aún menos se van a fijar en mí respondió Leonor, con tono severo, sirviéndose una taza de té.
¿De dónde sacas esas ideas, hija? me alarmé un poco. Estás perfectamente, tienes los ojos más bonitos y vivos que conozco, ni la nariz ni la boca tienen nada extraño, no digas eso Leonor.
Pues de ver que todas mis amigas están casadas y yo sigo aquí Sólo les intereso a tipos que no me atraen nada. Los que de verdad me gustan ni siquiera me miran. ¿Qué hago mal, mamá? inquirió seria, esperando que yo le diera una respuesta.
Simplemente aún no has encontrado a tu persona especial, su momento no ha llegado intenté tranquilizarla, pero se encendió aún más.
Sí, claro, ojitos bonitos porque son pequeños. Los labios los tengo finos, ¿y la nariz? ¡Mírala! Si tuviésemos más dinero me habría operado ya, pero somos humildes. Por eso he decidido algo: me casaré con alguno de mis pacientes heridos de por vida. En el hospital hay chavales abandonados tras accidentes, a los que sus parejas han dejado. Tampoco me queda mucho por esperar, tengo treinta y tres años, ¡no puedo seguir así!
Ay, hija, no digas eso tu padre ya anda mal de las piernas, y yo pensaba que al menos el yerno podría ayudar en la huerta de la casa de campo, que falta nos hace, ¿cómo vamos a apañarnos? no pude evitar lamentarme, para después buscar una excusa. No quiero que pienses mal, Leonor, pero no todos llevan una vida fácil, ¿para qué deseas un marido inválido? El hijo de los vecinos, Álvaro, es un buen chico, hace tiempo se te queda mirando. Robusto, tendríais niños sanos, y además…
Mamá, por favor, deja a tu Álvaro. No dura en ningún trabajo, le gusta mucho el vino, y a saber de qué hablaría con él contestó Leonor indignada.
¿Y para qué tanto hablar? Yo le digo: Álvaro, labra un poco la tierra, y luego comemos. O lo mando a comprar, ya verás, tiene buena voluntad, igual sería buena pareja propuse con esmero, pero Leonor solo apartó su té y se levantó:
Me voy a la cama, mamá. Y yo pensé que me veías como una persona, pero eres como todos crees que soy un bicho raro.
¡Leonor, hija, no digas eso! me lancé tras ella, pero solo agitó la mano. ¡Basta, mamá!
Y me cerró la puerta en las narices.
Esa noche supe que estuvo dando vueltas en la cama, recordando a un paciente que trajeron recientemente, un chaval al que le tuvieron que amputar la pierna a la altura del tobillo.
Se la destrozó una viga en una casa a punto de ser derruida, a la que entró para saber qué había dentro. Le sacaron tarde y no pudo salvar la pierna.
Nadie le visitaba. Era joven, no llegaba aún a los treinta.
Al principio, después de la operación, miraba mucho a Leonor y le cogía la mano con una tristeza infinita.
Después, acostumbrándose a la realidad, apenas la miraba y pasaba los días con la vista fija en el techo del hospital. Por alguna razón, a Leonor le daba más pena este chico que los demás; quizás porque para él nunca venía nadie.
¿Tú crees que podré volver a caminar? le preguntó él una noche, sin mirarla.
Por supuesto que sí le respondió Leonor con firmeza, todavía eres joven, te recuperarás.
Eso lo dicen todos. Quisiera verte tú en mi lugar, sin pierna, a ver si hablarías igual y de repente se enfadó, dándose la vuelta contra la pared, como si la culpa la tuviera ella.
¿Para qué entraste en aquella casa? se molestó Leonor, sólo te buscaste el problema.
Me pareció que algo había masculló él. Desde entonces, cuando Leonor entraba a la habitación, él le daba la espalda.
Pero Leonor se fijó en él: tenía los ojos claros, fríos como el hielo, pero muy bonitos, y el rostro de rasgos amables, aunque la desgracia le hubiera caído encima.
¿Me tienes lástima? la sorprendió un día, pillando su mirada. Se te nota; no me extraña, ahora sólo sirvo para que me compadezcan. A tipos como yo no nos quieren.
A las mujeres como yo tampoco le soltó Leonor casi con rabia. Tengo brazos y piernas, pero soy rara. A nadie le interpelo, y ojalá me faltara algo, así al menos alguien me prestaría atención dijo entre lágrimas.
Pero entonces Miguel, por primera vez, sonrió.
Anda ya, ¿tú fea? No digas tonterías. Yo te miro y, la verdad, envidio a quien elijas para tu vida. Créeme.
Leonor se quedó mirándole, sorprendida y sin saber qué decir, y entonces se atrevió:
¿Y si te elijo a ti? ¿Te casarías conmigo? Veo que callas lo sabía, no lo decías en serio.
Leonor fue hacia la puerta, dolida.
Miguel, como pudo, se incorporó en la cama, casi como si fuera a ir tras ella. Al recordar su nueva realidad se frenó, pero le gritó:
¡Cásate conmigo, Leonor! Te juro que pronto nadie notará lo de mi pierna. Voy a recuperarme, no te vayas
Leonor se detuvo en el pasillo, casi llorando, aunque sentía, por primera vez, que por fin había llegado su momento.
Y de pronto entendí que nada importaba: ni su nariz, ni sus ojos, ni que él fuera cojo. Solo era cuestión de haberse encontrado.
Ya llegó tu hora, decía siempre su madre
Miguel se volcó con la rehabilitación; tenía un objetivo: casarse con una mujer maravillosa, y debía caminar por el bien de su futuro en común.
Quería que Leonor no pensara nunca más que no servía para nadie. Él la necesitaba más que a nada, solo a su lado quería vivir
¿Qué pasa, hija? ¿Te has enamorado por fin? me preguntó una mañana, mirándola. ¡Qué guapa te veo, siempre diciendo que eras fea!
Leonor ni lo negó, andaba ligera, casi flotando. Ahora solo le preocupaba que Miguel pudiera andar con la prótesis sin problemas.
Paseaban cada vez más, primero por los alrededores del hospital, luego por las calles de Madrid, ya vestidas de luces poco antes de Navidad.
Ese edificio ya lo tiraron. Aquí me quedé atrapado le contó un día Miguel, mostrando el lugar exacto.
¿Y por qué entraste? ¿Qué se te perdió ahí? Aun no me lo has dicho preguntó Leonor.
No te rías, pero vi un cachorro flaco y negro con manchas blancas. Pensé que moriría de frío y quise llevármelo a casa; no me hacía gracia vivir solo explicó Miguel.
Mira, allí hay un perro desnutrido que nos mira, aunque no se atreve a acercarse.
¡Ese debe ser! se ilusionó Miguel, y el perro, por fin, se acercó y les siguió hasta la puerta del portal.
¡Quién le diría a Leonor que encontraría un marido así de simpático, más joven y hasta con piso propio, sin suegra! bromeaban las amigas el día de la boda.
Yo acabé llorando al oír a Miguel llamarme mamá.
Él venía de un orfanato y no tenía familia. Pero era un buen hombre, cariñoso, lo más importante: se amaban y eso bastaba para mí.
La casa de campo puede esperar. Da igual si queda sin huerta, Miguel se implica en todo y, además, todo le sale bien.
Ahora viven juntos con el perro, rabicorto, que sigue fiel con ellos. Y dentro de poco serán cuatro: a Leonor y a Miguel les va a nacer una niña preciosa
Nunca hay que rendirse ni dejarse llevar por la desesperanza, porque se puede pasar de largo y no reconocer la felicidad cuando llega.
Qué bella y sorprendente puede ser la vida, cuando menos lo esperasEn el barrio, aún siguen preguntando por qué Leonor sonríe tanto, y por qué Miguel parece bailar cuando camina, aunque lo haga sobre metal. Nadie se acuerda ya de narices, ni de piernas perdidas, ni de sueños atrasados: todos hablan de sus meriendas los domingos, de ese jardín al que ahora no falta ni los tomates, ni las risas, ni los abrazos.
El perro duerme a los pies de la cuna, y los cinco gatos callejeros han aceptado, curiosos y complacidos, que la casa esté más llena de lo que nunca imaginaron. Cuando cae la tarde y se encienden las farolas en Madrid, Leonor mira a Miguel y, por un instante, se olvida de todas las dudas que alguna vez tuvo. Él sonríe, como si siempre la hubiera estado esperando.
Y yo, mientras los observo desde la cocina, aprendo de mis hijos que la verdadera fortuna es atreverse a vivir, a intentarlo otra vez, incluso cuando parece que todo está perdido. Porque a veces basta con tender la mano, salvar a un perro, o dejarse mirar a los ojos para que la vida, por fin, empiece de verdad.
Ahora sí, ya puedo dormir tranquila: el futuro está en buenas manos.







