Y sabes, lo entendió todo, como si habláramos el mismo idioma. Te lo juro, aquel día no fue nada agradable, fue cuando caí en la cuenta de que eso que hice no tenía ni pies ni cabeza.
Lo vendí, tío. Él pensó que estábamos jugando nuestro juego de siempre, pero luego comprendió que, esta vez, de verdad lo había dejado atrás.
Mira, cada uno ha pasado sus penurias a su manera. Hay quien necesita un viaje con todo incluido y quien se conforma con pan de pueblo y un buen embutido.
Así éramos en casa, cada día una historia diferente.
Yo era un crío. Mi tío Luis, el hermano de mi madre, me regaló un cachorro de pastor alemán y era el niño más feliz de Madrid. El perrillo y yo teníamos una conexión especial, me miraba a los ojos y sabía perfectamente lo que quería. Estaba pendiente de mi orden.
¡Túmbate! le decía yo, y él se echaba enseguida, sin dejar de clavarme esa mirada fiel, como si su vida dependiera de ello.
¡Sirve! ordenaba, y se ponía firme con esas patas gorditas, tragando saliva de los nervios y esperando alguna chuchería o premio.
Pero yo, ni siquiera tenía con qué recompensarle. Nosotros mismos andábamos justos para comer.
Tiempos duros, de verdad.
Un día, viene mi tío Luis y me suelta:
Pero chico, no te amargues. Ese perro es noblote, mira qué fiel. ¿Por qué no lo vendes? Luego, cuando no miren, le llamas y seguro que vuelve corriendo. Nadie se va a enterar. Así te sacas unas pelas, le compras un regalo a tu madre y otro para ti… Hazme caso, que sé lo que te digo.
A esa edad me pareció buena idea, ni miré atrás. Los mayores sabían más, ¿no? Para mí era casi una broma y encima podía comprar algo rico.
Le susurré a Loyal, que así se llamaba bueno, le pusimos Fiel, al oído calentito y peludo, que se quedara tranquilo, que al día siguiente lo llamaría para que volviera conmigo. Que era solo un truco.
Y el pobre, moviendo la cola, me entendió todo.
Al día siguiente le até la correa y nos fuimos a la estación de trenes, que allí en Atocha todo el mundo vendía de todo: flores, tomates, sandías… de todo.
Cuando bajó la gente del Cercanías, aquello se llenó de ruido y prisas. Yo, nervioso, sujetando a Fiel, esperando que se acercase alguien.
Ya cuando casi se iba todo el mundo, apareció un hombre de aspecto serio que me preguntó si esperaba a alguien, o si iba a vender el perro. Sin esperar respuesta, metió un billete de veinte euros en mi mano.
Le di la correa sin mirar, y Fiel, como siempre, meneando la cabeza, parecía pensar que aquello era otro juego más.
Anda, Fiel, vete con él, ya vendrás conmigo luego, le susurré.
Vi como se alejaban entre la gente, luego seguí de lejos al hombre para apuntar dónde vivía.
Esa tarde llegué a casa con pan bueno, chorizo y unas chucherías. Mi madre se sorprendió:
¿Dónde has sacado dinero, Lucía, de quién es todo eso?
Ay, mamá, me lo gané cargando maletas en la estación.
Bueno, hija, cómete algo y a dormir, que yo estoy molida.
Ni preguntó por Fiel, la verdad que a mi madre no le hacían mucha gracia los perros.
A la mañana siguiente, mi tío Luis apareció justo cuando me preparaba para el cole. Yo solo pensaba en salir corriendo a por Fiel.
¿Qué? ¿Vendiste a tu amigo? soltó riéndose y dándome una colleja. Yo me zafé, con un nudo en la garganta.
No había pegado ojo, ni pude comer el chorizo que había comprado. Nada tenía sentido, y entendí que había sido una tontuna.
Por algo mi madre no tragaba a mi tío Luis.
Ese hombre no es buen ejemplo, hija. No le hagas caso me repetía.
Cogí mi mochila y salí corriendo de casa.
La casa del hombre estaba a tres calles. Llegué sin aliento. Fiel estaba en el patio, atado con una cuerda gorda al portón.
Le llamé, pero él me miraba triste, con la cabeza entre las patas, moviendo despacito la cola, sin fuerzas ni ánimo para ladrar.
Lo vendí, pensando que jugábamos, pero en ese momento sentí que lo había traicionado de verdad.
El dueño salió y le gritó, y él agachó la cabeza. Supe que aquello ya no tenía arreglo.
Por la tarde volví a la estación y puse a cargar maletas y bolsas. No era mucho dinero, pero con lo que saqué reuní justo lo necesario. Me temblaban las piernas cuando fui a la casa y llamé al timbre.
El hombre me abrió la puerta.
Hombre, Lucía, ¿qué haces aquí? me preguntó.
Tenga, señor, aquí tiene el dinero que me dio. Mejor se lo devuelvo… Quiero recuperar a Fiel.
Me miró serio, cogió el dinero y desató a Fiel.
Tómatelo, chica, que aquí no hace más que mirar la verja. No será buen guardián. Pero a ver si él te lo perdona.
Fiel me miró con esos ojos que tienen los perros cuando ya han perdido la esperanza.
Aquella broma nos puso a prueba, a los dos.
Pero al final vino hacia mí, me lamió la mano y apoyó el hocico en mi barriga.
Han pasado ya muchísimos años, pero nunca se me ha olvidado: ni siquiera cuando parece una broma, no se traiciona a los amigos.
Mi madre, cuando nos volvió a ver juntos esa tarde, se emocionó:
Anoche estaba muy cansada, pero luego me di cuenta de que echaba en falta al perrillo. Ya me había acostumbrado a él… Fiel es de la familia.
Y mi tío Luis, desde entonces, vino mucho menos por casa. Sus bromas ya no nos hacían gracia.






