Durante largas jornadas, Pablo se sumergía en pensamientos brumosos sobre la posibilidad de engendrar una hija. Nina, harta de sus titubeos, quedó embarazada casi de inmediato, como si el destino tejiera sus redes en secreto. Al llegar la niña, su tez oliva y cabello negro contrastaban con la piel clara y la melena rojiza de Pablo; los rumores decían que parecía nacida en Cádiz.
Madre mía, ¿cómo has traído a una gaditana al corazón de Madrid? susurraba la madre de Pablo, envolviendo a la pequeña con manos temblorosas.
Me escapé a Jerez a propósito replicaba Nina, entre sarcasmo y misterio.
¿No podías haberte quedado con uno de los nuestros? suspiraba la mujer, como si hablara a la nada.
Pablo aceptó a la niña, y tras un año, pensó que quizá algún día pediría la mano de Nina. Pero entonces, como si el sueño cambiara de decorado, apareció Timoteo desde Jerez. Los amigos murmuraban que él también tenía una hija. Timoteo irrumpió como un vendaval, Nina en veinte minutos hizo la maleta, tomó a la niña y partió rumbo a Andalucía. Ahora vive en una casa espaciosa, con una parra trepando la terraza, y por las mañanas saborea té contemplando el Atlántico.
A Violeta, el año anterior le cayeron cuarenta y siete. Dos hijos ya adultos, amores evaporados y ni una propuesta decente. Violeta se puso a dieta, se apuntó a clases de sevillanas, tejía bufandas de colores imposibles y horneaba bizcochos. Nada funcionaba.
Nadie te mira, como si te hubieran echado un mal de ojo se lamentaba su amiga.
Violeta decidió que la felicidad de sus hijos era suficiente y dejó de esperar milagros.
Una noche de primavera, cuando Salamanca se cubría de nieve insólita, volvía del cumpleaños de una amiga. En una esquina se cruzó con dos hombres; uno de ellos se detuvo a observarla. Le atrajo la silueta de Violeta. Noche, calle, farola, y en vez de una farmacia, una mujer que podía desvanecerse en cualquier instante. Él salió tras ella, la alcanzó y le soltó:
Te he visto y he pensado: eres mía. Aunque tengas marido, te secuestro sonrió, con lógica de sueño.
Si no fuera por el Rioja de la fiesta, lo habría despachado. Pero esa noche a Violeta le dio igual todo, se rió y le creyó. Alejandro la acompañó a casa. Ya llevan un año juntos, como si el tiempo flotara.
A Valeria nunca le cuadraban los números. Decidió reinventarse. Visitó todas las agencias, acudía a entrevistas tres veces por semana, enviaba currículums, imaginaba el puesto perfecto, escribía decretos y lanzaba deseos al universo. Nada. El universo tenía otros asuntos más urgentes que sus cuentas.
Se enfadó y gritó al cielo:
¡Pues mira, me da igual! ¡A mí me va a ir de maravilla!
Una semana después, con la acera resbaladiza, tropezó y chocó con una mujer. La ayudó a levantarse, se disculpó, y descubrieron que iban en la misma dirección. Mientras caminaban despacio, comenzaron a conversar. Dos días después, Valeria firmó el contrato y empezó a trabajar en la empresa de enfrente. El dinero empezó a fluir como el Tajo.
Valeria, sin testigos, hizo la señal de la cruz en la puerta de su despacho y miró al cielo:
Oye, gracias. No me lo esperaba.
Cuando dejas de apretar, sueltas el timón, no te amoldas a nadie, y olvidas supersticiones, es cuando todo se acomoda. Es como tener un hijo: mientras lo planeas y cuentas los días, nada ocurre. Cuando te olvidas y te relajas, ¡zas! Dos rayas.
Por eso, los milagros son cosas sencillas, cotidianas. Pueden aguardarte en una encrucijada o irrumpir en tu salón. Simplemente sabes que no podía ser de otra manera.







