Corazón de padre. Relato
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¿Pero qué cara de lunes llevas hoy? Ni una sonrisa, mujer Venga, vamos a desayunar.
Antonio entró en la cocina desperezándose, por fin era sábado.
En la vitro sonaban los huevos con jamón serrano y su mujer estaba sirviendo el té. Ella le plantó en el plato más de media tortilla y le puso pan Aquí tienes, ¡a comer, que se enfría!
A ver, ¿pero qué he hecho yo ahora, Carmen? preguntó Antonio, suave.
Lo hemos hecho los dos, Antonio. No hemos sabido criar a los niños Carmen Gómez se sentó a su lado, pinchó un trozo con desgana.
La niña y el niño ya son mayores Nos hemos privado de tantas cosas para criarlos, que no sabes. Les ayudamos siempre, ¿y quién nos ayuda a nosotros? Ni un gracias. Siempre tienen algún problema: que si la vida es aburrida, que si no les llega el sueldo Lucía y Miguel: todo quejas.
Pero ¿por qué dices eso?
Antonio Ramírez ya había acabado el huevo, untaba mantequilla en la tostada y encima una buena cucharada de mermelada.
Como tú vives tranquilo, claro, todas las lamentaciones me llegan a mí, a la madre. Ayer Miguel quería llevar a sus hijos a los bolos, que si le adelantaba unos euros hasta la paga Me enfadé y no se los di. Salió dolido, pero es que antes me había llamado Lucía, que lo de ser cantante no le termina de cuajar y lleva un humor Mira, a mí me encanta que cante, pero chica, que hay que currar también. Quiere vivir de la música, pero no lo consigue. Eso no es para todo el mundo, tendrá que asumirlo y buscar un trabajo serio. Y lo peor: de peques eran uña y carne, y ahora ni se hablan.
Carmen apartó el huevo frío, se refugió en el té.
No te agobies, mujer, al final todo se apaña. Nosotros también fuimos jóvenes, ¡acuerda! intentó calmarla Antonio, y ella más se encendía.
Sí, sí… Pero acuérdate tú, Antonio. Vivíamos con lo justo y tan felices. Cuando nació Miguel, fue una alegría. La sillita del primo, el moisés me lo prestó mi hermana, baberos y ropa toda de segunda mano ¡Pero nuevos! Si los niños no tardan en crecer. Y felices. ¡Y cuando compramos el Seat 127, la leche! Le hicimos un techo de chapa en la urbanización y nos sentíamos ricos. Y ahora parece que si no han estado en Punta Cana, no han vivido. ¿Tú les has enseñado eso?
Los tiempos han cambiado, Carmen. Ahora hay más tentaciones, y son jóvenes. Ya se darán cuenta.
Ya, y a ver si no es tarde y malgastan la vida corriendo detrás de sueños imposibles Me miro y me digo: ¿Esa soy yo? ¡Si ya soy abuela! Y mira tú, tú ya eres abuelo
Sonó el móvil. Era Miguel.
Ya verás, otro disgustomurmuró Carmen, cogiendo el teléfono. Su cara se fue transformando, saltó de la silla.
¡Antonio, vístete! Nuestro Miguel está en el hospital, el vecino de la habitación me ha llamado.
¿Qué ha pasado? saltó Antonio, ya buscando la camisa.
No sé bien, estaba cortando algo con una sierra y se le ha roto el disco, le ha dado en la mano. Dicen que están intentando salvarle la mano ¡Ojalá salga todo bien! Vamos, ¡vamos ya!
Se vistieron a la carrera, ni jóvenes ni mayores, solo unos padres con el alma en vilo.
Y salieron corriendo, sin acordarse de nada más, para el hospital…
Mientras iban en el bus, llamó Lucía Mamá, ¿puedo pasar a comer?
Pásate, hija, aunque creo que llegaremos tarde jadeó Carmen al abordar el bus, sin escuchar la respuesta, y fue tras Antonio, que ya sacaba los billetes
En el hospital les tranquilizaron enseguida: habían logrado salvarle la mano, pero aún no podían verle.
Pues hasta que nos dejéis, me quedo aquí esperando se plantó Carmen en el hall, Antonio a su lado.
En esto, entró Lucía a toda prisa y al verlos se lanzó a abrazarles.
¡Pero mamá, no pongas esa cara! Todo está bien. ¡Miguel anoche se quedó haciendo un apaño a un coche, y claro, la cosa se complicó! Pero ya está cosido, mueve los dedos, está mejor Mamá, tenéis una cara que dais susto, de verdad.
¿Pero cómo lo sabes tú? acertó a decir Carmen.
¿Cómo no? Siempre hablamos, y con Lidia, su mujer, también. Nos ayudamos cuando hace falta, ¿o qué os pensáis?
Pues creíamos que ni os hablábais, y nunca nos contáis nada reprochó Antonio.
Ay, papá, es que vosotros sois tan valientes, tan duros, tan de arreglar todo No queremos agobiaros más. Y, además, los dos parecéis más jóvenes de lo que sois, dejamos que por fin viváis para vosotros.
Más jóvenes, dice ¡Y yo pensando que ni os importábamos! sonrió Carmen.
Que no, mamá. Es que vuestra generación es de hierro. Intentamos parecernos, pero no siempre nos sale, papá, ¡pero os prometo que lo intentamos!
Se miraron padre y madre y se les relajó un poco la mirada.
Por cierto, mamá, papá, que quería contaros: he conseguido trabajo. Y además me llaman para cantar, en fiestas, en la guarde, ¡ayer estuve en una residencia y no veáis qué éxito! Una señora lloraba porque su hija es famosa y nunca pasa por casa. La pobre, ¡vaya plan!
De repente, Lucía les abrazó espontáneamente Y que sepáis que os queremos un montón, aunque a veces no lo digamos
En ese momento, la enfermera les dejó pasar a ver a Miguel. Carmen casi se echa a llorar, pero Miguel les cortó:
Tranquila, mamá, se ha acabado lo malo, no os preocupéis. Papá, ¿te acuerdas cuando te picaron las avispas en el garaje y acabaste en el hospital? Son cosas que pasan. En cuanto me den el alta, venid a casa para Nochevieja, ¿vale? Así vemos más a menudo a la familia, que se nos va la vida y ni nos vemos. Lucía dice que presentará a su novio, pero aún no os lo había contado
A la vuelta, Carmen y Antonio decidieron volver andando a casa, para despejar.
Ni jóvenes ni viejos, simplemente padres.
Ay, ese corazón de padre y madre, siempre pendiente de los hijos. Siempre uno cree que los hijos de los demás son mejores, y los propios se querría que fueran perfectos, obedientes. Pero tienen su vida, para bien y para mal. Y, al final son los nuestros, y eso es lo que importa.







