¿Te ha engañado en el trabajo? Últimamente tiene tanto encima que llega cada vez más tarde (o eso dice).
Lucía acostó a los niños, les dio ese beso que huele a crema y colonia, y se fue directa a la cocina para prepararse una infusión calmante. Manuel, su marido, seguía sin aparecer. En los últimos meses, el hombre iba tan de cabeza en el curro que se había vuelto habitual verle entrar en casa con nocturnidad y un poco de sigilo.
Lucía sentía lástima por su marido y se empeñaba en librarle de las preocupaciones de casa. No en vano, era el único que traía euros al hogar. Tras la boda, se decidió: Lucía gestionaría hijos y hogar, Manuel se encargaría de trabajar para vivir cómodamente. Al poco, llegaron uno tras otro tres churumbeles, y cada nacimiento le llenó a él de satisfacciónde hecho, decía que no quería poner freno.
Pero Lucía estaba hasta el moño de pañales, biberones y noches más largas que un día sin pan. Un tiempo de pausa con la descendencia se imponía.
Aquella noche, Manuel regresó rozando la una. Sonreía con ese aire chisposo de quien viene alegre. A la pregunta de por qué tan tarde, respondió:
Lucía, hija, currábamos todos como mulos Así que nos fuimos a tomar algo para desconectar.
¡Pobre! le sonrió ella. Venga, te preparo algo de cenar.
No hace falta. Entre filetes y picoteo ya me he llenado Mejor me voy directo a la cama.
Se acercaba el 8 de marzo, el Día de la Mujer. Lucía pidió a su madre que se quedara con los críos y se fue al centro comercial. Planeaba algo especial: una cena romántica solo con Manuel. Su madre aceptó llevarse a los niños a dormir con ella.
Además de víveres y regalos, Lucía decidió por fin regalarse algo para ella. Hacía siglos que no se compraba nada; además, pedirle euros a Manuel para ropa le daba un pudor tremendo y para qué, si iba siempre vestida de casa. Su última adquisición había sido un chándal doméstico, pero eso no pegaba ni con cola para una cena romántica. Así que fue a una tienda, escogió tres vestidos y se puso a probar.
Cuando se probaba el segundo, de repente escuchó desde el probador de al lado una voz inconfundible de hombre:
Mmm, estoy deseando quitártelo ahora mismo
A lo que respondió una carcajada fina y femenina.
¡Ay, espera pillín! Mejor búscale tú algo a tu mujer mientras
¿Qué más da? Si está absorbida con los niños. Mientras no les falte puré, pañales y juguetes, le da igual lo que lleve puesto. Le voy a regalar una batidora. O una máquina para hacer pan, ¡que se entretenga!
Lucía sintió como si le hubieran tirado un vaso de agua fría encima. Siguió probándose vestidos con cara de póker, escuchando en silencio.
¿Y si te pide cuentas de tanta compra? soltó la chica entre risas. Una batidora no cuesta tanto…
¿A cuento de qué le tengo que dar explicaciones de en qué me gasto MI dinero? ¡Yo trabajo, ella se queda en casa! Ya le paso suficienteeuros para el día a día, ¡que lo agradezca!
Al rato, la clientela del probador vecino terminó. Lucía miró con cautela por la cortina y efectivamente: su queridísimo Manuel estaba allí con una rubia despampanante, pagando como si no hubiera un mañana. Y con la frescura de quien controla la situación, después de abonar, le plantó un beso a la rubia en toda la boca delante de la cajera.
¿Está todo bien? La dependienta notó que Lucía llevaba media hora ahí plantada, clavada al suelo.
Sí, sí, todo bien respondió, tirando de cortina y entregando los vestidos. Me llevo todos.
De vuelta en casa, tras despedir a la abuela y acostar a los niños para la siesta, Lucía se sentó, hecha un lío. No es que esperara que su marido le fuera infiel, pero ese desprecio, esa falta de reconocimiento a su esfuerzo de madre y esposa
Se moría de ganas de pedirle el divorcio y salir pitando, pero forzó la cabeza a pensar.
“Vale, pido el divorcio, él se pira con la Rubia del Corte Inglés y yo me quedo sola con tres hijos y una cuenta corriente en números rojos. ¿La manutención? Veremos, que esos igual son un par de monedas… ¿De qué vamos a vivir?”
Al anochecer ya había tomado la decisión. Ese día Manuel no llegó tarde por trabajo. Ya me imagino por qué, pensó Lucía con una indiferencia arrolladora. Aquello de sentir cariño por su marido se había terminado. Le preocupaba solo una cosa: que él intentara buscar la vieja intimidad, porque ella ya no podía ni imaginarlo. Por suerte, él debió quedar satisfecho con los mimos ajenos y ni se acercó.
Al día siguiente, Lucía desempolvó el currículum y lo mandó media España arriba y abajo. Desde entonces, cada mañana empezaba abriendo el correo electrónico a ver si había suerte. Finalmente, llegó la ansiada llamada: la citaban para una entrevista en una empresa importante de la ciudad. Justo donde, casualidades de la vida, trabajaba Manuel. Lucía estuvo dudando pero pensó: ¡Qué demonios!.
Dejó a los niños con la abuela y se fue a la entrevista. Tras casi dos horas grilladas con directivos, le ofrecieron un puesto decente con horario flexible. El sueldo no era gran cosa, pero suficiente para sacar adelante a la tropa.
Lucía volvió a casa flotando. Su madre, al verla con cara de haber ganado la lotería, empezó el tercer grado.
¡Mamá, Manuel me pone los cuernos! le soltó de golpe, casi de buen humor. Su madre pensó que se le había ido la cabeza por estrés y la sentó a su lado en el sofá.
Lucía, hija, ¿pero qué cosas dices? ¡Si Manuel no para de trabajar!
Pues no trabaja tanto, que pasa más tiempo con la rubia que en la oficina y le soltó todo lo del probador. La madre escuchó y preguntó:
¿Y qué vas a hacer ahora?
Pediré el divorcio. ¡Y ya tengo curro con horario flexible! Solo falta que los niños consigan plaza en la guardería y me meto a jornada completa.
Pues no te voy a disuadir. Eso no se perdona. Y menos si no te valora. Y yo me encargaré de los niños cuando haga falta.
¡Gracias, mamá! Lucía la abrazó emocionada.
La víspera del Día de la Mujer, Manuel volvió a casa bien entrada la noche. Lucía ni le miró. Se extraño de verla tan imperturbable y él mismo empezó a justificarse:
Lucía, estuvimos hasta tarde en una reunión
Pero ella le cortó:
Ve a dormir.
A la mañana siguiente, entre tostadas y yogures, Manuel apareció triunfante:
Toma, cariño, para que tu vida sea más fácil y le plantó sobre la mesa una flamante máquina de hacer pan.
Intentó besarla, pero Lucía se apartó, se levantó con dignidad y dijo:
Yo también tengo un regalito para ti.
Manuel, desconcertado, la siguió hasta el pasillo donde ella señaló dos enormes maletas.
Me separo de ti. Y puedes dejar de ocultar tu infidelidad, que ya lo sé todo.
¿Cómo te has enterado? gritó, claro, el indignado.
En el probador de la tienda, mientras elegías el regalo para la rubia. Y la máquina de pan dásela a ella, que yo no la quiero ni en pintura.
Al verse descubierto y sintiendo que perdía su cómodo hogar, Manuel soltó la lengua:
¿Y te molesta tanto que tenga otra? Es más guapa, más divertida y se cuida, que tú ya ni recuerdas lo que es arreglarte. Estas perdida entre los niños y viviendo a mi costa. Encima, todo el día pendiente de mis gastos. Menuda interesada y materialista estás hecha.
No me molesta contestó Lucía, serena. Vete.
Al día siguiente, Lucía formalizó el divorcio y pidió la pensión alimenticia. A la semana, alguien aporreó la puerta. Era su suegra, que ni buenos días:
¡Eres una interesada sinvergüenza! ¡Has echado a mi hijo y ahora le quieres desplumar! ¡Deja la pensión inmediatamente! ¡No tiene obligación de pagar!
La pensión es para sus hijos, que eran exactamente lo que él quería. Si ahora quiere darle la pasta a su querida, ese es su problema. Pero es tan padre como yo soy madre.
¿Y qué harás sin su dinero? Seguro que tu plan era tener hijos para vivir del cuento. ¡Pero se te acabó! Ya verás, Manuel le pedirá al jefe que le baje la nómina y te llegarán cuatro duros. ¡Rápido volverás arrastrándote!
Pues por ahí no paso cortó Lucía, señalando la puerta. Fuera de mi casa antes de que llame a la policía.
La suegra salió entre aspavientos y maldiciones.
Meses después, los niños entraron por fin todos en la guardería. Al poco, Lucía empezó jornada completa.
¡Hola! escuchó tras su mesa una voz conocida. ¿Podemos hablar?
Lo siento, Manuel, tengo muchísimo trabajo respondió sin levantar la cabeza.
¿Y si comemos juntos un día?
Lucía alzó la vista y vio a su ex demacrado y nostálgico. Sabía que la rubia, en cuanto se enteró de lo de la mitad del sueldo volando para la pensión, lo echó a la calle. Pero ella ya no sentía nada.
No, Manuel. Ni hablar, ni comer.






