Recuerdo que Almudena era una joven de mentalidad anticuada y ansiaba casarse. En los tiempos de hoy, las chicas ya no se apresuran a contraer matrimonio: ¿para qué arrastrar un cerdo entero a casa si basta un chorizo? Hoy en día hay tantos chorizos y embutidos de todo tipo que la cuestión resulta trivial. Además, la convivencia sin anillo ya se considera normal y no lleva la carga de la vergüenza que antes la acompañaba.
En aquella época todavía se hablaba de moral, de orgullo y de honradez, valores que ahora parecen no servir de nada. Incluso personajes como el holgazán de la literatura ya no se perciben como negativos, pues siempre recibían una pensión del hacienda. Si a Don Luis le entregaban un móvil, se le consideraba un exitoso bloguero que había triunfado. En cuanto a la vida matrimonial, ahora se dice: vivid a vuestro modo. Los encuentros se hacen en hostales o en pisos de alquiler por horas; algunos recurren al llamado matrimonio de hecho, sin pasar por el registro civil. No se sabe qué podrá salir del matrimonio, antes los problemas eran unas medias perdidas o la incapacidad de hervir una sopa de repollo.
Se descubrieron males peores: infantilismo, mamismo y la crónica no-hacer-nada de los pretendientes. Y, por supuesto, la no-hacer-nada también la practican las damas, que se deleitan con su propia belleza. No faltan exigencias de ambos sexos, más allá del pan y el espectáculo: el pan, cada cual lo comerá por sí mismo. Y, por supuesto, las compras…
Almudena era una excepción agradable: guapa, sin los artificios de la moda, con una educación superior y prestigiosa, y un buen empleo que le pagaba dignamente. Sin embargo, los hombres no le prestaban atención; pasaban en fila, formando alianzas con otras. No obstante, no faltaban pretendientes, pues era una muchacha bonita; simplemente no llegaban al registro civil. Almudena estaba a punto de cumplir treinta años, y se decía que la primera madre de la época socialista ya estaba cerca; hoy ese límite se ha extendido a los sesenta, las madres jóvenes de ahora.
Almudena no quería dar a luz para ella sola, sin marido. Creía en los horóscopos, o mejor dicho, en los pronósticos astrológicos, que consideraba una invención de los astutos para sacar dinero fácil. En tiempos duros, los horóscopos siempre anunciaban cosas positivas: el martes por la mañana tendréis un encuentro decisivo con un magnate. Por eso, siempre llevaba en el bolso el cepillo de dientes, por si aquel magnate tenía intenciones serias.
Ella buscaba pareja según los signos del zodiaco; era Sagitario, signo de fuego. A su signo también pertenecían Aries y Leo, y el Sagitario se consideraba el más tranquilo. Su primer amor surgió en el primer año de universidad, una edad que hoy se equipara a la guardería: ¿qué pueden entender los adolescentes de dieciocho años? Bueno, sí sabían a quién y a dónde ir, aunque la educación sexual actual ya no es como antes. Después vino el bloque creativo.
Tenía que pagar la luz, el agua, el transporte y la comida. Descubrió que ahora tenía que comprar los alimentos él mismo, no podía tomarlos del refrigerador como antes. Sus padres le habían dado dinero, pero viviendo sola y con otra persona, el ingreso no alcanzaba. El novio, Víctor, se extrañó al ver que la nevera era de Almudena y que él no era el dueño del piso. ¿Y tú no vas a comprar la comida?, preguntó. ¿Por qué yo?, replicó Almudena. Pero la nevera es tuya y yo no soy el señor de la casa, explicó Víctor, razonando como si la lógica estuviera clara. Almudena, ingeniosa, le dijo: Si ese es el caso, te cedo todo el poder de la casa; haz lo que quieras. El novio desapareció y dejó de saludarle en la facultad, aunque ambos estudiaban en la misma cohorte. Tal coincidencia, pensó Almudena, era como el fuego del Sagitario: pura suerte.
El registro civil nunca se concretó, pero ella ya hacía planes. Almudena amaba a Víctor, su primer amor, pero la juventud y el tiempo se lo llevaron y, en el tercer año de carrera, apareció un segundo pretendiente: Sergio, mayor de treinta años, divorciado y con la firme intención de casarse. ¡Nos casaremos, preciosa!, le prometía. Sin embargo, Sergio no tenía empleo estable; la crisis económica de entonces aún no había traído la nueva enfermedad del desempleo ni la operación especial. Aún así, su vida estaba plagada de problemas: le despedían, los jefes eran insoportables, las horas de trabajo imposibles.
Almudena, cansada, le propuso hacerse mensajera. Soy analista, replicó Sergio con orgullo. ¿Puede un analista ser mensajero?, preguntó ella razonablemente. Conduce y analiza a tu gusto, respondió él. Yo compré comida con los últimos euros. Pídele a tu madre, dile que son dificultades temporales. Llevo dos meses diciendo que son dificultades temporales. ¡El tiempo es muy largo!, citó el joven poeta Mayakovski, y miró a Almudena como si su erudición fuera un trofeo. Ella, ingeniosa, replicó: Entonces no pidas comida; los tiempos de las baladas se acabaron, ¡mueve los pies!. Sergio, confundido, preguntó a quién le estaba sugiriendo que se llevara las piernas. ¿A Mayakovski? respondió Almudena, y la discusión se tornó una pelea de palabras.
Sergio era Capricornio, signo conocido por su laboriosidad y fiabilidad, lo que hizo que Almudena dudara de los horóscopos. El tercer pretendiente, Leandro, también creía en los signos; se conocieron en un foro astrológico y pronto surgieron sentimientos mutuos, aunque él siempre llamaba a los signos zodiaka. Almudena le preguntó por qué distorsionaba la palabra, y él respondió que era por diversión. Recordó a su abuela la frase: No me sirves, ya tengo todo en orden sin ti. El léxico del joven estaba lleno de neologismos absurdos como sneDurocha y Regina Dubovitsky, que a Almudena le parecían infantiles.
Ambos tenían buen trabajo y eran libres; el divorciado tenía ya un hijo adulto. Al principio Leandro se avergonzó, pero después se acomodó. La polémica surgió cuando, en presencia del abuelo de Almudena, antiguo agente de la KGB, Leandro llamó a Zápalo Zerín. El abuelo, de raíces polacas, gritó: ¡Jesús María! ¡Vete, perro de mar! ¿Quién es la madre que trajiste?. Todo ocurrió en una fiesta familiar, cuando ya se insinuaban como novio y novia.
La boda tampoco se materializó. Leandro, Tauro, era terco, y la relación con Pedro, un hombre sin hijos, divorciado, rico, educado y con buen humor, pareció la solución. Pedro era Virgo, signo de la tierra, famoso por su ahorro. Decidieron mudarse juntos; Pedro pidió registrar a Almudena en su piso. ¿Para qué?, cuestionó ella. Ya estás registrada en tu casa, pero sin registro no puedes nada. Pedro, sorprendido, respondió: Nos amamos y somos familia, todo debe ser conjunto. Almudena recordó una broma: ¿Puedes pasarme la escritura de tu piso?. Pedro, con una sonrisa, aceptó.
¿A dónde?, preguntó el futuro esposo. A mi piso, que ahora es nuestro. ¿Pero no vives allí?, replicó él después de una pausa. Si solo se trata de eso, viviremos alternando: un mes en mi casa, otro en la suya. Almudena, ya cansada, vio que la solución era tan vacía como una caja sin fondo. Pedro se quedó sin palabras; la idea de registrar a un extra en su piso le parecía absurda, pero no encontraba respuesta.
Almudena se retiró a la sala, donde cenaban, y dejó que Pedro se debatiera. Después de quince minutos, Pedro volvió y, como si nada hubiera pasado, propuso: ¿Vamos al cine?. Almudena aceptó, y él exhaló aliviado: ¡Menos mal, no estoy enojado! Ya pagué el anticipo del restaurante. Ella añadió: ¿Y me registras, Pedro? No entiendo, ¿qué no quedó acordado?. Pedro, avergonzado, se marchó sin responder. No se detuvo; la boda nunca llegó a celebrarse y el novio se fue antes de siquiera registrar el matrimonio.
Algunas de sus amigas sí se casaron; una estuvo medio año, la otra un año; la tercera, como en un chiste, se casó a duras penas. Almudena también tuvo sus civiles con los que vivió más de un mes y sintió amor. Pero el amor, según ella, no se trata solo de sentimientos, sino de actos y decisiones. Al final, descubrió que a ninguno de sus pretendientes le importaba realmente. En aquel país que alguna vez escuchó decir no hay malos, encontró que los hombres no eran tan diferentes; todos eran una oveja más del rebaño.
Al cumplir más de treinta, Almudena dejó de buscar matrimonio. Conseguió un ascenso, cambió el piso de su abuela por un doble y se compró un coche extranjero. Se fue de vacaciones y concluyó que la vida le había sonreído. Hoy la edad fértil se extiende hasta los sesenta, y aún hay muchos chorizos por probar. Así, Almudena entiende que la vida, al fin y al cabo, es un viaje que se disfruta sin necesidad de un contrato marital.







