Desamor: Un Viaje Inesperado hacia la Libertad

Olga García aguardaba a su marido, Antonio López, que volvía del taller en Sevilla. Desde hacía tiempo sentía que algo flotaba en el aire de la cocina, una tensión que se quedaba entre los muebles mientras él leía con una sonrisa en el móvil.

Él entró en silencio, la puerta chirrió y, sin mirarle, se dirigió al fregadero. Se quedaban sin decir nada.

Tenemos que hablar musitó Antonio con voz ronca.
Adelante repuso Olga, sin color en la voz.

Olga, entiende bien, yo esperé a que creciera nuestra hija Almudena, pero también tienes que comprenderme a mí.

Olga cerró los ojos; sabía que aquel día llegaría, que él se marcharía. Conozcábase él hacía tiempo de su segunda familia y del niño que había engendrado con ella. La idea de que él quisiera un hijo varón cruzó su mente como un relámpago y desapareció enseguida; al fin y al cabo, se iba a ir de todos modos.

Siempre había sabido que, tarde o temprano, él se alejaría. Una época creyó de verdad que él había olvidado su amor fallido, esa vieja llama que había apagado para buscar otra. La había amado con fuerza, se le acercaba la cara como si fuera a besarla, pero él, de piedra, no se inmutaba; su corazón latía por una mujer bella, atrevida, de cejas oscuras y voz melodiosa.

Él la prefería a ella. En venganza, le propuso a Olga, su esposa, casarse de nuevo, sabiendo que ella se desvivía por él. La pobre, sin creer en su propia suerte, llegó a casa empapada en rojo, como si estuviera en una fiebre. Por fin la viono sólo la vio, sino que la tomó de la mano y le pidió matrimonio. Ella aceptó sin vacilar.

La madre de Olga sacudió la cabeza, diciendo que él no la amaba, que él era cinco años mayor, que él era un hombre y ella una muchacha. Pero Olga, como quien dice que los consejos de madre se llevan al oído y se pierden, corrió tras él, su amado.

Antes de la boda Antonio le confesó que no la amaba, pero no le pidió que lo abandonara; simplemente le dijo que no sentía amor. Ella, sin embargo, seguía amándolo con una pasión que creía capaz de alimentar dos corazones. Él le creyó, asintió y aceptó.

Durante años fue un buen marido: no bebía, no golpeaba, iban juntos al cine, escapaban a la Costa del Sol cada dos años, y él adoraba a su hija. Olga ya imaginaba una vida tranquila, pero la realidad no cambió; la tensión seguía flotando en el aire.

Los ojos de Antonio, siempre tan felices, la sonrisa errante y la voz suave, dejaron de ser engañosos. Olga lo sabía. No era una simple distracción, no era un aventurilla de la vejez; era amor serio, pero ¿para qué vivía él con ella?

Una gran frustración la invadió al ver que él había pasado quince años con ella, mientras su corazón latía por otra. Él aceptó el matrimonio como quien acepta una camisa roja, sin amor. Olga, que había dado a luz a una hija, sintió que la vida la había llevado a una esquina sin salida.

Decidió guardar silencio, esperar, observar. Ambos quedaron en silencio, sin que nada cambiara. No fue una ilusión; ella había tenido otro hijo, un varón, con otro hombre.

A sus casi cuarenta años, con una hija y un hijo, Olga siguió soportando la indiferencia del marido. Él se justificaba diciendo que simplemente se había dejado llevar, que no había otra salida.

Un día, mientras recordaba su pasado, comprendió que el amor se había desvanecido, que sólo quedaba el cansancio. Deseó que todo terminara. Antonio, en un momento de arrogancia, comentó que la vida le había iluminado al encontrar a su “amado”, sin notar que su propia luz se apagaba.

Recuerdo cómo él siempre caminaba con las manos en los bolsillos, como si evitara tomarse del brazo. Ella lo seguía, siempre a su paso, con la hija a la vista.

Lo entiendo dijo ella, apenas audible. Ve.

Antonio se quedó helado ante esa simple orden.

Me voy, Olga, nunca volverás a ser mía añadió con frialdad.

Entonces vete replicó ella sin dudar. No quiero verte más.

Él, acostumbrado a que ella permaneciera como una perra fiel a su lado, se marchó hacia la otra mujer, la amante que había elegido.

Con la partida del marido, la vida de Olga cambió. Se dedicó a cambiar pañales, a jugar con su hijo, a levantarse en la madrugada para cuidarlo. No estaba habituada a estas tareas; antes su esposa y su hija lo hacían todo. Las sábanas se estaban quedando sin ropa limpia, los calcetines desaparecían, la cena se reducía a fideos con tomate y la casa estaba siempre desordenada. La hija mayor, Inés, había crecido y se volvió rebelde, con el pelo teñido de rosa y violeta, gastando la casa en cigarros y escándalos escolares.

Aun así, el tiempo curó a Olga. Sus colegas en la oficina notaron que había rejuvenecido, que brillaba como si el sol la abrazara.

Olga, ¿qué te pasa? preguntó su amiga, Nerea.
No lo sé, parece que he vuelto a ser joven contestó ella, sonriendo.

Olga empezó a disfrutar de la vida sin preocuparse por qué cocinar o qué decirle a su marido, que ya no estaba.

Una tarde, su hija Inés, con los labios hinchados por la rabia, gritó: «¡Papá es un traidor!» y la madre, con la vista cansada, la abrazó.

Perdóname, hija susurró Olga. Yo también te pido perdón.

Con el tiempo, Inés maduró, se volvió responsable, encontró trabajo y amigos. Olga, ahora con una amiga nueva del trabajo, comenzó a salir al cine y al teatro. Sentía que la vida le había dado otra oportunidad, como si los años hubieran vuelto a girar.

Hola, Olí dijo un día su ex marido, Antonio, apareciendo inesperadamente en la puerta.
¿A dónde vas? preguntó ella, sin sorpresa.
A casa, a donde quiera… balbuceó él. Nos han divorciado oficialmente, así que

¿Qué? exclamó Olga. Yo te amé con locura, me olvidé de mí misma, y ahora…

Tú sigue con tu vida, yo seguiré con la mía replicó Antonio, irritado.

Y se alejó, dejando a Olga con la certeza de que ya no había vuelta atrás.

Así, recordando aquel tiempo turbulento, Olga comprende que la verdadera dicha reside en los pequeños momentos: una taza de café en el balcón, una película con su hija, una charla con una amiga. El eco de los viejos reproches se desvanece, y la vida, con su ritmo castellano, sigue su curso, llena de recuerdos, de pérdidas, pero también de nuevas esperanzas.

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Desamor: Un Viaje Inesperado hacia la Libertad
— Mañana vamos a mi casa — dijo Stas, besando a Julia en la mejilla.