La profesora que todos temíamos: la temida señora Mendoza, el azote del instituto público número 47 de Madrid, la maestra de los castigos implacables que nunca sonreía, pero que en secreto volcaba su generosidad ayudando a los alumnos más vulnerables

La profesora García era el azote del Instituto de Educación Secundaria Juan de la Cierva de Valladolid. Todos le teníamos pavor. Era esa maestra intransigente que te reprendía por llegar un minuto tarde, que te restaba nota si la camisa no iba perfectamente planchada, que nunca esbozaba una sonrisa y que parecía disfrutar suspendiendo alumnos.
En tercero de la ESO, yo era el cabecilla de los que no la podían ni ver. Organizaba motes crueles, pequeñas conspiraciones, y las bromas más pesadas. La llamábamos La Hechicera y soñábamos con vengarnos de todas las humillaciones que nos hacía pasar en clase.
Pero todo cambió un viernes de noviembre.
Ese día había faltado a clase porque fui con un par de amigos al centro comercial Río Shopping. Volvía a casa en el autobús urbano cuando, por la ventanilla, vi a la profesora García salir de una farmacia de un barrio humilde, cargando varias bolsas.
Pudo más la curiosidad que el miedo. Me bajé en la siguiente parada y la seguí, guardando distancia.
La vi entrar en un edificio viejo, de esos que parecen a punto de caerse. Esperé unos minutos y me acerqué con sigilo. Por una ventana del primer piso oí voces.
Profesora, mil gracias por venir. Claudia lleva tres días con fiebre.
No se preocupe, señora Martín. He traído el antibiótico que le recetó el médico.
¿Claudia Martín? Una compañera nuestra, callada y siempre con ojeras, que faltaba mucho a clase.
¿Cuánto le debo, profesora?
Nada, señora Martín. Ya se lo he dicho.
Pero eso cuesta mucho dinero
Claudia es una alumna brillante. Merece estar sana para poder estudiar.
Me asomé un poco más y, entonces, vi a la profesora García esa mujer estricta y cortante acariciando la frente de Claudia con una ternura desconocida para mí.
¿Cómo vas con las matemáticas, pequeña?
Bien, profesora. Estoy repasando los ejercicios que me mandó.
Perfecto. El lunes te traeré unos libros extra para que te prepares bien para la prueba de acceso al bachillerato.
No creo que pueda ir, profesora. Mi madre necesita que ayude en casa
Claudia, ahora tu obligación es estudiar. Del resto, ya veré yo.
Me fui de allí completamente descolocado. Esa mujer no era la profesora García que yo creía conocer.
La semana siguiente, comencé a observarla en clase con otros ojos. Y descubrí detalles que antes jamás había visto.
Cuando Alejandro Torres se quedaba dormido sobre el pupitre, no le gritaba como hacía con los demás; se acercaba en silencio y le tocaba el hombro. Después supe que Alejandro pasaba las noches trabajando de camarero para ayudar a sus padres.
Cuando Lucía Gallardo no entregaba los deberes, la profesora le daba una segunda oportunidad y no la reprendía en público. Resultó que Lucía cuidaba de sus hermanos mientras su madre trabajaba en el hospital hasta de madrugada.
Un día reuní el valor para quedarme al final de la clase.
Profesora, ¿puedo preguntarle algo?
¿Qué necesitas, Javier?
¿Por qué es distinta con algunos compañeros?
Se quedó callada un momento, ordenando los exámenes en el escritorio.
¿A qué te refieres?
Quiero decir que a unos los trata con más comprensión. Pero con otros es mucho más estricta.
Javier, siéntate un momento.
Me senté, algo nervioso.
¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y Claudia Martín?
No
Que tú tienes una familia que puede pagarte libros nuevos, actividades extraescolares si las pides, padres que se preocupan por ti. Claudia no tiene nada de eso.
Pero eso no es culpa mía.
No, no es culpa tuya. Pero sí es tu responsabilidad no desaprovecharlo. Cuando soy dura contigo, es porque puedes dar mucho más. Cuando tengo paciencia con Claudia es porque ella ya se está esforzando al máximo.
¿Usted compra medicamentos a los alumnos?
Me miró con insistencia.
¿Me seguiste el otro día?
Asentí, avergonzado.
Javier, hay estudiantes que vienen sin haber desayunado. Otros que trabajan para ayudar en casa. Algunos cuidan de sus hermanos pequeños. Si yo puedo ayudarles, lo hago.
¿Usando su propio sueldo?
Sí, de mi propio bolsillo.
¿Por qué lo hace?
Porque yo fui como ellos. De pequeña, una maestra me compró mis primeros libros de bachiller. Sin ella, nunca hubiera llegado a la universidad.
Sentí un nudo en la garganta.
Profesora, pero ¿por qué es tan severa con otros?
Porque el mundo fuera del instituto será aún más duro. Si no soy exigente ahora, ¿quién lo será? Sus padres siempre buscarán justificarles. Yo soy la única que puede deciros la verdad: que fuera nada os será regalado.
No lo había visto así.
Javier, eres brillante, pero te pierdes entre bromas. ¿Sabes por qué me molesta tanto?
No
Porque estás tirando por la borda oportunidades que Claudia daría lo que fuera por tener. Ella estudia con libros prestados, muchas veces a la luz de una linterna porque no tienen electricidad. Y, aun así, saca mejores notas que tú.
Me sentí diminuto, avergonzado.
¿Puedo ayudar de alguna manera?
¿Lo dices en serio?
Sí.
Pues estudia. Da lo mejor de ti. Y, si quieres hacer algo más, ayuda a tus compañeros que lo necesiten.
Salí del instituto viendo todo con otros ojos. La profesora García no era el monstruo que había imaginado. Era una mujer que cargaba con las preocupaciones de decenas de familias, que gastaba su paga ayudando a estudiantes que no eran sus hijos, que era exigente con unos para prepararlos y comprensiva con otros para protegerlos.
Empecé a tomármelo en serio. Organicé grupos de estudio y ayudaba a quienes lo pasaban mal. Dejé las bromas a un lado.
Al final de curso, cuando me dio el certificado de tercero de la ESO con un 9,2 en la media, la profesora García sonrió por primera vez.
Buen trabajo, Javier. Sabía que lo conseguirías.
Gracias por no rendirse conmigo, profesora.
Nunca me rindo con mis alumnos. Aunque a veces ellos sí se rindan conmigo.
Años después, cuando me licencié en la Universidad de Salamanca con matrícula de honor, lo primero que hice fue buscarla. Seguía dando clase en el mismo instituto, igual de exigente, igual de dedicada, gastándose parte del sueldo en uniformes y libros para quien más lo necesitaba.
Profesora, quiero darle las gracias.
No tienes nada que agradecer, Javier. El mérito es tuyo.
Tengo mucho que agradecerle. Usted me enseñó que ser exigente es la forma más pura de querer. Y que, a menudo, las personas que más nos quieren son las que menos nos miman.
Ahora soy profesor universitario. Y cuando tengo que apretar a mis alumnos, me acuerdo de la profesora García: la dureza también puede ser ternura. Exigir excelencia es creer en el potencial de alguien.
Quizá mis estudiantes me odian tanto como yo llegué a odiarla a ella. Pero espero que algún día, como me pasó a mí, entiendan que los profesores más exigentes suelen ser quienes más nos quieren.
Ese, a día de hoy, es el mayor aprendizaje que me ha dado la vida.

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La profesora que todos temíamos: la temida señora Mendoza, el azote del instituto público número 47 de Madrid, la maestra de los castigos implacables que nunca sonreía, pero que en secreto volcaba su generosidad ayudando a los alumnos más vulnerables
¡Anda, seguro que no conoces bien a los niños de hoy!