Poner en su sitio al marido. Relato Agradezco de corazón vuestro apoyo, los ‘me gusta’, el interés genuino y los comentarios sobre mis relatos, así como vuestra suscripción y un ENORME gracias de mi parte y de mis cinco michis por los donativos recibidos. Compartid, por favor, los relatos que os gusten en redes sociales: ¡al autor también le alegra mucho! Tras salir del hospital, Natalia se sentía mucho mejor y estaba decidida a retomar sus rutinas diarias nada más despertar. Sin embargo, al abrir los ojos, notó dentro de sí una protesta inesperada. Su marido ya estaba en plena sesión de estiramientos. De carácter muy deportista, ni en su jubilación abandonaba sus hábitos. Cada mañana comenzaba con una tabla de ejercicios para aliviar el dolor en las articulaciones. Normalmente, Natalia se apresuraba a atender a su gata Misi, limpiando su arenero. Después alimentaba a su querida y peluda gata Misi y a su fiel perrito Chispa, y recogía el recibidor y la cocina tras las “fechorías” nocturnas de sus cuatropatas. Luego salía corriendo a pasear a Chispa. Por las tardes y noches paseaban más tiempo, ya junto a Álex, disfrutando de la tranquilidad del parque. Pero por la mañana, mientras el marido cuidaba de su salud, Natalia debía hacer mil cosas. Al regresar del paseo, preparaba su tradicional y sencillo desayuno: requesón con miel y frutos secos o tortitas de queso, alternando con tortillas, huevos revueltos o pasados por agua. Para Natalia, ese ajetreo matutino era una especie de “gimnasia”; pero los médicos, enterados de su rutina en el hospital, insistieron en ejercicios auténticos: nada de sustituirlos por las tareas domésticas. Por su parte, tras terminar su tabla articular, Álex hacía la cama, no sin refunfuñar sobre que “eso no es cosa de hombres” y que las tareas del hogar recaían sobre él. Dos veces por semana ponía la lavadora, pasaba el aspirador y, a veces, remarcaba disgustado que Natalia, como siempre, “no había dejado nada hecho en condiciones”. Al final, fregaba los platos del desayuno, considerándose así el mayor apoyo posible para su esposa. Después del desayuno, Natalia preparaba la comida del mediodía y luego se sentaba al ordenador. En la jubilación, seguía trabajando un poco para no tener que andar contando céntimos. Álex, en cambio, opinaba que sus trabajos extra eran insignificantes, y que su afán por renovar el vestuario era un derroche innecesario. ¡Si tenían los armarios a rebosar! Y Natalia, por lo general, le daba la razón, sin oponerse. La ropa le resultaba indiferente, máxime cuando Álex siempre se deshacía en alabanzas al compararla con las mujeres de su edad. A ella tampoco le importaba cuando su marido compraba su tercer taladro o cualquier otro capricho con los “dinerillos ridículos” de sus trabajos. Pero su inesperada enfermedad lo cambió todo tanto, que al principio hasta se asustó… Había terminado en el hospital de urgencia por desmayarse en la calle, mientras iba de compras. Los médicos apenas creían que pudiera moverse por sí sola después de ver su analítica express: los resultados eran terribles. Incluso su marido se asustó al verla tan pálida, conectada al gotero, cuando le permitieron visitarla. Y, en casa, apenas se apañó con toda la faena, asombrándose de cuantos asuntos había que resolver. Por supuesto, Álex esperaba ansioso el alta de su mujer. Porque él realmente la quería y sufría de verdad… Los primeros días, Natalia guardó cama como le indicaron los médicos. Su marido la cuidaba, preguntando a cada rato: —Bueno, Natalia, ¿ya estás mejor? ¿Aún no del todo? Pero tienes mejor cara, no estás tan pálida como entonces. Y se reía: —No te apalanques tanto, que te vas a olvidar de andar, y estar todo el día tumbada tampoco es bueno. Ya va siendo hora de volver al ritmo de siempre… En esto Natalia estaba de acuerdo, pero no en todo. Y al despertar hoy, no sintió ningún deseo de lanzarse de cabeza a las labores del hogar. Observó a Álex, concentradísimo en sus ejercicios, esperando que Natalia también se pusiera, por fin, con “sus” tareas. Y, por primera vez en mucho tiempo, no vio a su marido como un hombre atento, sino como alguien que, sin darse cuenta, tenía intención de volver a cargarle una pesada losa. ¡Y sintió un gran rechazo interior! Recordó las palabras del médico, con ese tono grave que se le había quedado grabado: “Usted no piensa en sí misma, y ha acostumbrado a su marido a lo mismo. Él cree que todo le cuesta poco y que nunca se cansa. ¿Hace todo sonriendo, sin quejarse? ¡Si ha llegado en ambulancia con anemia, con unos valores tres veces por debajo de lo normal! ¿A usted, le apetece seguir viviendo?” En el hospital le pusieron enseguida suero y le hicieron cinco transfusiones hasta normalizar los análisis. Era su primera vez. Mirando el tubo transparente que acababa en su vena, Natalia pensaba: “Fíjate, me han puesto sangre de cinco desconocidos. Me han salvado la vida. Ahora tengo algo ajeno dentro de mí… ¿y si eso me cambia?” Y parece que no era por casualidad. Al volver a casa, Natalia notó, para su sorpresa, que ya no estaba dispuesta a seguir complaciendo tanto a su marido. Sí, lo quería, y él también a ella. Aunque rezongaba, hacía muchas cosas que otros hombres jamás harían. Pero siempre desmerecía sus tareas y ensalzaba las suyas. Antes, ella lo asumía con resignación: era buena y dócil. Pero algo en ella había cambiado, de pronto. Ahora tenía ganas de dedicarse más a sí misma, a sus viejos hobbies. Por ejemplo, tocar aquel piano empolvado que no sabían dónde colocar, o cualquier otra cosa pendiente. Se levantó y, pensativa, empezó a hacer ejercicio junto a Álex. Él no pudo resistir y, sorprendido, dijo: —¿No te habrán cambiado demasiado ahí dentro? ¿A tu edad te vas a poner con el deporte, Natalia? ¡Pero si ya estás estupenda! Mejor ve a alimentar al gato y al perro, y prepara el desayuno, que ya hay hambre… —Me lo ha mandado el médico —respondió Natalia, con una firmeza que a Álex le resultó extraña—. Ha dicho que si no hago ejercicio, no voy a durar mucho. ¿Es eso lo que quieres, mi muerte? Vio a su marido quedarse de piedra ante su franqueza. Pero quizá pensó que a su esposa pronto se le pasaría la tontería, efecto secundario del hospital. Ni protestó cuando, después de ejercitarse, Natalia le ordenó: —Ahora, doy de comer a Misi y a Chispa, y tú te llevas al perro. Así, mientras yo preparo el desayuno, terminamos antes… Ella misma se sorprendió por lo rápido que Álex aceptó. Pero en el fondo sentía una extraña agitación. Como si dentro de sí albergase una nueva fuerza, o tal vez cinco fuerzas nuevas, que la guiaban y le decían que tenía todo el derecho a tirar la ropa vieja y comprarse cosas nuevas con su propio esfuerzo. Le decían que tenía que cuidarse, hacer deporte, y por qué no, dedicarse a la música. Contó hasta cinco decisiones importantes y comprendió, no sin miedo: “¡Claro! ¡Me han hecho cinco transfusiones, de cinco personas diferentes! ¡Esa energía para cambiar cosas y dar pasos concretos… viene de ellos! Dicen que con los trasplantes pueden transmitirse gustos, recuerdos, hasta talentos para la pintura o el canto… ¿No será por eso que, después de operaciones difíciles, hay quien descubre dones que antes no tenía?” Al mirar ahora a Álex, ya no tenía la sumisión de siempre. Había una seguridad nacida no solo de las palabras del médico, sino de aquella nueva y tangible vitalidad. Observaba cómo su marido intentaba entender qué ocurría, cómo su mundo cambiaba de raíz: la de siempre, dócil y servicial, se volvía otra mujer. —Sabes, Álex —ya sin temor a su reacción—, creo que por fin entiendo por qué siempre has creído que yo no hago nada. Simplemente, nunca lo veías. No veías cuánto me esfuerzo, cuánto me canso, cuánto hago porque tú estés bien. Pero ahora, creo que empezarás a verlo. Así que no te extrañes cuando tire los vestidos y abrigos antiguos para comprarme nuevos. Y voy a tocar el piano, ¿recuerdas que te hacía gracia que acabase el conservatorio y solo supiera el “Vals del perro” o la “Jota gitana”? Pues escucha… Abrió la tapa, puso los dedos sobre las teclas y, para su sorpresa, empezó a tocar algo hermoso, olvidado pero intensamente familiar. Álex, boquiabierto, no la quitaba ojo, y luego murmuró: —Natacha, ¿cómo lo haces? Eso no lo sabías tocar antes… Eres otra persona. Su cara era mezcla de asombro y quizás, algo de temor. Estaba acostumbrado a una Natalia, y delante tenía a otra. Más fuerte, más firme. Y ese cambio le parecía desconcertante, hasta inquietante. Natalia sonrió. Pero ya no era la sonrisa de siempre, la de disculpa, sino una sonrisa sincera, llena de ilusión. Notaba cómo dentro de ella ardía una llama, encendida por cinco nuevas chispas. Esa llama le prometía no solo sobrevivir, sino vivir de verdad. Vivir plenamente, con espacio para ella misma, para sus deseos. Y quizá para una nueva clase de amor hacia su marido, basada en el respeto mutuo más que en el sacrificio propio. No sabía cómo eran esas cinco personas, sus donantes… pero debieron de ser fuertes y con mucho talento. No solo le salvaron la vida, sino que ahora habían hecho su vida más plena y verdaderamente feliz… Álex contempla a su Natalia fascinado. Dicen que no hay que preguntarse por qué suceden las cosas malas —enfermedades, dificultades—, sino para qué suceden: tal vez esas pruebas son la oportunidad de darnos cuenta, de nuevo, de lo maravillosa que es la vida. Lo son la primavera, el invierno, la lluvia, el frío. Cada día es un milagro: el cielo, el primer y el último rayo de sol. Las sonrisas de los nuestros, su apoyo, sus debilidades, porque todos somos simplemente humanos… Y si un marido amoroso empieza a gruñir y refunfuñar, ¡hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que es un hombre de verdad…! Mientras podamos, vivamos a tope y valoremos cada instante, porque no hay otra forma de hacerlo…

Domar al marido. Relato

Gracias por el apoyo, por los me gusta, el interés, los comentarios de los relatos, por seguirme y muchísimas gracias a todos los que me habéis enviado algún donativo de parte mía y de mis cinco mininos.

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Después del hospital, Leonor se sentía mejor y pensaba dedicarse a sus costumbres cotidianas desde primera hora.

Pero al despertarse, notó una extraña barrera interna, como un muro invisible, suave y espeso.

Su marido, Tomás, ya andaba estirando los brazos y muñecas con movimientos concéntricos, como si buscara atrapar nubes.

Siempre deportista, no abandonó sus rituales ni tras jubilarse. Cada mañana arrancaba con una rutina de ejercicios para las articulaciones, como si su cuerpo entero narrara un conjuro antiguo.

Leonor, en cambio, solía ir directa hacia la gata, Pura, para limpiar su arenero con mimo.

Luego alimentaba a Pura, blanquinegra y redonda, y a su leal perrillo Bolo, recogía con esmero las huellas nocturnas de ambos en el recibidor y en la cocina y se apresuraba a sacar a Bolo por las aceras de Salamanca que solo en sueños parecían alargarse hasta el mar.

Las vueltas de la tarde y la noche eran paseos largos, acompañados de Tomás, envueltos en una calma de parque donde el silencio tenía olor a pan tostado y campanas lejanas. Pero al alba, mientras Tomás cuidaba de sus músculos, a Leonor le tocaban mil tareas en solitario, como quien corre por un pasillo sin puertas.

Regresaba a toda prisa para preparar el desayuno de siempre: requesón con miel y frutos secos, ocasionalmente tortitas de queso fresco o una tortilla jugosa, o unos huevos pochados donde las yemas parecían soles recién nacidos en una taza de loza.

Esa vorágine matutina la sentía su gimnasia personal, pero los médicos del hospital se lo habían dicho claro lo cotidiano nunca es ejercicio suficiente. Necesitaba mover el cuerpo de verdad, no solo en gestos domésticos.

Tomás, acabado su ritual, se dedicaba a hacer la cama, rezongando que eso no era tarea de hombre y que la casa estaba siempre a su cargo. Dos veces por semana ponía la lavadora, a veces pasaba la aspiradora, exclamando, con media sonrisa de reproche, que Leonor nunca llegaba a todo.

Y fregaba los platos tras desayunar, convencido de haber hecho lo máximo posible para ayudarla.

Después, Leonor preparaba la comida y se sentaba ante el ordenador en la salita, rodeada de gatos. En la jubilación, hacía algunos trabajos independientes, negándose a estirar cada euro como si fuera un chicle eterno.

Tomás veía esas tareas como una broma, y su afán de renovar el vestuario como despilfarro: ¡si los armarios rebosaban! Leonor solía ceder, no discutía.

La ropa la tenía sin cuidado, sobre todo cuando él le decía que lucía mucho mejor que cualquiera de sus amigas. Tampoco protestaba cuando Tomás compraba el tercer taladro o cualquier otro capricho con el dinero de sus graciosos trabajitos.

Sin embargo, su enfermedad inesperada lo cambió todo. Tan de golpe, que hasta le asustó.

Acabó en el hospital por un desmayo en la calle, justo cuando iba al Mercado Central. Los médicos no creían que aún pudiera caminar sola al ver sus análisis desastrosos.

Incluso Tomás se asustó al verla tan pálida, conectada a un gotero, cuando le dejaron entrar. En casa, batallaba con todo y se sorprendía del sinfín de tareas que antes no veía.

No veía la hora de volver a tener a su Leonor en casa: la quería de verdad, y la preocupación lo llenaba como un vaso a punto de derramarse.

Los primeros días tras el alta, ella guardó reposo según mandato médico. Tomás se esmeraba en cuidarla, preguntando cada rato:

Bueno, Leonor, ¿mejor? ¿Aún no? Pues ya te veo con mejor color, no tan transparente como antes.

Y se reía:

No te apalanques, que luego ni andar sabrás. Tanto estar tumbada tampoco es sano. Ya toca volver al ajetreo normal…

Leonor sentía que en parte tenía razón, pero una vocecita interna le decía que esta vez no.

Esa mañana, al despertar, en vez de saltar al torbellino doméstico, contempló a Tomás taciturno haciendo su rutina, esperando que ella retomara la suya.

Pero por primera vez, vio en él no al cariñoso marido, sino al hombre que, sin quererlo, pretendía descargar sobre ella un peso insostenible.

Y en su pecho brotó un extraño rechazo no era rabia, sino un impulso nuevo, como un océano empujando desde dentro.

Recordó las palabras del médico, pronunciadas en tono tan alarmado que aún resonaban como campanas bajo su frente soñolienta:

No piensa en usted nunca, y ha enseñado a su marido a lo mismo. Él cree que todo le sale fácil y que no se cansa… Porque lo hace sonriendo siempre, sin quejarse. Pero ha llegado en ambulancia, con anemia; sus valores están por los suelos. ¿Quiere vivir realmente?

En el hospital recibió varias transfusiones cinco bolsas de sangre de perfectos desconocidos, cada gota ajena era una chispa extraña y cálida.

Mirando el tubo que la unía a algo lejano, pensaba:

Vaya, llevo dentro sangre de cinco personas. Me han salvado. Ahora hay algo distinto en mí… ¿Y si me cambia?

No fue casualidad esa reflexión.

De vuelta en casa, descubrió que ya no iba a dejarse llevar tan fácilmente por los deseos de Tomás.

Sí, lo quería y él a ella, aunque resoplara más que hablase y para todo diera su opinión ruidosa. Siempre magnificaba lo suyo y restaba importancia a lo de ella.

Antes lo tomaba con benignidad; le salía de dentro. Ahora algo esencial había virado.

Deseaba más tiempo para sí misma, retomar antiguos intereses: quizá tocar el viejo piano de la entrada, comprado por nostalgia y siempre a punto de irse al Rastro, o descubrir algún deseo aún más recóndito.

Se puso de pie y, sin mediar palabra, imitó los ejercicios de Tomás. Él la miró atónito, casi divertido:

¿Pero Leonor, que te han hecho ahí dentro? ¿Ahora vas a ponerte en forma, a estas alturas? ¡Pero si ya estás muy bien! Mejor vete a alimentar a Pura y a Bolo, y a prepararnos algo, que aquí uno se muere de hambre.

Me lo advirtió el médico respondió Leonor, con una seguridad y dureza inéditas en su voz: Dijo que, si no cambio, no duraré mucho. ¿Eso es lo que quieres?

Su franqueza lo dejó sin palabras. Él decidió, probablemente, que se le pasaría pronto la tontería, secuelas del hospital. Ni protestó cuando ella, tras acabar la gimnasia, anunció:

Ahora doy de comer a Pura y a Bolo, pero tú paseas a Bolo. Mientras, yo hago el desayuno. Así será todo más ágil.

Ni se reconocía en ese mandato ni en la facilidad con la que Tomás obedeció. Dentro de sí sentía cinco nuevos manantiales brotando, dictándole el derecho a tirar la ropa vieja y comprar lo que quisiera con el dinero que ella misma había ganado.

Afirmaban que debía hacer ejercicio, volverse fuerte y, ¿por qué no?, volver a tocar música.

Eran cinco caminos nuevos, relucientes, tan claros como misteriosos.

Cinco transfusiones. Cinco energías. El valor de tomar decisiones concretas… ¿Serían de ellos, de los donantes? Dicen que, al trasplantar un corazón, uno hereda a veces gustos, recuerdos, talentos. ¿Por qué no una transfusión?

Había oído de ancianos que, tras grandes operaciones, de pronto sabían pintar o cantar.

Y ahora, mirando a Tomás, ya no le temblaban las manos. Su mirada era firme, guiada por la advertencia del médico y la corriente fantástica de una vitalidad ajena y ardiente.

Podía ver cómo Tomás no lograba entender qué le pasaba, ese mundo cómodo donde Leonor era sumisa y dócil se resquebrajaba como pan candeal.

¿Sabes, Tomás? dijo, sin temor ya a su reacción. Creo que nunca te diste cuenta de lo que hago. No lo ves, no ves el esfuerzo ni el cansancio. Hago todo para que estés bien.

Pero ahora, vas a verlo todo. Así que no te asustes cuando tire mis viejos vestidos y abrigos y me compre otros nuevos. Y voy a volver a tocar el piano, aunque te rías de que lo único que recuerdo es la Marcha turca o el Fandango de Doña Francisca. Así que, escucha…

Levantó la tapa del piano, apoyó los dedos en las teclas, y brotó una melodía delicada, honda, conocida pero olvidada.

Tomás la miraba boquiabierto, hechizado como un niño ante el mar.

Leonor, ¿cómo haces eso? Si antes nunca te salía… Estás cambiada.

Su cara era de perplejidad y, quizás, un sutil miedo. Conocía a una Leonor, ahora tenía ante sí a otra. Más fuerte. Más libre. Más viva.

Ella sonrió.

No era la sonrisa de siempre, de disculpa habitual, sino una sonrisa nueva, abierta y curiosa, nacida de cinco fuegos encendidos muy dentro.

Y esas cinco llamas le prometían no solo sobrevivir, sino vivir realmente.

Vivir de verdad, donde haya espacio para sí misma y para sus deseos. Incluso, quizás, para una nueva manera de amar a Tomás, con respeto mutuo y sin negarse a sí misma cada día.

No sabía quiénes eran aquellos cinco, ni de qué tierra, ni de qué sueños, pero debía su vida a su generosidad y coraje.

No solo la salvaron: le regalaron una vida plena y, por fin, verdaderamente feliz…

Tomás contemplaba a su Leonor entre asombro y ternura.

Y cuentan en Castilla que no hay que preguntarse por qué suceden las cosas, ni las tempestades ni las largas convalecencias.

Lo importante es descubrir para qué han venido: quizá para recordarnos que la vida es un prodigio.

Que es maravilloso el invierno y la primavera, la lluvia y la escarcha, y cada día trae su milagro, sea la luz primera o la última sombra.

Que las sonrisas de quienes amamos y hasta sus debilidades son los verdaderos regalos, porque al final todos somos simplemente personas…

Y que, si el marido empieza a refunfuñar y a protestar, a veces sólo hace falta domarle un poco quizá así recupere algo de ese caballero que lleva dentro…

Mientras podamos, vivamos con ganas y valoremos cada instante, porque de otra forma no sabríamos seguir…

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Después alimentaba a su querida y peluda gata Misi y a su fiel perrito Chispa, y recogía el recibidor y la cocina tras las “fechorías” nocturnas de sus cuatropatas. Luego salía corriendo a pasear a Chispa. Por las tardes y noches paseaban más tiempo, ya junto a Álex, disfrutando de la tranquilidad del parque. Pero por la mañana, mientras el marido cuidaba de su salud, Natalia debía hacer mil cosas. Al regresar del paseo, preparaba su tradicional y sencillo desayuno: requesón con miel y frutos secos o tortitas de queso, alternando con tortillas, huevos revueltos o pasados por agua. Para Natalia, ese ajetreo matutino era una especie de “gimnasia”; pero los médicos, enterados de su rutina en el hospital, insistieron en ejercicios auténticos: nada de sustituirlos por las tareas domésticas. Por su parte, tras terminar su tabla articular, Álex hacía la cama, no sin refunfuñar sobre que “eso no es cosa de hombres” y que las tareas del hogar recaían sobre él. Dos veces por semana ponía la lavadora, pasaba el aspirador y, a veces, remarcaba disgustado que Natalia, como siempre, “no había dejado nada hecho en condiciones”. Al final, fregaba los platos del desayuno, considerándose así el mayor apoyo posible para su esposa. Después del desayuno, Natalia preparaba la comida del mediodía y luego se sentaba al ordenador. En la jubilación, seguía trabajando un poco para no tener que andar contando céntimos. Álex, en cambio, opinaba que sus trabajos extra eran insignificantes, y que su afán por renovar el vestuario era un derroche innecesario. ¡Si tenían los armarios a rebosar! Y Natalia, por lo general, le daba la razón, sin oponerse. La ropa le resultaba indiferente, máxime cuando Álex siempre se deshacía en alabanzas al compararla con las mujeres de su edad. A ella tampoco le importaba cuando su marido compraba su tercer taladro o cualquier otro capricho con los “dinerillos ridículos” de sus trabajos. Pero su inesperada enfermedad lo cambió todo tanto, que al principio hasta se asustó… Había terminado en el hospital de urgencia por desmayarse en la calle, mientras iba de compras. Los médicos apenas creían que pudiera moverse por sí sola después de ver su analítica express: los resultados eran terribles. Incluso su marido se asustó al verla tan pálida, conectada al gotero, cuando le permitieron visitarla. Y, en casa, apenas se apañó con toda la faena, asombrándose de cuantos asuntos había que resolver. Por supuesto, Álex esperaba ansioso el alta de su mujer. Porque él realmente la quería y sufría de verdad… Los primeros días, Natalia guardó cama como le indicaron los médicos. Su marido la cuidaba, preguntando a cada rato: —Bueno, Natalia, ¿ya estás mejor? ¿Aún no del todo? Pero tienes mejor cara, no estás tan pálida como entonces. Y se reía: —No te apalanques tanto, que te vas a olvidar de andar, y estar todo el día tumbada tampoco es bueno. Ya va siendo hora de volver al ritmo de siempre… En esto Natalia estaba de acuerdo, pero no en todo. Y al despertar hoy, no sintió ningún deseo de lanzarse de cabeza a las labores del hogar. Observó a Álex, concentradísimo en sus ejercicios, esperando que Natalia también se pusiera, por fin, con “sus” tareas. Y, por primera vez en mucho tiempo, no vio a su marido como un hombre atento, sino como alguien que, sin darse cuenta, tenía intención de volver a cargarle una pesada losa. ¡Y sintió un gran rechazo interior! Recordó las palabras del médico, con ese tono grave que se le había quedado grabado: “Usted no piensa en sí misma, y ha acostumbrado a su marido a lo mismo. Él cree que todo le cuesta poco y que nunca se cansa. ¿Hace todo sonriendo, sin quejarse? ¡Si ha llegado en ambulancia con anemia, con unos valores tres veces por debajo de lo normal! ¿A usted, le apetece seguir viviendo?” En el hospital le pusieron enseguida suero y le hicieron cinco transfusiones hasta normalizar los análisis. Era su primera vez. Mirando el tubo transparente que acababa en su vena, Natalia pensaba: “Fíjate, me han puesto sangre de cinco desconocidos. Me han salvado la vida. Ahora tengo algo ajeno dentro de mí… ¿y si eso me cambia?” Y parece que no era por casualidad. Al volver a casa, Natalia notó, para su sorpresa, que ya no estaba dispuesta a seguir complaciendo tanto a su marido. Sí, lo quería, y él también a ella. Aunque rezongaba, hacía muchas cosas que otros hombres jamás harían. Pero siempre desmerecía sus tareas y ensalzaba las suyas. Antes, ella lo asumía con resignación: era buena y dócil. Pero algo en ella había cambiado, de pronto. Ahora tenía ganas de dedicarse más a sí misma, a sus viejos hobbies. Por ejemplo, tocar aquel piano empolvado que no sabían dónde colocar, o cualquier otra cosa pendiente. Se levantó y, pensativa, empezó a hacer ejercicio junto a Álex. Él no pudo resistir y, sorprendido, dijo: —¿No te habrán cambiado demasiado ahí dentro? ¿A tu edad te vas a poner con el deporte, Natalia? ¡Pero si ya estás estupenda! Mejor ve a alimentar al gato y al perro, y prepara el desayuno, que ya hay hambre… —Me lo ha mandado el médico —respondió Natalia, con una firmeza que a Álex le resultó extraña—. Ha dicho que si no hago ejercicio, no voy a durar mucho. ¿Es eso lo que quieres, mi muerte? Vio a su marido quedarse de piedra ante su franqueza. Pero quizá pensó que a su esposa pronto se le pasaría la tontería, efecto secundario del hospital. Ni protestó cuando, después de ejercitarse, Natalia le ordenó: —Ahora, doy de comer a Misi y a Chispa, y tú te llevas al perro. Así, mientras yo preparo el desayuno, terminamos antes… Ella misma se sorprendió por lo rápido que Álex aceptó. Pero en el fondo sentía una extraña agitación. Como si dentro de sí albergase una nueva fuerza, o tal vez cinco fuerzas nuevas, que la guiaban y le decían que tenía todo el derecho a tirar la ropa vieja y comprarse cosas nuevas con su propio esfuerzo. Le decían que tenía que cuidarse, hacer deporte, y por qué no, dedicarse a la música. Contó hasta cinco decisiones importantes y comprendió, no sin miedo: “¡Claro! ¡Me han hecho cinco transfusiones, de cinco personas diferentes! ¡Esa energía para cambiar cosas y dar pasos concretos… viene de ellos! Dicen que con los trasplantes pueden transmitirse gustos, recuerdos, hasta talentos para la pintura o el canto… ¿No será por eso que, después de operaciones difíciles, hay quien descubre dones que antes no tenía?” Al mirar ahora a Álex, ya no tenía la sumisión de siempre. Había una seguridad nacida no solo de las palabras del médico, sino de aquella nueva y tangible vitalidad. Observaba cómo su marido intentaba entender qué ocurría, cómo su mundo cambiaba de raíz: la de siempre, dócil y servicial, se volvía otra mujer. —Sabes, Álex —ya sin temor a su reacción—, creo que por fin entiendo por qué siempre has creído que yo no hago nada. Simplemente, nunca lo veías. No veías cuánto me esfuerzo, cuánto me canso, cuánto hago porque tú estés bien. Pero ahora, creo que empezarás a verlo. Así que no te extrañes cuando tire los vestidos y abrigos antiguos para comprarme nuevos. Y voy a tocar el piano, ¿recuerdas que te hacía gracia que acabase el conservatorio y solo supiera el “Vals del perro” o la “Jota gitana”? Pues escucha… Abrió la tapa, puso los dedos sobre las teclas y, para su sorpresa, empezó a tocar algo hermoso, olvidado pero intensamente familiar. Álex, boquiabierto, no la quitaba ojo, y luego murmuró: —Natacha, ¿cómo lo haces? Eso no lo sabías tocar antes… Eres otra persona. Su cara era mezcla de asombro y quizás, algo de temor. Estaba acostumbrado a una Natalia, y delante tenía a otra. Más fuerte, más firme. Y ese cambio le parecía desconcertante, hasta inquietante. Natalia sonrió. Pero ya no era la sonrisa de siempre, la de disculpa, sino una sonrisa sincera, llena de ilusión. Notaba cómo dentro de ella ardía una llama, encendida por cinco nuevas chispas. Esa llama le prometía no solo sobrevivir, sino vivir de verdad. Vivir plenamente, con espacio para ella misma, para sus deseos. Y quizá para una nueva clase de amor hacia su marido, basada en el respeto mutuo más que en el sacrificio propio. No sabía cómo eran esas cinco personas, sus donantes… pero debieron de ser fuertes y con mucho talento. No solo le salvaron la vida, sino que ahora habían hecho su vida más plena y verdaderamente feliz… Álex contempla a su Natalia fascinado. Dicen que no hay que preguntarse por qué suceden las cosas malas —enfermedades, dificultades—, sino para qué suceden: tal vez esas pruebas son la oportunidad de darnos cuenta, de nuevo, de lo maravillosa que es la vida. Lo son la primavera, el invierno, la lluvia, el frío. Cada día es un milagro: el cielo, el primer y el último rayo de sol. Las sonrisas de los nuestros, su apoyo, sus debilidades, porque todos somos simplemente humanos… Y si un marido amoroso empieza a gruñir y refunfuñar, ¡hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que es un hombre de verdad…! Mientras podamos, vivamos a tope y valoremos cada instante, porque no hay otra forma de hacerlo…
Un asunto pendiente: pronto llegan invitados y tendrás que marcharte a algún sitio.