La abuela prefiere a su nieta: cuando la familia y los favores solo son para la hija favorita y el nieto no cuenta

Mamá dice que Celia es muy frágil murmuró finalmente Álvaro, con palabras que parecían deslizarse como bruma. Que hay que ayudarle más, porque está sola, sin marido.
Y nosotros, bueno Lo nuestro parece estable…

¿Estable? Repetía Vera, dándose la vuelta como si la sombra de la frase flotara en el aire de la cocina madrileña. Álvaro, desde que nació Mateo he engordado quince kilos.
Mi espalda cruje, las rodillas suenan como castañuelas.
El médico me ha advertido: o empiezo a cuidar mi salud, o en un año ni siquiera podré coger a nuestro hijo en brazos.
Necesito ir al gimnasio. Un par de días por semana, hora y media cada vez.
Tú no paras con el trabajo, tus turnos son un acertijo sin resolver. ¿Y yo? ¿A quién le pido que se quede con Mateo?
A tu madre el nieto le trae sin cuidado total, ya tiene una nieta…

Álvaro desapareció en un silencio viscoso.
Y de verdad, a quién pedirle ayuda…

Vera pegó la frente al cristal frío de la ventana. Fuera, el viejo SEAT de su suegra maniobraba lentamente saliendo del parking, perdiéndose en la niebla de la tarde madrileña.

Los pilotos rojos inmunes al adiós desaparecieron tras la esquina.

El reloj de la cocina mostraba exactamente las siete de la tarde.

Pilar Romero había estado en casa cuarenta y cinco minutos, ni uno más.

En el salón, Álvaro inventaba formas de entretener al pequeño Mateo.
El niño giraba la rueda de un camión de plástico, mirando de reojo la puerta, la misma por la que su abuela se había desvanecido como el último suspiro de la siesta.

¿Ya se fue? Asomó la cabeza Álvaro, frotándose el cuello adormilado.

Voló corrigió Vera, sin girarse. Ha dicho que Mateo está “cansado” y que no quiere interrumpirle el ritmo.

Ha llorado un poco cuando lo cogió, es verdad intentó sonreír, pero el gesto le salió retorcido.

Ha llorado porque apenas la reconoce suspiró Vera. Hace tres semanas que no la ve. Tres.

Se volvió al fregadero con brusquedad, haciendo chocar las tazas sucias.

No te pongas así, Vera trató de aproximarse Álvaro, pasándole el brazo por la cintura, pero ella se escurrió, alcanzando la esponja. Mamá se ha encariñado con Lucía. Ya es mayor, tiene cuatro años, es más fácil con ella…

No, Álvaro, con ella no es más fácil. Para tu madre es más entretenido.

Lucía es hija de Celia. Celia, la hija favorita.

Y nosotros… Bueno. Como un tornillo de repuesto en un cajón olvidado.

El viernes todo se repitió con precisión de relojería suiza.
Pilar apareció “un ratito”, le dejó a Mateo una maraca barata de plástico y, enseguida, volvió a mirar hacia la puerta.
Álvaro apenas logró balbucear que el sábado tenía que ir a una obra y que sería estupendo que su madre cuidase al nieto un par de horas, para que Vera pudiera ir a la farmacia y al mercado.

Ay Álvarito, imposible exclamó su madre, levantando las manos teatralmente. ¡Con Lucía vamos al teatro de marionetas, y luego Celia me la deja todo el fin de semana!
La pobre está agotada de tanto trabajar necesita rehacer su vida privada, hija mía.

Celia cría a su hija sola, pero ese sola es palabra de humo: mientras Celia se busca a sí misma y cambia de pareja, Lucía vive largas semanas con la abuela.
Pilar la recoge del cole, la lleva a ballet, le compra vestidos caros, conoce por nombre hasta la muñeca con más legañas del cuarto infantil.

¿Has visto el estado de WhatsApp de tu madre? Vera señaló el móvil sobre la mesa, como si fuera una pista en un sueño detectivesco.

Álvaro, reticente, deslizó el dedo. Imágenes encadenadas: Lucía comiendo helado, Lucía empujada en un columpio, Lucía y Pilar modelando plastilina al anochecer.
Pie de foto: “Mi alegría, mi mayor tesoro”.

Toda la tarde con ellas, murmuró Vera, sintiendo cómo la tristeza subía como un ascensor. A nosotros, diez minutos. Diez. Una postal marchita.
Álvaro, Mateo solo tiene un año. Es su nieto. ¡Tu hijo! ¿Por qué este desprecio?

Álvaro no respondió; no tenía palabras.

Recordó cómo su madre le había despertado una madrugada porque el grifo perdía agua y estaba la cocina inundada, y fue corriendo desde Vallecas hasta Tetuán.
Recordó cómo pagó el microcrédito que Pilar había pedido para comprarle un móvil nuevo a Celia por su cumpleaños.
Recordó los fines de semana del pasado mayo trabajando en la huerta familiar, mientras Celia y Lucía se tostaban al sol en la piscina hinchable.

Intentemos pedirle a mamá una vez más sugirió Álvaro con inseguridad. Le explicaré que es cuestión de salud, no un capricho.

Vera no contestó. Sabía bien, como en las pesadillas, qué respuesta encontrarían.

***

La conversación tuvo lugar un martes envuelto en nubes moradas.
Álvaro puso el móvil en altavoz para que Vera escuchara.

Mamá, hola. Mira, quería hablarte de algo…

Vera necesita ir al gimnasio, el médico ha insistido. El dolor de espalda…

Ay Álvarito, ¿y para qué gimnasio? el timbre de Pilar sonaba alegre, con el rumor de risas infantiles de Lucía de fondo. Que haga gimnasia en casa, hija. Si comiera menos bollos, no le dolería nada.

Mamá, no es discutible. El médico lo ha recetado: ejercicios y masajes.

¿Podrías quedarte con Mateo martes y jueves de seis a ocho? Yo voy a buscarte, no hay problema.

En el móvil, el tiempo se estiró como un chicle.

Álvarito, ya sabes mi agenda. Recojo a Lucía a las cinco, luego tienen clase de inglés, después paseo en el parque.

Celia llega tarde del trabajo, cuenta conmigo.

No voy a dejar a Lucía sola para que tu Vera salte en el gimnasio.

Mamá, Mateo también es tu nieto. Apenas lo ves una vez al mes.

No empieces. Lucía es una niña, se pega a mí, me necesita.

Mateo es pequeño, no se entera de nada. Ya hablaremos cuando crezca.

Ahora tengo que irme: vamos a dibujar.

Hasta luego.

Álvaro dejó el teléfono sobre la mesa como si pesara el doble.

¿Has oído? Para ella, mi hijo tiene que ganarse su atención.

¿Esperar a llegar a alguna parte para que la abuela le mire a la cara?

Yo ya lo sabía gritó Vera, no soportando más ese túnel sin salida. Desde el día en que salimos del hospital y llegó tarde porque tenía que comprarle leotardos a Lucía, lo supe.

Álvaro, no me duele por mí. Puede pensar que soy una vaga y una gorda, me da igual.
Es por Mateo. Crecerá y preguntará: Mamá, ¿por qué la abuela solo juega con Lucía y a mí ni me mira?

¿Le digo que la tía es la favorita y tú solo eres una hucha y el chico de los recados?

Álvaro comenzó a pasear la cocina, ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que de repente dijo:

Pues se acabó. ¿Te acuerdas de la reforma de su cocina?

Vera asintió, exhausta.

Llevaban medio año guardando euros para darle una sorpresa a Pilar por su cumpleaños.
Álvaro ya tenía seleccionados los muebles, la cuadrilla, el presupuesto ajustado.

La suma alcanzaba justo para un abono anual en el gimnasio más lujoso de Madrid, piscina y entrenador para Vera incluidos.

Pues no habrá reforma declaró Álvaro con firmeza. Mañana llamo y cancelo todo.

¿En serio? Vera lo miraba como si fueran las palabras de un loco sabio.

En serio. Si solo tiene fuerzas y tiempo para una nieta, que se las apañe para el resto.

Que Celia le repare el grifo, le traiga patatas del pueblo, le tape agujeros financieros.

Nosotros, con ese dinero, buscaremos una niñera para tus días de gimnasio.

***

A la mañana siguiente, Pilar llamó como una aparición.

Álvarito, cariño Dijiste que venías esta semana a ver la campana extractora, que me está dando tormento y Lucía no para de preguntar: ¿Dónde está mi tío Álvaro?

Álvaro, desde la oficina, cerró los ojos como si pudiera hundirse en el sueño.

Antes habría dado saltos, haciendo cálculos para llegar al Leroy Merlin antes del cierre.

Ahora

No voy, mamá contestó, tranquilo, como quien sueña que sabe volar.

¿Cómo que no? ¡Pero si me ahogo con el humo!

Pide ayuda a Celia, o a su nuevo novio. Yo tengo ahora otros planes: cuidar de la salud de Vera. Todo mi tiempo libre está contado, no puedo.

Me quedo con Mateo.

¿Por esa tontería? bufó Pilar, herida. ¿Vas a abandonar a tu madre por los caprichos de tu mujer?

No abandono a nadie. Solo establezco prioridades. Igual que tú.

Tus prioridades son Lucía y Celia. Las mías, Vera y Mateo.
Es justo, ¿no?

¿Me hablas así? ¡Después de todo lo que hice por ti! ¡Te crié, te hice persona!

¿Y ahora me pagas así?

¿Qué fue todo? preguntó Álvaro, calmado, como desde la orilla opuesta del sueño. ¿Ayudar a Celia con mi salario? ¿Dejarte descansar mientras yo curraba en tu huerto?

Ah, y la cocina esa que pensábamos regalarte… Ya no la compramos. Ese dinero es para la familia. Para la niñera.

El grito de Pilar estalló como metales caídos:

¡Qué poca vergüenza! ¡Yo soy tu madre! ¡He sacrificado mi vida por vosotros! ¿Te ha vuelto loco esa Vera?

¡Lucía es huérfana de padre! ¡Necesita mimos! ¡Ese Mateo vuestro vive como un rey!

¿Quién te ha dicho que yo tenga que quererle?

Mi corazón es de Lucía, solo de ella.

¡Desagradecido! ¡No me llames, ni pises mi casa nunca más!

Álvaro colgó la llamada, con las manos como pájaros asustados.

Pero dentro sentía una flotante ligereza: sabía que el escándalo era solo el prólogo. Pronto Pilar llamaría a Celia, y los mensajes vendrían como una lluvia ácida: acusaciones de desagradecidos, chantajes emocionales, amenazas… Los reflejos de la familia deformados en el cristal de un sueño extraño.

Y así fue. Cuando Álvaro volvió a casa por la noche, Vera ya había escuchado el audio de cinco minutos de Pilar, donde lo más dulce era “víbora venenosa”.

¿Estamos haciendo lo correcto? susurró Vera, cenando en una penumbra de suspiros. Es tu madre.

Madre es la que quiere a todos, Vera. No la que hace distinciones y usa a unos como herramientas y a otros como princesas.

Demasiado tiempo cerré los ojos. Pensé: “Es su forma de ser”.

Pero cuando dijo que le daba igual tu salud, que Mateo no cuenta porque tiene cita con Lucía

No. Basta.

**

El escándalo fue interminable, como una marea irracional.
Celia y Pilar, despechadas por la falta de dinero mensual, inundaron el móvil de Álvaro y Vera con insultos, súplicas, amenazas, intentos de reavivar la culpa filial.

Ellos resistieron, ignorando llamadas y mensajes.

Hasta que, dos semanas después, Celia llegó a casa de Álvaro como un vendaval.

La hermana gritaba desde el umbral, le llamó “calzonazos desagradecido” y exigió que pagara las facturas de su madre, que le diera dinero para alimentos y medicinas.

Álvaro simplemente le cerró la puerta en la cara. Ya estaba cansado de jugar al hijo ejemplar en sueños ajenos.

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