Escucha, déjame narrarte el giro inesperado que vivió Marisol en su cuarenta y cinco aniversario. Julián, su esposo, junto a sus hijos, le obsequiaron una estancia en un balneario, y de pronto, la realidad se distorsionó, como si el tiempo se espesara y el mundo se tambaleara bajo sus pies. Las palabras aguas termales, balneario y tratamientos la arrastraron a recuerdos intensos de su adolescencia, como si la memoria se perdiera en un laberinto de espejos deformados.
Aunque su rostro muestra alegría y gratitud, ese regalo tan selecto le sabe a bofetada en la cara perfectamente maquillada; sonríe y parece emocionada, pero las lágrimas que se escapan son de inquietud y ansiedad: el reloj avanza, los hijos crecen, y la juventud se disuelve como sal en el Cantábrico. ¿Quién dictaminó que a los cuarenta y cinco una mujer es fruta madura? Marisol hace tiempo que no se siente melocotón, pero tampoco cree estar convertida en ciruela seca; sin embargo, el viaje le hace preguntarse: ¿Y si ya soy ciruela?
En la oficina, los primos y los amigos, tras varios tintos de verano, se lanzan a cantar para los músicos y bailan con tanta fuerza que Marisol teme que las baldosas del restaurante en Salamanca se resquebrajen. La celebración es un vendaval, y aunque ella finge serenidad, los tacones de doce centímetros y los zapatos de salón le recuerdan a cada paso su edad respetable, mientras la faja reductora, que su hija compró en una boutique de Madrid, le aprieta los costados como si fuera un pulpo. Ahí tienes las primeras señales, mujer, le retumba en la cabeza.
Lo que más ansía es llegar a casa, arrojar esa herramienta de tortura al altillo y calzarse sus zapatillas blandas. Quitarse la faja, ponerse el camisón que Julián llama el paracaídas y hundirse en la cama. Pero hay que mantener el tipo, al menos hasta que saquen la tarta…
Toda la semana se ha estado preparando para el gran día:
Lunesmanicura y pedicura,
Martescejas y pestañas postizas,
Miércolesdepilación total, hasta la zona más íntima,
Jueves y viernesrecuperación de la depilación, sobre todo la más delicada,
Sábadopeinado y maquillaje.
Pero los invitados no se marchan, aunque la tarta ya está cortada y repartida en cajitas por si alguien no la termina; la alegría sigue flotando. Marisol desea la tarta con una fuerza casi dolorosa, pero se contiene, invocando toda la voluntad para no caer. Lleva tres semanas a dieta, siguiendo los consejos de una entrenadora famosa, a base de pechuga de pollo y arroz integral. Todo ese esfuerzo para entrar en el vestido espectacular de Adolfo Domínguez que su amiga le trajo como reto. El pollo y el arroz, insípidos, ya se le aparecen en sueños. Pronto cacarearé o pondré huevos, bromea con los suyos. Pero lo consigue: en su fiesta parece una reina.
Cerca de medianoche, los invitados se despiden, guardando trozos de tarta en los bolsillos de sus americanas y clutch brillantes, agradeciendo y abrazando a Marisol con tanto entusiasmo que el vestido amenaza con romperse. La cumpleañera parte hacia el balneario, convencida de que nada bueno le espera allí. Pero el sitio resulta ser bastante exclusivo, casi de lujo. Lo único incómodo es que está pensado para mayores de cincuenta, con dolores de espalda crónicos. El trabajo sedentario como contable le ha dejado secuelas, y Marisol sufre de lumbalgia, así que no puede quejarse de estar rodeada de otros con achaques parecidos.
La alojan con una señora llamada Carmen, que pasa de los setenta. ¿Qué intereses podríamos compartir?, piensa Marisol. Todo en Carmen le irrita: sus pasos diminutos, el perfume de lavanda que se echa cada mañana, los leggings verde fosforito y la dentadura postiza que deja en un vaso sobre la mesilla. Ni la belleza del entorno, ni el aire puro, ni el servicio europeo de primera consiguen calmarla. Camina como un perro rabioso, pero sus pulgas son pensamientos amargos sobre la crisis de la mediana edad. Esto debe ser la vejez, solloza en la almohada ortopédica rellena de cáscara de trigo sarraceno.
A los pocos días, el médico le receta sesiones diarias en la piscina de géiseres, y ella, despistada y sintiéndose mayor, ha olvidado el bañador en casa. No queda otra: ¡hay que ir de compras! Pero entre los mil puestos de recuerdos con gaitas talladas, hachas gallegas, abrigos de lana y quesos de cabra, no encuentra bañador. Decepcionada y molesta, entra en el supermercado local para consolarse con un KitKat y un café con leche en vaso de cartón gigante (total, el vestido de Domínguez ya se ha roto por la espalda al intentar quitárselo tras la fiesta). En la sección donde venden calcetines de Albacete, camisetas desechables y sombreros de paja horrendos, cuelga un bañador negro, cerrado, clásico entre el caos. La talla es la suya, aunque lo enrolla rápido para que nadie vea los dos equis antes de la L camino a la caja.
La cajera, una chica menuda, probablemente menor de veinte, sonríe amablemente al cobrar. En lo más profundo, Marisol siente una punzada de envidia por el rostro fresco, la cintura fina y el pelo brillante de la joven. Si quiere, tenemos probador. Le acompaño, así se asegura de que le queda bien ofrece. Marisol cree que la chica se burla de su edad y su figura, y está a punto de contestar con brusquedad. ¿Qué sabrá ella? ¡Si me hubiera visto hace veinte años! Marisol lucía bañadores que hacían perder la cabeza a los hombres en la playa. Tenía una figura y una piel que harían temblar las pasarelas del mundo. Pero ahora…
De pronto, un claxon interrumpe sus pensamientos. Marisol se gira y ve a Carmen, la compañera de habitación, con unos patines en la mano y un patinete rosa con claxon junto a ella. Marisol se aparta, dejando pasar a la anciana. ¿Regalos para los nietos? pregunta la cajera. No, ¡voy a aprender yo, entre tratamiento y tratamiento! guiña Carmen con picardía.
Dos semanas después, Marisol vuelve a casa transformada. Nada más llegar a la estación, le dice a Julián que tienen que ir a la tienda de deportes por bicicletas, patinar el fin de semana y apuntarse a clases de hip-hop. En casa, tira el camisón-paracaídas a la basura y busca los zapatos de tacón de doce centímetros en el altillo. Al ver la mirada perpleja de Julián, lo abraza fuerte y le susurra al oído: ¿Y qué? ¡Acabamos de empezar a vivir! Nos queda mucho para esa crisis, como los cerdos para alcanzar el cielo.
Las palabras flotan como burbujas en la cabeza de Marisol, y la estación de tren se desvanece en una niebla de colores imposibles. El aire huele a churros recién hechos y a mar, aunque estén a cientos de kilómetros de la costa. Julián la mira como si acabara de regresar de un viaje a la luna, y ella siente que sus pies no tocan el suelo, que camina sobre baldosas de pan de oro.
En el taxi, los edificios de Madrid se doblan y estiran como plastilina, y los semáforos parpadean en ritmos desconocidos. Marisol piensa que los años son como pesetas que alguien lanza al aire y caen en charcos de vino tinto. Julián tararea una copla, y ella se ríe, pero su risa sale en forma de mariposas azules que revolotean por el techo del coche.
Al llegar a casa, la luz de la lámpara parece derretirse sobre los muebles, y los cuadros en las paredes susurran refranes antiguos. Marisol abre el armario y los zapatos de tacón saltan a sus manos, como si tuvieran vida propia. El camisón-paracaídas se despide de ella con un suspiro, y al caer en el cubo de basura, se transforma en una nube de confeti dorado.
Esa noche, mientras la ciudad duerme, Marisol baila sola en el salón, girando como una peonza sobre el suelo de madera, y cada paso deja huellas de luz. Los relojes se paran y arrancan de nuevo, y el tiempo se dobla como una servilleta de papel. Julián la observa desde el sofá, con los ojos llenos de asombro, y en su mirada Marisol ve reflejados todos los veranos de su infancia en Salamanca, los paseos por la Plaza Mayor, los helados de limón y los juegos de la feria.
De repente, la casa se llena de música, una mezcla de flamenco y jazz, y los muebles empiezan a moverse al compás. Marisol se siente ligera, como si flotara en una piscina de agua tibia, y piensa que la vida es un sueño dentro de otro sueño, donde las crisis se convierten en fiestas y los miedos en carcajadas. Julián se levanta y la abraza, y juntos giran bajo la lámpara, mientras afuera la luna se refleja en los tejados como una peseta de oro antiguo.
En ese instante, Marisol comprende que la juventud no es una estación, sino un tren que nunca deja de pasar, y que cada parada es una oportunidad para volver a empezar, aunque el billete esté escrito con tinta invisible.






