Crisis de la mediana edad. Cuando a Gala, en su 45º cumpleaños, su marido y sus hijos le regalaron una estancia en un balneario, su mundo se puso patas arriba y la vida pareció detenerse… Las palabras “balneario”, “aguas termales” y “tratamientos” le provocaban una nostalgia profunda por sus años jóvenes. Por supuesto, no dejó ver que aquel “lujoso” regalo era como una bofetada en su mejilla perfectamente maquillada. Agradeció sinceramente, sonrió y hasta se emocionó hasta las lágrimas. Pero nadie en la cafetería sabía que esas lágrimas eran de desesperación, decepción y ansiedad: el reloj avanza, los hijos crecen y nosotros no rejuvenecemos… ¿Dónde se han ido esos años y quién fue el alma caritativa que inventó eso de que a los 45 la mujer es una fruta madura… ¡vaya ocurrencia! Gala hacía tiempo que no se sentía un melocotón, pero tampoco creía haber llegado a ser un orejón, así que ese viaje la hizo preguntarse: “¿será que ya soy un orejón?” Compañeros de trabajo, compadres y amigos, bien animados, cantaban con la orquesta. ¡Bailes hasta caer rendidos! Bailaban tanto que Gala temía por la integridad de las baldosas de cerámica del elegante salón. ¡A disfrutar sin límites! Y aunque la homenajeada intentaba mantener el tipo, aparentar despreocupación y alegría, los tacones de 12 centímetros de sus zapatos de salón no le permitían olvidar ni un segundo su “respetable” edad, y la faja reductora que su hija le trajo de una boutique madrileña, que parecía apretar todos sus órganos vitales, le molestaba sin piedad. “¡Estos son los primeros avisos, madre!”, no podía sacárselo de la cabeza. Su mayor deseo en ese momento era llegar a casa, tirar ese “instrumento de tortura” a lo alto del armario y calzarse sus suaves zapatillas. Quitarse la faja, ponerse el camisón que su marido llamaba “el paracaídas” y meterse en la cama. Pero había que mantener el tipo, al menos hasta que sirvieran la tarta… No en vano llevaba toda la semana preparándose para el gran día. Lunes—manicura y pedicura, martes—cejas y extensiones de pestañas, miércoles—depilación total, incluso en la zona íntima, jueves y viernes—recuperándose de la depilación, especialmente la íntima, y el sábado (el día de la fiesta)—peinado y maquillaje. Pero los invitados no pensaban irse, aunque la tarta ya estaba cortada y repartida en paquetitos por si alguien no podía terminarla, ¡seguían y seguían la fiesta! Gala deseaba la tarta con todas sus fuerzas, pero se contenía y pedía, mentalmente, fuerza y voluntad para no caer en la tentación. Llevaba tres semanas a dieta, siguiendo los consejos de una famosa entrenadora fitness, a base de pechuga de pollo y arroz integral. Todo ese sacrificio era para entrar en el vestido de lujo de Andrés Sardá (que su amiga le trajo con antelación para motivarla). El pollo y el arroz (sin sal, por cierto) ya le aparecían hasta en sueños. “¡O empiezo a cacarear o a poner huevos!”, se quejaba a los suyos. Pero logró su objetivo: en su cumpleaños lucía como una reina. Cerca de la medianoche, todos empezaron a marcharse, guardando en los bolsillos de sus americanas y en los clutch brillantes los paquetitos con trozos de tarta y agradeciendo, abrazando y besando a la anfitriona con tanto entusiasmo que el vestido casi se rompía por las costuras. La homenajeada se fue a descansar, ya predispuesta negativamente, porque ¿qué de bueno puede haber en un balneario? Pero el lugar resultó ser bastante bueno, incluso se podría decir que VIP. Lo único que le molestaba era que estaba pensado para mayores de 50, con problemas crónicos de espalda. El trabajo sedentario en la oficina había hecho mella y Gala solía quejarse de fuertes dolores lumbares, así que no podía quejarse de estar rodeada de gente mayor con dolencias similares. La alojaron en una habitación con una abuela muy mayor, de más de setenta años. “Dios mío, ¿qué intereses puedo tener en común con ella?” Todo en esa anciana le irritaba: sus pasitos diminutos, el intenso aroma de agua de colonia de lavanda que se echaba generosamente cada mañana, sus mallas verde fosforito y la dentadura postiza que dejaba en un vaso de agua en la mesilla. Ni la belleza del entorno, el aire puro ni el servicio europeo de alto nivel lograban calmar a Gala. Andaba enfadada como un perro pulgoso, pero sus “pulgas” eran sus amargas reflexiones sobre la crisis de la mediana edad. “¡Esto debe de ser la vejez!”, sollozaba en su nueva almohada ortopédica rellena de cáscara de trigo sarraceno. A los pocos días, la cosa empeoró, porque el médico le recetó sesiones diarias en la piscina de géiseres y ella, despistada y envejecida, ¡se había olvidado el bañador en casa! No había más remedio—¡toca ir de compras! Bueno, “compras” era mucho decir, porque entre mil puestos de souvenirs con gaitas talladas, hachas vascas, abrigos de piel de oveja y queso de cabra, no encontró bañador alguno. Pero cuando, ya desesperada y molesta, entró en el supermercado local para consolarse con un Snickers y un café latte en el vaso más grande (total, el vestido de Andrés Sardá ya se había roto por la espalda al intentar quitárselo la noche del cumpleaños), se llevó una sorpresa. En la sección donde normalmente habría calcetines de algodón, camisetas desechables y sombreros de paja horribles, colgaba un bañador bastante decente para la ocasión y el lugar. Negro, cerrado—todo un clásico entre tanto mal gusto. La talla también era la suya, aunque lo enrolló rápidamente para que nadie viera los dos equis antes de la ansiada L. La cajera, una joven delicada que no llegaba a los veinte, le sonrió amablemente al pasar el artículo. En lo más profundo, Gala sintió una punzada de envidia por el rostro fresco y sin maquillaje, la cintura fina y el pelo brillante de la chica. —Si quiere, tenemos probador. Le acompaño. Así estará segura de que le queda bien—le ofreció. A Gala le pareció que la chica se burlaba de su peso y edad. Quiso contestarle con brusquedad. “¿Qué sabrá ella? ¡Si me hubiera visto hace 20 años! Gala llevaba bañadores que hacían perder la cabeza a todos los hombres en la playa. ¡Tenía una figura y una piel que harían caer a sus pies a las pasarelas del mundo! Pero ella…” De repente, el sonido de un claxon interrumpió sus pensamientos. Gala, sorprendida, se giró y vio a su compañera de habitación. La abuela sostenía unos patines y al lado había un patinete rosa con claxon. Gala, avergonzada, se apartó para dejar pasar a la anciana. —¿Son regalos para los nietos?—preguntó la dependienta. —No, ¡voy a aprender yo, entre tratamiento y tratamiento!—le guiñó la abuela, como una niña. Dos semanas después, Gala volvió a casa siendo otra persona. Nada más llegar a la estación, le dijo a su marido que tenían que ir a la tienda de deportes a por bicicletas, el fin de semana ir a la pista de hielo y apuntarse a clases de hip-hop. En casa, tiró el “paracaídas” a la basura y buscó sus zapatos de tacón de 12 centímetros en el altillo. Al ver la mirada sorprendida y desconcertada de su marido, lo abrazó fuerte y le susurró al oído: “¿Y qué? ¡Si apenas estamos empezando a vivir! ¡Nos queda mucho para esa crisis, como los cerdos para llegar al cielo!”

Escucha, déjame narrarte el giro inesperado que vivió Marisol en su cuarenta y cinco aniversario. Julián, su esposo, junto a sus hijos, le obsequiaron una estancia en un balneario, y de pronto, la realidad se distorsionó, como si el tiempo se espesara y el mundo se tambaleara bajo sus pies. Las palabras aguas termales, balneario y tratamientos la arrastraron a recuerdos intensos de su adolescencia, como si la memoria se perdiera en un laberinto de espejos deformados.

Aunque su rostro muestra alegría y gratitud, ese regalo tan selecto le sabe a bofetada en la cara perfectamente maquillada; sonríe y parece emocionada, pero las lágrimas que se escapan son de inquietud y ansiedad: el reloj avanza, los hijos crecen, y la juventud se disuelve como sal en el Cantábrico. ¿Quién dictaminó que a los cuarenta y cinco una mujer es fruta madura? Marisol hace tiempo que no se siente melocotón, pero tampoco cree estar convertida en ciruela seca; sin embargo, el viaje le hace preguntarse: ¿Y si ya soy ciruela?

En la oficina, los primos y los amigos, tras varios tintos de verano, se lanzan a cantar para los músicos y bailan con tanta fuerza que Marisol teme que las baldosas del restaurante en Salamanca se resquebrajen. La celebración es un vendaval, y aunque ella finge serenidad, los tacones de doce centímetros y los zapatos de salón le recuerdan a cada paso su edad respetable, mientras la faja reductora, que su hija compró en una boutique de Madrid, le aprieta los costados como si fuera un pulpo. Ahí tienes las primeras señales, mujer, le retumba en la cabeza.

Lo que más ansía es llegar a casa, arrojar esa herramienta de tortura al altillo y calzarse sus zapatillas blandas. Quitarse la faja, ponerse el camisón que Julián llama el paracaídas y hundirse en la cama. Pero hay que mantener el tipo, al menos hasta que saquen la tarta…

Toda la semana se ha estado preparando para el gran día:
Lunesmanicura y pedicura,
Martescejas y pestañas postizas,
Miércolesdepilación total, hasta la zona más íntima,
Jueves y viernesrecuperación de la depilación, sobre todo la más delicada,
Sábadopeinado y maquillaje.

Pero los invitados no se marchan, aunque la tarta ya está cortada y repartida en cajitas por si alguien no la termina; la alegría sigue flotando. Marisol desea la tarta con una fuerza casi dolorosa, pero se contiene, invocando toda la voluntad para no caer. Lleva tres semanas a dieta, siguiendo los consejos de una entrenadora famosa, a base de pechuga de pollo y arroz integral. Todo ese esfuerzo para entrar en el vestido espectacular de Adolfo Domínguez que su amiga le trajo como reto. El pollo y el arroz, insípidos, ya se le aparecen en sueños. Pronto cacarearé o pondré huevos, bromea con los suyos. Pero lo consigue: en su fiesta parece una reina.

Cerca de medianoche, los invitados se despiden, guardando trozos de tarta en los bolsillos de sus americanas y clutch brillantes, agradeciendo y abrazando a Marisol con tanto entusiasmo que el vestido amenaza con romperse. La cumpleañera parte hacia el balneario, convencida de que nada bueno le espera allí. Pero el sitio resulta ser bastante exclusivo, casi de lujo. Lo único incómodo es que está pensado para mayores de cincuenta, con dolores de espalda crónicos. El trabajo sedentario como contable le ha dejado secuelas, y Marisol sufre de lumbalgia, así que no puede quejarse de estar rodeada de otros con achaques parecidos.

La alojan con una señora llamada Carmen, que pasa de los setenta. ¿Qué intereses podríamos compartir?, piensa Marisol. Todo en Carmen le irrita: sus pasos diminutos, el perfume de lavanda que se echa cada mañana, los leggings verde fosforito y la dentadura postiza que deja en un vaso sobre la mesilla. Ni la belleza del entorno, ni el aire puro, ni el servicio europeo de primera consiguen calmarla. Camina como un perro rabioso, pero sus pulgas son pensamientos amargos sobre la crisis de la mediana edad. Esto debe ser la vejez, solloza en la almohada ortopédica rellena de cáscara de trigo sarraceno.

A los pocos días, el médico le receta sesiones diarias en la piscina de géiseres, y ella, despistada y sintiéndose mayor, ha olvidado el bañador en casa. No queda otra: ¡hay que ir de compras! Pero entre los mil puestos de recuerdos con gaitas talladas, hachas gallegas, abrigos de lana y quesos de cabra, no encuentra bañador. Decepcionada y molesta, entra en el supermercado local para consolarse con un KitKat y un café con leche en vaso de cartón gigante (total, el vestido de Domínguez ya se ha roto por la espalda al intentar quitárselo tras la fiesta). En la sección donde venden calcetines de Albacete, camisetas desechables y sombreros de paja horrendos, cuelga un bañador negro, cerrado, clásico entre el caos. La talla es la suya, aunque lo enrolla rápido para que nadie vea los dos equis antes de la L camino a la caja.

La cajera, una chica menuda, probablemente menor de veinte, sonríe amablemente al cobrar. En lo más profundo, Marisol siente una punzada de envidia por el rostro fresco, la cintura fina y el pelo brillante de la joven. Si quiere, tenemos probador. Le acompaño, así se asegura de que le queda bien ofrece. Marisol cree que la chica se burla de su edad y su figura, y está a punto de contestar con brusquedad. ¿Qué sabrá ella? ¡Si me hubiera visto hace veinte años! Marisol lucía bañadores que hacían perder la cabeza a los hombres en la playa. Tenía una figura y una piel que harían temblar las pasarelas del mundo. Pero ahora…

De pronto, un claxon interrumpe sus pensamientos. Marisol se gira y ve a Carmen, la compañera de habitación, con unos patines en la mano y un patinete rosa con claxon junto a ella. Marisol se aparta, dejando pasar a la anciana. ¿Regalos para los nietos? pregunta la cajera. No, ¡voy a aprender yo, entre tratamiento y tratamiento! guiña Carmen con picardía.

Dos semanas después, Marisol vuelve a casa transformada. Nada más llegar a la estación, le dice a Julián que tienen que ir a la tienda de deportes por bicicletas, patinar el fin de semana y apuntarse a clases de hip-hop. En casa, tira el camisón-paracaídas a la basura y busca los zapatos de tacón de doce centímetros en el altillo. Al ver la mirada perpleja de Julián, lo abraza fuerte y le susurra al oído: ¿Y qué? ¡Acabamos de empezar a vivir! Nos queda mucho para esa crisis, como los cerdos para alcanzar el cielo.

Las palabras flotan como burbujas en la cabeza de Marisol, y la estación de tren se desvanece en una niebla de colores imposibles. El aire huele a churros recién hechos y a mar, aunque estén a cientos de kilómetros de la costa. Julián la mira como si acabara de regresar de un viaje a la luna, y ella siente que sus pies no tocan el suelo, que camina sobre baldosas de pan de oro.

En el taxi, los edificios de Madrid se doblan y estiran como plastilina, y los semáforos parpadean en ritmos desconocidos. Marisol piensa que los años son como pesetas que alguien lanza al aire y caen en charcos de vino tinto. Julián tararea una copla, y ella se ríe, pero su risa sale en forma de mariposas azules que revolotean por el techo del coche.

Al llegar a casa, la luz de la lámpara parece derretirse sobre los muebles, y los cuadros en las paredes susurran refranes antiguos. Marisol abre el armario y los zapatos de tacón saltan a sus manos, como si tuvieran vida propia. El camisón-paracaídas se despide de ella con un suspiro, y al caer en el cubo de basura, se transforma en una nube de confeti dorado.

Esa noche, mientras la ciudad duerme, Marisol baila sola en el salón, girando como una peonza sobre el suelo de madera, y cada paso deja huellas de luz. Los relojes se paran y arrancan de nuevo, y el tiempo se dobla como una servilleta de papel. Julián la observa desde el sofá, con los ojos llenos de asombro, y en su mirada Marisol ve reflejados todos los veranos de su infancia en Salamanca, los paseos por la Plaza Mayor, los helados de limón y los juegos de la feria.

De repente, la casa se llena de música, una mezcla de flamenco y jazz, y los muebles empiezan a moverse al compás. Marisol se siente ligera, como si flotara en una piscina de agua tibia, y piensa que la vida es un sueño dentro de otro sueño, donde las crisis se convierten en fiestas y los miedos en carcajadas. Julián se levanta y la abraza, y juntos giran bajo la lámpara, mientras afuera la luna se refleja en los tejados como una peseta de oro antiguo.

En ese instante, Marisol comprende que la juventud no es una estación, sino un tren que nunca deja de pasar, y que cada parada es una oportunidad para volver a empezar, aunque el billete esté escrito con tinta invisible.

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Crisis de la mediana edad. Cuando a Gala, en su 45º cumpleaños, su marido y sus hijos le regalaron una estancia en un balneario, su mundo se puso patas arriba y la vida pareció detenerse… Las palabras “balneario”, “aguas termales” y “tratamientos” le provocaban una nostalgia profunda por sus años jóvenes. Por supuesto, no dejó ver que aquel “lujoso” regalo era como una bofetada en su mejilla perfectamente maquillada. Agradeció sinceramente, sonrió y hasta se emocionó hasta las lágrimas. Pero nadie en la cafetería sabía que esas lágrimas eran de desesperación, decepción y ansiedad: el reloj avanza, los hijos crecen y nosotros no rejuvenecemos… ¿Dónde se han ido esos años y quién fue el alma caritativa que inventó eso de que a los 45 la mujer es una fruta madura… ¡vaya ocurrencia! Gala hacía tiempo que no se sentía un melocotón, pero tampoco creía haber llegado a ser un orejón, así que ese viaje la hizo preguntarse: “¿será que ya soy un orejón?” Compañeros de trabajo, compadres y amigos, bien animados, cantaban con la orquesta. ¡Bailes hasta caer rendidos! Bailaban tanto que Gala temía por la integridad de las baldosas de cerámica del elegante salón. ¡A disfrutar sin límites! Y aunque la homenajeada intentaba mantener el tipo, aparentar despreocupación y alegría, los tacones de 12 centímetros de sus zapatos de salón no le permitían olvidar ni un segundo su “respetable” edad, y la faja reductora que su hija le trajo de una boutique madrileña, que parecía apretar todos sus órganos vitales, le molestaba sin piedad. “¡Estos son los primeros avisos, madre!”, no podía sacárselo de la cabeza. Su mayor deseo en ese momento era llegar a casa, tirar ese “instrumento de tortura” a lo alto del armario y calzarse sus suaves zapatillas. Quitarse la faja, ponerse el camisón que su marido llamaba “el paracaídas” y meterse en la cama. Pero había que mantener el tipo, al menos hasta que sirvieran la tarta… No en vano llevaba toda la semana preparándose para el gran día. Lunes—manicura y pedicura, martes—cejas y extensiones de pestañas, miércoles—depilación total, incluso en la zona íntima, jueves y viernes—recuperándose de la depilación, especialmente la íntima, y el sábado (el día de la fiesta)—peinado y maquillaje. Pero los invitados no pensaban irse, aunque la tarta ya estaba cortada y repartida en paquetitos por si alguien no podía terminarla, ¡seguían y seguían la fiesta! Gala deseaba la tarta con todas sus fuerzas, pero se contenía y pedía, mentalmente, fuerza y voluntad para no caer en la tentación. Llevaba tres semanas a dieta, siguiendo los consejos de una famosa entrenadora fitness, a base de pechuga de pollo y arroz integral. Todo ese sacrificio era para entrar en el vestido de lujo de Andrés Sardá (que su amiga le trajo con antelación para motivarla). El pollo y el arroz (sin sal, por cierto) ya le aparecían hasta en sueños. “¡O empiezo a cacarear o a poner huevos!”, se quejaba a los suyos. Pero logró su objetivo: en su cumpleaños lucía como una reina. Cerca de la medianoche, todos empezaron a marcharse, guardando en los bolsillos de sus americanas y en los clutch brillantes los paquetitos con trozos de tarta y agradeciendo, abrazando y besando a la anfitriona con tanto entusiasmo que el vestido casi se rompía por las costuras. La homenajeada se fue a descansar, ya predispuesta negativamente, porque ¿qué de bueno puede haber en un balneario? Pero el lugar resultó ser bastante bueno, incluso se podría decir que VIP. Lo único que le molestaba era que estaba pensado para mayores de 50, con problemas crónicos de espalda. El trabajo sedentario en la oficina había hecho mella y Gala solía quejarse de fuertes dolores lumbares, así que no podía quejarse de estar rodeada de gente mayor con dolencias similares. La alojaron en una habitación con una abuela muy mayor, de más de setenta años. “Dios mío, ¿qué intereses puedo tener en común con ella?” Todo en esa anciana le irritaba: sus pasitos diminutos, el intenso aroma de agua de colonia de lavanda que se echaba generosamente cada mañana, sus mallas verde fosforito y la dentadura postiza que dejaba en un vaso de agua en la mesilla. Ni la belleza del entorno, el aire puro ni el servicio europeo de alto nivel lograban calmar a Gala. Andaba enfadada como un perro pulgoso, pero sus “pulgas” eran sus amargas reflexiones sobre la crisis de la mediana edad. “¡Esto debe de ser la vejez!”, sollozaba en su nueva almohada ortopédica rellena de cáscara de trigo sarraceno. A los pocos días, la cosa empeoró, porque el médico le recetó sesiones diarias en la piscina de géiseres y ella, despistada y envejecida, ¡se había olvidado el bañador en casa! No había más remedio—¡toca ir de compras! Bueno, “compras” era mucho decir, porque entre mil puestos de souvenirs con gaitas talladas, hachas vascas, abrigos de piel de oveja y queso de cabra, no encontró bañador alguno. Pero cuando, ya desesperada y molesta, entró en el supermercado local para consolarse con un Snickers y un café latte en el vaso más grande (total, el vestido de Andrés Sardá ya se había roto por la espalda al intentar quitárselo la noche del cumpleaños), se llevó una sorpresa. En la sección donde normalmente habría calcetines de algodón, camisetas desechables y sombreros de paja horribles, colgaba un bañador bastante decente para la ocasión y el lugar. Negro, cerrado—todo un clásico entre tanto mal gusto. La talla también era la suya, aunque lo enrolló rápidamente para que nadie viera los dos equis antes de la ansiada L. La cajera, una joven delicada que no llegaba a los veinte, le sonrió amablemente al pasar el artículo. En lo más profundo, Gala sintió una punzada de envidia por el rostro fresco y sin maquillaje, la cintura fina y el pelo brillante de la chica. —Si quiere, tenemos probador. Le acompaño. Así estará segura de que le queda bien—le ofreció. A Gala le pareció que la chica se burlaba de su peso y edad. Quiso contestarle con brusquedad. “¿Qué sabrá ella? ¡Si me hubiera visto hace 20 años! Gala llevaba bañadores que hacían perder la cabeza a todos los hombres en la playa. ¡Tenía una figura y una piel que harían caer a sus pies a las pasarelas del mundo! Pero ella…” De repente, el sonido de un claxon interrumpió sus pensamientos. Gala, sorprendida, se giró y vio a su compañera de habitación. La abuela sostenía unos patines y al lado había un patinete rosa con claxon. Gala, avergonzada, se apartó para dejar pasar a la anciana. —¿Son regalos para los nietos?—preguntó la dependienta. —No, ¡voy a aprender yo, entre tratamiento y tratamiento!—le guiñó la abuela, como una niña. Dos semanas después, Gala volvió a casa siendo otra persona. Nada más llegar a la estación, le dijo a su marido que tenían que ir a la tienda de deportes a por bicicletas, el fin de semana ir a la pista de hielo y apuntarse a clases de hip-hop. En casa, tiró el “paracaídas” a la basura y buscó sus zapatos de tacón de 12 centímetros en el altillo. Al ver la mirada sorprendida y desconcertada de su marido, lo abrazó fuerte y le susurró al oído: “¿Y qué? ¡Si apenas estamos empezando a vivir! ¡Nos queda mucho para esa crisis, como los cerdos para llegar al cielo!”
Mi marido me presentó a sus invitados como «la mujer que cocina bien», y fue en ese preciso momento cuando comprendí que para él yo no era más que eso.