No te vayas, mamá. Una historia familiar española llena de emociones, expectativas y segundas oportunidades

No te vayas, mamá. Historia de una familia

Un viejo dicho popular dice: las personas no son libros, no se leen en la primera página.

Pero Carmen Fernández estaba convencida de que eso no iba con ella: ¡siempre había tenido un don para conocer a la gente!

Su hija, Lucía, se casó hace apenas un año.

Carmen soñaba con que su hija encontrase un buen muchacho, que vinieran pronto los nietos. Y ella, como abuela, sería el eje central de toda esa gran familia, igual que en los tiempos de antes.

Iván, el marido elegido, parecía un chico inteligente y, desde luego, tampoco le faltaba el dinero. Y eso, por lo que veía Carmen, casi era su tema de orgullo. Pero se habían ido a vivir solos, Iván tenía su propio piso en el barrio de Chamberí, y por lo que veía, no necesitaban ni una pizca sus consejos.

¡Iván le estaba cambiando a Lucía!

Esto no encajaba en absoluto con los planes que Carmen había diseñado para su familia. Empezó a mirarlo con recelo, cada vez con más fastidio.

Mamá, es que no lo entiendes, Iván creció en un centro de acogida. Todo lo que tiene se lo ha ganado él solo, es fuerte y muy buena persona, es muy generoso protestaba Lucía, nerviosa.

Pero Carmen sólo fruncía los labios y le buscaba nuevos defectos a Iván.

Ahora él le parecía alguien completamente distinto al muchacho amable que Lucía le había presentado. Sentía que como madre debía abrirle los ojos a su hija antes de que fuera demasiado tarde.

Sin estudios, testarudo, ¡ni siquiera le interesa nada! Los domingos se queda tirado viendo el fútbol como si no tuviera mejores cosas que hacer, ¡y encima se excusa diciendo que está cansado!

¿Y con alguien así quería Lucía pasar su vida? ¡Ella estaba segura de que no iba a consentirlo, algún día su hija hasta se lo agradecería!

¿Y cuando llegaran los niños, sus nietos? ¿Qué aprenderían de un padre así?

Carmen se sentía muy desilusionada. Por supuesto, Iván, que captaba bien el tono de la suegra, empezó también a esquivarle.

Las visitas y las llamadas se hicieron más y más esporádicas, y al final, Carmen hasta dejó de ir a casa de su hija.

El padre de Lucía, siempre bonachón y sabiendo el carácter de su mujer, intentó mantenerse al margen.

Pero una noche, ya bastante tarde, Lucía llamó a su madre con un tono lleno de angustia:

Mamá, no te lo conté, me mandaron dos días a Barcelona por trabajo. Iván cogió frío en la obra, volvió a casa antes porque se encontraba fatal. Pero ahora le llamo y no me coge el teléfono.

¿Y me llamas para esto?, saltó Carmen, molesta. Vosotros vais a vuestro aire y, por lo que parece, ni os importamos tu padre y yo. ¿Acaso alguien aquí se preocupa de cómo estoy yo? ¡Y ahora me despiertas de madrugada para contarme que a Iván le ha subido la fiebre! ¿De verdad es para tanto?

Mamá, la voz de Lucía se quebró, realmente estaba preocupada. Perdóname, sólo quería que entendieses de verdad que Iván y yo nos queremos mucho. Y tú siempre piensas que él no vale nada, pero no es así. ¿Cómo puedes creer que, siendo tu hija, yo me enamoraría de un trasto? ¿No confías en mí?

Carmen calló un instante.

Por favor, mamá, tienes la llave de casa. Entra, te lo pido. Algo no va bien con Iván, ¡tengo un mal presentimiento! Te lo suplico, mamá

Bueno, iré sólo por ti, cedió Carmen, y despertó a su marido.

Llamaron al piso de Lucía, nadie abrió. Carmen metió la llave y entraron los dos.

Estaba oscuro. Quizá no había nadie, pensó el padre.

Lo mismo no está ni en casa murmuró él. Pero Carmen le lanzó una mirada, contagiada de la preocupación de Lucía.

Entraron al salón y el corazón de Carmen se detuvo. Iván yacía en el sofá, en una postura rarísima, y tenía la frente ardiendo.

El médico de urgencias consiguió estabilizarlo:

No se preocupe, señora Su yerno tiene una fuerte complicación por el resfriado. Seguramente no ha dejado de trabajar ni un día, ¿verdad?, le preguntó con calidez el médico.

Sí, trabaja mucho asintió Carmen en voz baja.

No se alarme, sólo vigilen la fiebre, y si empeora llamen a mi consulta.

Iván dormía, y Carmen se sentó al lado, extrañamente incómoda: estaba velando el sueño de aquel yerno al que nunca soportó.

Estaba pálido, sudoroso, los cabellos pegados a la frente. De repente, sintió una punzada de compasión. Dormido, parecía más joven, el rostro más dulce nada que ver con el muchacho frío que siempre le pareció.

Mamá musitó Iván entre sueños, agarrándole la mano. No te vayas, mamá

Carmen se quedó de piedra, pero no fue capaz de apartarle la mano.

Y así, sentada a su lado, veló su sueño hasta que salió el sol.

A primera hora llamó Lucía:

Mamá, perdona. Ya vuelvo a Madrid, no hace falta que vayas, seguro que ya está mejor.

Claro que está mejor, hija. Ya hemos pasado lo peor le contestó Carmen sonriente. Ven tranquila, aquí te esperamos. Todo está bien.

*****

Cuando nació su primer nieto, Carmen ni siquiera dudó en ofrecerse a ayudar.

Iván, agradecido, le besó la mano:

¿Ves, Lucía? Y tú que creías que tu madre no iba a apoyarnos

Carmen, con el pequeño Martín en brazos, paseaba por el piso hablando al bebé:

Martín, qué suerte tienes, hijo. Tienes a los mejores padres del mundo, y una abuela y un abuelo que te van a querer siempre. ¡No sabes lo afortunado que eres, campeón!

Y así es: sigue siendo verdad el dicho. Las personas no son libros, ni se entienden de una vez. Sólo el cariño y el tiempo hacen que todo encaje.

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