No estaba sola. Una historia sencilla Amanecía un frío y tardío amanecer de invierno en Madrid. Los barrenderos raspaban la nieve en el patio con sus palas. La puerta del portal no dejaba de dar portazos, dejando salir a los vecinos que se apuraban al trabajo. El gato Filipo, o simplemente Filo, observaba todo desde el alféizar de la ventana del sexto piso. En otra vida, Filo había sido contable y nada le importaba más allá del dinero. Ahora, entendía que en la vida hay cosas mucho más importantes. Sabía que no hay nada como una mirada bondadosa, el calor de un corazón y un techo seguro. Lo demás viene solo. Filo se giró: en el viejo sofá dormía la abuela Valeria, su salvadora. Se bajó del alféizar y se acurrucó junto a su cabeza, pegando su suavísimo pelaje al rostro de la abuela. Filo sabía de su dolor de cabeza cada mañana e intentaba poner todo de su parte para aliviarla. —¡Filito, eres el mejor médico! —acabó murmurando la abuela Valeria, despertando y sintiendo el calorcito del gato—. Otra vez me quitaste el dolor, ¡gracias, campeón! ¿Cómo lo haces? Filo se sacudió la pata como diciendo que para él eso era pan comido. Pero en ese instante, se escuchó el gruñido celoso de Max, el perro. Max llevaba muchos años siendo el protector leal de la abuela Valeria. Siempre se apresuraba a ladrar ante cualquier paso extraño en el rellano, para que todos supiesen que la abuela estaba bien protegida. Por eso se consideraba el auténtico amo de la casa. “¿Quién habrá sido antes? ¿Un capataz de obra? ¿Un guardia civil?”, pensaba Filo mirando a Max. “Qué ruidoso es… Bueno, que ladre si quiere, ¡a lo mejor así estamos más seguros!” —Ay, mis amores, ¿qué haría yo sin vosotros? —suspiró la abuela Valeria mientras se incorporaba, no sin esfuerzo—. Ahora os doy de comer y bajamos al parque. Y si el jueves llega la pensión, compro un buen pollo. La palabra “pollo” desató alegría en toda la casa. El gato empezó a amasar el sofá con sus patas, ronroneando ruidosamente y frotando su gran cabeza contra la seca manita artrítica de la abuela. —¡Ay, trasto, si hasta entiendes lo que digo! —sonrió la abuela Valeria enternecida. Max ladró de inmediato, como si dijera “¡yo también lo he entendido!” y empujó sus rodillas con su hocico húmedo. “¡Qué gran compañía!”, pensó sonriendo la abuela. “Con vosotros la casa es un hogar y el corazón no se siente tan solo”. “Cuando me muera, quién sabe qué pasará. Nadie lo sabe, ¡intenta tú entender algo! Yo, si pudiera, volvería como gata, para que alguna familia buena me quisiera. De perro no podría… no soy de andar ladrando, siempre fui callada. Pero como gata, sería cariñosa. Todo es que caiga en manos de buenas personas”. —¡Qué cosas me vienen a la cabeza! —suspiró de pronto la abuela Valeria—. Esto es hacerse mayor. El gato, casi sonriendo con sus bigotes, lanzó una mirada altiva al perro. Pensó: “¡Quiere ser gato y no perro!”. Ahora podía leer pensamientos, lo cual tampoco era mal regalo de esta nueva vida. Así es como hemos llegado hasta aquí.

No estaba sola. Una historia sencilla

Amanecía en una fría mañana de invierno en Madrid. Los barrenderos raspaban la escarcha de las aceras, mientras en el portal la puerta se cerraba con estrépito dejando pasar a vecinos apurados rumbo al trabajo.

El gato Misiño contemplaba el bullicio desde la ventana del sexto piso, acurrucado en el alféizar.

En otra vida, Misiño había sido banquero, y salvo los euros y balances, pocas cosas ocupaban entonces su mente.

Pero ahora comprendía que hay cosas mucho más valiosas en la vida.

Había aprendido que nada es más preciado que una mirada amable, el calor de un abrazo y un techo seguro. Lo demás, vendrá solo.

Levantó la vista hacia el salón: sobre el desvencijado sofá dormía la abuela Carmen, su salvadora.

Con cuidado, Misiño bajó del alféizar y se acurrucó en la cabecera del sofá, rozando con su pelaje tibio la frente de la anciana.

Misiño sabía que cada mañana la abuela Carmen sufría de jaquecas, así que siempre intentaba ofrecer lo mejor de sí, ahora que podía.

¡Ay, Misiñito, menudo curandero estás hecho! murmuró al poco rato la abuela Carmen al sentir al gato entre sueños. Ya me has quitado el dolor, hijo, gracias, no sé cómo lo consigues.

El gato sacudió la patita como diciendo: Para mí esto no es nada, puedo hacer mucho más.

Entonces, desde el recibidor se oyó un gruñido apagado. Era la perra Chispa, a la que los celos no tardaban en aflorar.

Chispa llevaba años siendo la fiel amiga de Carmen.

Siempre que alguien subía por la escalera, ladraba fuerte, avisando que la abuela Carmen estaba bien protegida.

Por eso se sentía la dueña de la casa.

Mira que si antes fue jefa de obra, o guardia civil, pensaba Misiño al observarla, le encanta el jaleo, pero bueno, para eso está, quizá sí que estamos más seguros con ella.

¡Ay mis cielos, qué haría yo sin vosotros! dijo la abuela Carmen incorporándose con dificultad. Ahora os doy de comer y luego bajamos a la calle un rato.

Y si esta semana me ingresan la pensión, compro un buen pollo.

La palabra pollo desató un pequeño entusiasmo.

El gato empezó a amasar el sofá con sus patitas, ronroneando con fuerza y empujando su cabezota contra las manos artríticas de Carmen.

¡Mira que eres cabezón, pillín! Bien que entiendes lo que digo soltó Carmen con ternura. La perra se unió a la fiesta y, para no quedarse atrás, apoyó su húmedo hocico en las rodillas de su dueña.

Qué verdad es pensó la anciana sonriendo que estas almas dan calor al hogar y hacen que el corazón no se sienta tan solo.

Cuando yo falte, vete a saber qué hay después… Cada uno cuenta una cosa, imposible aclararse.

Si pudiera elegir, me gustaría volver de gata y encontrar personas buenas. De perra no me veo, no me sale ladrar, soy de naturaleza callada. Aunque, quién sabe. Pero como gata sería cariñosa, solo pido caer con suerte en buena familia.

¡Anda que menudas ideas se me ocurren! se reprendió Carmen. Si es que la edad hace estragos en la mente…

No se dio cuenta de cómo el gato, divertido, la miraba de reojo, casi sonriendo.

Así que quiere ser gata, no perra, se dijo Misiño, que ya había aprendido a leer pensamientos, un don inesperado.

Así pasaban los inviernos, recordando que la verdadera compañía y el cariño son los tesoros más grandes de la vida. Porque, al final, uno nunca está solo si tiene un corazón dispuesto a querer y ser querido.

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No estaba sola. Una historia sencilla Amanecía un frío y tardío amanecer de invierno en Madrid. Los barrenderos raspaban la nieve en el patio con sus palas. La puerta del portal no dejaba de dar portazos, dejando salir a los vecinos que se apuraban al trabajo. El gato Filipo, o simplemente Filo, observaba todo desde el alféizar de la ventana del sexto piso. En otra vida, Filo había sido contable y nada le importaba más allá del dinero. Ahora, entendía que en la vida hay cosas mucho más importantes. Sabía que no hay nada como una mirada bondadosa, el calor de un corazón y un techo seguro. Lo demás viene solo. Filo se giró: en el viejo sofá dormía la abuela Valeria, su salvadora. Se bajó del alféizar y se acurrucó junto a su cabeza, pegando su suavísimo pelaje al rostro de la abuela. Filo sabía de su dolor de cabeza cada mañana e intentaba poner todo de su parte para aliviarla. —¡Filito, eres el mejor médico! —acabó murmurando la abuela Valeria, despertando y sintiendo el calorcito del gato—. Otra vez me quitaste el dolor, ¡gracias, campeón! ¿Cómo lo haces? Filo se sacudió la pata como diciendo que para él eso era pan comido. Pero en ese instante, se escuchó el gruñido celoso de Max, el perro. Max llevaba muchos años siendo el protector leal de la abuela Valeria. Siempre se apresuraba a ladrar ante cualquier paso extraño en el rellano, para que todos supiesen que la abuela estaba bien protegida. Por eso se consideraba el auténtico amo de la casa. “¿Quién habrá sido antes? ¿Un capataz de obra? ¿Un guardia civil?”, pensaba Filo mirando a Max. “Qué ruidoso es… Bueno, que ladre si quiere, ¡a lo mejor así estamos más seguros!” —Ay, mis amores, ¿qué haría yo sin vosotros? —suspiró la abuela Valeria mientras se incorporaba, no sin esfuerzo—. Ahora os doy de comer y bajamos al parque. Y si el jueves llega la pensión, compro un buen pollo. La palabra “pollo” desató alegría en toda la casa. El gato empezó a amasar el sofá con sus patas, ronroneando ruidosamente y frotando su gran cabeza contra la seca manita artrítica de la abuela. —¡Ay, trasto, si hasta entiendes lo que digo! —sonrió la abuela Valeria enternecida. Max ladró de inmediato, como si dijera “¡yo también lo he entendido!” y empujó sus rodillas con su hocico húmedo. “¡Qué gran compañía!”, pensó sonriendo la abuela. “Con vosotros la casa es un hogar y el corazón no se siente tan solo”. “Cuando me muera, quién sabe qué pasará. Nadie lo sabe, ¡intenta tú entender algo! Yo, si pudiera, volvería como gata, para que alguna familia buena me quisiera. De perro no podría… no soy de andar ladrando, siempre fui callada. Pero como gata, sería cariñosa. Todo es que caiga en manos de buenas personas”. —¡Qué cosas me vienen a la cabeza! —suspiró de pronto la abuela Valeria—. Esto es hacerse mayor. El gato, casi sonriendo con sus bigotes, lanzó una mirada altiva al perro. Pensó: “¡Quiere ser gato y no perro!”. Ahora podía leer pensamientos, lo cual tampoco era mal regalo de esta nueva vida. Así es como hemos llegado hasta aquí.
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