Pavlik dudaba si realmente necesitaba una familia o un hijo. Nina se enfadó y al mes quedó embarazada. De Pavlik, de piel blanca y pelo rojizo, nació una niña morena, muy parecida a una georgiana. —¡Madre mía, ¿dónde encontraste a un georgiano en Madrid?! —susurraba su madre mientras arropaba a la pequeña. —Fui expresamente a Batumi —respondió Nina con sarcasmo. —¿No podías quedarte con uno de los nuestros? —suspiraba la mujer. Pavlik aceptó a la niña y, al año, pensó que quizá en unos años podría pedirle matrimonio a Nina, pero de repente llegó Timur desde Batumi. Los amigos le susurraron que había nacido una hija. Timur rompió la puerta, Nina en veinte minutos hizo la maleta, cogió a la niña y se fue a Batumi. Ahora vive en una casa grande, la veranda cubierta de parras, y por las mañanas le gusta tomar té mirando al mar. Vika cumplió 47 el año pasado. Dos hijos adultos, un montón de romances fallidos y ninguna propuesta valiosa. Vika hacía dieta, asistía a cursos de geisha, tejía bufandas bonitas y horneaba tartas. No sirvió de nada. “Ningún desgraciado te mira. ¡Como si estuvieras maldita!” —se indignaba su amiga. Vika decidió que ya tenía suficiente felicidad en su vida —sus hijos— y dejó de esperar. En primavera, cuando Madrid quedó sepultado bajo la nieve, volvía del cumpleaños de una amiga. En el cruce había dos hombres. Uno de ellos la miró. Le gustó la figura de Vika. Noche, calle, farol y, en vez de una farmacia, una mujer que podía desaparecer en cualquier momento. Él corrió tras ella. La detuvo. Le dijo: “Te vi y supe que eres mía. ¡Aunque estés casada, te robo!” —sonrió. Y si no fuera por el coñac del festejo, ella lo habría mandado lejos. Pero esa noche a Vika no le importaron las normas, así que le creyó y se rió. Santi la acompañó a casa. Ya llevan un año juntos. A Valeria no le iba bien con el dinero. Decidió cambiar de trabajo. Visitó todas las agencias, fue a entrevistas tres veces por semana, envió currículums, visualizaba el nuevo puesto, escribía afirmaciones y pedía al Universo. En vano. El Universo tenía cosas más importantes que el dinero de Valeria. Se enfadó y gritó al cielo: “¡Pues mira, me da igual! ¡A mí todo me va a salir genial!” Una semana después, resbaló en la calle por el hielo, chocó con una mujer, la ayudó a levantarse y se disculpó. Resultó que iban en la misma dirección. Mientras caminaban despacio, empezaron a hablar. Dos días después, Valeria presentó la solicitud y empezó a trabajar en la empresa de enfrente. El dinero empezó a fluir —)). Valeria cruzaba discretamente la puerta de la oficina y miraba al cielo por la ventana: “Oye, gracias. No lo esperaba”. Cuando dejas de preocuparte, sueltas la situación, no te adaptas a nadie, ignoras supersticiones y señales, es cuando todo sale bien —)). Es como tener un hijo. Mientras lo planeas y cuentas los días, no pasa nada. Cuando te distraes y lo dejas estar, ups — dos rayitas —)). Por eso, el milagro es algo sencillo. Cotidiano. Puede esperarte en un cruce o irrumpir por la puerta. Simplemente sabes que no puede ser de otra manera —).

Durante largas jornadas, Pablo se sumergía en pensamientos brumosos sobre la posibilidad de engendrar una hija. Nina, harta de sus titubeos, quedó embarazada casi de inmediato, como si el destino tejiera sus redes en secreto. Al llegar la niña, su tez oliva y cabello negro contrastaban con la piel clara y la melena rojiza de Pablo; los rumores decían que parecía nacida en Cádiz.
Madre mía, ¿cómo has traído a una gaditana al corazón de Madrid? susurraba la madre de Pablo, envolviendo a la pequeña con manos temblorosas.
Me escapé a Jerez a propósito replicaba Nina, entre sarcasmo y misterio.
¿No podías haberte quedado con uno de los nuestros? suspiraba la mujer, como si hablara a la nada.
Pablo aceptó a la niña, y tras un año, pensó que quizá algún día pediría la mano de Nina. Pero entonces, como si el sueño cambiara de decorado, apareció Timoteo desde Jerez. Los amigos murmuraban que él también tenía una hija. Timoteo irrumpió como un vendaval, Nina en veinte minutos hizo la maleta, tomó a la niña y partió rumbo a Andalucía. Ahora vive en una casa espaciosa, con una parra trepando la terraza, y por las mañanas saborea té contemplando el Atlántico.

A Violeta, el año anterior le cayeron cuarenta y siete. Dos hijos ya adultos, amores evaporados y ni una propuesta decente. Violeta se puso a dieta, se apuntó a clases de sevillanas, tejía bufandas de colores imposibles y horneaba bizcochos. Nada funcionaba.
Nadie te mira, como si te hubieran echado un mal de ojo se lamentaba su amiga.
Violeta decidió que la felicidad de sus hijos era suficiente y dejó de esperar milagros.
Una noche de primavera, cuando Salamanca se cubría de nieve insólita, volvía del cumpleaños de una amiga. En una esquina se cruzó con dos hombres; uno de ellos se detuvo a observarla. Le atrajo la silueta de Violeta. Noche, calle, farola, y en vez de una farmacia, una mujer que podía desvanecerse en cualquier instante. Él salió tras ella, la alcanzó y le soltó:
Te he visto y he pensado: eres mía. Aunque tengas marido, te secuestro sonrió, con lógica de sueño.
Si no fuera por el Rioja de la fiesta, lo habría despachado. Pero esa noche a Violeta le dio igual todo, se rió y le creyó. Alejandro la acompañó a casa. Ya llevan un año juntos, como si el tiempo flotara.

A Valeria nunca le cuadraban los números. Decidió reinventarse. Visitó todas las agencias, acudía a entrevistas tres veces por semana, enviaba currículums, imaginaba el puesto perfecto, escribía decretos y lanzaba deseos al universo. Nada. El universo tenía otros asuntos más urgentes que sus cuentas.
Se enfadó y gritó al cielo:
¡Pues mira, me da igual! ¡A mí me va a ir de maravilla!
Una semana después, con la acera resbaladiza, tropezó y chocó con una mujer. La ayudó a levantarse, se disculpó, y descubrieron que iban en la misma dirección. Mientras caminaban despacio, comenzaron a conversar. Dos días después, Valeria firmó el contrato y empezó a trabajar en la empresa de enfrente. El dinero empezó a fluir como el Tajo.
Valeria, sin testigos, hizo la señal de la cruz en la puerta de su despacho y miró al cielo:
Oye, gracias. No me lo esperaba.
Cuando dejas de apretar, sueltas el timón, no te amoldas a nadie, y olvidas supersticiones, es cuando todo se acomoda. Es como tener un hijo: mientras lo planeas y cuentas los días, nada ocurre. Cuando te olvidas y te relajas, ¡zas! Dos rayas.
Por eso, los milagros son cosas sencillas, cotidianas. Pueden aguardarte en una encrucijada o irrumpir en tu salón. Simplemente sabes que no podía ser de otra manera.

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Pavlik dudaba si realmente necesitaba una familia o un hijo. Nina se enfadó y al mes quedó embarazada. De Pavlik, de piel blanca y pelo rojizo, nació una niña morena, muy parecida a una georgiana. —¡Madre mía, ¿dónde encontraste a un georgiano en Madrid?! —susurraba su madre mientras arropaba a la pequeña. —Fui expresamente a Batumi —respondió Nina con sarcasmo. —¿No podías quedarte con uno de los nuestros? —suspiraba la mujer. Pavlik aceptó a la niña y, al año, pensó que quizá en unos años podría pedirle matrimonio a Nina, pero de repente llegó Timur desde Batumi. Los amigos le susurraron que había nacido una hija. Timur rompió la puerta, Nina en veinte minutos hizo la maleta, cogió a la niña y se fue a Batumi. Ahora vive en una casa grande, la veranda cubierta de parras, y por las mañanas le gusta tomar té mirando al mar. Vika cumplió 47 el año pasado. Dos hijos adultos, un montón de romances fallidos y ninguna propuesta valiosa. Vika hacía dieta, asistía a cursos de geisha, tejía bufandas bonitas y horneaba tartas. No sirvió de nada. “Ningún desgraciado te mira. ¡Como si estuvieras maldita!” —se indignaba su amiga. Vika decidió que ya tenía suficiente felicidad en su vida —sus hijos— y dejó de esperar. En primavera, cuando Madrid quedó sepultado bajo la nieve, volvía del cumpleaños de una amiga. En el cruce había dos hombres. Uno de ellos la miró. Le gustó la figura de Vika. Noche, calle, farol y, en vez de una farmacia, una mujer que podía desaparecer en cualquier momento. Él corrió tras ella. La detuvo. Le dijo: “Te vi y supe que eres mía. ¡Aunque estés casada, te robo!” —sonrió. Y si no fuera por el coñac del festejo, ella lo habría mandado lejos. Pero esa noche a Vika no le importaron las normas, así que le creyó y se rió. Santi la acompañó a casa. Ya llevan un año juntos. A Valeria no le iba bien con el dinero. Decidió cambiar de trabajo. Visitó todas las agencias, fue a entrevistas tres veces por semana, envió currículums, visualizaba el nuevo puesto, escribía afirmaciones y pedía al Universo. En vano. El Universo tenía cosas más importantes que el dinero de Valeria. Se enfadó y gritó al cielo: “¡Pues mira, me da igual! ¡A mí todo me va a salir genial!” Una semana después, resbaló en la calle por el hielo, chocó con una mujer, la ayudó a levantarse y se disculpó. Resultó que iban en la misma dirección. Mientras caminaban despacio, empezaron a hablar. Dos días después, Valeria presentó la solicitud y empezó a trabajar en la empresa de enfrente. El dinero empezó a fluir —)). Valeria cruzaba discretamente la puerta de la oficina y miraba al cielo por la ventana: “Oye, gracias. No lo esperaba”. Cuando dejas de preocuparte, sueltas la situación, no te adaptas a nadie, ignoras supersticiones y señales, es cuando todo sale bien —)). Es como tener un hijo. Mientras lo planeas y cuentas los días, no pasa nada. Cuando te distraes y lo dejas estar, ups — dos rayitas —)). Por eso, el milagro es algo sencillo. Cotidiano. Puede esperarte en un cruce o irrumpir por la puerta. Simplemente sabes que no puede ser de otra manera —).
Natasha no podía creer lo que estaba viviendo. Su marido, el hombre al que consideraba su apoyo y su roca, le dijo hoy: “Ya no te amo”.