Creía que me había casado…
Pensaba que me había casado… Mientras Adela pagaba la compra en un supermercado de Madrid, Joaquín se quedaba apartado, mirando los listones de jamón colgados en sueños. En cuanto Adela empezó a meter la comida en bolsas, él ya había salido a la Gran Vía envuelta en una niebla extraña.
Adela salió del supermercado flotando y se acercó a Joaquín, que encendía un cigarro que chisporroteaba como si estuviera hecho de oro derretido.
Joaquín, coge las bolsas pidió Adela con voz desdoblada, alargándole dos bolsazas llenas de tomates y sardinas.
Joaquín la miró como si le hubiera pedido traficar con duros antiguos. ¿Y tú qué? dijo con sorpresa, como si las palabras flotaran en globos.
Adela se quedó suspendida en el aire, confundida por completo. ¿Cómo que ¿tú qué?? Era de sentido común: el hombre ayuda con las tareas más pesadas, ¿no? Qué sentido tenía que la mujer cargase como un arriero mientras él silbaba sueños junto a ella.
Son muy pesadas contestó Adela, el suelo empezaba a vibrar bajo sus pies.
¿Y qué? replicó Joaquín, cabezón como un toro en la plaza.
Veía la furia en los ojos de Adela, pero seguía en su orgullo, negándose a coger las bolsas. Dio cuatro pasos flotantes por la acera sabiendo que ella no podría alcanzarle, su sombra se estiraba como un chicle. ¿Qué soy yo, un mozo de carga del Mercado de San Miguel? ¿O una mujer? Soy hombre y elijo cuándo cargo. Que las lleve ella, no se va a deshacer, pensaba con mal genio, decidido a enseñarle algo aquel día.
¡Joaquín, dónde vas! ¡Coge las bolsas! llamó Adela, la voz como si viniera de un pozo.
Sabía que pesaban, él mismo había llenado el carro. El piso sólo estaba a cinco minutos, pero el trayecto se estiraba como un pasillo de museo interminable, cada paso en las baldosas relucía como una trampa onírica.
Adela caminaba hacia casa casi llorando en la niebla de las farolas. Esperaba que Joaquín sólo le estuviera jugando una broma y regresara de golpe; pero él se alejaba, diluyéndose en la tarde madrileña. La tentación de dejar las bolsas era grande, pero, apretando los dientes, las arrastró tras de sí en una nube gris.
Al llegar al portal, se dejó caer en un banco tapizado de azulejos. Le ardían las lágrimas de vergüenza y agotamiento, pero no iba a llorar delante de las sombras de los vecinos. No pensaba tragar esa situación: no sólo la había ridiculizado, la había pisoteado con alevosía. Antes de la boda, había sido tan atento…
¡Hola, Adelita! Una voz pasada por anís interrumpió sus pensamientos.
Hola, doña Celestina respondió Adela.
Doña Celestina vivía en el piso de abajo y había sido amiga de la abuela de Adela. Tras el fallecimiento de la abuela, Celestina quedó como única confidente y refugio, cálida como una bufanda de lana manchega. Sin pensarlo, Adela decidió regalarle toda la compra. La pensión de doña Celestina era un suspiro y Adela solía mimarla con delicias difíciles de encontrar.
Venga, que te ayudo a subir esto dijo Celestina, agarrando las bolsas con fuerza soñada.
Al llegar al pequeño piso, Adela dejó las bolsas llenas de chorizo, mejillones en escabeche, melocotones en almíbar y otras delicadezas que doña Celestina sólo podía soñar. La anciana se emocionó tanto que Adela se sintió culpable por no visitarla más seguido. Tras unos besos humedecidos por el recuerdo y los sueños, Adela se dirigió a su piso como si flotara en un charco de mercurio.
En cuanto entró, Joaquín salió de la cocina mascando como si el tiempo se le derritiera en la boca.
¿Dónde están las bolsas? preguntó, fingiendo inocencia, con un trozo de queso manchego colgando en la comisura.
¿Qué bolsas? replicó Adela con la misma tonelada que él. ¿Las que me ayudaste a llevar acaso?
¡Déjate de bromas! ¿Estás enfadada? intentó disimular Joaquín, balanceándose sobre el parqué como si pisara césped.
No respondió ella, serena como un molino sin viento. He llegado a mis conclusiones.
Joaquín se tensó como una cuerda púrpura. Esperaba una tormenta, pero el silencio de Adela le producía un frío insólito.
¿Qué conclusiones?
Que no tengo marido suspiró. Yo pensaba que me casaba con un hombre, pero resulta que he hecho pareja con un burro.
Joaquín se sintió ofendido hasta el tuétano. No lo entiendo
¿Qué es lo que no entiendes? Yo quiero un marido de verdad. Y tú, por lo que veo, quieres una mujer que haga de hombre remató ella, soñando palabras que se deslizaban por los azulejos. Quizá lo que necesitas es un hombre de verdad.
El rostro de Joaquín se tornó rojo como un tomate de huerta; apretó los puños, pero Adela ya ni lo miraba, porque metía tranquilamente sus cosas en un bolso con forma de luna. Él seguía protestando, sin entender cómo una tontería podía romper una familia:
¡Si todo estaba bien! ¡No tiene sentido acabar así por unas bolsas del supermercado! gimoteó entre las cortinas del pasillo.
Adela zanjó el asunto cerrando la cremallera de su bolso como quien cierra una puerta secreta:
Espero que te lleves tú solito el bolso la próxima vez dijo, cortante como el filo de un cuchillo para jamón, ignorándolo por completo.
Dentro de ella, Adela sabía perfectamente que aquello era sólo el primer aviso. Si tragaba esta humillación, el adiestramiento se volvería más cruel. Así que puso fin a toda discusión, cerrando detrás de sí los dos mil ecos de los portales de Madrid.






