Haceos a un lado, que pensamos quedarnos aquí unos diez años
La suegra se quedó callada unos instantes, y después exclamó:
Ay, Carmen, que Manuela es una mujer lanzada… Cuando se le mete algo en la cabeza no hay quien se lo quite.
Pero entiéndela tú también: lo que quiere es sacar adelante a Leonor, darle buena educación
¿A mi costa? Carmen se detuvo frente al espejo.
En el reflejo vio a una mujer pálida, con el pelo alborotado.
Doña Tomasa, pare esto ya. Que bajen en la próxima estación y se vuelvan a Burgos. Ni las recibo ni les presto el piso.
Pero, hija ¿Cómo voy a pararlas ahora? sollozó la suegra. Ya están en camino. Manuela pidió un préstamo para los estudios de Leonor, no les queda ni un euro para un alojamiento.
De verdad confiaba en tu ayuda. Carmen, anda, echa a los inquilinos, mujer, que no te cuesta nada. Que son familia de tu propio sangre.
¿Familia? A Leonor, la sobrina de su hermana, la he visto dos veces en mi vida. ¿Tengo que dejar en la calle a gente que paga puntualmente, privar a mis padres de ayuda y a mi hija de sus clases solo porque tu hermana lo ha decidido así?
En el bolsillo le pitó el móvil. Sin quitarse el abrigo, Carmen estiró el brazo y leyó el mensaje que le acababa de enviar Manuela, la hermana de su suegra:
¡Carmen, hola! Ya estamos en el tren. Los billetes para las 19:40, mañana por la mañana llegamos a Atocha. Recojo a Leonor.
Pásame la dirección de tu pisito, que no la apuntamos la última vez. ¿Dónde recogemos las llaves?
Carmen se paralizó. Leyó el mensaje tres veces, esperando que fuera una confusión. ¿Qué piso? ¿Qué Leonor?
Mamá, ¿te has quedado congelada? Lola, su hija, asomó la cabeza desde el pasillo. Tengo hambre.
Ahora, cielo Carmen le acarició la cabeza distraída, sin apartar la vista de la pantalla.
Marcó el número de Manuela. Contestó enseguida; de fondo sonaban los golpes rítmicos del tren y muchas risas desbocadas.
¡Carmen, cariño! El tono de la tía era de fingida alegría. ¿Recibiste mi mensaje? Te queríamos dar la sorpresa, así no tienes que agobiarte con menús ni compras, ¡lo traemos todo!
Espera, Manuela, no entiendo nada. ¿A dónde vais?
¡Cómo que a dónde! ¡A Madrid, mujer! Leonor ha entrado en la Complu, ya te lo dije en primavera. No le ha tocado beca, pero no pasa nada, pagaremos los cursos.
Hemos preparado ya todo y nos vamos a instalar en tu piso.
¿En mi qué? Carmen se apoyó en la pared. ¿En el piso que alquilo desde hace seis años? ¿Estáis bien de la cabeza, Manuela?
Ay, venga ya su tono mudó a seco. ¿No te acuerdas? Aquella noche, cuando tu abuela te dejó el piso, estábamos cenando. Y yo lo dije muy claro: “Mira qué suerte, ya tendrá Leonor dónde vivir al irse a estudiar”. ¡Y tú ni rechistaste! Nos hicimos esa idea durante años.
No rechisté porque me pareció una broma aburrida casi gritó Carmen. ¡Jamás dije que podíais ocuparlo!
Allí vive una familia con niño, tenemos contrato, pagan religiosamente. Ese dinero mantiene a mis padres pensionistas y lleva a Lola a danza y natación. ¿En qué estabais pensando?
En que somos familia bramó Manuela. ¿Es que los madrileños ya no tenéis vergüenza?
¿Vas a dejar a tu sobrina tirada en Atocha? ¿Le has dicho algo a tu marido? ¿Sabe que tiras a su parentesco a la calle?
Mi marido está en una obra en Zaragoza, y apenas tiene cobertura. Y el piso es mío, Manuela. Mío. De mi abuela, para mí. Ramón no tiene nada que ver en esto.
¡Anda, así hablas ahora! gritó. ¿Ves, Leonor? La mujer de tu tío piensa borrarnos del mapa. Ya veremos. Llegamos y lo aclaramos todo en persona.
¡Uf, la cobertura se va! Mañana nos ves en el andén de Atocha.
Carmen se quedó absorta mirando el móvil que, poco después, solo le devolvió el pitido de la llamada colgada.
Lola, ve a la cocina, hay tortilla de patata en la nevera, caliéntala, cariño le avisó, y con manos temblorosas, llamó de nuevo a su suegra.
Tomasa tardó en responder.
Sí, Carmen, dime.
¿Sabías que tu hermana viene de Burgos con intención de instalarse en mi piso?
Bueno, Manuela lo mencionó Yo creía que ya lo habías arreglado con ella.
¿Arreglado con quién? Llevo seis años alquilando ese piso. La mitad de lo que gano es para la farmacia de mis padres, y la otra para las extraescolares de Lola.
¿Le explicaste que eso es imposible?
No me grites su tono era ahora de víctima. Yo no tengo culpa de nada. Esto os lo tenéis que aclarar vosotras, sólo te pido que a Ramón no le digas nada, está con una obra y no está para disgustos.
Carmen dejó el móvil en el sofá. Ramón siempre intentaba alejarse del rosario de disputas con la familia, pero cuando entraba su madre o una tía, era siempre maleable.
Mujer, son de Burgos, lo ven diferente… Es más fácil concederles eso decía a menudo.
Intentó llamar a Ramón. El número marcado no está disponible. Por supuesto. Cuando se le necesitaba, era aire.
***
El escándalo fue de órdago. A las cinco de la mañana, Manuela ya estaba llamando, exigiendo que Carmen fuera a la estación a recogerlas.
Estamos cansadas, tenemos hambre y aquí hace un frío que pela. ¿Sigues en la cama? ¡Levanta! ¡Tienes quince minutos para estar aquí!
A Carmen, medio dormida, le costó darse cuenta de con quién hablaba. Cuando recordó, saltó furiosa:
¡Dejadme en paz! ¡No pienso moverme ni dejaros entrar en mi piso! Hasta aquí hemos llegado. Buen viaje.
Después de diez llamadas, metió el número de la tía en la lista negra.
Manuela siguió llamando desde el móvil de Leonor. También bloqueado.
Todo el día recibió mensajes de Tomasa: ruegos, súplicas, chantajes emocionales Lo contaré todo a Ramón
Y aquella tarde, apareció Ramón sin avisar. Regresó de Zaragoza de golpe.
Carmen, ¿qué demonios ha pasado? preguntó nada más entrar. Le has dado un disgusto a mamá; dice que has echado a tía Manuela a la calle.
Carmen se acercó, lo besó y le explicó:
Vinieron por sorpresa y exigen que eche a la familia que vive en el piso para instalar gratis a Leonor. ¡Cinco años como poco! ¿Te parece normal?
Han acabado instaladas en casa de tu madre, hasta donde sé. ¿Tú qué haces aquí?
Mamá me llamó llorando, y tía Manuela ha dejado sin batería mi móvil…
¿Y si lo aceptamos un par de meses hasta que encuentren algo de estudiantes?
Carmen negó con la cabeza:
No van a encontrar residencia porque ni la han solicitado, iban seguras de que tenían ya piso. ¡El mío!
¿Te das cuenta? Ni buscaron opciones. Cogieron el tren y ya. Vamos para nuestro piso en Carabanchel.
Mamá dice que prometiste hace seis años…
Callé en un velatorio, Ramón. No estaba para tonterías ni promesas.
La tía está furiosa. Dice que ya no existimos para ellas. Por cierto, se fueron de casa de mamá, queda lejísimos de la facultad.
Les envié mil euros. Ya han cogido una habitación…
¡Perfecto! Carmen dio una palmada. Mejor noticia imposible. Ni discutiremos por ese dinero. Que se apaño cada cuál.
Ramón suspiró.
Carmen, se han metido en una pensión, se quejan de cucarachas y vecinos de botellón.
Que se acostumbren. Quien quiere estudiar en Madrid debe currárselo, no esperar milagros de una parienta desconocida que ni saluda en navidad.
Carmen se encaminó a la habitación y Ramón la siguió resignado.
Carmen, da un poco de pena. Parece que de verdad les dejamos tiradas…
¿Y si les pasa algo, o los vecinos son peligrosos? ¿No te duele Manuela?
Carmen giró de golpe.
Ramón, tengo una hija, unos padres ancianos y un piso que mi abuela levantó a base de sudor. No lo regalaré solo porque alguien a seiscientos kilómetros crea que le pertenece.
¿Por qué tengo que compadecerme?
Su marido no contestó, y Carmen remató:
¿Quieres cenar? Caliento lo que ha sobrado y te olvidas del tema. Si quieres ayudar, que sea con tu sueldo.
El piso seguirá alquilado. No echo a nadie. Y punto.
Vale, está bien. Tienes razón. A mí tampoco me haría gracia que tus padres se presentaran en la casa de mis tíos diciendo: “Hacéos sitio, que nos quedamos aquí diez años”.
Después de cenar, Ramón se fue a duchar. Carmen retomó el móvil y vio un mensaje pendiente de la suegra:
Carmen, no es justo esto. Manuela está enferma de los nervios. Acércales comida al menos.
Compra para varias semanas: carne, verduras, fruta y bombones. Café, té, artículos de higiene y aceite de oliva.
Algo de pescado también, pero mejor no conservas; Manuela no las come. La dirección es
Carmen bloqueó también a su suegra. Que al menos aprendan a estar un par de días en silencio.
***
La noche transcurrió apacible, ningún familiar interrumpió el sueño.
A las siete en punto, Manuela apareció en la puerta.
Carmen la recibió, pues Ramón seguía dormido.
La tía, desde el umbral, saltó acusadora:
¡Así que duermes tan pancha, en sabanas limpias y mullidas!
¿No te interesa saber cómo pasamos la noche Leonor y yo?
¡Ha sido horroroso! Caen cucarachas del techo, la habitación helada, el suelo duro como una piedra.
A un lado andan de juerga toda la noche, al otro discuten a gritos.
¿No tienes vergüenza? ¿De verdad pretendes que tu propia familia viva así?
Pero mira, Carmen, no voy a discutir contigo. ¿No echas a los inquilinos? Perfecto. Nos mudamos contigo.
Vuestra casa tiene tres habitaciones, alguna cederéis. Eso sí, la más grande, que somos dos.
Y seremos discretas, solo tres o cuatro meses. Medio año, como mucho, hasta que la niña se adapte.
Carmen se quedó de piedra.
Olvidad la dirección. Mejor romper el trato aquí y ahora.
¿Queréis que llame a la policía? Lo hago sin temblar. ¿Por qué meteros en más líos?
Manuela se puso roja.
¡Que te pudras, madrileña arrogante! ¡Ojalá tu hija acabe fregando toda su vida!
¡Esto te lo recordaré! El mundo da vueltas, y hay suelos muy resbaladizos
Llegará el día que me supliques ayuda. Jamás te perdonaré este desaire.
Pero Carmen simplemente cerró la puerta. La tía pataleó y gritó otro rato en el descansillo, pero se fue.
***
El lío con Manuela rompió la relación con su suegra: Tomasa ya no se habla con Carmen.
Ramón sigue visitando a su madre, le ayuda y alguna vez lleva a Lola, pero Tomasa no quiere volver por casa del hijo.
Carmen lo agradece. Es un problema menos en este universo onírico y desquiciado.






