A lomos ajenos
Lucía, oye… Tú ya tienes una niña. ¿Por qué no cuidas también de Carmencita? Total, vas a estar en casa igual, soltó con toda naturalidad doña Pilar. Así, al menos, a Inés no se le atan las manos. Podría volver al trabajo y salir adelante. Ahora lo está pasando fatal…
Lucía se quedó pensativa unos segundos, olvidando el gazpacho que estaba picando con esmero. Su suegra hablaba de los niños como si fueran gatitos. Ahí sí, poca diferencia hay. Pero con los críos…
Doña Pilar, no es tan sencillo. Martina tiene apenas tres meses y Carmen ya va para dos años. La mía no para de llorar, siempre en brazos, duerme a ratos. Y Carmen necesita vigilancia constante. Está en esa edad de querer tocar la vitro, meter los dedos en los enchufes, volcar cualquier cosa encima…
¡Ay, anda ya! replicó la suegra con un gesto. Mis hijos se llevaban casi lo mismo y bien que me apañé. Mientras das el pecho a Martina, puedes vigilar a Carmen. La dejas en un sitio y ahí se queda, que aún no corre.
Lucía alzó las cejas y aclaró la garganta, apretando los labios. Por dentro hervía. Doña Pilar la veía como una propiedad que se niega a trabajar. Pero Lucía seguía intentando ser cortés.
Doña Pilar, de verdad, me resulta muy complicado. No puedo.
Lucía, pensaba que eras generosa, familiar, que querrías ayudar a los tuyos… frunció el ceño la suegra. No trabajas, no tienes nada especial que hacer, mi Diego te mantiene. Pero Inés…
Lucía sintió que la paciencia se le agotaba. Era momento de retirarse. No tenía sentido discutir con quien quiere llegar al cielo a costa de los demás.
Disculpe, tengo que dar de comer a Martina. ¿Podría terminar usted la ensaladilla? pidió Lucía secamente y se fue al dormitorio.
Vaya, qué curiosa. Cuando necesita ayuda, que se la den. Cuando hay que ayudar a otro, desaparece… murmuró la suegra.
Lucía apretó los dientes. Era justo al revés. Antes lograba salir airosa, pero ahora la familia de Diego parecía haber decidido ir a por ella en serio.
…Hace un mes, Inés, la cuñada de Lucía, se separó de su marido. Según doña Pilar, Javier era un grosero, trataba a Inés como a una criada y hasta la empujó en una discusión. Lucía recibió la noticia con calma, casi indiferente. ¿Qué le importaban los problemas ajenos?
Yo no viviría con alguien que me pone la mano encima, dijo sin emoción a la suegra.
¡Claro! Eso mismo le dije. Hoy se mantiene en pie, mañana acaba con la cabeza en el radiador, respondió doña Pilar. Pero ahora, ¿de qué va a vivir la pobre? A Carmen aún no le han dado plaza en la guardería.
Lucía ya entonces se sintió incómoda. Como si esperaran algo de ella.
Bueno, no está sola, dijo, refiriéndose a la suegra y deseando acabar la charla.
Sí, sí. Ayudaremos entre todos.
Ahora Lucía entendía el propósito de aquella conversación. La estaban preparando para cuidar a dos niñas en su baja maternal.
Si Lucía hubiera sido más ingenua, quizá habría aceptado. Es difícil negarse a alguien en apuros. Todos podemos equivocarnos.
Pero Lucía sabía lo que era cuidar a dos criaturas.
Cuando Martina tenía solo un mes, Inés le pidió a Lucía que cuidara de Carmen. Tenía que ir al hospital y no quería llevar a la niña.
No vaya a ser que pille algo… dijo Inés entonces.
La visita al hospital se alargó hasta la noche. Lucía pasó el día corriendo de una niña a otra, rezando para que Carmen no se metiera en líos. Su casa no estaba preparada para una pequeña exploradora: cables sueltos, cosas por las mesas, electrodomésticos enchufados… Por suerte, solo hubo una vajilla rota y garabatos en la pared.
Al final del día, Lucía estaba agotada. Normalmente podía dormir un poco con Martina, pero con Carmen no había descanso. Y la noche anterior había sido de tomas cada hora…
Lo peor no fue eso. Cuando Lucía necesitó ayuda, se la negaron.
Inés, ¿puedes pasar por la farmacia? Te hago un Bizum. No me encuentro bien y Diego no llega hasta la tarde…
Ay, Lucía, perdona, pero no quiero arriesgarme. ¿Y si tienes algún virus? Yo aún, pero Carmen mejor que no se ponga mala.
Al menos cuélgame la bolsa en el pomo y la recojo.
Silencio incómodo. Alguien buscaba excusas.
Iría, pero el coche está averiado… Lucía, lo siento, imposible.
A Lucía no le gustó, pero no sacó conclusiones precipitadas. Unas semanas después, su gato enfermó. Había que llevarlo al veterinario urgentemente, pero no podía dejar a Martina sola. Volvió a pedir ayuda a Inés. Otra negativa. Y al día siguiente, igual, cuando el gato necesitaba suero.
Ahí Lucía comprendió: Inés sabía pedir, pero no dar. Igual que doña Pilar.
La suegra, por su parte, no se rendía. En la siguiente cena familiar, intentó presionar a Lucía delante de todos, esperando que le costara negarse.
El mundo se ha vuelto tan insensible… lamentó doña Pilar en la mesa. Unos viven sin preocuparse, otros apenas tienen para comer y no duermen pensando en el futuro…
Los invitados, relajados tras la comida y el vino, quizá no prestaron atención a las palabras de la suegra. O pensaron que hablaba del exyerno. Pero Lucía captó la mirada punzante de doña Pilar y supo a quién iba dirigido el reproche.
Sí, no se puede discutir, respondió. Por suerte, Inés no está sola. He pensado en su situación… ¿Y si las dos volvemos al trabajo y usted se queda con las niñas? Así ayuda a su hija y a mí. Incluso podría darle algo de mi sueldo.
Lucía se esforzaba por mantener la calma y la seriedad. Inés, que acababa de hacerse la víctima, se quedó boquiabierta. Doña Pilar palideció y apretó el mantel.
Yo… es que… Ya no tengo fuerzas, balbuceó. Dos niñas son demasiado para mí. Tú sí podrías…
Entonces intervino Diego, que conocía los roces entre su madre y su esposa.
Mamá, vamos a dejar el tema. Para siempre, dijo serio. Que Lucía sea más joven no significa que le resulte fácil. Ya está al límite. Tú pudiste con nosotros, gracias, pero sabemos hasta dónde llegamos. No nos comprometimos a esto.
Doña Pilar apretó los labios y siguió removiendo el puré. Sabía que había perdido la batalla. No podía convencer a Lucía ni por la opinión pública ni por su hijo.
Pasaron seis meses. Todo ese tiempo, la suegra solo contactó con Diego. Dejó de visitarles, y Lucía, sinceramente, respiró aliviada. Al fin y al cabo, doña Pilar nunca estaba cuando realmente hacía falta.
Pero Lucía no sospechaba que la suegra le había declarado la guerra fría.
Se acercaba el cumpleaños de doña Pilar. Lucía pensó en hablar con Diego sobre el regalo. No iban a ir con las manos vacías.
Espera antes de elegir… dijo él. Igual ni nos esperan.
¿En serio? Lucía arqueó las cejas.
Sí. No quería decírtelo, pero… Ahora eres la villana de la familia, Diego se encogió de hombros.
Resultó que Inés había encontrado trabajo. No le quedaba otra. Su madre vivía en un piso pequeño y juntas no habrían aguantado. Había que ganarse la vida.
Inés empezó en un punto de recogida de pedidos, con la condición de que su madre la cubriera si hacía falta. Carmen ya tenía plaza en la guardería, pero era pequeña: adaptación, catarros constantes…
Inés no dudaba en pedir ayuda a su madre. Tanto, que doña Pilar pasaba todos sus fines de semana en el punto de recogida. Y los turnos eran de doce horas, no de ocho. A veces, la suegra tenía que dejar su propio trabajo para ayudar a la hija. Todo el sueldo iba para Inés, la madre no se quedaba ni un euro.
Hasta que doña Pilar se hartó. Descubrió que ayudar no era tan fácil. Al darse cuenta de que la estaban usando, dejó de cubrir los turnos, alegando problemas de salud.
Inés no se inmutó. No se veía trabajando duro, así que… volvió con su exmarido. No por amor ni arrepentimiento, sino porque, con todos sus defectos, él estaba dispuesto a mantenerla.
Ahora vivían de nuevo en el mismo ciclo de gritos, reproches y treguas ocasionales.
¿Sabes lo más curioso? sonrió Diego. Para las mujeres de mi familia, la culpable eres tú. Mi madre cuenta a todos que si esa egoísta no se hubiera negado, Inés habría salido adelante y nunca habría vuelto con ese patán.
Lucía suspiró y se tapó la cara con la mano. Vaya, ya tenían a quien culpar.
Bueno, quizá mejor así, dijo al fin. Cuando la carga se va, la yegua descansa. Les encanta subirse a la espalda ajena…
Diego solo se encogió de hombros. Lucía no sintió alivio, pero se alegró de que supieron decir no a tiempo. Quizá les costó tranquilidad, pero salvaron su pequeño mundo.







