Regresó antes de lo previsto
¿Estás en la parada? la voz de su marido subió de tono, visiblemente nervioso ¿Ahora mismo? ¿Pero por qué no avisaste? ¡Habíamos quedado en que llegarías el jueves!
Quería darte una sorpresa Mariana frunció el ceño ¿Luis, no te alegras? Estoy agotada, como un perro. Anda, baja ya.
¡Espera! gritó de pronto él No vengas todavía. O sea, ven pero Mariana, mira, en casa no hay ni una miga. Ayer terminé con todo.
Mira, haz una cosa: pásate por el veinticuatro horas, ese que está en la esquina. Cómprate algo de ternera buena.
La bolsa, repleta hasta arriba, le tiraba del hombro tanto que Mariana soltó un gemido.
Ese dolor agudo en la espalda se había vuelto habitual en los últimos dos meses, como un mal compañero de viaje, punzando hasta el coxis.
Dejó las bolsas con mucho cuidado sobre el asfalto irregular de la parada.
Exhaló hondo, apoyando la mano sobre la parte alta de la barriga.
El bebé, dentro, protestó con un movimiento incómodo. Su sexto mes de embarazo no era ninguna broma, sobre todo si se le ocurría regresar desde casa de sus padres tres días antes, solo para sorprender a Luis.
Le había echado tanto de menos que, en los últimos cien kilómetros en el autobús, iba contando los postes.
¿Qué estará haciendo Luis? Seguro que ni sospecha que ya estoy aquí, a apenas diez minutos andando de casa.
El camino hasta el portal se le hacía interminable.
Llevaba bolsas llenas de cosas de casa de sus padres tarros de mermelada, chorizo casero, manzanas pesadas todo parecía pesar una tonelada.
Recorrió cincuenta metros y se dio cuenta: no podía más. La espalda le iba a estallar.
Sacó el móvil y llamó al marido.
Luisito, ¿me oyes? susurró en cuanto él contestó.
¿Mariana? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? preguntó asustado.
No pasa nada, tonto. ¡Ya he llegado!
Estoy justo en la parada de nuestro portal. ¿Puedes salir a buscarme?
Las bolsas pesan horrores, mi madre llenó todo lo que pudo…
Hubo una pausa extraña. Mariana miró la pantalla, pensando que quizás se había colgado la llamada.
¿Estás en la parada? la voz de Luis subió de nuevo, casi chillando ¿Ahora mismo? ¿Por qué no avisaste? ¡Si quedamos en el jueves!
Quería darte una sorpresa Mariana frunció el entrecejo ¿Luis, de verdad no te alegras? Estoy agotada. Baja ya, por favor.
¡Espera! gritó otra vez él No vengas bueno, sí, pero Mariana, es que no hay nada en casa. Me lo acabé todo ayer.
Haz una cosa: pasa por el veinticuatro horas, el de la esquina. Compra ternera, que sea buena.
Hoy he pedido el día libre, no he ido al trabajo. Quería prepararte una comida de las buenas, recibirte como es debido.
¿Ternera, Luis? Mariana no salía de su asombro ¿Me oyes? ¡Estoy embarazada de seis meses, plantada en medio de la calle con dos bolsas enormes!
¡Me duele la espalda! ¿Ternera? En casa hay patatas y huevos.
Ven a buscarme; quiero comer algo y tumbarme.
No, verás, Mariana se atropelló él, interrumpiéndola Quiero que todo esté perfecto. ¿Te cuesta tanto? El súper está al lado. Compra además una bolsa de patatas nuevas, porque las nuestras están para tirar.
Pide a alguien que te ayude o hazlo poco a poco… ¡Por favor! Es por nosotros, mientras yo termino de preparar todo aquí.
Mariana miró sus palmas enrojecidas, marcadas por las asas de las bolsas. Notó cómo subía una ola amarga por el pecho.
Luis, ¿estás bien? su voz tembló ¿Me estás diciendo que vaya a comprar carne, embarazada, solo porque tú quieres preparar carne?
¿De verdad no puedes bajar tú y hacerlo?
¡Pero es que ya he empezado… eso… la preparación! Si bajo ahora, lo estropeo todo.
Cariño, te lo pido por mí te he echado tanto de menos.
Compra 800 gramos de ternera, y una bolsa pequeña de patatas, de las de red.
Venga, que te espero.
Colgó. Mariana se quedó mirando el móvil, sin entender nada.
No le cabía en la cabeza. Le entraron ganas de llorar, allí mismo, bajo la farola fría de esa parada.
En vez de abrazos y una cama caliente le esperaba la sección de carnes.
“Quizá de verdad está planeando algo increíble”, pensó.
Suspiró, agarró como pudo las bolsas y se encaminó, cojeando, al supermercado.
***
Mariana empujaba el carro entre los estantes, notando las miradas compasivas de la cajera medio dormida.
La ternera era un ladrillo, y la bolsa de patatas, un peso muerto imposible.
Al salir, ya ni sentía las manos; los dedos se le habían quedado como ganchos.
El teléfono sonó de nuevo.
¿Lo has comprado ya? preguntó Luis, animado.
Ya está gruñó Mariana entre dientes Estoy en el portal. Abre.
¡Espera! casi chilló Luis ¡No subas! Quédate en el banco de la entrada. Dame diez minutos, de verdad.
¿Te estás quedando conmigo? saltó Mariana, sin reparar en los pocos viandantes ¡Luis, voy a dar a luz aquí del enfado! ¿Diez minutos? Me duelen las piernas, no puedo ni estar de pie.
¡El sorpresón no está listo! insistía él Si subes ahora, se arruina. Siéntate un ratito a tomar el aire.
Cinco minutos, Mariana, lo juro. ¡Cuelgo, que no llego!
Se dejó caer en el banco de madera, al pie del portal. Las bolsas se estrellaron a su lado.
Le entraron ganas de lanzar el paquete de carne a la ventana de su casa, en el tercer piso.
Pasaron diez minutos, luego veinte. Sentada, abrazando su vientre, Mariana sentía que hervía por dentro.
¿Y si al subir había flores, una cena romántica, un violinista…?
Nada de eso justificaba tenerla ahí, embarazada, esperando en la calle tras una noche sin dormir.
A los treinta y cinco minutos, la puerta del portal crujió.
Salió Luis, con aspecto desaliñado: la camiseta al revés, sudor en la frente y pelos de punta.
¡Ahí estás! sonrió forzado, cogiendo las bolsas ¿Por qué esa cara? Mira qué buen día hace Bueno, vamos, anda, que subimos.
Estás empapado, ¿eh? Mariana lo miró desconfiada, apoyándose en la barandilla para incorporarse Y hueles a lejía que tumba.
¡Ya verás! caminaba deprisa hacia el ascensor, eufórico.
Al llegar, Luis abrió la puerta de casa, esperando aplausos.
Mariana entró en el recibidor y el olor a lejía y a spray barato de brisa marina le llenó la nariz.
Fue al salón, después a la cocina y el baño.
Todo estaba inusualmente despejado. La ropa de siempre había desaparecido de las sillas, la alfombra se notaba recién pasada por la aspiradora, (hasta había manchas húmedas), los estantes sin polvo.
Sus figuritas, ahora apretadas en una esquina.
¿Y bien? Luis sonreía satisfecho, como una peseta reluciente ¿Qué te parece? ¡Sorpresa!
Mariana se volvió lentamente hacia él.
¿Eso es todo? preguntó en voz baja.
¿Cómo que todo? se sentó de la indignación ¡Mariana, si llevo tres horas aquí liado!
He fregado hasta debajo del sofá, he lavado todos los platos, el váter parece nuevo.
Quería que llegaras y no tuvieras que hacer nada, solo descansar. Mientras tú estabas en el super, yo aquí…
Mariana sintió un nudo en la garganta.
¿Por esto? tartamudeó, aguantándose las lágrimas ¿Por tener la casa limpia me hiciste ir al súper embarazada?
¿No podías venir a buscarme a la parada porque estabas fregando el suelo?
¡Pues claro! Luis levantó las manos ¡Lo hice por ti! Siempre te quejas de que no ayudo en casa.
He querido demostrarte que sí puedo.
Si hubieras llegado el jueves, te tendrías la sorpresa perfecta. ¡Pero no, tenías que aparecer a media noche y luego echarme la culpa!
Vienes y en vez de agradecer, te pones así, con esa cara…
Luis, ¿pero eres tonto? Mariana se echó a llorar ¡Me dan igual los suelos!
Me duele la espalda, llevaba las bolsas llenas
¡Estoy embarazada! ¿Sabes lo que significa? Em-ba-ra-za-da.
Solo quería que me ayudaras a entrar en casa, que me tomaras de la mano, no verte corriendo con una fregona.
Luis se puso rojo. Lanzó la bayeta al fregadero con rabia.
¡Ya estamos, lo de siempre! gritó ¡Nunca te conformas! Estoy desde las cinco de la mañana aquí, preparando esto para ti.
¡Y llegas y me gritas!
¿Has visto cómo está todo? ¡Ni el día de la boda estaba tan limpio esto!
¿De qué sirve tener la casa así? Mariana jadeaba ¡Me tuviste media hora en la calle, con frío y las piernas hinchadas!
¡Me hiciste cargar con carne y patatas, casi sin poder andar! No es una sorpresa, es una faena.
¿Faena? Luis empezó a dar vueltas ¡Perdona por no ser perfecto!
Otras apreciarían que su marido limpie y prepare la comida. Solo piensas en ti: ay, la barriga, ay, la espalda.
Yo también estoy cansado, ¿sabes? No he pegado ojo, pensando lo que podría hacer para hacerte feliz.
Mariana se tapó la cara con las manos.
No entiendes nada… sollozó Has preferido el aspecto de la casa antes que cómo me encuentro yo.
¡El suelo no tiene la culpa! gritó de nuevo, golpeando la mesa ¡Has llegado antes! ¡Tú has estropeado la sorpresa!
Si hubieras venido cuando dijiste, habría tenido tiempo y ahora todo sería perfecto. Pero no: tenías que venirte de noche y dejarme como el malo.
Eres una desagradecida, solo eso.
Luis salió de la cocina, dando un portazo.
El bebé volvió a moverse con inquietud. Mariana se sentó, mirando la carne sin meter al frigorífico.
Se sentía fatal. Las náuseas no la dejaban en paz.
Diez minutos después, se asomó Luis a la puerta.
¿Entonces qué, hago la carne? ¿O tampoco piensas comer para fastidiarme?
No, Luis, no prepares nada murmuró Mariana Déjame tranquila. Solo quiero dormir.
¡Pues perfecto! volvió a cerrar la puerta, con un portazo.
Mariana fue al baño tambaleándose.
En el espejo se vio pálida, con ojeras, despeinada.
Recordó el viaje en autobús, imaginándose el abrazo de Luis, un menos mal que ya estás aquí.
Claro, abrazada… sí.
Al salir, siguieron discutiendo.
Él volvió a gritarle, esta vez llegó a tirarle el trozo de carne.
Mariana se fue de casa tal como estaba, sin siquiera desvestirse. Otra vez, volvió a casa de sus padres.
***
Todos en la familia intentaron convencerle de no divorciarse: los suegros, su cuñada, hasta los primos más lejanos.
Luis la llamaba a menudo, suplicando que regresara.
Pero Mariana ya lo había decidido: ese marido no era para ella, el divorcio era inevitable.
¿De qué le servía un marido que ponía la limpieza por encima de la salud de su propio hijo?
La vida a veces nos empuja a valorar lo esencial: no son los suelos relucientes, sino el apoyo, la ternura y la compañía sincera lo que de verdad importa en casa y en la vida.







