Ya tiene 35 años y sigue sin pareja ni hijos: una madre española se pregunta si su amor lo hizo dependiente

Ya tiene 35 años y ni tiene hijos ni esposa

Hace una semana estuve con mi hijo en casa de mi suegra. En ese momento, una amiga de la infancia suya estaba de visita. Aquella mujer pasó todo el día jugando y conversando con mi hijo.

Qué pena que no tenga nietos dijo mi suegra, visiblemente apenada.

La amiga de mi suegra tuvo su hijo cuando rondaba los treinta y muchos años. Esperó mucho a ese niño y, cuando por fin llegó, lo colmó de todo su cariño y le permitió prácticamente todo. Desgraciadamente, su marido falleció cuando el niño todavía era pequeño, así que la madre lo crió sola, trabajando en dos empleos para sacarlo adelante.

Cuando el hijo cumplió 35 años, su madre decidió preguntarle si pensaba darle nietos algún día.

Él, muy tranquilo, le contestó: Nunca.

El hijo le explicó que, en realidad, su manera de ser era fruto de cómo le había educado; que siempre se sintió, digamos, sobreprotegido e infantilizado.

Me he acostumbrado a una vida sencilla. Ninguna mujer querrá ser para mí una segunda madre dijo el hombre.

Y añadió que, en el fondo, así está bien y que no piensa cambiar por nadie.

No necesito a nadie más que a ti insistió el hijo.

He fallado en lo más importante: no le he enseñado a ser un hombre confesó la madre, apesadumbrada.

¿Vosotros pensáis también que el amor materno puede proteger, pero a la vez impedir que un hijo se convierta en una persona independiente?

Espero leer vuestras opiniones en los comentarios.

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Ya tiene 35 años y sigue sin pareja ni hijos: una madre española se pregunta si su amor lo hizo dependiente
Oleg regresaba a casa tras el trabajo, en una típica tarde invernal española, cuando todo parecía envuelto en el manto de la monotonía. Al pasar por una tienda de alimentación, vio a una perrita callejera, pelirroja y desgreñada, con la mirada triste de un niño perdido. Al principio no le dio importancia, pero día tras día la encontró allí, siempre en el mismo sitio, mientras la gente pasaba de largo, algún amable le lanzaba un trozo de pan o una salchicha. Movido por la curiosidad y la soledad de su propia vida tras un divorcio que dejó su piso vacío y las rutinas monótonas, Oleg fue acercándose a la perra, a la que acabó llamando Lada. Le llevó comida, intentó encontrar a sus dueños sin éxito y, tras un accidente, decidió asumirla como suya, llevándola a una clínica veterinaria y dándole un hogar. Meses después, Lada transformó su vida: las mañanas empezaban con paseos por el Retiro en vez de café y telediario, y la conexión entre ambos era tan fuerte que nadie podía imaginar separarles. Hasta que, durante una de esas caminatas, apareció una mujer exigiendo la devolución de “su” perra, afirmando que era una costosa mascota perdida, “Gerda”. Entre trámites, discusiones y presencia de la policía local —el sereno agente Fernández— se fue desvelando la verdad: la mujer había abandonado a la perra junto a la tienda porque no podía llevársela a su nuevo piso y, al sentirse sola tras un divorcio, volvió a por ella. Pero Lada, temblando junto a Oleg, dejó claro con su lenguaje y sus ojos a quién pertenecía ahora su afecto y lealtad. El agente zanjó el asunto dando la razón a Oleg, que había curado, cuidado y dado un hogar a aquella perra. Y así, entre el calor del hogar y el cariño ganado, Oleg comprendió que, aunque las circunstancias cambien, hay cosas que no se abandonan jamás: la responsabilidad, el amor y la compasión que convierten a una mascota en familia.