Nunca amé a mi esposa y se lo dije varias veces. No era culpa suya: nuestra vida era tranquila, sin reproches ni discusiones—siempre amable, atenta, admirable. Pero el amor nunca estuvo presente. Cada día pensaba en marcharme y soñaba con encontrar la pasión en otra mujer, sin imaginar cómo el destino pondría todo patas arriba. Con Sofía me sentía cómodo. Además de llevar perfectamente la casa, era radiante y hasta mis amigos me envidiaban por tener a una esposa así. Yo tampoco entendía por qué merecía su amor, si era un hombre normal y corriente. Y, aun así, ella me quería… ¿cómo era posible? Su cariño y su entrega no me dejaban en paz, y la idea de que, si yo me iba, otro ocuparía mi lugar—alguien más atractivo, más rico, más exitoso—me volvía loco. Era mía, aunque jamás la hubiera amado, y ese sentimiento de posesión superaba a la razón. Pero ¿se puede vivir toda una vida con alguien a quien no amas? Creía que sí, pero estaba equivocado. «Mañana se lo contaré todo», decidí una noche. Por la mañana, reuní valor mientras desayunábamos. —Sofía, siéntate, tenemos que hablar. —Claro, dime, cariño. —Imagínate que nos divorciamos. Cada uno por su lado… Sofía se rió: —¡Pero qué cosas tienes! ¿Jugamos a imaginar? —Escúchame, hablo en serio. —Vale, imagino. ¿Y después? —Contesta sinceramente: ¿encontrarías a otro si me voy? —Pablo, ¿qué te pasa? ¿Por qué piensas en marcharte? —Porque no te quiero, nunca te he querido. —¿Qué? ¿Hablas en serio? No entiendo nada. —Quiero irme, pero no puedo. Me atormenta pensar que estés con otro. Sofía reflexionó y me contestó pausada: —No encontraré a nadie mejor que tú, así que no te preocupes. Márchate, no estaré con nadie más. —¿Me lo prometes? —Por supuesto —me aseguró Sofía. —Pero… ¿adónde iría? —¿No tienes a dónde ir? —No, siempre hemos estado juntos. Supongo que debería quedarme cerca de ti —dije, apesadumbrado. —No te preocupes —respondió Sofía—. Tras el divorcio, vendemos el piso y compramos dos más pequeños. —¿En serio? No esperaba que me ayudaras así. ¿Por qué lo haces? —Porque te quiero. Cuando amas a alguien, no puedes retenerlo contra su voluntad. Pasaron unos meses y nos divorciamos. Poco después, descubrí que Sofía no cumplió su promesa. Encontró a otro hombre y se quedó con los pisos que heredó de su abuela, nunca pensó en compartirlos conmigo. Me quedé sin nada. ¿Ahora cómo se puede confiar en las mujeres? No lo sé. ¿Qué opinas del comportamiento de Pablo?

Nunca llegué a amar a mi esposa y se lo confesé en varias ocasiones. No era culpa suya; la verdad es que nuestra vida era bastante buena.
Nunca me reprochaba nada, jamás armaba una escena; siempre era amable y estaba pendiente de mí. Pero seguía faltando lo esencial: el amor.
Cada día me despertaba pensando en marcharme. Soñaba con encontrar a una mujer a la que pudiera amar de verdad. Jamás habría imaginado que el destino lo cambiaría todo de manera tan inesperada.
Con Lucía me sentía cómodo. No solo cuidaba la casa con esmero, sino que además era guapísima. Mis amigos me tenían envidia y no entendían cómo había logrado casarme con una mujer como ella.
Yo tampoco entendía qué había hecho para merecer su cariño. No soy un hombre especial, no tengo nada que me distinga de los demás. Y aun así, ella me quería ¿Cómo era posible?
Su amor y dedicación me hacían sentir inquieto. Lo que más me agobiaba era imaginar que, si me iba, otro ocuparía mi lugar: alguien con más dinero, más atractivo, con más éxito.
La simple idea de verla con otro hombre me volvía loco. Ella era mía, aunque nunca la hubiera amado. Ese sentimiento de posesión era más fuerte que cualquier razonamiento. Pero, ¿se puede vivir toda una vida con alguien a quien no se quiere? Pensaba que sí, pero estaba equivocado.
Mañana se lo cuento todo, decidí al acostarme. Por la mañana, durante el desayuno, reuní fuerzas.
Lucía, siéntate, necesito hablar contigo.
Claro, dime cariño.
Imagina que nos separamos. Yo me voy, vivimos cada uno por su lado
Lucía sonrió:
¡Qué cosas tienes! ¿Estamos jugando?
Escúchame, por favor, hablo en serio.
Vale, te escucho. ¿Y después?
Contéstame sinceramente: ¿Tú encontrarías a otra persona si yo me fuera?
Pablo, ¿qué te pasa? ¿Por qué hablas de irte?
Porque no te amo y nunca te he amado.
¿Qué? Estás de broma, no entiendo nada.
Quiero marcharme, pero no puedo soportar la idea de que estés con otro.
Lucía pensó durante un momento y me respondió, tranquila:
No voy a encontrar a nadie mejor que tú, así que no te preocupes. Márchate, yo no estaré con nadie más.
¿Lo prometes?
Por supuesto me aseguró Lucía.
Pero… ¿a dónde iría yo?
¿No tienes dónde ir?
No, siempre hemos estado juntos. Quizá debería quedarme cerca de ti admití con tristeza.
No te preocupes me contestó Lucía. Cuando nos divorciemos, cambiamos el piso por dos más pequeños.
¿De verdad? No esperaba que me ayudaras así. ¿Por qué lo haces?
Porque te quiero. Y cuando quieres a alguien, no puedes retenerlo a la fuerza.
Pasaron unos meses y nos divorciamos. Poco después, descubrí que Lucía no había cumplido su promesa. Había encontrado a otro hombre y los pisos que había heredado de su abuela nunca pensó en repartirlos. Yo me quedé sin nada.
Ahora no sé cómo volver a confiar en las mujeres. No tengo respuesta.
A veces creemos que el amor o la posesión nos dan derechos sobre los demás, pero los caminos del corazón y la generosidad son complicados. La honestidad y el respeto por uno mismo y por los demás deben prevalecer siempre, porque sólo así podremos aprender de nuestras propias decisiones y aciertos.

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Nunca amé a mi esposa y se lo dije varias veces. No era culpa suya: nuestra vida era tranquila, sin reproches ni discusiones—siempre amable, atenta, admirable. Pero el amor nunca estuvo presente. Cada día pensaba en marcharme y soñaba con encontrar la pasión en otra mujer, sin imaginar cómo el destino pondría todo patas arriba. Con Sofía me sentía cómodo. Además de llevar perfectamente la casa, era radiante y hasta mis amigos me envidiaban por tener a una esposa así. Yo tampoco entendía por qué merecía su amor, si era un hombre normal y corriente. Y, aun así, ella me quería… ¿cómo era posible? Su cariño y su entrega no me dejaban en paz, y la idea de que, si yo me iba, otro ocuparía mi lugar—alguien más atractivo, más rico, más exitoso—me volvía loco. Era mía, aunque jamás la hubiera amado, y ese sentimiento de posesión superaba a la razón. Pero ¿se puede vivir toda una vida con alguien a quien no amas? Creía que sí, pero estaba equivocado. «Mañana se lo contaré todo», decidí una noche. Por la mañana, reuní valor mientras desayunábamos. —Sofía, siéntate, tenemos que hablar. —Claro, dime, cariño. —Imagínate que nos divorciamos. Cada uno por su lado… Sofía se rió: —¡Pero qué cosas tienes! ¿Jugamos a imaginar? —Escúchame, hablo en serio. —Vale, imagino. ¿Y después? —Contesta sinceramente: ¿encontrarías a otro si me voy? —Pablo, ¿qué te pasa? ¿Por qué piensas en marcharte? —Porque no te quiero, nunca te he querido. —¿Qué? ¿Hablas en serio? No entiendo nada. —Quiero irme, pero no puedo. Me atormenta pensar que estés con otro. Sofía reflexionó y me contestó pausada: —No encontraré a nadie mejor que tú, así que no te preocupes. Márchate, no estaré con nadie más. —¿Me lo prometes? —Por supuesto —me aseguró Sofía. —Pero… ¿adónde iría? —¿No tienes a dónde ir? —No, siempre hemos estado juntos. Supongo que debería quedarme cerca de ti —dije, apesadumbrado. —No te preocupes —respondió Sofía—. Tras el divorcio, vendemos el piso y compramos dos más pequeños. —¿En serio? No esperaba que me ayudaras así. ¿Por qué lo haces? —Porque te quiero. Cuando amas a alguien, no puedes retenerlo contra su voluntad. Pasaron unos meses y nos divorciamos. Poco después, descubrí que Sofía no cumplió su promesa. Encontró a otro hombre y se quedó con los pisos que heredó de su abuela, nunca pensó en compartirlos conmigo. Me quedé sin nada. ¿Ahora cómo se puede confiar en las mujeres? No lo sé. ¿Qué opinas del comportamiento de Pablo?
POR SI ACASO Vera miró con indiferencia a su compañera que lloraba, se dio la vuelta hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, Vera —escuchó decir a Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Pues porque si a ti te va bien en tu vida privada, no significa que a los demás también. Mira cómo está la chica, destrozada, y tú ni una palabra de consuelo, ni un consejo, ni compartir experiencia. Con lo bien que te va… —¿Yo? ¿Compartir mi experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadi no le gustaría. Ya lo intenté hace unos años, cuando venía al trabajo con moratones, supongo que para ver mejor el camino… Tú aún no estabas aquí. Y que no, que no era el marido quien le daba, era ella que tropezaba—malas caídas, ya sabes—y cuando él se largó, dejaron de aparecerle los moratones. Era el tercer novio que se le escapaba. Entonces intenté apoyarla, compartir mi experiencia, digamos. Y encima la mala fui yo. Luego me explicaron, compañeras también, que con Nadi no hay nada que hacer, que ella sabe más que nadie de todo esto. Resultó que yo era la mala del cuento, la que estropeó su felicidad. Por entonces hasta acudió a brujas a que le hicieran amuletos, y ahora ha cambiado brujas por psicólogos: superando traumas. No es capaz de ver que repite siempre el mismo patrón, solo cambian los nombres. Así que no, gracias, pero ni voy a compadecerla, ni a pasarle pañuelos. —Aun así, Vera, no puedes ser tan fría. A la hora de comer, todas alrededor de la misma mesa, solo se hablaba del sinvergüenza del ex de Nadi. Vera comía en silencio, luego se sirvió un café y se retiró a su rincón a despejar la cabeza mirando las redes. —Veri —se acercó Tanya, siempre tan positiva, pero hoy con la carita triste—, ¿de verdad no te da ni pizca de pena lo de Nadi? —Tanya, ¿qué esperáis de mí? —Bah, déjala —intervino Ira, de paso—, como está feliz con su Vasili, no puede entender lo que es quedarse sola con un crío y sin ayuda, ni ingresos ni nada. Hasta conseguir la pensión es una batalla… —No tenía que haber tenido el hijo, además, ni se sabe de quién y, perdonad chicas, ya a una edad… —opinó doña Tania, la mayor del equipo, a la que todas llamaban cariñosamente abuela Tania—. Vera tiene razón, cuántas veces lloró ya, aquel la volvía loca estando embarazada y antes también… Las mujeres, formando un corro en torno a la eternamente llorosa Nadi, daban sus consejos. ¿Que por qué? Pues porque la fuerte e independiente Nadi decidió transformarse. Llamó a su madre del pueblo a ayudarla con su hijo y el ingrato, y empezó a recuperarse. Flequillo nuevo, cejas perfectas, pestañas postizas, a punto estuvo de ponerse un piercing en la nariz, pero la frenamos todas juntas. Y así fue a mejor. —No te preocupes, Nadi, ya llorará él —la animaban las chicas—. Ya verá él lo que ha perdido. —No llorará —dijo Vera, como para sí, pero se la oyó—. No va a llorar, ni a arrepentirse. Y Nadi encontrará otro igual, tarde o temprano… —Claro, tú lo tienes fácil de decir, con tu Vasili tan perfecto… —No te creas, Vasili será el mejor hombre del mundo, no bebe, no pega, no va con otras, me adora. —¡Bah, todos son iguales! —Cuidado, Vera, que igual te lo birlamos. —No, no lo creo, no irá con vosotras. —Yo no estaría tan segura… —Pues estate. Con unas copas de más ya todas discutían como fieras. —¿Nos vamos a tu casa, a ver si Vasili aguanta la tentación? ¡No te atreverás a invitarnos, temiendo que cualquiera de nosotras te lo quite! —Vamos, venga. —¡Pues todas a casa de Vera, a conquistar a Vasili! ¿Abuela Tania, vienes? —No, chicas, que tengo a mi Mijaíl esperándome. Vosotras id a divertiros —sonrió. En tropel llegaron a casa de Vera, risas y nervios en la cocina. —Vamos chicas, preparamos algo rápido, que Vasili no está ahora pero cuando llegue le ponemos la mesa. —No os esforcéis, que come poco y es muy especialito, pero sí, ya viene de camino. Pasado el furor, fueron desfilando de vuelta a sus casas, quedaron solo Nadi, Olga y Tania. Tomaban té charlando, incómodas ante la llegada del misterioso Vasili. Decidieron irse ya… Cuando de repente se oyó la puerta. —¡Vasili, Vasílichu, mi vida! —canturreó Vera desde el recibidor. Las mujeres se sintieron fuera de lugar, cuando entra un chico guapísimo, muy joven. Ah, claro, el marido de Vera es mucho más joven… —Chicas, os presento a mi Denis. ¿Denis? ¿Pero no era Vasili? ¿Quién es Denis? —Mi hijo, Denis. ¿Y Vasili, hijo? ¿Le has dado la medicina? —Sí, mamá, ya sólo necesita reposar, en dos días vuelve a correr. Lo importante es no dejarle lamer la herida… Las mujeres se sonrojaron… —Bueno… nos vamos… —Un momento, ¡no habéis conocido a Vasili! Está recién operado, Denis y mi nuera lo llevaron al veterinario, que andaba marcando las cortinas, el sinvergüenza… Venid a verle. Mira, aquí está mi Vasili, durmiendo, el pobrecillo. Para ahogar la risa, salieron todas pitando de la habitación. —¡Vera, pero si es un gato! —¿Y qué esperabais? ¿Quién dijo otra cosa? —¿Pero el marido…? —Nada, marido no tengo. Vosotras solas os montasteis la película, sólo dije una vez que mi hombre Vasili es maravilloso, y no os dejasteis aclarar nada, os lo inventasteis todo. Me casé jovencísima, la primera historia de amor tal y cual, dejé los estudios, nació Denis. Tres años aguanté, lo dejamos, mis padres me ayudaron un montón. Me casé por segunda vez rozando los treinta. El típico plan: hijos, la parejita, Denis que se vaya a la mili o con mi madre… Se fue el marido y su madre echándome la culpa, menuda gracia, ella que es madrastra también. Viví sola con Denis mucho tiempo y ya la tercera vez, fui mucho más precavida; en el noviazgo me dejó un ojo a morado de celos, según él de mucho amor. Denis hacía artes marciales desde los seis años, a menudo entrenábamos juntos en casa, así que algo aprendí y le contesté al “Otelo” ese. Después de eso, me dije: ¡Basta! Denis se casó y yo me aburría, así que adopté a Vasili, mi gato, y así estamos, felices. Tengo con quién ir al cine, viajar, nadie debe nada a nadie. A veces le hago buena cena y viene encantado, nadie da la lata ni pide cuentas. Denis al principio no lo entendía, me preguntaba por qué no vivíamos juntos. ¿Para qué? Somos adultos, cada uno con su vida y sus manías. Si de jóvenes juntos, pues de cine, como mi hermano y su mujer, treinta años y piensan igual; pero a mí no me salió así, ¿voy a fingir sólo para decir que estoy casada? Qué va… Vasili y yo estamos bien así. ¿A que sí, cariño? Despierta, que ya te avisé: sigues gruñendo y marcando, y te vas a quedar sin colgajo. Se fueron a casa pensativas, sobre todo Nadi. Pero Nadi no pudo hacer como Vera. Al mes ya iba proclamando nuevo novio y presumiendo de flores en el trabajo. Vera y abuela Tania se sonreían discretamente. —¿Qué tal tu Mijaíl, Tania? ¿Cómo la pata? —Bien, Verita, la otra noche se pinchó en la calle pero ya curó, gracias a Dios, como un perro… Vinieron los nietos diciendo que lo lleve a exposición, ¡no voy a torturar al pobre animal!, estamos bien sin más premios… Vaya, parece que a Nadi le va bien otra vez. —Sí, Tania, hay quien adopta animales y quien… parejas. —Ya ves, cada loco con su tema. ¿Y si esta vez tiene suerte? —Ojalá… —¿De qué cuchicheáis? —De ti, Nadi, a ver si esta vez te va bien. —Chicas, ya sé cómo parece, pero no puedo estar sola, de verdad… —Cada una con su vida, deja de justificarte… —Verita —le dijo Nadi a Vera, mientras salía hacia el parking—. Si acaso… ¿me aconsejarías sobre gatos? ¿Mejor gato o gata? —Anda, tira, que te esperan… Ya lo hablaremos… —rió Vera. —Era solo… por si acaso…