La mujer embarazada de mi hermano exigió que le cediéramos nuestro piso: una historia de familia, sacrificios y límites bajo el mismo techo en España.

Diario de Javier, 14 de febrero

Llevo ya diez años casado con Lucía. Vivimos en un piso de dos habitaciones en el barrio de Salamanca, en Madrid. Seguimos pagando la hipoteca mes a mes. Todavía no nos atrevemos a lanzarnos a tener hijos; queremos sentirnos más estables primero. Mi hermano, Pedro, también está casado. Él y su mujer, Carmen, viven en un pequeño estudio en Lavapiés. Pedro encadena dos trabajos y además hace algún chapucilla para sacar dinero extra. Carmen no trabaja; parece que le ha cogido el gustillo a quedarse embarazada, porque ya llevan tres hijos y está esperando el cuarto y ya habla del quinto.

No solo tienen los niños, sino que además se han metido en préstamos para electrodomésticos y mil cosas de la casa. Mi mujer y yo solemos echarles una mano; unas veces con dinero, otras con comida. La verdad, más de una vez Carmen ha tenido el descaro de exigirnos ayuda, ni siquiera pide las cosas, las exige.

En esas ocasiones, Lucía y yo tenemos que ser firmes y decirle que no, que nosotros también tenemos nuestros límites. Por supuesto, se lo toman fatal. Se ofenden. Al cabo de unas semanas, eso sí, vuelven a pedirnos algún favor diferente como si nada.

El colmo fue hace unos días, cuando Carmen vino a casa y soltó tan tranquila: Tú y Lucía no tenéis hijos y nosotros, dentro de poco, seremos seis. Así que tenéis que dejarnos vuestro piso.

La miré boquiabierto. ¿Y se supone que nos vayamos a vuestro estudio? ¿Todos apretados?

No, hombre, alquilaremos el estudio y vosotros lo pagáis me soltó tan pancha, como si fuera lo más lógico. Y añadió: ¿Para cuándo desocupáis la casa?

Me quedé helado. ¿Sabes qué? Lo que necesitas es que te vea un médico de la cabeza. Ya puedes ir saliendo de mi casa.

Al irse, me miró fijamente y me dijo: Pues entonces perderé al niño, y será culpa tuya. Dio un portazo y desapareció.

Esa misma noche, hacia las dos y algo, vino mi hermano Pedro hecho una furia, montando un escándalo. Lucía intentó calmarlo. Le expliqué lo ocurrido. Pedro estaba fuera de sí. Mi mujer que siempre tiene recursos le dio un buen susto echándole agua fría por la cabeza a ver si entraba en razón, y después lo pusimos de patitas en la calle.

Desde ese día, siento que ya no tengo hermano.

Hoy, repasando todo esto, pienso que por mucho que duela, a veces hay que aprender a decir basta, incluso a la familia. Nadie puede obligarte a vivir ni dar aquello que no tienes o no quieres dar.

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La mujer embarazada de mi hermano exigió que le cediéramos nuestro piso: una historia de familia, sacrificios y límites bajo el mismo techo en España.
Mi querido sigue casado legalmente con su mujer y tiene una hija