La Llama de la Esperanza

Era principios de diciembre de 1994. Mi esposa, Sofía, estaba en la última etapa del embarazo y yo temía no conseguir presentar los exámenes que me quedaban del sexto semestre antes de solicitar el permiso de estudios. No quería perder medio año y, con la pancita a cuestas, me subía a los camiones de obra, esas bestias gigantes con ruedas del tamaño de mi estatura. ¿Por qué camiones y no autobús?, se preguntarán. Pues la época era dura: la antigua URSS se había desmoronado y el norte de Kazajistán se había convertido en un auténtico campo de maravillas. Los autobuses casi no circulaban por falta de gasolina, pero por la madrugada el camión de obra que llevaba a los obreros recogía a los afortunados en la última parada. Yo siempre me subía primero, mientras los compañeros me lanzaban reproches: «¡Que no te queda nada por hacer en casa!», «A esas siete de la mañana, con treinta grados bajo cero, las embarazadas normales duermen en una cama tibia». Cada mañana, al verme escalar la puerta del camión milagroso, los obreros suspiraban al unísono: «¡Caray, todavía no ha parido!». Yo necesitaba, a cualquier precio, llegar a la universidad del pueblo vecino.

Lo que más me rondaba la cabeza era la fecha aproximada del parto. Una vez más visité a la ginecóloga y le pregunté:

María del Carmen, ¿cuándo debería esperar? Necesito aprobar la sesión para que el semestre no se me escape.

¡Tranquila, que todavía falta! Diría que en la segunda decena de enero, así que el Año Nuevo lo pasarás con la barriga.

María del Carmen no sólo era una excelente médica, sino también una persona en quien confiaba plenamente. Al oír que el parto sería en enero, me alivió. Entonces tuve un sueño

Los sueños me llegan poco, pero suelen ser precisos, y en ellos veo cosas que luego resultan importantes. El sueño estaba cifrado, pero al despertar comprendía al instante el mensaje. Así fue esta vez.

Me vi caminando por un mercado, eligiendo una vela. Había tantas velas a la venta que la gente hacía fila, cada uno con su vela en mano. Me acerqué a cada puesto y pregunté:

¿Cuánto cuesta la vela?

Todos respondían con el mismo precio: 19 euros, salvo uno que decía 20 euros.

¿Por qué tan caro? le pregunté.

Mira bien, nuestras velas son blancas y perfectas, por eso cuestan veinte.

Me quedé pensando si comprarla por diecinueve o por veinte; el dinero me apretaba, siempre había pagado tres euros por una vela y ahora ¡vaya precios! Quise buscar la más barata, pero una fuerza me empujó a entregarle al vendedor de la vela más cara un billete de veinte euros.

Con la vela en la mano, me sentí un tonto por haber pagado de más, cuando una voz, como si viniera de la nada, susurró en mi oído:

¡No te aflijas! ¡Veinte!

Me desperté al instante, corrí a la consulta de María del Carmen y le dije:

¿Podría darme la lista completa de los elementos necesarios para el parto?

Lo haré cuando sea necesario, ¿por qué vienes corriendo?

Sé que las contracciones empezarán el 19 de diciembre por la noche y que daré a luz el 20 por la mañana. ¿Podría anotarse esa fecha en mi historial?

La boca de María del Carmen se abrió y no volvió a cerrarse. Empezó a reír y, entre risas, me explicó que era el hormigueo preparto y me echó de la consulta.

Yo no perdí tiempo: hablé con los profesores y acordé rendir los últimos exámenes y trabajos antes de lo previsto; ellos, comprendiendo mi situación, me ayudaron.

Llegó la noche del 19 de diciembre. Terminada la última clase, regresé a casa, hice mis quehaceres y me tiré al sofá a ver mis series favoritas, dos en realidad. En aquella época la televisión por cable era la norma; recuerdo una de ellas, Mi segunda madre, y la otra, cuyo nombre se me escapa, empezaba alrededor de las ocho de la noche.

Cuando terminaba el último episodio de la primera serie, sentí que el vientre empezaba a protestar. En medio del segundo programa, el dolor se intensificó y mi madre entró en pánico, queriendo llamar a la ambulancia. Yo le dije:

Hasta que termine la serie, no me muevo.

Mis padres esperaron pacientemente.

A las once de la noche me trasladaron en ambulancia. En el camino recibieron otra llamada de urgencia. La enfermera de la ambulancia temía que el parto empezara en el vehículo, pero yo la tranquilicé diciendo que todavía podíamos esperar un poco.

A medianoche ya estaba en la sala de preparto, prácticamente sola. Me indicaron que descansara, que el parto empezaría en unas siete u ocho horas. Yo, sin poder dormir, recorría los pasillos y, cuando el momento crucial llegó, me subieron en una camilla y me llevaron al quirófano. Los médicos hablaron de un parto rápido y vigoroso.

A las 3:45 de la madrugada, Sofía dio a luz. Tal como había dicho, el 20 de diciembre.

Todo transcurrió sin complicaciones. Al día siguiente, mientras esperaba el alta, María del Carmen, de guardia, pasó por mi habitación. Al ver mi nombre en la lista de partos, se quedó boquiabierta y vino a preguntarme cómo había sabido la fecha exacta. Le respondí:

Simplemente lo vi en un sueño.

María del Carmen dejó de reír y, tras meditar un momento, susurró en voz baja:

Quizá algún día tú también me veas en un sueño. Prométeme que me lo contarás.

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La Llama de la Esperanza
Quiero volver a casa, hijo mío Don Víctor salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en el taburete bajito. Un nudo amargo le subía a la garganta; intentó controlarse, pero sus propias manos temblaban traicioneras. ¿Quién le iba a decir que llegaría el día en que no encontraría sitio para sí mismo en su propio piso…? —¡Papá! No hace falta que te enfades ni te pongas así —Larisa, su hija mayor, irrumpió en el balcón—. Si yo no pido mucho… Déjanos tu habitación y ya está. Si no me tienes lástima, piensa al menos en tus nietos. Pronto van al cole, y tienen que compartir cuarto con nosotros… —Lara, no pienso ir a una residencia, —respondió el anciano con calma—. Si os agobiáis aquí, marchaos a vivir a casa de la madre de Miguel. Ella vive sola en uno de tres habitaciones. Podríais tener un dormitorio para vosotros y otro para los chavales. —¡Sabes que yo no me llevo contigo bajo el mismo techo! —exclamó su hija, cerrando de un portazo la puerta del balcón. Víctor acarició a su vieja perra, fiel compañera de muchos años, y al recordar a su querida Nati, rompió a llorar. Siempre lloraba al pensar en ella. Cinco años habían pasado desde que se fue, dejándolo solo. Se sintió huérfano, aunque tenía a su hija y a sus nietos. Todo la vida juntos, ¿y ahora le esperaba una vejez en soledad? Habían criado a Larisa con todo el cariño posible, intentando transmitirle los mejores valores. Algo debió fallar… La hija se había vuelto una mujer dura y egoísta. Su perrita gimió suave y se acurrucó a sus pies, sintiendo el desánimo de su dueño. —Abuelo, ¿es que no nos quieres nada? —dijo entrando su nieto de ocho años. —¿Qué cosas dices, hijo? ¿Quién te mete esas tonterías? —¿Por qué no te vas de casa? ¿Te da pena dejarme a mí y a Kike la habitación? ¿Por qué eres tan avaricioso? —le miraba con desprecio y enfado. Víctor intentó explicarle… pero entendió que repetía las palabras de Larisa. Ella ya había empezado a influir al niño. —Está bien. Me iré. Os dejaré la habitación —dijo con voz inexpresiva. Ya no soportaba aquel ambiente. Sabía que le odiaban: el yerno no le hablaba, el nieto ya le reprochaba lo de la habitación… —¿De verdad te vas a ir, papá? —preguntó Larisa, entrando exultante. —Sí —susurró Víctor—. Pero prométeme que no maltratarás a la perrita. Me siento traidor… —¡Ya está bien! La cuidaremos mucho; pasearemos con ella. Y los fines de semana os iremos a ver, tú y la perra —aseguró Larisa—. Ya tengo reservado el mejor centro; te va a gustar. A los dos días, Víctor se fue a la residencia. Larisa ya tenía todo apalabrado, esperando a que su padre cediera. Al entrar en aquella habitación húmeda y maloliente, se arrepintió al instante; Larisa le había mentido: no era una residencia privada, sino una pública de ancianos abandonados y tristes. Dejó sus cosas y salió al patio. Sentado en el banco, estuvo a punto de llorar. Mirando a los ancianos desvalidos, pensaba qué vida miserable le esperaba en unos años. —¿Eres nuevo? —preguntó una señora mayor agradable, sentándose a su lado. —Sí… —suspiró Víctor. —No te preocupes tanto… Yo también lloraba al principio. Pero luego se pasa. Me llamo Valentina. —Yo soy Víctor —respondió él—. ¿Te trajeron tus hijos? —No. Mi sobrino. Como no tuve hijos, decidí dejarle el piso. Mal hecho… Se quedó el piso y yo acabé aquí. Menos mal que no me dejó en la calle… Hablaron hasta tarde, compartiendo recuerdos de su juventud y sus amores. Al día siguiente pasearon juntos tras el desayuno. Aquella mujer traía un poco de alegría a la vida de Víctor. No podía quedarse dentro, invertía todo el tiempo en el jardín. Lo que servían en el comedor era horrible, apenas comía. Víctor esperaba a Larisa. Pensaba que se arrepentiría, que echaría de menos a su padre… pero pasaban los días y no la veía. Decidió llamar para preguntar por la perra, pero nadie contestó. Un día, vio en la entrada a su vecino, Esteban. Éste, sorprendido, se acercó: —¿Aquí estás? —exclamó—. ¿Por qué tu hija dice que te fuiste a vivir al pueblo? No me lo creí. Sabía que nunca dejarías en la calle a tu perra. —¿Qué dices? ¿Qué pasó con mi perrita? —No te preocupes, la tenemos en un refugio. Cuando vi que la perra llevaba días en el portal y tú no aparecías, le pregunté a Larisa si te había pasado algo. Me dijo que te habías mudado al pueblo y que vendía el piso. Lo de la perra, que como era ya vieja, tú no querías cuidarla más. ¿Qué está pasando, Víctor? El viejo le contó todo. Le dijo que daba todo por volver atrás y no cometer aquel error. Además de dejarle sin hogar digno, la hija hasta echó a la perra. —Quiero volver a casa, hijo mío —susurró Víctor. —Precisamente venía por esto. Yo soy abogado y defiendo a ancianos. Llevo el caso de un señor al que los vecinos le quitaron la casa. Tú no firmaste el empadronamiento, ¿verdad? —No. Al menos, creo que ella no me borró. Ya no sé qué esperar… —Arréglate; te espero en el coche. ¡Esto no puede seguir así! ¿Eso es una hija…? Víctor recogió rápido las cosas y bajó. Se despidió de Valentina en la puerta. —Valen, me voy. Mi vecino dice que mi hija echó a la perra y está vendiendo el piso. Así están las cosas. —¿Y yo…? —No te preocupes, cuando arregle lo mío, vendré a por ti. —¿Quién va a quererme…? —dijo con tristeza. —Perdona, me esperan. No te pongas triste, cumpliré mi palabra. Víctor no pudo volver al piso; lo tenía cerrado y sin llaves. Esteban lo llevó a su casa. Así supo que Larisa ya no vivía en el piso y lo había alquilado. Gracias a Esteban, pudo defender su derecho a la vivienda. —Muchas gracias —agradeció Víctor—. Pero, ¿cómo seguir ahora? Mi hija no se detendrá hasta que me haga desaparecer… —Solo queda una opción —dijo Esteban—. Vendemos el piso, le damos su parte a Larisa, y con el resto compramos una casita en el pueblo. —¡Eso sí que es buena idea! —se alegró Víctor—. Es el plan perfecto. Tres meses después, Víctor se mudó a su nueva casa. Esteban le ayudaba en todo, incluido mudarse con la perra. —Antes vamos a parar en un sitio —pidió Víctor. Desde lejos vio a Valentina sentada en su banco, mirando con tristeza. —¡Valen! —la llamó—. Vamos, nos venimos contigo. Ahora tenemos casa en el pueblo, aire puro, pesca, frutas, setas, todo cerca. ¿Vienes? —sonrió Víctor. —¿Cómo voy a ir…? —respondió ella dudosa. —Levántate del banco y vente con nosotros —rió Víctor—. Decide, aquí no tenemos nada que hacer. —¡Vale! ¿Me esperas diez minutos? —valentina lloraba de alegría. —¡Por supuesto! Contra las adversidades provocadas por quienes no comprenden, estos dos lograron proteger su derecho a ser felices. Descubrieron que hay más gente buena que mala en el mundo. Víctor y Valentina lo comprobaron por sí mismos. Supieron luchar y al fin hallaron paz y felicidad…