La Muda

Todas la llamaban la Callada Begoña. No era por mala intención ni por querer ofender a esa anciana tranquila; simplemente se había quedado así de costumbre. Ninguno de los pocos habitantes que quedaban en el casi desaparecido pueblecito de Valdegranda se preguntaba por qué llevaba ese apodo. Begoña no era muda; tenía voz, aunque tímida y susurrante como el crujir de las hojas al viento. Pero la gente escuchaba a la anciana hablar muy rara vez y, con el tiempo, aprendió a leerle las emociones en esos enormes ojos azules, descoloridos por la edad, y en su rostro arrugado. Así que la llamaban Callada por su costumbre de guardar silencio.

Hay muchas viejas solitarias que pasan sus años en esos pueblos olvidados, arraigados al suelo como raíces. Nadie sabe cuántos años tienen, nadie llora cuando se van; los vecinos ni siquiera susurran chismes a sus espaldas. Pasan desapercibidas, como la hierba silvestre al borde del camino. Begoña habría vivido sus días en silencio y se habría marchado, dejando sólo una casita vacía y un montículo descuidado en la linde del bosque…

Todo cambió cuando, según la medida del pueblo, ocurrió un suceso inesperado. Un hombre mayor, de aspecto respetable y conduciendo un coche bastante lujoso, llegó a la puerta de Begoña. Se quedaron allí, bajo la verja, hablando largo y tendido. En realidad, él hablaba y ella escuchaba, con la mirada entrecerrada, intentando descifrar el rostro del desconocido. De repente, cayó al suelo y gritó con una fuerza tal que, según cuentan, hizo que la gente de Valdegranda saliera disparada de sus casas…

Begoña había nacido en la misma aldea en los años previos a la guerra. Allí había un gran cooperativo agrario, y todos trabajaban y vivían con los mismos derechos. No se pagaba nada por el trabajo; no había nóminas, ni documentos. La vida era pobre y hambrienta. Begoña era la segunda de seis hermanos y la mayor de las niñas. Tenía doce años cuando la tuberculosis se llevó a su padre. Él enfermó y, como nadie podía concederle baja, siguió trabajando en el campo, ordeñando el ganado y, al final, quedó tendido en los interminables campos del cooperativo.

Amaba mucho a su padre; era un hombre callado, sin rencor, que no golpeaba a su mujer ni a sus hijos, y les hacía juguetes con mimbre y silbatos de barro. Cuando falleció, Begoña se derrumbó de dolor, lloró desconsolada durante dos días sin comer. Su madre también lloró al principio, sabiendo que ahora tendría que criar a todos los niños sola. Después de consolarla, le dio una bofetada y la echó al trabajo.

A los doce años, la niña ya sabía todo lo que debía saber una mujer adulta y trabajaba junto a su madre en el cooperativo durante todo el verano. Sólo en invierno podía asistir a la escuela, y eso mientras su padre estaba vivo. Tras la muerte del padre, ayudaba en casa, cuidaba a los más pequeños, cocinaba y limpiaba. Begoña era rebelde y mordaz; los vecinos la habían visto ser empujada con una vara por su madre por sus travesuras.

Los años treinta fueron de hambre. La familia de Begoña tuvo suerte porque tenían una cabra; su leche la cambiaban por patatas o la usaban para hacer gachas con salvado. Hasta que algún vecino envenenó a la cabra. Begoña nunca olvidó el llanto de su madre aquel día, ni siquiera la muerte de su esposo le provocó tal llanto.

Uno a uno fueron falleciendo sus tres hermanos menores y, poco después, su madre. Su hermana de ocho años quedó al cuidado de unas nodrizas en el pueblo vecino. El hermano mayor, sin documentos, se fue a buscar trabajo y desapareció. Begoña fue enviada a vivir con una tía del tercer grado de consanguineidad. Allí comenzó su vida adulta.

Acostumbrada a la paciencia de su madre, intentó responder a la dureza de la tía con su habitual rebeldía, pero la golpearon hasta dejarle cicatrices blancas en la espalda, las piernas y, a veces, en la cara. Fue entonces cuando la gente empezó a llamarla Callada, porque no respondía a los intentos de hacerla hablar. La tía, mientras tanto, se conformaba con que la niña trabajara sin quejarse. La gente del pueblo se acostumbró a su sumisión y, sin dudar, le cargaban sus tareas, la empujaban, la insultaban. Begoña aguantaba sin defenderse, mirando con sus ojos azules, lloraba y callaba.

Calló cuando la tía la vendió a los quince años. ¿A quién le importaba una trabajadora muda y sin sueldo? Calló cuando su suegra la maltrataba. Cuando estalló la guerra y su marido se fue al frente, también calló. Calló incluso al dar a luz a su único hijo, Vázquez, a quien amaba más que a su propia vida. Solo una vez alzó la voz, cuando le arrancaron a Vázquez como si fuera una enemiga del pueblo y de la guerra.

En su lejano pueblo siberiano la guerra no llegó; la gente seguía sembrando trigo que después se enviaba al frente. El campo del cooperativo estaba justo al lado del huerto vacío de la suegra de Begoña. Si uno extendía la mano, podía recoger los tallos aplastados en el barro. Begoña lo hizo, juntó un puñado de espigas para hacer pan. Pero la gente buena que lo vio denunció el hecho. La condenaron a diez años de cárcel; su suegra se negó a cuidar a Vázquez, y el niño fue llevado a un orfanato. Begoña gritó, lloró, suplicó, arrastrándose por el suelo. Los vecinos miraban, avergonzados, y ella quedó completamente destrozada. Volvió al silencio, y sus ojos azules perdieron parte de su brillo.

Cuando la muerte de Stalin provocó una liberación masiva, Begoña también salió de prisión, pero no lloró por el dictador ni por la libertad recuperada. No tenía a dónde ir, así que volvió a la casa de su suegra, que ya estaba enferma y paralizada. Su hijo y su marido, que había sobrevivido la guerra en Polonia, habían empezado una nueva vida sin espacio para la anciana enferma. La mujer, callada como siempre, volvió al trabajo doméstico: lavar, cocinar, labrar el huerto, atender a su suegra hasta su último día. Begoña no recibió agradecimientos, solo reproches y culpa por la enfermedad de la ancra y por el abandono de su hijo.

Pasaron los años, y la Callada Begoña siguió viviendo sola, sin volver a casarse ni tener más hijos. Cultivaba un huerto diminuto con una cabrita y una decena de gallinas. Una mañana, ese día que empieza nuestra historia, Begoña escuchó de nuevo los insultos de su vecina, la señora Matilde, porque sus gallinas habían cruzado el cercado y picoteado el huerto ajeno. Begoña, con la cara baja, se dispuso a volver a su casa y llevarle a Matilde una jarra de leche, pero, al tropezar en los baches del camino central de Valdegranda, apareció un enorme coche negro.

Quedó claro de inmediato que alguien importante había llegado, y Matilde, olvidando la leche, salió corriendo a avisar a los vecinos. En esos rincones abandonados rara vez se veía a alguien llegar, y cada visita era un acontecimiento. Begoña se quedó en la verja, curiosa, observando a dónde se dirigía el vehículo.

Un jeep se acercó despacio y se detuvo indeciso frente a la puerta. Se abrió la puerta y bajó un hombre de unos sesenta años, canoso, de aspecto respetable y cuerpo atlético. Se quitó las gafas, miró al horizonte un momento y luego se acercó a Begoña. Al principio ella no entendió qué quería y lo escuchó en silencio.

El hombre empezó a preguntar, nombrando personas que Begoña conocía, y poco a poco ella comprendió. «¡Vasquez, mi Vasquez!», soltó Begoña con un grito desgarrador, cayó de rodillas y se aferró al hombre, sollozando. Las lágrimas corrían por su cara mientras repetía una y otra vez el nombre de su hijo. Los vecinos se agolparon; Matilde, al unísono, la abrazó mientras el hombre, entre sollozos, intentaba levantarla.

Se preparó un último banquete en la casa más grande del pueblo para que todos pudieran estar. Entre brindis y aperitivos, la gente escuchó la larga historia del hombre que buscaba a su madre. Muchos lloraron, otros se alegraron por la vecina callada.

Al final, hubo una despedida solemne; cada uno se acercó a abrazar y besar a la Callada Begoña y a estrechar la mano de Vázquez. Ella solo miró en silencio con esos ojos azules y, al fin, sonrió. Matilde recibió las gallinas y la cabrita, y a cambio Begoña le entregó un gran tarro de miel de brezo. Cuando todo estuvo listo, la puerta se cerró, el coche, ligeramente inclinado, se llevó a Begoña lejos de Valdegranda. Los vecinos la observaron durante mucho tiempo, hasta que el ruido del motor se apagó en la distancia.

¿Y qué fue de ella después? Al final de su vida encontró la felicidad sencilla: una casa grande, un hijo con una nuera amable, tres nietos y cinco bisnietos. Nadie volvió a llamarla la Callada Begoña. Ya no podía quedarse muda, porque la pequeña Ainhoa, de cinco años, adoraba que la bisabuela le contara cuentos antes de dormir.

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